El tenebroso castillo en donde ocurrían sucesos horripilantes, cuento de José Jorge Laínez

El cabo Nicolasito Pulga y el capitán Pucheros estaban parados frente a Tiburcio Telénguez desde hacía veinte minutos, sin pronunciar palabra, después de haberle solicitado permiso para hablarle.

—¿Y bien? —dijo impaciente el detective—. Estoy esperando. ¿Qué es lo que me quieren decir?
—Que lo diga el capitán Pucheros —murmuró el cabo Nicolasito Pulga.
—Mejor que hable el cabo Nicolasito Pulga —titubeó el capitán Pucheros, rojo como un tomate.
—Lo echaremos a la suerte —decidió el Vengador Silencioso—. Aquí está una moneda. Si cae número, hablará el capitán. Si cae corona, le toca al cabo.

Arrojó la moneda al aire y al caer al suelo, salió corona.

—Está bien —suspiró el cabo Nicolasito Pulga bañado en sudor—. Me toca a mí. Jefe, venimos a presentar nuestra dimisión.
—Renunciamos —corroboró el capitán Pucheros.
—¡Perfectamente! —aceptó el detective—. Espero que hayan conseguido un empleo mejor.
—En efecto —confirmó el cabo Nicolasito Pulga, tranquilo al ver que Telénguez no se disgustaba.
—Seremos los secretarios del señor Marqués Aquiles de Tengo, con veinte mil dólares de sueldo por semana —explicó el capitán Pucheros—. ¡Al fin llegó la hora de nuestra independencia!
—¡Abajo la esclavitud! —exclamó el cabo Nicolasito Pulga.
—Arreglen sus maletas —convino Telénguez—. Yo mismo los llevaré en el auto.

El hombre del capote

Durante dos horas los tres ocupantes del automóvil no hablaron una sola palabra hasta que su conductor, Tiburcio Telénguez, anunció:

—Están frente al castillo del Marqués Aquiles de Tengo. Solamente tendrán que caminar medio kilómetro. Adiós, amigos.

Visiblemente conmovidos, el cabo Nicolasito Pulga y el capitán Pucheros bajaron las maletas del auto. En aquellos instantes, sin que ninguno viera de dónde había salido, un hombre alto, envuelto en un capote negro, con un ojo cerrado y el otro desmesuradamente abierto que parecía echar fuego, se adelantó hacia ellos y preguntó:

—¿Son los nuevos secretarios de mi amo el Marqués Aquiles de Tengo? Tengan la bondad de seguirme. ¿Por qué son tres? Espero solamente a dos.
—Yo solamente los acompaño —explicó el Vengador Silencioso.
—De ninguna manera —dijo el hombre sacando repentinamente una pistola antigua que antes llevaba oculta bajo el capote—. Usted tendrá que venir al castillo. A ver ustedes dos, amárrenlo. Es necesario que actúen ya como secretarios del Marqués Aquiles de Tengo.

Los dos hombres vacilaron, pero una mirada terrible del Vengador Silencioso les transmitió la orden de obedecer. Lo amarraron, amordazaron y cubrieron los ojos, y todos caminaron hacia el viejo castillo, cuya silueta comenzaba a confundirse con las sombras de la noche, que comenzaba a caer.

En el viejo castillo

Cuando le fue quitada la venda de los ojos, Tiburcio Telénguez se encontró en un salón enorme donde brillaba la lumbre de una chimenea. En un sillón polvoriento estaba sentado el Marqués Aquiles de Tengo contemplándolo a través de su monóculo.

—Odio a los intrusos —murmuró el viejo con voz sorda—. Seréis ahorcado a la media noche.
—Prepararé el patíbulo —dijo el hombre del capote negro.
—Mientras tanto —añadió el Marqués Aquiles de Tengo—, enviad a los nuevos secretarios a la cocina y que los frían en aceite.
—Un momento, milord —dijo el detective—, no podéis matarme porque soy el cocinero de Su Majestad.
—¿Cómo? ¿Por qué no lo habéis dicho antes? —gritó el Marqués Aquiles de Tengo levantándose de su polvoriento sillón—. ¿Podrías preparar el plato de sesos en escabeche que sirvieron la última vez en la Corte, usando las cabezas de estos dos míseros esclavos?
—En el mundo solo hay un hombre que conoce esa mágica receta —dijo Telénguez.
—¿Dónde está ese hombre maravilloso? —interrogó el Marqués Aquiles de Tengo ajustándose el monóculo.
—Lo tenéis ante vuestros ojos, milord —afirmó el detective.
—¿Vos? ¿Vos? —gritó el viejo aristócrata con la voz temblorosa de la emoción—. Manos a la obra.

Agitó el cordón de la campanilla y una nube de polvo se desprendió al moverla. Al sonido, acudieron cuatro soldados vistiendo armaduras y a una señal de su amo, se llevaron hacia la cocina al cabo Nicolasito Pulga y al capitán Pucheros, que daba gritos de horror.

Preparativos macabros

El Vengador Silencioso se puso un gorro de cocinero que encontró en la alacena y pidió tomate, ajos, cebolla y perejil.

—Desnúdense —ordenó a los dos infelices—. No puedo condimentarlos con ropa.

El Marqués Aquiles de Tengo, desde la puerta de la cocina se relamía pensando en el banquete. Se frotó las manos y se retiró.

—Sálvenos jefecito —gimió el cabo Nicolasito Pulga.
—No nos cocine —sollozó el capitán Pucheros.
—¡Silencio! —gruñó el detective metido a cocinero–. Ustedes no son ya mis ayudantes. ¿No recuerdan que renunciaron?
—La marmita está a punto —anunció el hombre del capote negro.
—Solamente necesito decir algo al señor Marqués —dijo Tiburcio Telénguez—. Cuidadme el fuego mientras regreso.

Salió de la cocina dejando a sus hombres al hombre del capote que empuñaba el enorme cuchillo de pelar papas. Un reloj de cucú cantó once veces anunciando las once de la noche. Afuera se escuchaba el ruido que hacían los pasos de los soldados que hacían la ronda. En el fuego hervía la marmita.

De pronto, ocurrió algo increíble. El hombre del capote que tenía el cuchillo de pelar las papas en la mano, se tambaleó y cayó. Su rostro se fue arrugando y se desprendió la carne hasta quedar la calavera. El capote se deshizo sobre su cuerpo y los dos aterrados muchachos pudieron contemplar el esqueleto. La cocina se llenó de telarañas y el fuego se apagó. Afuera cesó el ruido de los pasos de los soldados en ronda y un gran silencio se extendió por el castillo.

Peligro conjurado

Momentos después entró Telénguez en la cocina y los llamó. Fueron al salón y lo hallaron cubierto de polvo y más telarañas. En el viejo sillón, en lugar de la figura siniestra del Marqués Aquiles de Tengo, había un esqueleto con monóculo.

—¿Qué es esto? —gimió el capitán Pucheros.
—¿Estamos soñando —dijo el cabo Nicolasito Pulga frotándose los ojos.
—No han soñado —explicó el Vengador Silencioso—, pero se han librado de una trampa tenebrosa. Aquí ocurría algo increíble. Ustedes estaban al servicio de un tipo muerto hace doscientos años.
—¡Uy, uy, uy! —gritó el capitán Pucheros.
—¡Ay, ay, ay! —exclamó el cabo Nicolasito Pulga.
—Al entrar aquí —explicó el detective— me di cuenta de lo que ocurría. En el calendario vi la fecha: 31 de enero de 1760. Evidentemente al señor Marqués Aquiles de Tengo, a quien la historia señala como antropófago y amigo íntimo del Rey Tiburón XX, se le olvidó arrancar las hojas del calendario, de tal manera que el tiempo no había transcurrido en el castillo. Al desprender yo las hojas, terminó el atraso y se niveló el tiempo en el castillo. Eso ha sido todo, y ahora, verán si vuelven conmigo o se quedan en su nuevo empleo.

Dio media vuelta y salió del lúgubre recinto en el momento en que su reloj de puño marcaba las doce en punto de la noche.

El cabo Nicolasito Pulga y el capitán Pucheros corrieron detrás de su Jefe, quien como lo hacía siempre después de cada hazaña, lanzó al espacio la terrible e infernal carcajada victoriosa, que retumbó en las ruinas del antiquísimo castillo.

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