Diario de pesadillas N.º 3: El violinista

No sabía que había personas que se soñaban desde un ángulo concreto, algo así como tercera persona, hasta que me lo contaron y luego de pura curiosidad lo investigué y leí. Y es que en mi caso, desde que tengo memoria, recuerdo que toda la vida he soñado en primera persona.

Y creo que por vivirlas en primera persona es que las pesadillas me resultan tan vívidas y difíciles de superar, incluso cuando ha pasado un buen tiempo. Así me ocurrió con esta pesadilla, que no he podido olvidar y que sin embargo la tuve hace meses.

No sé cómo, pero en esta ocasión me ocurrió que volvía a tener entre 12 a 14 años. Lo digo porque mi perspectiva de mundo y de los objetos era casi la de un niño. Y lo malo de haber tardado tanto en crecer (tuve un desarrollo físico tardío) es que a estas alturas de mi vida ya no puedo precisar qué edad tenía en un tiempo o en otro.

La cuestión es que me despertaba en un bus y de nuevo volvía a vivir algo que ya había olvidado. En ese entonces me congregaba en una iglesia e iba para un retiro. La iglesia se encontraba dentro de una cordillera, que por entonces de verdad nos aislaba un poco de la civilización. O como decíamos los niños de entonces: la iglesia se encuentra en las montañas.

Me desperté cuando el bus iba subiendo por la cuesta principal, y vi a quienes por entonces viajábamos hacia aquel retiro. Había olvidado demasiadas caras y en mi interior sentí una inmensa ternura, porque cada mirada, cada persona que veía conversando me parecía llena de una inocencia infinita, sin conocer el mundo que años después les esperaba. Incluso reconocí a personas a quienes tengo al menos 17 años de no ver. Fue un momento calmo y al mismo tiempo nostálgico. Fue extraño también.

Llegamos a los terrenos de la iglesia. Era de noche, sin iluminación artificial o de Luna. El entorno era prácticamente rural y apenas a lo lejos se escuchaban ladridos. Uno sentía que de verdad se había alejado un poco de la civilización. Nos quedaríamos en unas cabañas hechas de lámina, tendríamos un momento de oración y reflexión, y sería una noche para meditar en nuestras jóvenes y breves vidas.

Hasta ahí todo bien. Ya no recordaba los amiguitos de aquel tiempo, con quiénes bromeaba, cómo me comportaba. Recuerdo que la peor travesura de la vida fue que alguien coló una pequeña radio de baterías, cuando el requisito principal de ese retiro era alejarnos de absolutamente todo. Pero nadie descubrió a la persona, así que durante un rato escuchamos música a bajísimo volumen. Escuché éxitos de ese momento que tenía años de no escuchar y que a estas alturas de mi vida había olvidado.

A la hora de dormir y en la más absoluta oscuridad, hablábamos en susurros, contábamos anécdotas, chistes con los que reíamos por lo bajo, confesiones personales con las que nadie podía ver qué caras poníamos, lo cual permitía explayarse de formas insospechadas y menos vergonzosas… en fin… todo fue genial y maravilloso hasta que me dieron ganas de orinar. Me dijeron todos que abriera la puerta, orinara y nada más, que nadie diría nada y que no era necesario que en la densa oscuridad se me ocurriera buscar el baño.

Pero da la casualidad de que soy penoso y tengo mis pudores. Y creo que a esa edad era peor todavía. Así que a tientas y a oscuras busqué una esquina de la cabaña, lo más lejos posible de la puerta. Fue entonces que a lo lejos oí que alguien tocaba un violín.

Y aunque soy miedoso y proclive a sentir un horror monstruoso por cualquier cosa, había algo en esa melodía que llamaba mi atención. Mis más íntimas amistades ya saben que soy amante de las piezas que se tocan con violín, pero jamás llegaría a al extremo de seguir el origen de una melodía lejana y en la oscuridad. Sin embargo, algo me atraía hacia ella.

Así que descendí por una vereda, en la completa oscuridad, atraído y fascinado por la música. Calculo que caminé unos 300 metros. Luego creo que caminé en zona encementada (o quizá asfaltada), porque ya no sentía irregularidades en el terreno. Estaba acercándome. La música era cada vez más clara. De repente debí tropezar con algo, porque por poco me caía. Hice tanto ruido que incluso se escuchó eco y la música del violín se detuvo. Fue un silencio absurdamente infernal y por varios segundos no me atreví ni a respirar, además que entré en la encrucijada interior de si seguir adelante o regresarme. Pero la música se reanudó y me preparé para seguir caminando y acercarme a ella.

Creo que estaba a unos 10 metros de la persona que tocaba, porque la música la sentí totalmente cerca. Me quedé parado en el mismo lugar, porque en cuestión de segundos la piel se me puso de gallina. De forma inesperada escuché una voz en forma de susurro, pero en lugar de sentir la voz soplándome en mi oreja, estaba dentro de mi cabeza. Susurraba, pero lo hacía con una gravedad que da la impresión de que me quería gritar. Me decía algo más o menos así: “Edwin… ¡¡Edwíííííín!! Vete de aquí. ¡Vete de aquí, pero ya! Si te encontrás con el violinista, ciertamente morirás. ¡¡Morirááááás!!”.

Entonces me desperté. Calculo que eran las cuatro de la mañana, me levanté un poco aturdido, me puse mi jeans negro desteñido de toda la vida y a esa hora salí de la casa.

Caminaba en medio de la calle y veía casas y casas. Todo me parecía familiar y sin embargo no entendía en qué calle de Santa Tecla estaba caminando. Sabía que era mi ciudad natal, que estaba oscuro pero que se acercaba el amanecer, y creo que lo sabía por el frío que sentía y porque había una leve neblina, una tan sutil que no se justificaría llamarse así. Y todo estaba solo y muerto, y yo caminaba a paso acelerado, como siempre.

A los lejos vi una especie de torre. La calle era lisa y asfaltada, pero se notaban los remiendos hechos una y otra vez, lo que le restaba estética a la calle, y le daba un aspecto viejo y descuidado, el de una calle más, sin la menor importancia. Y aunque no podía recordarlo, habían más árboles aquí y allá. Había olvidado lo deforestada que está la mejor calle tecleña.

Identifiqué la iglesia El Carmen y recordé que me parecía un lugar embrujado, un sitio triste del que tenía que alejarme, mientras que el Banco Agrícola me parecía de una arquitectura mucho más bella que ahora, aunque no sabría precisar por qué.

Seguí caminando y lo vi: totalmente blanco, y con su fachada lastimera y resquebrajada, el Palacio Tecleño daba la impresión de que estaba a punto de caer. También había olvidado que enfrente estaba el colegio Inmaculada Concepción, el cual no entiendo por qué era tan caro, si era todo cuadrado, blancuzco sucio y horrible.

Entonces me volvió a invadir el temor. Ese temor invisible, aciago, que da la impresión de que me ahogará, pero finjo que no me afecta. Y es como cuando uno corre y quiere disimular la falta de aire en los pulmones. Y supe que estaba pasando algo, pero seguí caminando. Y la calle me pareció entonces más oscura, y ya la siguiente cuadra estaba totalmente enneblinada. Entonces aminoré el paso y otra vez me invadió la sensación del dilema: no sabía si regresarme o seguir caminando.

De repente escuché el violín. Otra vez el maldito violín. De nuevo su tonada hermosa, pero cortante como una hoja de afeitar. Sabía de dónde venía el origen del sonido, pero estaba demasiado oscuro. Había olvidado que donde reclutaban militares era todo abierto, casi terreno baldío. Recuerdo que más de alguna vez vi defecar a algún borracho, y también durante alguna tarde vi parejas melosas de estudiantes sentados en una banca de cemento que estaba ahí. No sé si alguna vez ese sitio estuvo completamente abandonado, pero estoy segurísimo de que pasó temporadas descuidado. El sonido venía de ahí. Sé que el violinista estaba sentado en la banca.

Y volvió la voz en forma de susurro. Me asustó tanto, que si hubiera sido un gato habría pegado un salto hasta el primer techo que tuviera enfrente. Pero como su voz no era material, sino que estaba dentro de mi cabeza, de nada servía huir. Y de nuevo sus palabras: “Edwin, ¡Edwíííííííín!… Andate… ¡Andate!… Si te encontrás con el violinista, ciertamente morirás. ¡¡Moriráááááás!!”.

Todo ocurrió en unos segundos, porque reconocí la silueta de un hombre alto, bastante corpulento. Todo estaba oscuro, pero sabía con absoluta certeza que en esa banca de cemento estaba sentado el violinista. Sé que me estaba viendo y dejó de tocar. No vi ningún rasgo físico suyo, pero por extraño que parezca es como si reconocía que la sombra estaba ahí y que tenía forma humana. A todo esto, estaba a punto de quebrarme, mi pecho no lo resistía más, y afortunadamente me desperté.

Entonces me levanté y fui adonde mi papá para contarle la pesadilla. Lo vi sentado en su escritorio escribiendo su devocional. Le comencé a contar todo, pero él solo decía: “Sí… sí…”, y no me puso atención. Entonces me percaté de que seguía siendo un niño de 13 o 14 años… lo noté porque me di cuenta que el escritorio me parecía demasiado alto. No esperé a que él levantara la vista para ponerme atención (y de hecho, una gorra que llevaba puesta le tapaba el rostro completamente desde mi perspectiva), sentí un miedo horrible, me dispuse a regresar a mi cuarto, cuando la voz de mi papá retumbó en lo más profundo de mi corazón.

“¿Win? ¿Estás despierto?”, fueron sus palabras. Entonces me desperté de verdad, con un horrible dolor de cabeza, por haberme arrancado del sueño tan repentinamente. Luego me puse a escribir algo que él me pidió. Creo que en esta ocasión él me salvó de la pesadilla.

Había tenido un sueño sobre otro sueño alguna vez en mi vida, pero jamás a través de una persistente pesadilla hiperrealista. Y si fuera músico, me encantaría poder rescatar mediante partituras o describir apropiadamente cómo era la melodía. Uno de mis amigos se burló (al menos sin llegar a ser cruel) diciendo que debí escuchar la famosa pieza de Tartini. Y aunque ya en frío pensé en ese famoso episodio histórico, en realidad la música era diferente.

La melodía más bien era de un tono suave, algo que recuerda esos romances improvisados que debieron tocar algunas sectas secretas paganas del norte de Europa, durante el siglo XVIII. Era una melodía tranquilizadora, pero por el contexto de la pesadilla, la experiencia fue horrible. Era como si el violinista fuera el flautista de Hamelín y yo, con todo y el terrible terror que sentía, estuviera inevitablemente atraído como una rata a mi supuesta destrucción.

Y aunque es fácil decir que solo fue una tonta pesadilla, para serle honesto eso jugó tanto con mi mente que pasé días teniendo miedo hasta de dormir.

2 comentarios en “Diario de pesadillas N.º 3: El violinista

  1. Mientras leía sobre tu sueño también pensé en la historia de “El trino del diablo”. Indudablemente tus sueños son sumamente realistas. Aunque te sobresalten eso indica que tu cerebro descansó bien, claro eso no quita la sensación desagradable de una pesadilla…doy fe de ello. Y uff el sueño dentro del sueño es lo peor, sumado al “estoy soñando me quiero despertar pero no puedo” y en realidad todavía se está dormido.
    Soñarse en tercera persona es común en mi familia XD, es rarísimo porque es como si te hubieras salido de tu cuerpo y te vieras. Pero pasa con más frecuencia de la que imaginas. Saludos 🙂 las pesadillas son feas pero a pesar de eso me declaro fan de esta sección…a tu costa y pesar 😛

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    1. Wow… no sabía que eso podía ser indicador de haber descansado bien. Lo que me sigue matando es la arbitrariedad: aparecen de la nada, aunque la noche anterior estuviera viendo alguna película de comedia o algo así.

      Para serte franco daba por sentado que todos soñamos igual jajajaja… no se me había ocurrido preguntar en toda mi vida y creo que a mi alrededor la gente asumía también.

      En fin… gracias por los ánimos. Lo cierto es que la mejor forma de sobrellevar esas cosas es escribir sobre ello. Al menos siento que me ha funcionado. ¡Saludos! 😀

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