La vida finita, cuento de José Napoleón Rodríguez Ruiz

Raúl Estupinián se debatía en una noche más de insomnio. Le ardían los ojos y le palpitaba con fuerza el corazón. Desde su ventana se columbraba el cielo, la ciudad centellante entre las sombras y más allá, las colinas azul-gris.

¿Cómo escapar de la muerte —gritaba— cómo? El sentimiento trágico de la existencia nos doblega. Estas manos, estos pies, todo, aun mi conciencia o mis más puros pensamientos serán polvo, polvo muerto. ¿Cómo escapar de la nada? Claro que el filósofo posee la verdad; desde que nacemos somos lo suficientemente ancianos para morir. ¡Desde que nacemos, si! Entonces, ¿a qué tantos millones de años para que surja la conciencia, si esta va a desaparecer por un golpe en el cerebro, o un disparo, o un cáncer estúpido? Toda esa hierba, esa ciudad, ese cielo están condenados a la destrucción, irremisiblemente a la destrucción. Desde que surgieron fueron merecedores del supremo castigo que es el finalizar. No alcanzo a comprender cómo pueden dormir los hombres si hoy o manana estarán muertos. Sesenta años de vida, ochenta o cien, los que sean, una fracción infinitamente pequeña en el tiempo infinitamente extenso.

* * *

Cuatro siglos más tarde, en el año dos mil trescientos sesenta y cuatro, Agustín Solar se debatía en una noche más de insomnio. Desde su ventana alcanzaba a divisar cada diez minutos, la luz roja de un satélite, la ciudad aérea, colgante, y más allá un mar artificial sacudido por grandes olas amarillas.

¿Como escapar de la muerte —se decía— cómo? He pasado cien años terrenales en un hospital sideral. Me siento ágil, rejuvenecido. Con seguridad voy a vivir diez siglos. O veinte. Pero qué significación tienen aquellos, si al fin y al cabo he de morir. Ese rayo de luz que ahora llega a nosotros, empezó sus movimientos desde extraños mundos, cuando en la Tierra no existía ni la vida, ni su compañera inseparable, la muerte. Cuando para llegar acá le faltaban solamente dos milésimos en su larguísimo camino, todavía el simio se transformaba en hombre. Y esa estrella que ha vivido mil millones de años, cuya luz acaricia las pupilas, es posible que en este mismo instante agonice o esté ya muerta. ¿Cómo podría entonces conciliar el sueño si la nada me aguarda al doblar los siglos? Amo la vida, la paz, los árboles, la alegría. Ya no existe la miseria, ni la enfermedad maligna, ni el egoísmo perverso. Solo ella, la invencible, la acechadora, existe feroz y plena. Allí me espera para destruir lo consciente mío. Mil años de vida, dos mil, los que sean, un instante nada más en el tiempo infinito que nunca se detiene.

* * *

Mil siglos más tarde Sebastián Oderigo gritaba lleno de júbilo: ¡Por fin lo he conseguido, por fin, ha muerto la muerte! ¡Viva la vida infinita!

El desarrollo es sencillo: si a medida que la velocidad aumenta el tiempo se vuelve perezoso y fluye lento, muy lento, a la velocidad de la luz, se detendrá.

Yo he alcanzado la velocidad de la luz. El tiempo se ha detenido y como el es el padre de la muerte, ¡soy eterno, eterno! ¡Viva la vida infinita! ¡Muerte a la muerte!

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Unos cuantos billones de años más tarde Sebastián Oderigo se debatía en una noche más de insomnio. Desde la ventana se veían las maravillas del universo. Recorría los espacios a la velocidad de la luz en una nave sideral llena de pájaros.

He vagado por galaxias y metagalaxias. He recorrido sus espirales íntimas, me he sumergido en las claras Nubes de Magallanes, en la constelación de Andrómeda. Carezco de reposo. ¿Acaso soy el movimiento? Pertenezco a los nuevos. Para nosotros no existe la palabra último, ni la primero. Somos prisioneros del tiempo detenido. Jamás podremos morir. Y lo que no muere no vive. Estamos condenados a recorrer siempre los espacios. Somos errantes por los siglos de los siglos. ¿Cómo entonces, podría dormir, cómo, si para mí no existe el ayer, ni el hoy, ni el mañana. Si mi mañana es hoy y ayer es mi mañana?

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