El ojo de vidrio, cuento de Mireille Escalante Dimas

En la Fuerza Aérea de cierto país vecino hubo un desacuerdo entre Mauricio Reyes y su Jefe. El incidente no es para recordarlo ni para profundizar en él. Ya se tratase del amor de una bailarina nocturna o de una máquina descuidada en los hangares, la verdad es que el desacuerdo pudo terminar en riña. Indignado Mauricio, y reconociendo la indiscutible ventaja de su superior, pidio la baja y, en busca de nuevas perspectivas, vino a El Salvador, en donde la suerte le fue propicia, y comenzó a trabajar en las algodoneras, como fumigador aéreo.

Vivía en una forma de lo que puede llamarse “bien”. Cinco meses del año trabajaba hasta fatigarse, pero el resto se lo pasaba disfrutando de sus peligrosas pero espléndidas ganancias.

Sobrevinieron, sin embargo, tiempos desafortunados. En una ocasión, cuando cumplía un contrato para regar insecticidas en un inmenso plantío de algodón, se olvidó de revisar su avioneta. El descuido resultó terrible. El veneno con que trabajaba comenzó a filtrarse, durante el vuelo, por un agujero de la cabina que entraba en contacto con el tubo de fumigación. Ráfagas mortíferas le daban de lleno en la cara. Comenzó a sentirse asfixiado. Luego vino un lento desvanecimiento. Recordaba, después, su impotente lucha para no perder el control del aparato. Tras de esto llegó el súbito desmayo, la noche, la oscuridad total de la mente, y el inevitable estrellarse, inconsciente de antemano, contra el suelo rocoso. Fue rescatado por milagro, de en medio de los metales ardientes.

Y qué dicha tan grande la suya al retornar a la conciencia en la sala del hospital, en donde se alternaba el suave perfume de las enfermeras con el repulsivo y embriagante olor del yodoformo. ¡Estaba con vida y todo el daño sobre su esqueleto consistía en una pierna rota!

Apenas se sintió bien, retornó al trabajo. Obtuvo todos los contratos que deseó. Regresaron los meses de alternativa, de trabajo extenuante y disfrute placentero. Y el tiempo transcurrió raudo, hasta que llegó el momento de la desgracia definitiva, que lo privó para siempre de ejercer la rutina excitante de sentarse frente a los mandos de un pequeño avión.

—La culpa fue mía, solamente mía, por esta maldita nerviosidad y esta maldita precipitación —solía decirse.

La ambición de ampliar la jornada lo mas posible lo obligó a remontarse casi sin combustible, para no esperar el tardío aprovisionamiento, y porque pensaba que aún tenía lo suficiente para el primer vuelo. Esta vez se precipitó a tierra, con la conciencia plena de la caída, recordando, mientras veía subir el suelo contra él, la leyenda de Ícaro, la cual había leído en un almanaque. Pero Mauricio no perdió solamente las alas en la caída, sino también un ojo.

—Hubiera sido preferible perder la vida —clamaba, irritado y maldiciente.

Al fin de cuentas, no resultó del todo mal. La compañía aseguradora cubrió el accidente. Le entregó cinco mil dólares y como compensacion accesoria le pago el ojo de vidrio que necesitaba.

La primera vez que se miró al espejo con su nuevo ojo de vidrio se sintió consolado en su desdicha. La vanidad triunfó sobre la desventura:

—¡Ah! No me veré tan feo. Nadie advertirá que es un simple ojo de vidrio.

Por la noche, cuando se quitó el ojo para dormir, lo hizo a la manera de quien cumple un sagrado rito. Empleó gran delicadeza para separar los párpados. Cuando el ojo estuvo fuera lo besó largamente y lo cubrió de caricias. Luego, tras de admirarlo con verdadera unción de enamorado, lo depositó con toda dulzura sobre el estuche acojinado, el cual mantuvo abierto. Y la penumbra, velando el descanso de su dueño.

La noche de Mauricio fue de raras ensoñaciones. El era el único hombre en el mundo que podía mirarse a sí mismo con un ojo. El ojo ya no estaba inmóvil en el estuche, sino que lo seguía por la habitación, por la calle, espiaba todos sus pasos, lo acompañaba en el momento de situarse frente al taller de mando de un pequeño avión. Y luego se alejaba de él, y ascendía, más y más arriba de las nubes, y se multiplicaba en miles, millones de ojos, que lo veían desde inmensas alturas.

Meses pasaron rápidos y el dinero del seguro se agotó. Por primera vez conoció lo negro de la miseria. Tuvo que recurrir al amigo usurero.

—Mira, Cañas, si solo necesito cien colones para un plazo muy corto. Te los devolveré en dos meses —rogaba.

No era fácil convencer al prestamista Cañas. Más que en el “no tengo” que pronunció, se le advertía la indiferencia por la necesidad ajena en la expresión dura y hosca de la cara. Pero el necesitado tuvo de pronto una idea luminosa:

—Te daré la garantía del ojo. De mi ojo. Tú sabes el valor que tiene para mí.

El prestamista iba ablandándose, parecía ya convencido, pero Mauricio seguía recalcando, con seguridad y de una manera persuasiva:

—Vamos a celebrar un contrato en el que estipularemos que en caso de que no cumpla con mi obligación, cosa que no sucederá, porque no puede suceder, tú tendrás derecho a retener mi ojo hasta que te pague. ¡Un ojo!… ¿mejor garantía que un ojo?… Tú comprendes bien que no es un mal negocio. No te ofrezco dejártelo de inmediato, porque sabes bien que sin el ojo me será más difícil conseguir el dinero para pagarte. Pero vencido el plazo, si yo no cumplo, tendrás derecho a usar hasta la fuerza para quitármelo.

Salió de la casa del usurero con el dinero y una copia del documento en el bolsillo; pero el plazo expiró en un abrir y cerrar del único ojo bueno de Mauricio. No había encontrado ningún trabajo, y Cañas comenzó a cobrarle con irritada insistencia, más que todo porque se sentía estafado y defraudado.

Al consultar con su abogado sobre la manera de hacer ejecutivo el documento, este le dijo que era un caso difícil, y que sería improbable tener éxito en una ejecución tan singular como esta del reclamo de un ojo, aun tratándose de un ojo de vidrio.

—Ya ves, así es la debilidad humana de los jueces. No te queda más camino que la fuerza —sugirió el rábula malvado.

Y allá fue Cañas a la casa de Mauricio, dispuesto a hacer efectivo el contrato. Desoyendo la imploración por una prórroga de dos meses, de otro mes siquiera, se abalanzó sobre el infortunado, y con unos dedos como garras separó el ojo de su órbita, pese a los gemidos y protestas del dueño.

Ahora lo tenía en su poder, y lo apretaba como si tuviese miedo de que se fugara. El ojo humedecido, entre los dedos del usurero, parecía hacer esfuerzos para concentrar toda su humedad en una lágrima.

Cañas pudo haber jurado después que él no tiró el ojo, sino que este se le deslizó, con movimiento humano, de entre los dedos.

El ojo, al caer al suelo, se rompió en cinco partes casi iguales. Ya no era un ojo. Eran cinco ojos los que miraban hacia los dos hombres atónitos, igualmente angustiados e igualmente confusos.

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