El esfuerzo es un disparo en la oscuridad

Un día de estos no pude evitar escuchar una conversación detrás mío, mientras hacía fila para comprar algo de comer. Dos muchachos que calculo en edad de bachillerato (unos 15 a 17 años), aunque ambos eran muchísimo más altos que yo, le explicaban a un señor (no sé si familiar, docente… qué se yo) que era injusto que la institución (¿escuela, instituto, colegio? Hubiera preguntado los detalles) no les financiara su proyecto para llevar teatro de marionetas quién sabe dónde, cuando invertían aparentemente grandes cantidades en un equipo de fútbol que, según entendí por el tono de gravedad de uno de ellos, ni siquiera destaca o gana en nada.

No evité escuchar, porque me dio nostalgia de la buena, cuando en mis años de bachillerato intenté organizar una semana cultural en mi instituto, pero que no obtuve ninguna clase de apoyo. En aquel entonces tal asunto me impactó tanto, que tomé la decisión radical de cambiarme de turno, para no tener que volver a ver a todas esas personas (docentes, alumnos y administrativos) que en mi visión infantil de las cosas me habían fallado. Desde joven fui de esa clase de enajenados que toman decisiones radicales, por lo que en mi concepción de entonces la única respuesta fue “volver a empezar”. De estar en el turno vespertino me pasé al matutino. Igual… detallarlo no viene al caso.

Pero volviendo al tema, que conste que no puedo pronunciarme ni a favor ni en contra de lo que escuché. No creo que un equipo de fútbol sea mejor o peor que el teatro de marionetas. Son cosas muy distintas, que llenan diferentes anhelos juveniles. Y aunque no podría asegurarlo, casi que estoy seguro que los problemas de financiamiento de un colegio o instituto (al menos en mi país es así en el 99.99% de los casos) siempre parte de una gran serie de limitaciones. Es muy probable que incluso el mencionado equipo de fútbol apenas tenga lo básico para su creación y para el pago de un entrenador amateur. En mi país eso es muy común en el ambiente estudiantil.

Y creo que ese es uno de los grandes meollos, cuando se abordan estas cuestiones en nuestros para siempre países emergentes. La queja y frustración de esos estudiantes, ¿cuántas veces no lo hemos escuchado en nuestra vida adulta? Grupos de teatro o musicales, gente dedicada a las artes, iniciativas universitarias, cursos libres, emprendimientos agrícolas, casi que toda cosa buena y provechosa: ¿no siempre escuchamos esas quejas de que no hay plata, que es injusto que el dinero siempre vaya a otra parte? Podría llenar este post de iniciativas que escuché en mis años universitarios y en mi vida laboral. Y las pocas que sé que han logrado sobrevivir, siempre han sido en una injusta cuerda floja.

Lo peor es que el punchline argumental en este caso es que a nadie le importa. Aunque en lo personal esto último no me lo creo. Estoy seguro que a muchos les importa… lo que pasa es que nadie hace nada y la mayoría se siente incapaz de lograr algo, porque sienten que es como arar en el mar.

Me imagino que es un problema cultural, aunque desconozco cuál es el genuino alcance antropológico. ¿Será que somos incapaces de crear auténticas y orgánicas redes de cooperación? ¿De verdad la mayoría siempre está buscando solo su propio beneficio o cómo serruchar el piso al prójimo? ¿O se necesita de una pasión kamikaze, a sabiendas de que todo esfuerzo es mejor enfocarlo al amor al arte?

Casi que podría generalizar que en mi país toda área siempre está en situación emergente. Siempre todo se trata de hacer esfuerzos, ya sea que los hicieron, los están haciendo o los harán. Y siempre con una vana esperanza futura, que al final suele ser desmoralizante, hasta que alguien aparece, ya sea solo o en grupo, con una nueva esperanza que se mantiene solo con la frágil llamita, la cual algún día a lo mejor se convierte en un fénix. Así que es lógica la pregunta: ¿Qué deberíamos hacer?

En primer lugar, aceptar lo evidente, incluso aunque eso sonara negativista en casi cualquier sentido. Por ejemplo, Roque Dalton lo escribió de una forma un tanto pintoresca hace más de 40 años, lo cual de seguro respondió a su tiempo y a su generación. Quedará en la bondad del lector decidir si sigue o no teniendo vigencia en mi país:

—Déjense de taratatencias y bayuncadas, en serio. Lo que pasa es que nosotros somos ni más ni menos que como el país-chunchucuyo en que sobrevivimos, a Dios gracias, un poco mejor que la gran mayoría neshna que se atorzona puras chengas y frijoles ácidos. Somos poetiyas de uno de los países más pilishnes del mundo, no me jodan. Una teoría sobre esa gran verdad es lo que necesitamos…
—Vaya babosada, ya le agarró feyo a este baboso.
—Pará la carreta por ese lado o venite con todo y chinelas.
—…pero al oír hablar a cada uno de ustedes, cualquiera diría que se trata de un bailarín ruso que está obligado a cargar oro puro en pleno Metropolitan Opera House of New York. Lo que necesitamos es humildad. Hu-mil-dad. Y capacidad para emputarnos de verdad con el pequeño mundo circundante. Y disciplina para el encabritamiento. ¿Qué no se dan cuenta ustedes que el 99 por ciento de los que embellecen verbalmente a nuestro país lo hacen única y exclusivamente para venderlo mejor? Y ahí vamos nosotros en la cola, como patos chocos. Tiene razón el chapín, así como estamos, como pensamos, escribimos y actuamos somos puros alambiques de metafísica. El mejor de nosotros es una clara mierda. Pero apenas nos metemos tres tragos ya agarramos aviada y empezamos a hablar de nuestros deberes nacionales y sociales. Carlos Gardel habría hecho un tango y nosotros, claro, vamos a reducirlo todo al poemita.
—Dejá en paz a Carlos Gardel. ¿Qué esperabas de él? ¿Que hiciera tangos antimperialistas?
—…ya sea que el poema salga o no salga bien, nos arrogamos unos derechos de parto que ni las preñadas en el Seguro Social de Rusia. Y afuera, en la calle, todo seguirá igualito. Con el coro de la TV y los diarios y el gobierno diciendo que todo anda que mejor no sirve y que lo que sí es peligroso es el comunismo que acecha. Lo peor es que queremos en las lágrimas todas chamuscadas y cheretas de los meros jodidos de este país, los explotados de verdad y no los arquetipos controversiales que construimos como nos ronca la gana en nuestras cabezas, salgan a la medida exacta de nuestros lagrimales, cultivados con Eyemo. De no ser así, no son literariamente proletarias: son panfleto o son burguesadas. Yo sé lo que les digo y no es punto de ebrio híbrido, y aunque así fuera no importa porque es verdad: hay que proletarizarse. Hay que pro-le-ta-ri-zar-se.
—Pero claro, doctor, licenciado, general o ingeniero, monseñor, pero claro que sí, de eso se ocupan nuestros desvelos.

Este fragmento (como muchos otros cuando discuto con amigos sobre Pobrecito poeta que era yo…) da para discusiones que podrían apartarse de mi objetivo inicial, por lo que no ahondaré demasiado en él. Lo puse, por supuesto, para reflejar que no es nuevo el tema ese del apoyo o no apoyo para las iniciativas con las que quisiéramos aportar, o en dependencia de nuestra edad, cambiar al mundo.

Así que lo primero es aceptar lo evidente: somos un país en periferia, que por momentos parece sacado de las regiones más peligrosas de África o de Asia, pero que al mismo tiempo intenta poner orden y no ser un western surrealista. Sigue vigente la dicotomía planteada por Faustino Sarmiento: el debate civilización-barbarie es para siempre pertinente en el triángulo norte centroamericano, y de seguro en muchas regiones de toda Latinoamérica.

Por consiguiente, al emprender cualquier iniciativa, o nos conformamos con los escasísimos recursos que de seguro podemos reunir o sencillamente mejor nos metemos a hacer otra cosa. No estoy invalidando las quejas y visibilizaciones de las problemáticas, pero no podemos vivir en ese estado para siempre.

En segundo lugar, a menos que se cuente con la fortuna de un buen financiamiento, ese proyecto que puede parecer provinciano, cutre, sencillo y poco serio, con toda seguridad parte de un deseo por hacer algo. Así que esa expresión usual que se escucha en mi país, sobre todo en los círculos de iluminados y pseudointelectuales (“cuando se pongan en algo podrán contar con todo mi apoyo”, suele ser la frase común), es de una injusticia y continuismo de lo más malsano en el mundo. Lo sé por experiencia: de seguro hay esfuerzos mediocres, pero lo usual es que en temas culturales se hace lo que se puede.

Mi país entrará en elecciones presidenciales el otro año. De darse una segunda vuelta (hay muchos analistas que tienen razones para creer que esto ocurrirá), el Estado salvadoreño gastará cerca de USD 75 a 100 millones. Es una cifra extraordinariamente escandalosa. Pero si el lector conoce algo de la historia de El Salvador, debe saber que no hace mucho la Asamblea Legislativa gastó un millón de dólares en una cena navideña para todos los diputados. En mi país siempre hay dinero para esa clase de cosas, pero jamás para iniciativas deportivas o culturales. Ni modo… aunque suene deprimente, no contamos con el Estado, y ya. Y hay que decirlo: solo pueden contar con las migajas del Estado las pocas instituciones culturales que están en mi país. Los demás no contamos, aunque intenten hacernos creer lo contrario. No podemos hacer nada. Pero no podemos detenernos solo por eso.

Así que, en tercer lugar, debemos aprovechar las herramientas que la República Internet nos ofrece. Es un vano consuelo, a lo mejor, pero establecer redes de comunicación es un paso fundamental para alcanzar la tan ansiada sinergia que nos lleve a las redes de cooperación. ¿Cómo apoyar un proyecto que no conozco? Así que si solo cuenta con un celular con cámara, haga videos para Youtube, abra su propio blog (con unos amigos trabajamos en uno cuando nos queda oportunidad), cree una wiki (yo hice una hace años, aunque reconozco que la he descuidado), use las múltiples plataformas que están disponibles, ya sea como redes sociales o como aplicación colectiva… en fin… ¿se da cuenta de la cantidad de herramientas gratuitas con las que puede comenzar a alzar su voz? No importa si se ve pobre y simple. Un comienzo es un comienzo.

Pero eso me lleva a una cuarta cuestión. No veo mal que mantenga la esperanza de llegar a vivir de una iniciativa o ganar un poco de dinero con un emprendimiento como los mencionados directa o indirectamente en este post. Creo de corazón que es justo. Pero si de verdad cree que en nuestros países se puede llegar a vivir decentemente con cualquiera de estas iniciativas culturales, de verdad debo advertirle que se equivocará de negocio y de forma terrible. No necesariamente uno se muerde de hambre en el ámbito cultural. Pero no es un lecho de rosas, en definitiva. No me crea a mí. Lo mejor es cada quien decida vivirlo y probar suerte.

El Salvador puede resumirse metafóricamente en la película mexicana La ley de Herodes. Si usted ya la vio, de seguro se sintió tentado a comparar con lo que pueda estarle sucediendo en su pueblo o en su país. Si no ha visto la película, no puedo prometerle un comentario o una interpretación pertinente para lo que acabo de afirmar al principio de este párrafo. Me llevaría muchísimo, porque hay demasiado por acotar.

Lo que sí puedo decir es que mi país está representado metafóricamente en esa película, porque hemos convertido la inseguridad y la desesperanza en algo cotidiano. Hay tanto que se ha normalizado… como la rana atrapada en la olla con agua hirviendo. Solo que esta es una olla de presión que no sabemos cuándo estallará.

Para entonces, al menos hay que tener la nobleza de haber intentado alguno bueno desde nuestras capacidades y respectivas trincheras. Incluso si es un esfuerzo pequeño, que al menos nos haga sentir que en medio del lodazal intentamos salvar algo antes que de verdad todo se hunda. Mi trinchera es la literatura. Sea o no de mi país, lo invito a que usted piense y se sienta orgulloso de la suya.

2 comentarios en “El esfuerzo es un disparo en la oscuridad

  1. Muy buen post, invita a reflexionar y veo las tristes similitudes entre los políticos de el Salvador y los de Argentina ahh…también nos resignamos a que nos lleven de las narices a “aguantar y poner el pecho a las balas” El Estado acá también se lava las manos. Sin embargo renunciar a la cultura no es una opción, en vez de un proyecto tan ambicioso algo más pequeño e igual de satisfactorio. Como dices las redes sociales son geniales para lanzar iniciativas, y no es verdad que la gente no le interesan estas cosas sólo hay que darles la oportunidad.
    Saludos 🙂
    Pd: Felicitaciones por tus seguidores, tu blog está creciendo. Que genial, a ver si más gente se anima a comentar que tus entradas tienen mucha tela para cortar.

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    1. Como siempre, con comentarios geniales y muy puntuales. Lamento que en Argentina también las cosas no vayan tan bien. Ni modo… nos toca seguir con estas pequeñas luchas.

      Gracias por tus palabras y los ánimos. Para mí tu apoyo ha hecho que crezca mi blog. Me siento muy agradecido por eso.

      Saludos.

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