Diario de pesadillas N.º 2: La casa de la infancia

Nunca entendí por qué a veces uno sueña con la casa de la infancia. Es decir, es normal tener cualquier clase de sueño, donde puede pasar lo más inverosímil, y sin embargo nos lo creemos, ya que cuando dormimos también descansa esa parte nuestra de la lógica.

Y es magnífico soñarse en cualquier parte, incluso vivir tal vez alguna fantasía. Pero soñarse en la casa de infancia es una mala jugada de la mente, y peor si se trata de un sueño hiperrealista. Uno de verdad, de verdad, tiene esos sentimientos de añoranza, y al mismo tiempo uno se cree que todo volvió a la normalidad, y que en realidad uno jamás se marchó. Ese sentimiento inicial fue el que me invadió en mi última pesadilla.

Pues estaba en la casa de infancia, esa que no olvidaré jamás, y en ella estaba reunido con varias personas. Ver a cada uno me llenó de un regocijo imposible de explicar.

Allí estaba don Juan, siempre sin camisa y con su gran fortaleza física. Él estaba partiendo cocos para todos los que estábamos reunidos. Estaba Jazmín, la muchacha que nos cuidaba a mis hermanos y a mí, y que en secreto siempre estuve enamorado de ella. Había olvidado su cara, su complexión menuda, su sonrisa dulce, estoica. Ver de nuevo su rostro me hizo recordar por qué siempre me gustó cierta actriz famosa.

Jazmín estaba preparando unas botanitas para que todos pudiéramos disfrutar. Pero en esa reunión también estaba Alfonso, con su peculiar barba, siempre con su humor cáustico, buscando a quien hacer caer con sus bromas. Estaba Rodrigo, a quien tenía más de media vida de no ver. También había olvidado su cara, su complexión, su estatura. Estaba más gordo, con su cara ovalada, de baja estatura y siempre riéndose por todo. Pero es que la última vez que lo vi apenas era un adolescente.

Y cómo olvidar al Juan Carlos, alias “Amnesia”, siempre vestido con calzoneta, sin camisa, pelón y con el cuerpo lleno de tatuajes, incluso en la cabeza y algunas partes de la cara.

Había muchas personas más, pero no terminaría de contar. Estábamos en el patio de la casa, el cual estaba lleno de gente, sin ningún comedor de por medio, sino que todos tenían su comida en sus piernas y el vaso de la bebida en el suelo, a la par de las pantorrillas. Los únicos de pie eran don Juan y Jazmín, cuya vocación de servicio nos tenía a los demás disfrutando, mientras ellos también lo hacían a su manera, escuchando las bromas, los chistes, cada anécdota que nos causaba gracia.

De repente Rodrigo quería que le hiciera la segunda y nos pusimos a cantar una canción en inglés. Fue gracioso hasta que nos dolió el estómago de la pura risa, porque ni Rodrigo ni yo sabíamos inglés. Estábamos inventando. Rodrigo y yo nos partíamos de la risa, porque nuestra capacidad para improvisar dejó pasmados a todos.

Fue hermoso. Me sentí pleno, completo, absoluto, con una felicidad que ya no me siento capaz de volver a vivir. Todo estaba bien, pero cuando las bromas pasaron a otros y a mí me tocaba solo escuchar y reírme, me dio por reflexionar y comencé a poner atención a todos los detalles. Me di cuenta que las tortillitas con frijoles refritos que estaba preparando Jazmín me resultaría imposible poder comer, porque mi colon no lo soportaría. Luego me di cuenta que don Juan siempre tuvo bastante vigor para su edad, pero que era humanamente imposible partir un coco de un solo tajo y que en el camino no se viera afectado ni el cuchillo ni la mesa de madera.

Sentí miedo.

Y el miedo se convirtió en horror, porque en el acto recordé que don Juan murió hace casi 20 años, a una edad avanzada, casi los 100 años. Sus brazos nervudos, sus músculos en el cuerpo de anciano. De nuevo volví a mirar a Jazmín y con desolación recordé que fue asesinada, porque se negó a salir con alguien que no aceptaba una negativa por respuesta.

Vi a Rodrigo y su rostro, que de nuevo me resultaba familiar, me hizo recordar que era imposible que lo tuviera enfrente, porque murió en Las Colinas, cuando fue el terremoto de 2001. El “Amnesia” murió asesinado, porque alguien con absoluta equivocación creía que él era un delincuente. Alfonso murió de un sorpresivo ataque al corazón, con apenas 34 años.

Todos los demás también están muertos. Cada uno con su historia. Ese detalle me hizo caer en la realidad y el horror comenzó a invadir mi cuerpo, provocando que incluso tuviera dificultades para ponerme de pie. Solo Rodrigo se fijó y me preguntó si estaba bien. Salí con disimulo de la casa, mi casa de infancia, la casa que siempre amaré, y entonces afuera todo estaba negro. No de noche: negro, como si afuera de mi casa de infancia me esperara una gruta densa, que me tragaría para llevarme a un infierno desolador y particular.

El horror comenzó a llegar hasta mi garganta, creando un nudo que hizo que me dieran ganas de llorar, al mismo tiempo que mi respiración comenzó a agitarse. Con las piernas temblando comencé a caminar hacia lo negro, alejándome cada vez más de la casa. De repente escuché un grito con eco, que me dio un susto de muerte, y era la voz de Rodrigo, quien me había seguido hasta la entrada de la casa.

—¡Hey! ¡¿Para dónde vas?! ¡Jazmín te acaba de servir la comida!
—Ya… ¡Ya regreso! —respondí con voz temblorosa, casi aflautada.

Sabía que no tenía que estar ahí, en lo negro, pero tampoco tendría que estar en esa reunión de muertos, porque yo no estoy muerto, y no quiero morir, no ahora, no todavía. Comencé a gritar con todas mis fuerzas y mi voz era tragada por la nada. Comencé a correr y a actuar con desesperación. Seguí sintiendo el olor intenso a frijoles refritos y tortilla, pero mejor intentaba ir en dirección contraria y no regresar a la casa. Grité y grité, me puse las manos sobre la cara y estaba a punto de llorar, pero un terrible dolor de cabeza me invadió, y entonces estaba en mi cama y en mi cuarto (mi cuarto es totalmente oscuro, por lo que a veces cuesta distinguir un sueño de la realidad), con las manos en la cara, sudado, temblando, y sin la certeza total de si mis gritos los escuchó alguien más.

Ahora despierto suena como cualquier cosa, pero mientras lo soñaba el terror fue indescriptible. Todo estaba bien… pero reconocer que no debería de estar ahí fue lo atroz. Lo hórrido… el terrible terror de no querer morir.

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