Sorpresa nocturna

Anoche me encontré con un conocido a quien tenía tiempo de no ver y con el que tuve un desafortunado malentendido. Me sorprendió no recordar ni siquiera su rostro y que él, en cambio, me hablara desde lejos, hecho que bien sería indicador de que me tiene bien memorizado. Como mínimo tenía dos años de no verlo, lo cual implica de mi parte al menos 60 libras de diferencia (sí, engordé en poco tiempo). 

Me habló así, casual, cotidiano, como quien no quiere la cosa: “Edwin, ¿cómo estás?”. Lo vi y sonrió cordial, le di la mano con desconfianza e intriga a la vez, y luego él mismo se percató de mi olvido. “Ya no te acordás, ¿va? Soy Fulano” (perdón por mi poca creatividad, pero prefiero no usar ningún nombre). Un nombre y un rostro no siempre es suficiente, pero en este caso sí lo fue. Mi mente voló y de inmediato lo identifiqué.

No suelo salir con personas que casi no conozco, pero esta vez tuve que hacer una excepción. Vi a Fulano con el deseo imperativo de hablar conmigo, de “aclarar de una vez por todas” algo que para mí carecía de importancia, pero que al conocer la historia me resultó lamentable. Así que accedí a entrar en un pequeño comedor mexicano, nos comimos unas tortas y de paso nos tomamos un par de cervezas.

Para resumir, simplificar y contextualizar: desde hace varios años soy un hombre solitario. Y cuando digo solitario me refiero a que si no hablara solo se me atrofiarían las cuerdas vocales, porque paso días enteros sin hablar con nadie. A veces semanas. Y como sé qué se siente ser solitario, casi nunca me niego cuando por fin se aparece alguno de mis amigos y quiere verme, o cuando trabo amistad con una nueva persona y me invita a salir. Sé que tengo amistades sólidas (y soy afortunado por eso), pero esas amistades tienen vidas propias, proyectos personales, por lo que es raro que tengan tiempo para mí… pero cuando nos vemos es maravilloso. 

Así que para no volverme loco a veces salgo a caminar, entro a algún lugar y al menos trato de charlar con los meseros, y en fin… creo que el punto ya se entendió. La cosa es que de tanto frecuentar algunos lugares, la gente puede llegar a notarnos. Yo mismo he vivido eso. Llego a un lugar X a almorzar y veo las mismas personas que la última vez que fui. Uno saca conclusiones: “De seguro esa persona trabaja o vive aquí cerca”, o mi conclusión preferida: “Santa Tecla es un pañuelo, un pueblito”.

Y mi apariencia es tan típicamente mesoamericana (moreno, rellenito y chaparro), que bien puedo resultar como un rostro cualquiera. Pero hay que elogiar el relato interior de cada persona: hay algunas que sienten intriga por los solitarios. Me ha pasado. Así como yo he visto a las mismas personas, a veces no me doy cuenta que también me notan. Es así que desconocidos de la nada me han hablado y me preguntan si pueden acompañarme en mi mesa. En los últimos cuatro años bien creo haber reunido una buena lista de desconocidos, en el sentido de solo vernos y hablar justo cuando volvemos a encontrarnos. Sin pedirnos números de teléfono, sin añadirnos a Facebook, ni ninguna cosa parecida.

De verse con alguien de casualidad a trascender y convertirse en contacto hay una gran diferencia. Pero también me ha pasado. La última vez que salí con una amiga fue hace apenas un mes… pero la última vez que salí con una amiga con un interés mayor al de la amistad fue hace años. No es algo que me pase a menudo. Y aquí es donde viene el malentendido.

Es típico del machismo creer que no se puede salir con una amiga. No sé cómo será en su país, pero en El Salvador muchos incluso lo creen imposible, inconcebible. Mi país es vergonzosamente violento y un malentendido puede acarrear desgracias como si viviéramos en un spaguetti western. 

En una noche cualquiera de hace dos años estaba solo en un bar, como siempre. Bien podría haber comprado algo en el supermercado e irme a beber a mi casa, pero prefería estar sentado en la barra de un bar y ver con disimulo al resto de comensales… ver a la gente bailar, divertirse e imaginarse lo que conversan a veces es mejor que estar solo en casa viendo YouTube.

El bartender fue cordial y de repente me sacó conversación. No sé si me veía triste o qué, pero de los cuatro que estaban en la barra fue a mí a quien seleccionó. Empezamos hablando del clima y terminamos hablando de series y películas. Yo tiendo a emocionarme y de repente estaba dando opiniones e interpretaciones de hechos y personajes que nadie me había preguntado. Así que total, de repente otros se animaron y se incluyeron en la conversación. Al final se agregó una chica a quien llamaremos Mengana. A medida que pasó el tiempo y la noche quedamos solo ella y yo. Fue una noche entretenida, pero el lugar iba a cerrar, pagué lo mío, di las gracias y me despedí. 

Ya había caminado varias cuadras hacia mi casa, cuando una SUV paró. Era Mengana. Me ofreció un aventón. Decliné con cortesía, porque honestamente no me agrada subirme al carro de alguien a quien acabo de conocer. Ella insistió una media cuadra, pero al final aceptó mis excusas. En fin…

El asunto es que de puras casualidades me la volví a encontrar en otras circunstancias. Las ocasiones se repitieron y una vez nos saludamos en un supermercado. Y total, al final cada vez que nos veíamos nos saludábamos y conversábamos un rato. Meses después la volví a encontrar en el mismo bar y esta vez sí acepté su aventón. En el camino ella sugirió seguir tomando algo en otro lugar. Yo acepté. Ella compró algo en la gasolinera y el otro lugar era su casa. Bebimos y conversamos toda la noche. El amanecer nos sorprendió y ella me dijo que desde el principio le había agradado por no ser abusivo ni insinuante, y que ya había olvidado la última vez que había conocido un hombre así (creo que de verdad exageraba… así como conozco a locos machistas abusivos, también conozco hombres admirables y educados). 

En honor a la verdad debo decir que desde la primera vez que la vi me pareció atractiva. Pero conozco mis límites. No me creo ni menos ni más que nadie, pero con solo verla sabía que ella no era una chica para mí. Partí de ese supuesto y mejor me dediqué a conversar en el 100% de ocasiones que nos vimos. Y bueno, esto enlaza con Fulano, olvidado al principio de este relato.

Fulano y Mengana tenían su propia historia. Ella le habló de mí desde la primera vez que me vio en el bar, así que esa es la razón por la que sabía mi nombre. Supo de cada una de las casualidades y encuentros. Y supo también del día que fui a la casa de ella. Por lo que Fulano me contó, ellos en aquel tiempo tuvieron su par de problemas. Presiento que Fulano insinuaba que yo tenía un poco de culpa, pero igual, al final solo ellos sabrán de qué iba la cosa.

Yo solo los vi juntos una vez, justo en el mismo bar. Ella me saludó en esa última ocasión y él fue cordial, aunque un poco serio. Recuerdo que esa noche me invitaron a su mesa, pero yo decliné. Esa misma noche ellos tuvieron una discusión fuerte y de eso para acá nos regresamos al presente.

Anoche que me vio me pidió disculpas, porque él estaba convencido de que yo tenía otras intenciones con ella. Y la verdad es que en realidad la última vez que la vi fue hace año y medio, un domingo por la mañana. Él comenzó a contarme detalles que no me interesaban saber, pero que en resumen era su propia odisea de relación, en ese tira y encoge tóxico que viven muchas parejas. Llegó al punto de indiscreción de enseñarme conversaciones y me hizo escuchar varios audios de WhatsApp.

El último audio era de ayer mismo, un poco más temprano de la hora en que Fulano me vio. En ese audio de un poco más de un minuto escuché la voz de Mengana, clarísima y perfectamente reconocible. Ella lo insultaba con gran barbarie e incluso lo amenazaba. No sé si él le habla así también, aunque los audios de respuesta que me enseñó lo dejan como víctima. Uno no conoce todas las aristas de una persona hasta que llega el momento, por lo que no puedo opinar sobre Mengana, aunque me sorprendió el nivel de lenguaje corrosivo y ofensivo con el que es capaz de tratar a alguien. Fulano me aseguró que ella incluso a veces lo golpeó. 

Mengana solo una vez me había hablado de él y por interpretación contextual ni siquiera llegué a imaginarme que tuvieran una relación. No sé si ella pretendió ocultarlo o qué, pero actuaba con la libertad de los solteros y jamás la vi ni siquiera mensajearse con alguien.

Para ser brutalmente honesto ni siquiera sé por qué le caí bien ni si de verdad le interesaban mis conversaciones. Creo que Mengana sencillamente solo fue educada y me habló por la más llana de las casualidades, porque me comporté amigable, sin intenciones extra. Lo mismo habría dado que fuera así conmigo o con cualquier otra persona, sea otra mujer, un niño o un anciano. 

Así que lamento lo que le ha pasado a Fulano. No quisiera estar en su historia. Supongo que es más lamentable aún el malestar cultural, los defectos de mi gente, así en general: es muy probable que otro hombre, machista clásico, hubiera tratado de aprovechar la más mínima oportunidad con Mengana, desde la primera vez que la vio. Y por culpa de esa clase de hombres vivimos en un reinado de desconfianza absoluta, donde pagamos platos rotos hasta los solitarios como yo.

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