Terremoto

Cuando fue el terremoto del 13 de enero de 2001, aquí en El Salvador, estaba a unos 14 kilómetros de mi hogar. Estaba con mis hermanos visitando a otra familia y por la hora en la que estábamos (11 a.m.), en nuestros planes pintaba irnos a almorzar a casa y luego realizar otras visitas. Por aquel entonces asistía a la iglesia y tenía pensado visitar a otros miembros con quien deseaba reunirme.

La cuestión es que el terremoto nos tomó por sorpresa (como a todo el mundo) y entonces quedaron frustrados los planes. Quedamos atrapados e incomunicados. De hecho, hay una carretera en El Salvador que todos conocen como Los Chorros, la cual quedó tan inhabilitada que tardarían más de 25 días en volver a transitar vehículos al menos desde uno de los carriles.

Recuerdo que después de muchos días de haber quedado en casa de la familia a la que visitábamos, y cuya estadía se nos había extendido, casi habíamos acabado con toda la comida que mejor les habría servido solo a ellos. Pero no había opción. Las autoridades se negaban a dejar transitar en las carreteras y había una alerta máxima en todo el país, por grandes daños y pérdidas humanas.

Mis hermanos y yo estábamos muy preocupados, porque las primeras noticias por radio decían que “Santa Tecla estaba por los suelos”. Y de hecho, las primeras imágenes que se comenzaron a transmitir, cuando se recuperó la señal de televisión hasta esa zona en donde estábamos atrapados, eran montañas de tierra, bajo la cual se supone habían quedado al menos 110 casas, según el conteo preliminar (luego la cifra aumentó y disminuyó según la necesidad de los medios, hasta que las entidades oficiales dieron las cifras finales… las casas no importan en rigor… las víctimas de ese alud de tierra fueron 665 personas). Eso por no mencionar las cifras globales a nivel nacional, que usted se imaginará… monstruosamente terribles, como solo la naturaleza lo puede lograr.

Nosotros estábamos con el corazón en la mano, porque ese alud de tierra había caído con todo el peso de la tragedia justo en la colonia de Santa Tecla donde nosotros vivíamos: Las Colinas. Creo que todavía se pueden hallar videos de YouTube. Personalmente nunca me pongo a verlos. Aunque han pasado ya casi 18 años, yo perdí amigos y varios conocidos en ese evento.

Y en aquel momento, mientras estábamos a tantos kilómetros de la ciudad, pensaba que mi mamá, mi abuela, mis tías y mis primos habían quedado allí. Por fortuna, Gracia, Providencia o como quiera creer según la fe de cada cual, la tierra llegó a 25 metros del familiar más cercano. Pero la nube de polvo que se levantó fue tan grande, que muchas personas (mi familia incluida) creyeron que era el fin del mundo, el apocalipsis.

Cuando por fin pudimos regresar a nuestra ciudad nos dimos cuenta que había un radio de prohibición de paso de hasta 700 metros del lugar de los hechos. Muchos hablaban de que faltaba más tierra por caer, además de la cuestión de sanidad, sacar tanta tierra y cadáveres, y un largo etcétera. Pero rápido nos enteramos que cientos de familias evacuadas se encontraban en un solo lugar, por lo que no tardamos en dar con mi mamá.
En mi familia muchos son fríos y pocos dados a los abrazos y esas cosas. Pero habíamos estado lejos tanto tiempo, que nos recibieron como si fuéramos sobrevivientes de guerra. Mi mamá lloró a mares un buen rato (ella, que siempre fue tan sargentona) y durante un tiempo parecían tiempos de cambio en mi familia, o al menos eso sentía.

De hecho, recuerdo cómo poco a poco cientos de personas comenzaron a refugiarse en las iglesias. A la que yo asistía de repente aumentó su congregación en al menos 350 personas. Los medios de comunicación de mi país, sobre todo la principal cadena televisiva, nos bombardeaba constantemente con Un amigo, de Jaime Carías, la cual pasó a convertirse en una especie de himno de honor, por todos los hermanos salvadoreños que perecieron en la tragedia.

Lo peor de todo es que el 13 de febrero, a solo un mes del primer terremoto, ocurrió un segundo, el cual dejó también sus propios daños. Pero sin ser tan evasor del tema, no quiero hablar de más detalles ni del uno ni del otro. En realidad me dio por recordarlos por un detalle que ahora en perspectiva me parece interesante.

Quienes recibieron un daño frontal y permanente por la tragedia con toda seguridad no volvieron a ser igual ni pudieron recuperar sus vidas. Les tocó vivir antes y un después. Aún en este tiempo se realiza una ceremonia en Las Colinas, para recordar a toda la gente que pereció en la tragedia. Pero también es cierto que muchos ya lo olvidaron y que también, naturalmente, muchos ni habían nacido o estaban muy pequeños para recordar todo lo que pasó.

Yo no puedo olvidar el evento, porque pasé la angustia de no tener certeza de lo que pasaba, porque viví tres meses en condición de damnificado y tres meses más en casas de diferentes familiares, hasta que por fin pude volver a poner un pie en mi hogar. Pero además no puedo olvidar el evento, porque recuerdo que tan solo por un momento la gente había dejado de ser hostil y por fin había cambiado.

Recuerdo que en las iglesias la gente parecía más cristiana y servicial, que adondequiera que uno fuera había buena disposición de la gente, que de forma repentina, en cualquier lugar, el ánimo parecía de hermanos, como si de verdad todo el pueblo salvadoreño era unido. La gente procuraba llevar la fiesta en paz y el mayor imperativo era reconstruirlo todo, ayudar. Para mí era un sentimiento nuevo, porque crecí en un entorno donde me enseñaron a desconfiar, donde había mucha gente mala, donde no tenía que hablar con extraños jamás y ni siquiera entrar a la casa de algún vecino sin pedir permiso. 

Pero de repente la gente abrazaba o era cariñosa. Unos ayudaban y consolaban a otros. La gente se organizaba y trató de levantarse de las cenizas. Hacia el final de 2001 las fiestas de fin de año fueron melancólicas y tristes, pero se respiraba al mismo tiempo un aire caótico de felicidad, resignación y espiritualidad. Incluso me atrevo a decir que eso se vivió hasta cumplido el primer aniversario del terremoto, el 13 de enero de 2002.

Y bueno… luego todo mundo vuelve a la normalidad. 

Yo, que en aquellos años de adolescencia tímida era al mismo tiempo chillón e intransigente, lo aproveché como un sueño temporal para abrazar gente, decirle a mis amigos y familiares que los quiero, ser sólido para demostrar mi amistad y voluble para respetar los espacios de los demás. A muchos les pasó todo eso y volvieron a la indiferencia de siempre, pero yo de repente gané círculos de amigos, en diferentes contextos, con quienes jamás perdí ni el ritmo ni la oportunidad de manifestarles lo especiales que son para mí.

Muchas de esas personas ya estaban, otras se sumaron y otras ya no están. Es una cosa terrible que solo en los momentos de tragedia, para muchos se manifieste lo mejor que puedan ofrecer. Yo soy corazón de pollo y ya tenía mi lado voluntarioso. De todos modos tarde o temprano también aprendí a ser indiferente, sobre todo cuando necesitaba mis propios mecanismos de defensa. Pero ese tiempo en el que se podía respirar hermandad me enseñó que con los míos debo darlo todo siempre. Y como las personas vamos y venimos, y la vida es solo una vez (frase clásica para estas circunstancias), hay que conservar en el pecho esa sensación que nos recuerda que estamos vivos y que es justo y necesario abrazar con el corazón a quienes amamos.

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