Después de la batalla, cuento de Manlio Argueta

Y otro día de mañana me partí para Pazaco y hallé a la entrada de los caminos cerrado y muchas flechas hincadas; y ya que entraba para el pueblo vi que ciertos indios estaban haciendo cuartos un perro a manera de sacrificio: y dentro en el dicho dieron una grita y vimos mucha gente de tierra y entramos por ellos rompiendo en ellos hasta que los echamos del pueblo. Y de ahí me partí para otro pueblo que se dice Mopicalpo y fui recibido ni más ni menos que de y los otros: y cuando llegué al pueblo no hallé persona viva; y de ahí me partí para otro pueblo llamado Acatepeque adonde no hallé a nadie antes estaba todo despoblado...

Don Alfonso Gómez, tercer capitán de mensajeros en las fuerzas españolas, fue designado para prender fuego a las chozas de la aldea. Quiso ejecutar la orden como siempre lo había hecho: inmediatamente, pero le fue imposible, pues estaba sufriendo una especie de transformación que parecería inexplicable. Intentó decir a don Pedro de Alvarado sobre la necesidad de requisar las casas y sacar a los niños y a los viejos abandonados por los que huían, pero su pensamiento se atascaba ante idea de las burlas e incomprensiones. A sus compañeros no les quedaba ni pizca de sensibilidad, en aquellos lugares donde la vida se medía apenas por unas cuantas onzas de oro.

Hasta esos momentos, a ningún español se le había cruzado por la mente tratar como personas a aquellos seres cobrizos, semidesnudos y raros. Estos, para los conquistadores, solo eran el barro moldeable de la conquista.

Pocos minutos después, en los ojos azules de los españoles la aldea se retorcía entre llamas violetas y anaranjadas. Una ráfaga de brisa marina les lanzó el humo hasta envolverles con él sus cuerpos. El humo les sacó lágrimas a empujones. El capitán Gómez dudó si aquellas lágrimas solo se debían a causas externas: “Di, Alfonso Gómez: sincérate contigo mismo. ¿Tienes o no tienes madera de conquistador?… ¿Acaso para hacerse rico, pues por eso andas en la conquista, no es necesario tener duro el corazón y carecer del más mínimo escrupulo?”… Desde hacía cierto tiempo estaba cansado de ver tantas muertes. De ahí que la conquista y sus naturales resultados de riqueza y poder había perdido para él fascinación: “Cuando te nombraron capitán de mensajeros no fue por intrigas o influencias; ese grado te lo concedió la valentía. Recuerda las veces que te has adelantado al grueso de la tropa para llegar a entendimientos con los aborígenes; las veces que has tenido que internarte en las montañas para llevar el mensaje de la rendición condicional o el pacto de paz y sometimiento. Has tenido que enfrentarte a la agudeza de los ojos negros de los caciques y has esperado entonces la señal que ordenara tu ejecución. Alfonso Gómez, mil veces has arriesgado la vida. Eres mil veces valiente”. Los pensamientos del tercer capitan prestaron un bordón a sus vacilaciones. Recordaba a su Galicia natal y los montes cubiertos con la nieve cálida de los corderos. Evocaba las campanillas en el cuello de los burros y cómo estos bajaban de la sierra, llenando el aire con sonidos plenos de música y rara melancolía. ¡Y pensar que la sed de riqueza lo había llevado hasta las Indias Occidentales! A estos lugares donde reinaban todos los misterios de la naturaleza, con sus serpientes venenosas y sus fieras, y la lluvia metiéndoles izcanales de agua, y la fiebre haciéndolos soñar con Pilsincuát, la niña con cuerpo de culebra, y con los brujos-de-agua-cocodrilo, y con la señora tecolota de alas extendidas, y con la bestia devoradora de hombres…

A todas las vicisitudes se agregaba, la actual resistencia en Cuxclaclán. Atrás habían dejado otras tierras donde los indígenas se sometían sin mayores problemas. Pero al pasar el río Pazaco, las flechas hincadas en la tierra, cubiertas de zacate, les habían herido los primeros hombres y los primeros caballos.

Al incendiarse la aldea, los españoles se dieron cuenta de que los nativos, hombres y mujeres, se se habían internado en la selva. Esa era la impresión, por lo menos, pues a nadie se había visto salir de sus casas.

* * *

Tanchicú no quiso resistir en Pazaco pues quería pensarlo bien: los dioses blancos eran invencibles e implacables… Pero someterse ¡nunca! Decidió internarse en la selva antes que caer en manos de los invasores. Tanchicú se retiró en dirección donde nace el sol, en la hora que el lucero de la mañana se envuelve poco a poco en los ropajes claros de la aurora y el día se insinúa como una mancha de oro.

Varios días anduvo Tanchicú entre las aromáticas selvas de bálsamo, en afanosa búsqueda de un refugio para sus tribus. Pensaba en su responsabilidad de guardián de gentes y en sus queridas esperanzas: “¿Qué será de mi Amada Errante del Bosque y de nuestros hijos Venado de Agua y Dorado Pez del Aire? ¡Axuchilt! ¡Axuchilt! ¡Cuídate mucho!… Corre con nuestros hijos a las barrancas y escóndete en el Santo-lugar-de-los-brujos-del-agua-que-chorrea, pero no caigas nunca en manos de los enemigos!”. Tanchicú siguió lamentándose: ¿Por qué los dioses serán tan duros con nosotros, si todas las lunas sacrificamos un ocelote en su honor?”.

Tanchicú caminó por la orilla del mar, cruzó esteros y ríos, barrancos y pantanos. Las abejas volaban sobre las cabezas de los guerreros y les dibujaban círculos dorados; las ariscas loras se espantaban y hacían verde la mañana; los guazalos simulaban morir a la vera del camino; el tunco de monte daba vueltas y vueltas hasta perderse entre los güiligüistes; el murciélago, con el puñal del día metido en los ojos, se balanceaba entre las ramas de níspero; los tordos de ojos colorados huían hacia el norte; el oso melero abría sus ojiilos dormidos; las lombrices azules se asomaban entre la humedad, y los pajaros momotos saltaban entre los almendros.

Tanchicú ordenó a sus tropas descansar bajo unos frondosos árboles de conacaste. Sus pensamientos se arrodillaron a meditar si debía presentar batalla a los invasores. El Jefe Superior apoyó su cabeza entre sus manos, duras como las raíces de los ceibos: “Si resisto, muero, pues ¿qué otra cosa puede esperarse de los hombres color del mediodía sino la muerte? Pero si no resisto, también muero”…

* * *

Y siguiendo mi propósito que era de calar las dichas cien leguas me partí a otro pueblo que se dice Acaxual donde bate la mar del sur en él y ya que llegaba a media legua del dicho pueblo vi los campos de gente de guerra con sus plumajes y divisas y con sus armas defensivas y de ofensiva en mitad de un llano que estaban esperando. Aquí en este encuentro me hirieron muchos hombres y a mí con ellos que me dieron un flechazo que me pasaron la pierna y entró la flecha por la silla de la cual herida quedo lisiado que me quedó una pierna más corta que la otra bien cuatro dedos.

A Gómez le alegró mucho no haber peleado en Acaxual. Se había quedado en la retaguardia para evitar una sorpresa, pero los nativos desconocían las tácticas avanzadas de la guerra: atacaban en un solo frente. Una batalla menos era un problema de conciencia menos. Si era la sed del oro lo que los mantenía en aquel lugar, al capitán Gómez no le importaba ya nada, salvo su Galicia natal. Había pensado que una vez conquistada Cuxclaclán regresarían a Goatemala y luego pediría su retorno a España.

* * *

Era un día de lluvia azul y neblina. Los nativos comenzaron a contar sus muertos. Después de la batalla se había formado una confusión de lisiados heridos. Nadie se acordaba sino de su propia derrota. De pronto, la brisa del mar les llevó una voz que les abrió las puertas del alma: “¡Tanchicú! ¡Tanchicú! ¡Tanchicú!”… Los guerreros miraron hacia el mar y pensaron en su amado Jefe Superior. Cantaron entonces con el mar miles de voces dolientes: “¡Tanchicú! ¡Tanchicú!”. Y decidieron uscar a Tanchicú entre los muertos.

* * *

Y por cuanto hice y en ellos trabajé nunca los pude atraer al servicio de su majestad porque toda esta costa del sur por donde fue es muy montosa y las sierras cerca donde tienen acogida. Y como vi esto yo envié mis mensajeros a los señores de ahí a decirles que no fuesen malos y que mirasen que habían dado obediencia a la Santa Madre Iglesia y a mí en su nombre asegurándoles que viniesen, que yo no les iba a hacer la guerra ni tomarles lo suyo, enviáronme decir que no conocían a nadie, que no querían venir, que si algo les quería que estaban esperando con sus armas.

Gómez recibió la orden de dirigir al grupo de los mensajeros que se internarían en la selva para llevar a los insurrectos las condiciones de rendición. Con ello, don Pedro de Alvarado hacía los últimos intentos de someter la región.

El tercer capitán de mensajeros, don Alfonso Gómez, decidió cumplir la misión con la mayor premura, pues de su mensaje dependía su retorno a Goatemala y luego a su querida Galicia, donde los montes se cubrían con la nieve cálida de los corderos, y donde los burros con sus campanillas al cuello bajaban de la sierra soltando sonidos con algo de música y rara melancolía.

Ocho días esperó don Pedro de Alvarado a su tercer capitán de mensajeros. La última noche que pasaron en la espera, don Pedro dejó oír su voz, no sin cierta vacilación: “Hay que contar al capitán Gómez entre los muertos”.

Por la mañana, salieron de Tacuxcalco, dolientes y compungidos. A su paso espantaban venados y jaguares.

La brisa del mar les llevó la voz quejumbrosa de los balsamares y los güiligüistes: “¡Tanchicú! ¡Tanchicú! ¡Tanchicú!”… De las barrancas y las colinas llegaba el mismo susurro. Los españoles no entendían nada. Ellos tenían su propio dolor, algo que muy dentro del pecho les golpeaba el corazón: “¡Hay que contar al capitán Gómez entre los muertos!”, porque los mensajeros no siempre volvían.

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