El trompo que no sabía bailar, cuento de Pilar Bolaños

El maestro Juan Corrales era un fornido y alto mestizo, respetable y respetado de todos en el barrio. La cara morena, en donde el mestizaje había hecho de las suyas, y la cabellera blanca, blanquísima, ondulosa y alborotada, tal y como figuran la del Padre Eterno, hacían tal contraste que obligaban a pensar en un viviente negativo de fotografía, donde la luz y la sombra se presentan al revés. Como buen cristiano, ido a misa, dedicaba al ocio los domingos y fiestas de guardar; pero no resignado: más trabajador aun que buen cristiano, y con seso propio, refunfuñaba siempre acerca de por qué a la Religión podía beneficiarle que él tuviera que pasarse durante aquellos largos días tan aburrido sin su habitual quehacer. Por eso, quien quisiera hallarlo en uno de esos días, tenía que llegarse, en no pocas ocasiones, hasta el galerón añoso, de guachipilín rollizo con techumbre recubierta de tejas de barro, en donde tenía su enorme taller de carpintero.

Hasta allí, al gran galerón, solitario como estaba en esos días, hubo de llegar su biznieto, que se empeñaba en saludarlo, no sin sentir este que le atajaba el miedo, que siempre acecha donde duerme el ruido.

Al verlo, el viejo puso su manota oscura sobre la cabeza del cipote, lo halagó más con los ojos suavizados de vieja y varonil ternura que con palabras, y, quizá buscando su propia forma de expresión, lo llevó de la mano hacia una rueda grande, de madera, que, guarnecida de una manija, podía fácilmente hacérsela girar en sentido vertical. ¡A ver, muchacho —dijo—, si podés con esto! Y uniendo el gesto a la palabra, hizo girar la rueda en la forma en que deseaba lo pudiera hacer el chico.

—¡Más parejo, muchacho!

Uno… dos… tres… varios ensayos y el chico estaba listo, a juicio del maestro, para llevar la tarea.

Con el paso lento que le era peculiar, más bien diríase pesado, que hacía juego con su corpulencia y con su edad, recorrió la distancia que mediaba entre la rueda grande y otra chica, muy chica, que hacía girar un torno, para dejarlas unidas por medio de una larga correa de cuero embadurnada en sebo. Buscó luego en la solera, entre el maderamen y las tejas, y de allí ex rajo un trocito de madera oscurecido por el finísimo polvillo que vuela de los muebles cuando se hace el afinado. Lo miró en uno y otro sentido, por el largo y por el ancho, como si algo tuviera dentro y lo buscara; lo colocó en el torno, lo centró, lo aseguró con suaves golpes, y, en franca voz de mando, dijo: ¡Dale muchacho!

Unos segundos de impaciencia por lo irregular del movimiento; otros segundos de paciencia para lograr que se normalizara la indispensable regularidad de aquellas vueltas: y, con la misma seguridad de un virtuoso que lleva el arco a su violín, tomó del banco una cuchilla gubia, de filo en U, y la aplicó al madero. Po-pororó-po-po-poro-ro-po-po… y cambió el madero de forma y de color.

Cuando apenas había levantado la gubia, cambióla por un plano formón y, rrrrrrrrrrrrrrrrrr… cayó en un zas sobre el banco toda una colochera rubia, dejando desnudo, liso y claro, el trocito que giraba. Otra cuchilla… otro sonido de vibración del acero y la madera; otro giro de la diestra mano y otras formas que surgían del material martirizado. Cada cuchilla daba su herida; cada herida daba su nota; cada nota daba una moldura; y sumadas moldura con moldura surgía la gracia de las formas nuevas.

Entre tanto, el chico, dale que dale a la rueda.

Yiyiyiyiyi… ¡tas!: la más fina de las cuchillas, con ese arrullo helado, después de trazar dibujos concéntricos al madero, había cortado la pieza terminada.

—¡Pará muchacho, pará! Y entonces el viejo, igual que lo hace el sacerdote con la eucaristía, levantó, cogido de las puntas, lo que quedaba del trocito de madera giratoria: eran dos trompos mellizos de color amarillo reluciente.

—¡Ah, —pensaba el chico—, cómo habrá podido sacar en cascaritas lo que sobraba en el trozo para dejar solamente, intactos, los dos trompos que llevaba la madera en sus entrañas!

Como lo hiciera un hipnotizado, el cipote seguía más a los trompos que al viejo para no perderse detalles de la ejecución y éste, de dos golpes de sierra separó uno de ellos y luego, con unos golpecitos de martillo y un mordisco de tenazas, le hizo nacer metálico puyón; descolgó de por allí una cuerda, lo enrolló en ella como si le pusiera capa, tiró de la cuerda como para desnudarlo y aquella forma de madera fue a quedarse en el suelo como dormida y roncando.

*    *
*

—¡Miren qué trompo nuevo, nuevecito, mejor que odos!

Los ojos de los niños se volvieron ansiosos al recién llegado y luego destellaron la sincera envidia que les provocaba aquel trompo amarillo: todos lo querían tener…

—Bailalo, bailalo.

Paciente y cuidadoso, forzando la exactitud con la lengua, como si con ella subrayara cada vuelta, fue cubriendo el niño al trompo con la cuerda, mientras uno de quienes le miraban, repetía la conocida adivinanza:

Me pongo la capa
si quiero bailar,
porque, sin la capa
no quiero bailar.
Me quito la capa
si debo bailar,
porque con la capa
no puedo bailar.

Ya con capa el trompo, el chico alzó la mano como para fustigar, y tirando del cordel, dio con el trompo en el suelo; pero —paf—, sin que pudiera bailar. Como banda de pájaros en súbito peligro se alzó la risa de todas partes… y se fue con el viento…

Mohíno y corrido, no sabía si con el trompo o con el viejo, se alejó el cipote con el trompo en la palma de la mano, como si fuera un pájaro muerto. Aquel trompo que hasta hacía un instante había sido fundamento de su orgullo.

—Este trompo no sabe bailar; yo no lo quiero. Yo quiero uno que les gane a todos, que sea bailarín y trapecista, que se duerma y ronque en la palma de la mano. ¡Ay, si estuviera Teresita que me lo enseñe a bailar!

*    *
*

Morena y menuda, se pasa todo el día la bailarina suavizando movimientos y haciendo geometrías de gracia musical, con las floridas manos y los menudos pies tejiendo y destejiendo la gracia del ballet.

—Mira, Teresita, mi trompo no sabe bailar.
—¿Ah, si? Dile que mire, que siga el piano así, y asá… y realizó mil gracias en la punta de un pie, giró sobre aquel punto hasta quedar como una corola estremecida, cambió de pie como una garza, alzó los brazos, movió las manos y los dedos como una flor que coqueteara, y volvió a girar y a girar, hasta que el niño solo contemplara en ella un lindo trompo dormido y roncador.

—¿Ves? Así, así, buscando la música, como tirada de un cordel, se gira y se gira…

El trompo se hizo grande en el bolsillo cuando de nuevo nació el orgullo infantil de ser su dueño. Volvió a tomarlo con cariño y le fue poniendo la capa al ritmo de la música del piano, y luego —zas—, inesperadamente lo plantó en medio de la sala y se quedó mirándolo enloquecido de contento: y fue entonces que le salieron dos graciosas piernas que como su sombra, seguían los movimientos de la bailarina y le brotaron dos menudos brazos —o así le pareció al niño por lo menos—, que dibujaban en el aire los mismos graciosos movimientos de la menuda Teresita.

Violentamente el chico arrancó su trompo de la sala y fuese a encontrar con sus amigos y en medio de ellos, tarareando la música del piano, lo lanzó en la rayuela circular que hacían los ojos expectantes: y el trompo quedóse erguido en un punto, como dormido y zumbando. Había aprendido a bailar…

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