Grotesco, cuento de Karla Suchit Chávez

Cariconte se bajó del bus e inmediatamente sacó el cigarrillo que llevaba en la bolsa de la camisa, lo encendió y aspiró con ansiedad el humo. Era una desgracia que el bus se tardara más de una hora desde su trabajo hasta su casa, porque la necesidad de nicotina se hacía sentir justo en medio de sus pulmones.

Lo único bueno de ese trayecto de mierda era que casi no había tráfico a esa hora, así se ahorraba ir sudando de la desesperación y de la rabia por ese montón de conductores incompetentes. Y además se ahorraba la angustia de ver aproximadamente setenta rostros distintos en el mismo bus, todos sin hablar, pétreos, fusionados en un solo sentimiento egoísta, con el insulto esperando entre los labios y con una mirada demasiado escrutadora hacia su persona que siempre le provocaba la misma sensación de repugnante culpabilidad.

Lo bueno es que con el cigarro que se fumaba mientras caminaba para su casa se le despejaban todos esos pensamientos y empezaba a olvidarse de la insoportable existencia de las demás personas.

La calle se extendía solitaria y semioscura en algunos trechos. El ripio, la basura, el hedor y las defecaciones de personas y animales, escenario cotidiano para él, completaban a ratos el lienzo nocturno de ese sendero. A Cariconte le tenía sin cuidado, si acaso todo aquello únicamente le servía para recordarle lo asqueante de su vida, cuando por momentos una humedad cálida se levantaba de entre los tragantes a acariciar con sus miasmas la pituitaria del que pasaba por el lado.

De repente la vio, como a una cuadra, cruzando perpendicularmente la calle por donde él se desplazaba. El contraluz definía a la perfección la figura de la mujer: falda entallada y corta, chaqueta sastre, tacones, sería alguna secretaria u oficinista. Cariconte sintió una punzada de vacío en el estómago. Las manos se le llenaron de un sudor frío, la boca se le llenó de saliva y las mandíbulas se le entramparon.

Trataba de no pensar pero no podía evitarlo, tenía que tirarse a esa mujer fuera como fuera. Además, seguramente esa perra estaría buscando una ocasión como esa, una oportunidad para que alguien como él le hiciera todo lo que bullía a borbotones en su imaginación.

Cariconte comenzó a caminar delineando más sus pasos, tratando de hundir bien los pies en el piso: en parte para no hacer tanto ruido y en parte para refrenar la ansiedad y la temblorina de las piernas. El asfalto se volvió de goma. Comenzó a respirar más profundamente. Con una última y fuerte chupada al cigarro se deshizo de este. Las chispas rebotaron a lo lejos cuando la cabulla aterrizó en el asfalto.

El corazón se le aceleraba y su sonido se confundía con todas las voces que le gritaban por dentro: la de él mismo gritando y riéndose a carcajadas mientras penetraba a la mujer; y la de ella, gritando como energúmeno, con lágrimas resbalándole por todo el rostro. Un gesto congelado en una lejana mente siniestra.

Estaba como a media cuadra de ella y trataba de esquivar los pocos chubascos de luz que se cernían por la calle. La dura erección le provocaba cierto dolorcito por la presión del pantalón. Pero esto lo excitaba todavía más, buscaba ese dolor. Era casi igual de placentero que dar un beso e inmediatamente dar un fuerte mordisco, solo que al revés. Él tenía primero el dolor del mordisco, pero dentro de poco tendría el placer del beso: era una situación de masturbación mental entre lo blando y lo duro, lo suave y lo fuerte. La paradoja que se encuentra en todo momento y en todo lugar, como un duro pene entre dos blandos testículos, o una húmeda lengua entre rígidos dientes, o una cálida vagina sobre una férrea pelvis. Cariconte amaba esta dualidad, para él la ternura siempre debe ir acompañada por la agresividad. Nunca se puede ser completamente blando o completamente duro. Si alguien castigaba era para procurar un bien: a sí mismo o a la otra persona.

Cuando Cariconte se encontraba a no más de cuatro pasos de la muchacha, ella se volteó a mirarlo: ¡cuánto puede transformarse un rostro en tan poco tiempo! Unos ojos buscan y se encuentran con el miedo. Cariconte pudo ver bien ahora que era una muchacha de unos veinticinco años, atractiva, de buena figura y más deseable todavía que de primera impresión, no tanto por su belleza, sino porque había empezado a acelerar el paso.

La muchacha estaba evidentemente nerviosa. Cariconte seguía firme sus pasos detrás de ella, en el piso de goma, cómplice de Cariconte. La muchacha quería oír sus pasos pero un creciente zumbido en sus oídos se lo impedía, el asfalto era goma que amortiguaba el piso. Los pasos de Cariconte eran constantes, monótonos, sin aumentar velocidad pero tampoco sin perderla.

La muchacha, casi corriendo, no disimulaba su ansiedad en las rápidas y numerosas cabezadas hacia atrás que daba, para ver si el hombre seguía tras ella. El cuerpo se le aflojó en un rápido resquebrajamiento nervioso cuando sintió una mano en su brazo. No alcanzó a gritar, porque una voz pastosa le murmuró un cerrado ¡shhh…! al oído.

Ella se dio cuenta de que aunque quería gritar no podía hacerlo, era como si la garganta le palpitara y no el corazón, y esta hubiera crecido repentinamente. No sabía si forcejear o gritar, todo estaba pasando demasiado rápido. Se dio cuenta de que estaba golpeando al hombre, pero no sentía ni dolor, ni peso, ni ninguna clase de gravedad que le indicara que no estaba en un sueño, o debajo del agua o en alguna otra parte donde lo que estaba pasando no estuviera sucediendo en realidad.

Cariconte afianzó a la mujer de la larga cabellera, con la otra mano le torció el brazo por detrás de la espalda y así la arrastró hasta un predio baldío completamente oscuro. Lo conocía bien, no solo porque pasaba todos los días por la mañana frente a él, sino porque no era la primera vez que lo utilizaba para cepillarse a una zorra.

Tenía el conocimiento sensorial de esa tensa oscuridad. Cariconte empujaba y en determinado momento ella, la muchacha, dejó de ser ella, se convirtió en un cuerpo más, en todavía menos que un cuerpo, solamente era algo que mutilar, algo que morder o rasgar, algo blando que contraponer a su dureza.

Cariconte aventó a la mujer e inmediatamente se lanzó sobre ella, inmovilizándola de las piernas con las rodillas y de los brazos con las manos. Ya se había desabrochado el pantalón antes, cuando la llevaba arrastrada, antes de agarrarla del pelo. No le importó que ella intentara golpearlo con el brazo que acababa de dejarle libre para poder meterle la mano entre las piernas.

Fue justo en ese momento que la mente se le iluminó con un estallido de colores y era como si súbitamente le hubieran penetrado cientos de agujas en el cráneo. Cariconte no estaba más allí. Terminó de romper la ropa interior y la penetró hasta el fondo. Un grito desgarrado salió de la garganta de ella. Cariconte sintió el dolor que buscaba, la reseca vagina de la mujer le estaba desollando el falo, empezó a moverse al mismo ritmo que ella: con un incontrolado temblor de cuerpo, ella por miedo, él por una agitación que no podía dominar. Cariconte se entregó a la embriaguez del momento.

El mismo grito desgarrado que se extendía en un húmedo y caliente aliento era el de Cariconte, muchos años antes. Lloraba a gritos mientras su madre lo cargaba en brazos. Había un forcejeo entre ella y su padre alcoholizado.

La madre de Cariconte se defendía como podía del torrente de golpes e insultos del borracho, y mientras más apretaba a Cariconte contra su pecho tratando de protegerlo más fuerte lloraba éste. Al fin, después de un rato, el papá de Cariconte la dejó en paz y salió hecho una tromba de la casa. Dentro de esta solo quedaban dos agitados corazones y lágrimas confundidas. Pero la histeria aún rondaba cerca y la mujer empezó a desesperarse con el llanto del niño. En esas condiciones no tenía paciencia alguna de estarlo acunando, sobre todo porque tenía cuatro más que también lloriqueaban alrededor de ella. Sin saber de donde le venía una rabia tan grande empezó a gritarle a todos los niños que se callaran. Insultando, gritando y coceando, era la réplica exacta del energúmeno que acababa de salir por la puerta de la casa. Aventó con rabia a Cariconte sobre un sucio colchón donde dormía ella y los demás niños (“¡Y este mono pendejo que no se calla!”). A los otros les ladró de soslayo (“¡Y ustedes váyanse a la mierda o se callan de una vez!”). El grito de Cariconte seguía extendiéndose por la casa y por el tiempo, sobresaliendo ahora nítidamente, entre otros recuerdos que se comunicaban entre sí al mismo tiempo. El grito del bebé era apenas un eco dentro de una caja oscura, que rebotaba incesantemente como un chillido de murciélago, propagándose, pero sin salirse de la caja. Era una sola nota monótona repetida hasta la eternidad entre una maraña de neuronas y conexiones, entre un mundo que podía ser este o nunca haber existido.

Cariconte sentía que el recuerdo le había llenado de agua helada el cerebro, tenía un sentimiento de irrealidad que volvía sensaciones nuevas lo que estaba haciendo, como si toda su vida hubiera estado dormido o aletargado en un mundo interior de recuerdos y experiencias, y la de ahora, él con la muchacha que gemía y lloraba con voz gutural no fuera más que un producto fortuito, inexplicable. Cariconte despertó y estaba allí, queriendo rajar a esa puta hasta el alma. Pensando esto la penetró más fuerte y una sustancia caliente le refrescó el pene. Pero en seguida se dio cuenta de que era como estar chapaleando en barro. La sangre que salía de la vagina de la muchacha le salpicaba el vientre. Cariconte se excitó violentamente a la vista de la sangre y abrió de un manotón la chaqueta de la mujer. Un botón que voló por el aire recibió el reflejo de la luz por unas décimas de segundo, haciendo las veces de una monedita brillante que se tira al aire para definir una suerte. Si hubiese habido luz, la palidez de la piel del torso hubiera resplandecido. Pero lo único visible era un contorno un tanto fosforescente del sostén de la mujer, el que fue rápidamente arrancado de un tirón. El crujido resonó entre las voces de ambos, lloriqueos, gemidos y sonidos ahogados se vieron de pronto interrumpidos por el sonido del elástico rompiendo el aire. Cariconte se inclinó para morder el torso de la mujer, como un predador lo hace con su presa.

La mujer sentía la humedad de la saliva y el sudor de Cariconte embarrándole la piel, la cual, producto de las mordidas, reaccionaba con un súbito ardor cada vez que el hombre se le refregaba de arriba hacia abajo. La voz de ella se había convertido en un cloqueo acuático atrapado en mucosas que se distendían de vez en cuando con algún gritito esporádico. Otra vez el silencio se prolongó hacia adentro en los oídos de Cariconte y su conciencia se perdió entre el chapaleo sanguinolento de su pelvis que se seguía introduciendo a fuerza de desgarre en la tibia intimidad de la muchacha. Los sonidos internos volvieron a surgir y a confundirse, a comunicarse y a ponerse de acuerdo entre ellos hasta que uno fue lo suficientemente fuerte para sobresalir de entre los otros. Las orejas de Cariconte se pusieron calientes de la emoción y los vellos del cuerpo se le crisparon, de las axilas comenzó a bajarse un sudor pegajoso, igual de pegajoso como las manos de su padre. Cariconte se había quedado solo con él en la casa, mientras su mamá hacía mandados con sus demás hermanos que eran mayores. Él, por ser el pequeño, se quedó en la casa bajo el cuido de su padre. Cariconte caminaba de un lado a otro con la torpeza de movimientos típico de una infancia temprana, se desplazaba de aquí a allá reconociendo su entorno y maravillándose con ese mundo gigante a su completa disposición. Quién sabe de dónde le salió a su papá la ternura suficiente como para cargarlo y llevarlo al cuarto, a salvo de las miradas de los transeúntes que cruzaban por la puerta de la entrada. Su padre fumaba y apestaba como ebrio revolcado en sus propias miserias, su rostro brillaba grasiento entre el cabello desordenado y sucio. El hombre acostó a Cariconte en la cama y comenzó a quitarle la ropa, y mientras lo hacía le hablaba en un lenguaje suave, como nunca lo había hecho, le decía palabras bonitas, y le hacía promesas de regalos, juguetes, dulces, todo sería para él (“Te has portado bien conmigo y por eso te quiero regalar algo”). Cariconte no entendía y comenzó a asustarse porque era como si estuviera con una persona desconocida. Mientras su padre lo desnudaba, lo sobaba con sus pegajosas manos, ásperas y callosas. Cuando Cariconte comenzó a resistirse y a gemir con voz temblorosa, próxima al llanto, su padre le dio la vuelta de improviso, apretándole el rostro contra el colchón y asfixiándolo con el peso de su mano en su cráneo, una voz que era un susurro hosco y cascado atravesó sus oídos (“¡Callate o te mato, mono pendejo, si llegás a gritar te doy verga ‘hijueputa’…!”). Pero la amenaza no era necesaria, una mano apretada contra la boca del niño impedía los intentos de gritar. El hombre metía sus dedos entre las nalgas del niño, penetrándolo primero con los dedos, mientras dos lágrimas brillantes empezaban a desbordarse por entre las pestañas de los ojos abiertos del infante. Con un movimiento rápido y eficaz, el padre de Cariconte logró zafarse el cincho y bajarse el “zípper” del pantalón, agarrándose el pene comenzó a restregarlo entre los infantiles glúteos, al mismo tiempo que se masturbaba. Cariconte temblaba, su cuerpo sólo podía percibir el dolor de sus labios cortándose contra sus dientes, producto de la presión que ejercía la mano. También percibía la dureza de algo pegajoso que se restregaba contra su cuerpo. Finalmente, el dolor acudió. Un dolor agudo justo en todo el centro de su cuerpo. Las piernas de Cariconte temblaban violentamente y su columna era una banda elástica estirada al máximo: un poco de tensión más y se hubiera roto, el dolor intensificaba a cada sacudida. La sangre, caliente y densa, comenzó deslizarse entre sus nalgas, y un sonido acuoso, como de chapolotear en barro, se originaba por la constante fricción. El padre penetraba a Cariconte sin ninguna consideración, apretando con su mano libre las nalgas del niño, una contra la otra, dificultando más la entrada del pene, volviendo toda la situación más y más dolorosa. Cariconte pensó que nunca iba a terminar y un zumbido agudo atravesó sus oídos, su cuerpo se distendió y comenzó a perder la conciencia, se había convertido en un muñeco de trapo sin fuerzas para luchar, a merced de alguien que lo torcía y lo volvía de un lado para otro. Sin embargo, después de un momento, su padre se apartó con un resoplido, el sudor le resbalaba desde el cuello hasta el pecho, mojándole la entreabierta camisa. El hombre se quedó por unos segundos aferrado a un instante, en donde no había vida, ni color, ni sonido, solo una vaga mirada perdida en el vacío, los ojos fijos en una eternidad interior, pupilas opacas dilatadas clavándose en un lugar más allá de un techo, más allá del cuerpecito macerado de un niño. Como una marioneta halada por un hilo, el papá de Cariconte se sentó en la cama, con suma rapidez y una pálida mueca de desconcierto en el rostro (“Vestite y no digás nada”). Se alejó del cuarto sin siquiera voltear a verlo, y salió casi corriendo de la casa. Cariconte todavía recordó más de aquel día extraño, horas más tarde su padre balbucía incoherencias, completamente alcoholizado, llorando y mojándose de mocos los labios. El niño lo miraba desde el umbral de una puerta, con ojos plateados, fijos, pegados en una sola distancia y tiempo.

Cariconte resoplaba y el temblor pélvico sobre la muchacha se hizo insostenible. Con ojos en blanco y con un gemido desesperado, casi agonizante, descargó sus recuerdos dentro de ella. Cariconte se sintió liviano, liberado y el aire se volvió más fresco y la noche nació de repente solo para él, tan limpia y tan perfecta que era totalmente suya, pues solo en su mundo perfecto podría existir así: justo como él la quería. Se desplomó a un lado y la mirada se alargó hacia la nada, contemplando un algo, un tiempo y un lugar específicos que no estaban afuera, sino adentro, en su propia conciencia, pero que era lo único real. Las voces internas habían callado de repente y lo habían dejado completamente solo, con un sentimiento insoportable que no podía concretizar con palabras ni con imágenes. Era un infinito vacío prolongado en un instante, en tan solo una respiración. Fue entonces que la conciencia de estar extrañamente vivo reapareció y los sonidos volvieron a ser sonidos, la noche volvió a ser noche, y él, para su maldita suerte, volvió ser el mismo.

Ojos aterrados se dirigieron a la muchacha que no se había movido, que sollozaba y temblaba a su lado. Los quejidos y sollozos de ella empezaron a amplificarse a un volumen descomunal, y un nuevo sentimiento de irrealidad pobló la cabeza de Cariconte. Desesperado empezó a tantear cerca de él, sus manos se deslizaban rápidas buscando entre la hierba, escogiendo para luego rechazar, hasta que al fin la encontró. Fueron siete golpes seguidos con la roca en la cabeza de la muchacha, de los cuales solo hubiera bastado con tres. El primer golpe sirvió para callar inmediatamente el quejido monótono de una vida herida y cambiada de repente. El segundo hizo crujir la cabeza, y un vago sonido de un huevo que se rompe adornó como imagen acústica la mente de Cariconte. El tercer golpe fue como partir aguas, la mano con la piedra se hundió en un pozo tibio y palpitante. A partir de allí, los otros golpes no fueron más que una descarga desesperada buscando un desahogo a la ira que se había clavado justo en el medio de la garganta. Pero lo insoportable de su sentimiento era que no sabía a quién dirigir tanto odio, hacia él, o alguien de su pasado, o hacia la muchacha, por qué putas se le tenía que haber cruzado por el frente. Cariconte se puso de pie y arrojó con rabia la roca hacia el cuerpo inerte, que todavía parecía vivo, como alguien que se ha quedado dormido en una posición grotesca, con los genitales al aire y los senos desparramados hacia un lado, la piel del torso tenía múltiples salpicaduras de sangre y trozos de carne y de sustancia cerebral.

Cariconte se alejó caminando rápidamente, pero no lo suficiente como para causar un movimiento brusco en el alto zacate que bordeaba el lugar. Apenas tuvo un indicio de luz con el cual poder ver un poco mejor se examinó la ropa: tenía sangre por todas partes (“¡Mierda!”), y encima de todo se había ensuciado (“¡Pendejo!”).

Empezó a caminar como al principio de todo, con paso firme y constante, rápido pero sin correr, buscando como refugio los largos trechos angulares oscuros que dibujaban las paredes. Pero sucedió algo: al salir del predio baldío todo había vuelto a la realidad, la realidad de todos, la realidad circundante de la que él, Cariconte, quisiera o no, también formaba parte. Con unos cuantos pasos había dividido con una fina cuchilla la existencia del otro mundo, el interno, donde él era amo y esclavo, víctima y victimario. Súbitamente se sintió tan pequeño que el aire se le condensó en el pecho. Aquí no era nadie, apenas un punto medio limpio, medio sangriento en la oscuridad de un callejón. Sus piernas comenzaron a moverse más rápido, hasta que se dio cuenta de que en realidad estaba corriendo, pero no de un lugar o de alguien. El cuerpo de la muchacha era ya parte de su recuerdo, una fantasía onírica que se había materializado de repente y hoy no era más que vapor blanco en su cabeza, algo sin importancia que pronto olvidaría. Apretó los dientes, porque no los sentía dentro de su boca y se mordió la lengua. Nuevamente blando y duro volvieron a juntarse, se tragó su sangre y aminoró el paso.

Su rostro había adquirido una expresión neutra, tan natural como una estatua de cera, tan inexpresiva como un montón de rostros reunidos en un bus sin hablarse, lo mismo que veía todos los días. Cariconte no era más que un mosaico de un gran lienzo multicolor. Se desabotonó la camisa y la botó dentro de un tragante por el que pasaba, pero antes la mojó con el agua que corría por la cuneta y se limpió la sangre seca del vientre.

Llegó a su casa, donde nadie lo esperaba porque vivía solo. Se quitó el resto de la ropa y la amarró dentro de una bolsa. Mañana la sacaría a la basura. Se lavó y friccionó el cuerpo. Se vistió de nuevo con ropa más cómoda y se sentó a ver televisión. Poco a poco, los párpados fueron juntándose unos con otros, y el siguiente día sería otro día normal, de boca pastosa por la mañana, de retraso matutino que le impediría desayunar, de encerrarse como res dentro de un vagón con un promedio de cincuenta personas más que también se dirigían a su trabajo. Un grupo de maniquíes se hubieran visto más animados y coloridos que ese triste desierto humano que subía y bajaba cada día de esos buses, más aptos para transportar carga que seres humanos.

Cariconte se volvía pequeño, insignificante dentro del mosaico, que iba ampliándose a medida que el día avanzaba, crecía y se teñía de distintos colores por todas partes, a ratos quedaba vacío, a ratos se llenaba, pero no cesaba nunca, continuaba repitiéndose y creándose, muriendo y naciendo, cada uno con su propia historia, pero todos formando parte de una cotidianidad grotesca y maravillosa.

3 comentarios en “Grotesco, cuento de Karla Suchit Chávez

    1. Es una lástima que la autora ya no publicara más. Ella tenía 21 años de edad cuando publicó este cuento en un periódico local. Le seguí la pista por años, pero jamás encontré nada. Pareciera que solo fue debut y despedida. Es un cuento muy crudo, pero se nota el potencial de quien lo escribió. ¡Gracias por pasar! 🙂

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