Confesiones de un aficionado a la música

Quería titular esto como “Confesiones de un melómano”, pero a medida que he leído artículos y toda clase de publicaciones sobre el témino, comienzo a dudar realmente sobre si me apego o no a tal definición. Claro, nadie jamás se apega a algo en estado puro, pero según las gentes sabedoras de estas cosas, ser melómano es traer entre manos varias características muy especiales, a las cuales ni me acerco.

Igual, no pienso describir dichas cualidades o defectos, si de todos modos no me apego del todo a ello. Mejor le ahorro al lector un fárrago de esa naturaleza y me apego al título con el que me quedé.

Llevo música en mi cerebro desde que puedo evocar mis primeros recuerdos, allá en la edad de piedra de mi infancia. Recuerdo imitar con mis manos los ritmos de las canciones, tamborileándolas a mi manera. Y recuerdo la vergüenza al ser descubierto, a medida que iba creciendo, cuando alguien me atrapaba cantando y haciendo tonteras con mis manos.

En mi familia nadie me impulsó jamás a aprender a cantar o tocar un instrumento. Pero eso ya no importa: si tuviera un poco de voluntad debería de hacerlo a mi edad, y ya. Nunca es tarde para empezar, como bien enunciaría de otra manera Diógenes de Sínope.

Pero el asunto es que desde niño comencé a absorber como una esponja la música que escuchaba mi mamá, mi papá, la radio de mis vecinos… cuando veo las cosas en perspectiva ni yo sé cómo mi gusto musical se convirtió en una ensalada revuelta de géneros musicales, desde lo más vulgar (para muchos) hasta quizá algo sofisticado (aunque no lo creo… soy un alma simple).

Es así que de repente puedo estar escuchando a Nirvana y olímpicamente trasladarme a escuchar a Vicente Fernández, regresarme a Queen y luego moverme las cumbias salvadoreñas. Y no sé si al confesar eso debería de sentirme avergonzado, porque en realidad en el fondo creo que todo buen fan de la música tiene sus gustos culposos.

En mi adolescencia siempre me reía para mis adentros ante la reacción adversa de amigos o compañeros a la música grupera. Creo que persiste en toda la región mesoamericana la etiqueta de “música agropecuaria”, como si pertenecer a la zona rural o dedicarse a la agricultura fuera algo desdeñable. En el fondo me reía, porque me decía: “Si supieran que tal canción me la sé de memoria”. Incluso ahora, en esta etapa más solitaria de mi vida, de vez en cuando me pongo a escuchar música regional de los diferentes territorios latinoamericanos. No hago distinción ni etiqueto a nada como buen o mal gusto: me confieso pecador, mea culpa.

Bien puedo estar escuchando a Hank Williams y luego pasarme a Empire of the Sun. Y en su momento llegué a creer que eso me hacía melómano… pero por lo que he leído, en realidad no es eso. Soy solo alguien con un gusto demasiado amplio, o quizá peor, alguien sin un gusto definido.

Y no sé si esta es la parte interesante, pero ese es mi caso. Me gustan MUCHAS canciones, así, con mayúscula. Y soy de los que no se saben los nombres de los artistas de memoria, ni los álbumes, ni lanzamientos, ni versiones originales, ni cosa parecida. Si una canción me gusta, la añado al disco duro de mi memoria y ya. Absorbí los gustos musicales de familiares y amigos, y sencillamente los añadí a mi repertorio. Con las redes sociales y las gracias del internet he creado una variedad de playlist de lo más pasmosas, en función de mis emociones personales.

Camino por la calle y de repente en alguna cuadra recuerdo una canción, siempre en el mismo lugar, sin excepción, aunque tenga mucho tiempo de no pasar por ese lugar. Cada persona que conozco (pero no cada ser humano que se haya cruzado en mi camino, porque eso sería imposible) me recuerda a una canción o de repente sintetizo en mi interior, defino a alguien, lo que una persona representa para mí en una canción. Y debo escribir eso en esta lista de confesiones, porque es algo que no suelo decírselo ni a mis amigos más íntimos. La razón de eso es porque no soy bilingüe ni mucho menos políglota. Ya pasé en mi adolescencia por la vergüenza de decirle a alguien: “Esta canción me recuerda a vos…”, y luego investigar la letra y el significado… y darme cuenta que el significado es una cosa terrible, quizá ofensiva para alguien. Así que las personas-canciones son algo que exclusivamente guardo en mi interior.

De todos modos, mis familiares y amistades más cercanas saben que God Put a Smile Upon Your Face, Blue (Da Ba Dee), Nuestros nombres, Californication, Show Me How to Live, Y te diré te quiero, Chop Suey!, Volverán las oscuras golondrinas, Where Is My Mind?… y un largo etcétera… son canciones que para mí tienen rostro, nombre y significado bien definido. Y me temo que con mi corazón de pollito esas canciones pasarían a mi playlist más autodestuctiva el día que alguna de esas personas llegue a faltarme, como en realidad me ha pasado con amigas y amigos que ya no están en mi vida: sus canciones simbólicas pasan por mis oídos en momentos concretos de mi vida, en un orden específico, cuando he decidido hacerme daño deliberadamente… pero de eso ya hace tiempo… la última autodestrucción personal data de 2014.

Pero las canciones-personas no son fijas… ya he cambiado de canción en mi mente alguien, como si se tratara de una ficha bibliotecaria, por momentos o vivencias concretas de mi vida. Y confieso que a veces puede más el dolor y renuncio a ciertas canciones por años.

En otros casos, las canciones también representan el soundtrack personal de mi vida (la literatura y hollywood haciendo de las suyas, haciéndonos creer que somos protagonistas de un gran relato personal) y en función de eso puedo evocar recuerdos, como cuando olemos un perfume o encontramos una vieja carta, transportándonos al lugar histórico de los hechos, con una claridad añeja, como un saudade agridulce de tiempos mejores o peores.

Es por eso que sé que no soy melómano. Una canción la puedo disfrutar cien mil veces por mero deguste, pero en buena parte obran dentro de mí una gran cantidad de mecanismos interiores. A veces necesito deconstruirlas (que no interpretarlas) a mi manera, tono a tono, nota a nota, reflexionando en interpretaciones personales que no por eso buscan comprender un significado en sí.

Paradójicamente, a pesar de escuchar una variedad de géneros y estilos, no sé por qué soy tan poco para el cine musical. Admito que he visto varios filmes de este género (y confieso haberme enganchado un par de veces), pero no es algo de mi predilección.

Como me he alargado demasiado, quizá sea momento de confesar que intenté alguna vez de manera infructuosa definirme en una canción, encontrar mi canción-mandala. O en todo caso, ya menos pretencioso, al menos hallar mi canción favorita. Empresa imposible: fue algo tan imposible como tratar de encontrar mi libro favorito. Y creo que con la música es peor… es por eso que ahora ni se me ocurre. Prefiero navegar en el mar infinito de géneros, estilos y formas, ser un camarón que se deja llevar por corrientes frías, tibias y calientes, saladas, amargas y dulces. Oda a las filosofías personales: considero que oír de todo me permite apreciar la amplitud de la música y que me da mayor perspectiva. Considero que quien se casa con un género musical solo puede tener una visión limitada del arte y del gusto, porque no ha paladeado lo que la humanidad ofrece en su inmensidad y variedad.

Y bueno… y qué decir de las canciones que forman parte de mi repertorio por culpa de películas, series, caricaturas, comerciales y libros. Es la de nunca acabar.

Solo por eso me despido con dos canciones random, que a la sazón las conocí en dos circunstancias distintas de mi vida: una por una telenovela colombiana de hace muchos años, pero que desde la primera vez que la escuché algo perforó en mi alma para siempre… y la otra porque pertenece a un lejano recuerdo de mi infancia, una que escuchaba mi mamá en la radio a buenas siete de la mañana, un día lejano de mi primer día de clases cuando fui al kinder… debo añadir que ambas pertenecen a una playlist personal subterránea, el penúltimo nivel antes de llegar a la lista prohibida, de la que casi nunca le he hablado a nadie.

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