Diario de pesadillas N.º 1: Viaje al pasado

Después de casi un mes, no he podido olvidar esta pesadilla. Lo peor es que no es nada sorprendente, asombroso o traumático: simplemente era hiperrealista y las sensaciones que me dejó fue lo peor de todo.

Comencé con el falso despertar. No estaba en mi cama ni en mi habitación y no reconocí nada de mi entorno. La casona en la que desperté era como de hacienda, de esas de estilo colonial que al menos en mi país ya casi han desaparecido. Desde ese momento me preocupé, porque era tan real que creí que era mi vida cotidiana, mi realidad.

Me levanté, salí de la amplia habitación, vi el pasillo, pasé revista al entorno cuasirrural, cuando me topé con una señora y me preguntó si quería desayunar. Le dije sí como apenado, con esa vergüenza que nos inculcan cuando nos sentimos como aprovechados y no queremos abusar.

Me perdí por la propiedad hasta que por fin encontré el comedor. Mesa amplia, para unas 10 personas, y justo me iba a sentar cuando vi un calendario. En él decía 1942. El susto que me llevé es como cuando nos anuncian algo grave. La certeza de estar en una época que no es la mía me pareció aterrador. Es como si nos dijeran: “Fulano de tal acaba de fallecer”. Ese helar de la sangre, ese terror momentáneo, me invadió y a continuación traté de mantener la calma, aunque estaba muy nervioso. Sin embargo, actué natural y me senté. La señora llegó y me sirvió. Di las gracias y comí en silencio.

Al rato entraron dos personas vestidas de traje (“Tan temprano”, dije en mis adentros) y al verme me saludaron, abrazaron y todo. Ambos coincidieron en que estaba raro y me preguntaron sobre por qué no me había vestido. Le hablaron a la señora y le pidieron que me preparara todo, que teníamos que salir temprano. Uno de ellos me dijo: “¿Que no te acuerdas que hoy viene el embajador? ¡Apúrate, que no tenemos mucho tiempo!”.

Actué como un tonto y no fui capaz de responder con propiedad, pero obedecí. Me cambié, alistaron cosas para llevar y nos subimos a un jeep. El viaje fue largo y silencioso. Tuve tiempo para pensar con resignación a estar en ese mundo y pensar en qué debería de hacer.

Llegamos a la ciudad y para mí fue un espectáculo, porque aunque todo antiguo, en realidad para mí todo era nuevo. No podría enumerar todos los detalles. Pero llegamos a lo que parecía un hotel, entramos y en un salón amplio se hacían preparativos para una fiesta. Yo esperé en una esquina, aburrido y más o menos viendo cómo montaban todo: sillas, mesas, manteles, platos, cubiertos, cortinas. Todo suntuoso. Jamás en mi vida he estado en eso, pero ahí estaba manifestada toda la logística, con una cantidad exagerada de meseros con trajes elegantes.

Parecía ser la hora de reunión, porque se comenzó a llenar de gente distinguida. Nosotros nos sentamos en una mesa para cinco personas, alejados del resto, pero solo éramos tres. Era una fiesta impresionante, con una gran orquesta. El salón era amplio y había espacio para bailar, aunque pocos se animaban a hacerlo. Muchas de las piezas que tocaron me dieron melancolía, algo que no entiendo: De seguro las he escuchado todas algunas vez, pero desconozco los nombres y los detalles.

Los dos hombres con quienes estaba al fin encontraron la oportunidad de hablarle al tal embajador, quien desde que llegó estuvo rodeado de gente que quería hablar con él. De alguna manera fueron convincentes y lo invitaron a nuestra mesa. Lo acompañaba una joven, de quien solo pude imaginar que era su hija o su asistente personal, aunque no lo pregunté. El embajador y la joven eran de rasgos asiáticos, pero junto a mis acompañantes solo hablaban en inglés. Yo no sé ni pío de ese idioma (para mi vergüenza), pero al menos distinguí que eso estaban hablando. Yo estuve callado.

La joven me pareció encantadora, y cuando me miró sonreí y ella correspondió con amabilidad. Había sido un día tedioso y aburrido, estresante, un mundo al que no sé si me hubiera acostumbrado, pero esa sonrisa me salvó el día y ella me preguntó algo en inglés, y entonces volvieron mis nervios. Uno de los hombres me volvió a ver con cierto reproche y me dijo por lo bajo: “No seas maleducado. Te está diciendo que quiere bailar. ¿Que no entiendes? Sí que estás raro hoy…”.

Me levanté apresurado con muchas vergüenza y le extendí la mano. Mientras caminábamos al centro del salón, dije lo único que quizá sé de ese idioma: “Excuse me. I’m not speak english”. Ella rió con dulzura y le restó importancia. Comenzamos a bailar y yo lo hacía con torpeza, pero el bochorno duró unos segundos. Terminó la pieza que estaba, se escucharon los aplausos y comenzaron a tocar la única canción que identifiqué de todas las que escuché: Moonlight Serenade, de Glenn Miller.

Fue el momento más glorioso de todo el sueño. Estaba ahí, bailando, en un lugar lleno de esplendor, con una orquesta maravillosa. Eso levantó mi ánimo y traté de sonreír el resto de la fiesta.

De alguna manera convencieron al embajador para que continuáramos la velada y pudieran hospedarse esa noche en la casa de hacienda. Él accedió y la joven también nos acompañaría. Salimos en el vehículo y comenzamos el trayecto de regreso. La ciudad estaba solitaria, pero algo le daba un aire maravilloso, tranquilizador.

Cruzamos hacia la calle que nos haría salir por fin de la ciudad, cuando vimos un camión tipo white parqueado, de esos grandísimos, cubriendo la mitad de la calle y con unos hombres fingiendo a esa hora que hablaban sobre algo. Esquivamos el camión y al otro lado había un vehículo descapotado, del que salieron dos hombres con pistola y que nos comenzaron a disparar.

Todos nos agachamos y el vehículo siguió en marcha, pero de repente chocamos contra un árbol y supimos que habían herido al conductor. Mi reacción fue bajar a la muchacha e intentar escondernos. El otro hombre se bajó con el embajador, pero mientras intentaban huir ambos cayeron, producto de más balas.

Escuché muchos pasos y entonces supe que tanto los del camión como los del descapotado venían a darnos cacería. La joven estaban nerviosa y por lo bajo traté de calmarla. De repente ella dio un gran grito y mi reacción fue ver a mi espalda, y un hombre con un rifle me disparó. Vi el destello de luz que me cegó y entonces desperté sudado, con la respiración acelerada, bastante nervioso hasta para levantarme. Me dolió horrible la cabeza, pero fue un alivio darse cuenta que todo fue solo una maldita pesadilla.

4 comentarios en “Diario de pesadillas N.º 1: Viaje al pasado

    1. ¡Lo más terrible son los detalles! Cada vez que recuerdo esa pesadilla me molesta para conmigo que no pude detectar nada que me indicara que era solo un sueño… 😦

      Y es cierto. Es extraño cómo el cerebro puede tomarse a veces demasiadas molestias. Ese tipo de pesadillas me han obligado a investigar un poco sobre los sueños lúcidos… aunque admito que nunca he logrado poner en práctica nada de lo leído.

      ¡Gracias por tus palabras! Saludos… 😀

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  1. Tengo que decir que me da un poco de envidia tu claridad sobre el asunto. Quiero decir, siempre he querido tener la fuerza de voluntad de anotar mis sueños/pesadillas antes de que se borren, pero jamás he podido. Mis ganas de seguir durmiendo siempre ganan. Me encantó tu forma de relatar todo, con muchos detalles. Fue un sueño bastante interesante!

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    1. En mi caso, creo que si la pesadilla causó una impresión demasiado fuerte, sencillamente no puedo olvidarla. La mejor terapia ha sido ver qué hago con ellas. Por lo general las dejo pasar… pero si no puedo olvidarlas, mejor las escribo.

      ¡Gracias por tus palabras y gracias por pasar! 😀

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