El hombre que no hizo nada, cuento de Claudia Lars

Quiso ser un buen escultor, como antes quiso escribir hermosos poemas, pero se quedó haciendo muñecos de madera y cuidando las plantas del jardín. Bajo su apariencia de hombre tímido —hombre gris, del traje a la palabra— se escondían todos los colores que se buscan, todas las criaturas de la imaginación. ¿Por qué no tenia valor para sacar de su pecho aquel ardiente mundo, para soltar en el aire lo que le golpeaba la frente como una banda de pájaros ciegos?… Tal vez un miedo de trasueño lo volvía incapaz de expresar la maravilla soñada; tal vez una herencia de cansancio era la que doblaba sus espaldas bajo peso invisible.

“Cuando el hombre es haragán la mujer le busca el pan”, dicen en la calle. Por eso la esposa del hombre trabajaba hasta en día domingo; por eso el hombre recogía su vergüenza en permanente actitud de vencido.

“¡Un infeliz que se pasa la vida haciendo monigotes y matando hormigas!”, murmuraba la gente al pasar. “Si no fuera por la tienda de su pobre señora, andaría por las calles juntando migajas”…

Poco a poco lo convirtieron en el blanco de las burlas más crueles, y como la malicia popular sabe esgrimir apodos acertadísimos, el nombre de don Amado —tan profundamente suyo en los años de la juventud— se transformó en el más real de don Sentado, y hasta cayó en la guitarra del guasón. A ratos el hombre se preguntaba con angustia por qué motivo permanecía casi embrujado entre rosas y veraneras; por qué se empeñaba en desafiar a todo el mundo con aquellos muñecos inútiles. Si hubiera tenido más apego al dinero esos muñecos le habrían proporcionado las monedas que tanto necesitaba, y una distracción de viejo irresponsable se habría convertido en oficio productivo. Pero el hombre aborrecía el reloj más que a sus pecados y se negaba a trabajar en la forma disciplinada en que trabajaban sus vecinos. Cuando alguien le insinuaba la idea de una pequeña industria doméstica, contestaba con palabras que dejaban al otro con la boca abierta:

—¿Industria que me esclavice?… ¡No, amigo mio! !No!… Esto es juego… Puro juego.

Y en verdad que era juego deleitoso: ganas de fijar en lo real su confuso mundo de sueños; ganas de mirarlo después con ojos atónitos, de tocarlo con humanos dedos, de sentirse dueño de aquellas cosas recién nacidas, entre las cuales era el —tan incapaz para todo— el silencioso creador. Se creía un artista fracasado, un hombre que nunca alcanzaba su deseo. Iba como el sonámbulo, tanteando su camino entre objetos externos, sin saber jamás si estaba dormido o despierto. Su patria se escondía en lugar desconocido; en espacio donde no existen palabras amargas, ni la más necesaria o tonta obligación… ¿Cómo explicar a los curiosos estos secretos de su ser más íntimo?… ¿Cómo definirlos en lenguaje común y corriente, si él mismo no lograba comprenderlos bien?… Lo único que entendía hasta lo profundo, pues ahí estaba situado el poder que lo ataba a la existencia, era el paso suavecito con que se dirigía cada mañana a la soledad del taller, el temblor de su mano al tocar el candado de la puerta, la mirada amorosa con que buscaba los instrumentos que le servían para expresar, un poquito siquiera, su indefinida verdad interior.

A veces en menos de un suspiro inventaba, hacía y decoraba un ligero carruajito de dos ruedas, que corría a lo largo de la mesa tirado por una brillante cuerda azul. En otras ocasiones perdía semanas enteras afinando la cintura de una bailarina, estilizando el salto de un atleta, buscando la carcajada del payaso. Cerraba el taller en horas de fastidio y con un repentino antojo de acariciar lo verde entraba en el jardín que rodeaba su casita de adobe, en el jardín que olía a embellecida pobreza. Entonces los muñecos se iban cubriendo de polvo, pero las flores se adornaban con abejas y salían alegremente de su húmedo sueño.

Aunque los adultos lo criticaban sin cansarse, comparando sus vidas seguras y metódicas con aquella vida desordenada y sin provecho, los niños del barrio lo querían de un modo entrañable. Cuando el hombre tallaba sus muñecos o los pintaba con sus lacas preciosas, los pequeños se detenían suavemente en la quietud del taller y olvidaban el resto del mundo. ¡Quizás el juguetero se untaba las manos con saliva de duende!… ¡Quizás guardaba el secreto del Sésamo Ábrete!… Con encantado asombro iban acercándose a la mesa de cedro; con alegría llena de preguntas observaban el rostro enflaquecido del viejo y cada uno de sus movimientos. Y el callado juguetero, que para los vecinos pecaba de hurañez y aislamiento, se ofrecía a los niños como el mágico hacedor de personajes nunca vistos, casi como el abuelo de la fabula.

—Este es Gordín —explicaba con voz insinuante—. Gordín boca-de-pez, con patitas de ya-me-voy… Si no hubiera tragado tantos dulces y golosinas tendría un aspecto diferente, y yo no lo metería en esta caja, para que en ella esconda su barriga de comilón.

—Les presento a Nayo Joroba —anadía después mostrando otro muñeco—. Es el sacristán campanero; el que llama a la misa apenas sale el sol. ¿Qué haría el Cura sin sus manos serviciales? ¿Qué haría Nayo sin la casa del Cura?

—Este es el General Veinte Sustos, que dice y repite que no conoce el miedo, y esta se llama Sor Remedios de La Calle, porque es monjita bondadosa y porque cuida a los huérfanos.

—El que nos mira a través de esas gafas de miope es Mister Funny, ministro de la Iglesia Bautista, y la pastorcita de rizos dorados tiene un nombre muy lindo y muy de pastora: Cándida Carmina Cantaflor…

Su amistad con los niños lo acercó a otros seres humildes y simples, entre los cuales se sentía respetado y comprendido. Y así conoció a Pedro Piojo, que lavaba los albañales y barría las caballerizas, a la costurera asmática, al guardián de las abejas y al muchacho que tocaba la dulzaina. Su vida se fue llenando de cariños frescos y puros, como se llena el tronco de retoños inesperados, como se colma la soledad de oculta y silenciosa música.

* * *

Y pasaron los años, llenos de silenciosas experiencias, hasta que llegó una tarde de octubre en la que el hombre se creyó casi feliz, a pesar de su corazón melancólico y de un terco dolor que padecía sin decirlo, y que ya empezaba a preocuparle: un dolor que le clavaba agudo garfio a medio costado, y que se le movía en lo más hondo de las vísceras con violencia que le obligaba a gemir. Y se creyó feliz, porque al fin aceptaba su derrota completamente, porque ya no perseguía ni siquiera la dicha de los sueños, porque entraba en la hora superfina en que se reza y se medita a la vez…

Esa tarde recordó con suave nostalgia a la novia de su juventud: a lo muchacha libre y generosa que al primer beso le pidió el regalo de un hijo, y la vio claramente como en aquel tremendo día, bajo las coronas de flores silvestres y con el niño sin aliento acunado sobre el frío corazón. Y fue en ese momento cuando el hombre logró comprender la virtud de sus manos de juguetero; la voluntad de instalar entre los hombres seguros y responsables su rara manía de inventar juguetes: juguetes para un niño ciego y sin tacto, para un niño borrado del juego de los niños.

Pensó que los vecinos tenían sobradas razones para mirarle con desprecio, para burlarse de él a cada rato, para ponerle como ejemplo de holgazanería. Estaban hechos de diferente materia y de esencia diferente, y se asombraba de haber vivido tanto tiempo entre ellos con relativa tranquilidad. Juzgó a su mujer con ternura avergonzada, agradeciéndole el valor de haber tomado en el hogar el puesto que no le correspondía; disimuló el recuerdo de lo malo exagerando lo bueno, y tragándose una lágrima que le nublaba la retina se dirigió quedamente a un banco del jardín. (El dolor se le escondía muy adentro, como serpiente dormida).

Pronto se dio cuenta de que una dalia recién abierta le miraba desde su tallo con dorada cara de niña. ¡Una fragante cara que sonreía al sol!… Se frotó los párpados, entre incrédulo y curioso, y sintió que la tarde se le entregaba entera en la a sonrisa de la flor.

El grillo cantaba una canción de agosto: una canción que él entendía perfectamente, como si toda la vida hubiera hablado el idioma de los grillos. “¿Me estaré volviendo loco?”, se preguntó lleno de espanto. (El dolor empezó a estirarse en medio de sus vísceras).

Preocupado por lo que le estaba ocurriendo buscó, tambaleándose, la puerta del taller. Al entrar se sentó en la sillona de cuero, frente al escaparate de los muñecos. Su mente no alcanzaba a comprender lo incomprensible, pero recordaba, como si fueran hechas de tangible contenido, aquellas palabras que una vez leyó en la portada de un libro: Creo lo increíble

Detrás del vidrio del viejo escaparate los muñecos se movían como personas vivas: Gordín rascaba su panza de goloso, el general ensayaba posturas y saludos, Nayo Joroba repetía los chismes de las beatas y Cándida, la pastorcita de rizos amarillos, le miraba con una expresión de arrobamiento amoroso, una expresión que él había visto antes, pero no sabía cuándo ni dónde.

De pronto la pastorcita empujó la puerta de vidrio, y dando un salto hacia el suelo fue creciendo a su lado con increíble rapidez. Los otros muñecos la imitaron y el taller se llenó de un rumor parecido al del huerto donde vivía el guardia de las abejas. (El dolor empezó a morderle las entrañas y a buscar el centro de su pecho).

—Aquí está el Niño Dios —dijo Cándida, señalando el pesebre bendito—. Es mi niño y es tu niño, pero como es Dios, no puede morirse ni sufrir…

El juguetero comprendió que era su novia muerta la que hablaba, aunque ahora tenía un nombre de cuento y unos rizos que él había pintado con su pincel. (Sintió que el dolor le impedía respirar y gimió doblándose sobre el lado izquierdo de la silla). La muñeca monjita se inclinó sobre él y le acarició la frente y Mister Funny, estirando la cabeza calva, sacó una Biblia del gabán y leyó estos salmos, con marcado acento inglés:

“Jehová es mi pastor y nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará yacer. Junto a ríos de reposo me pastoreará. Aunque ande en valle de sombras no temeré mal alguno. Su vara y su cayado me infundirán aliento”.

Dos golpes en la puerta hicieron que el hombre levantara la cabeza. Sus amigos —los niños y los miserables— le ofrecían un regalo sorprendente: el libro de sus poemas sin palabras, el que escribió tan solo con letras de sueño, el que se le quedó en el alma como una esperanza oculta y sin fuerza. Aquí estaba al fin, completo y magnífico, reviviendo ante su asombro todos los secretos del corazón. La fuente de sus lágrimas se abrió súbitamente hasta alcanzar el mar de todas las sales; pero había luz en aquella corriente sin ruido, y peces que volaban como golondrinas…

Escenas del jardín empezaron a cobrar extraña vida ante sus ojos y el canto del grillo sonó allí cerca, como si el cantor hubiera entrado en el taller.

—El gusano se come los brotes del geranio —dijo el grillo con su alargada voz—, ¡del geranio que tú prefieres entre todos!
—¿El gusano? ¿El que me ha dado tanta guerra nocturna? ¿El que se roba los tallos más dulces y pequeños?…

Quiso levantarse para matar al ladrón, pero el dolor se le extendió por todo el cuerpo y sus manos se crisparon sobre sus piernas y gotas de sudor le brotaron de cada poro. El grillo subió al respaldo de la silla y allí cantó con voz más suave:

—Esta noche el jardinero se vestirá de blanco y todas las rosas de tus rosales se convertirán en rosas de nieve…
—¿Y por qué suceden cosas tan sorprendentes? —preguntó el hombre sin despegar los labios.
—Porque hay muerto en la casa —respondió el grillo sin vacilar.

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