Una pausa para pensar desde el ocaso de 2018

En algún momento de nuestras vidas todos hemos querido que lo efímero disponga de un tira y encoge de la relatividad y de su duración. O bueno, no solo lo efímero, sino todos los hechos de la vida… alargar los buenos, abreviar los malos. Es casi una fantasía infantil generalizada. Ya hasta tenemos la película de Adam Sandler, como para recalcar lo común que nos es a todos esa fantasía.

En los recuerdos más nítidos podemos recrear la mirada nutrida que alguna vez nos ofrecieron, el lenguaje procaz que nos hizo desahogar lo que no siempre podemos ser y el transcurrir la vida sin premeditación pero con la buena sorpresa, con esa espontaneidad que construye los mejores recuerdos, por alegres e inesperados.

Ya he olvidado ese sentimiento de hacer alegoría a un nombre. Pero ¿realmente es lo que quisiera? ¿No es del tipo de sombra de la que uno termina huyendo aunque al final nos agrade? Oda a los masoquismos y la necedad individual: nunca estamos del todo bien en ningún estado y resulta que de repente extrañamos una cosa y otra, aunque en su momento nos vuelca el corazón la incertidumbre.

Pero quizá lo peor de los recuerdos es que lo que nosotros queremos olvidar, a veces con gran esfuerzo, otros lo pueden recordar con detalles… y dependiendo de lo que nos haya tocado vivir, la sola idea es bochornosa, si bien la existencia de ningún ser humano es en su totalidad impecable, por lo que no es algo en lo que valga la pena detenerse a pensar. Sin embargo es inevitable. Ni modo, hay bochornos en la vida.

Frases sueltas que deben pertenecer a canciones o películas que haya visto, pero que ahora mi mente está remixeando en una ensalada cliché y asquerosa que no me pertenece (y si usted, estimado lector, puede separarlas y recordar la genuina fuente, se lo agradeceré de corazón, porque en mi mente está tan cristalizada, que ya no la pude separar): No todo lo bonito de unos tiene que pasarnos y por eso es fundamental hacer nuestra propia historia, porque es lo único que podremos recordar para siempre… en la vida aparecerán personas que nos harán sentir cosas que ya no creíamos posibles… y aunque tal vez las cosas no funcionen, así es la vida, y si la de cada uno no termina todavía, entonces hay que vivirla.

Y bueno… de vez en cuando yo también me autoconsuelo con mis propias formas de autoayuda y frases Kodak. Creo que me hace daño la música navideña. De todas las formas musicales a las que he tenido acceso (y de seguro que a todos nos pasa) es la más involuntaria, la inevitable, a menos que uno viva lejos de la civilización. Y como ha estado ahí, desde siempre, en la larga o breve existencia que uno pueda tener, es inevitable que sea el zeitgeist individual y autorreflexivo de cada año, el caótico multisabor y multicolor que nos deje esa sensación inevitable, como si cada una de esas canciones fueran un centinela. Y para alguien proclive a recordar es un asunto todavía más terrible. En suma, es lo que genuinamente más se aproxima a lo que comúnmente llamamos sentimientos encontrados.

En mi caso personal, la canción de Tony Camargo es con la que mejor y peor me llevo. La adoro, me fascina, la escucho completa cada vez que personalmente me da por ponerla. Pero está ahí, al acecho, trayendo el resumen de mi vida entera, como si fuera un centinela… sobre todo para alguien como yo que no cree en la Navidad, pero sí en la celebración simbólica del Año Nuevo, como una forma de finalizar un día largo, un ciclo más. Y eso trae consigo los 365 recuerdos de ese día largo. En fin… me siento como el Hollywood de ahora, que vergonzosamente se autorrepite y se autodestruye.

Admiro profundamente a quienes pueden recordar las navidades pasadas o la infancia, cada vez que escuchan esa música. Yo no puedo ni haciendo mis mejores intentos. Mi mente obra con una voluntad bastante interesante, que suelo aprovechar para mi beneficio intelectual, pero que me pasa factura en situaciones como estas. En este caso la música obra como una caja mágica, infinita y con sorpresa: nunca sé lo que saldrá de ahí, por lo que debo preparar mis emociones. El año pasado me atrajo una horrible soledad, que solo pude vencer con todas las distracciones que encontré a mi alcance. En esta ocasión presiento que serán las incertidumbres, la desolación de lo que pasó justo este año. Me molesta que eso me pase, pero incluso lo estoy escribiendo para obligarme a desahogarlo, como una forma de hacer mi mejor intento para no pensar en ello.

¿Es una forma de narcisismo o de necedad? ¿Cuál es la idea de recordar lo que ya pasó, si no lo podemos cambiar? Nuestra existencia por sí sola es insignificante. El solo ese hecho debería de bastar. Pero una cosa es lo que pensamos y otra lo que sentimos. En fin. Esto se está volviendo desagradablemente cíclico.

Creo que en 2019 me alejaré un rato de este espacio. Me agrada muchísimo, es mi base de operaciones donde puedo hablar o monologar con desconocidos… sobre todo porque soy quien se sienta en el diván, y usted, estimado lector, si llegó hasta el final hizo la función de psicólogo, psiquiatra o abogado penalista, según como lo quiera ver. Pero es muy fuerte la sensación que me invade, que ya he vivido y descrito antes, pero que cada vez resurge con más fuerza. Igual, al final nada de eso importa. Prefiero solo alejarme un rato que cerrar este espacio. Volver cada 15 días creo que me hará bien.

En dependencia del estilo de vida que cada uno haya tenido, concordará con las palabras que se escuchan con frecuencia en estos días: “Este año se fue como nada”. De seguro el mundo gira más rápido que hace mil o dos mil años, pero también llevamos vidas en las que apenas nos detenemos. Así pasa. Yo llevo al menos cuatro años trabajando de continuo, y por momentos me desagrada incluso el solo pensarlo. Si por mí fuera, en las más de las veces solo quisiera llevar una vida tranquila, en el decir de Fray Luis de León, sin mayores compromisos ni aspiraciones. La frase de Sade es tentadora: “Me satisface que mi memoria desaparezca de la memoria de los hombres”.

En fin… creo que esta noche necesitaré un chocolate caliente… o una botella de vino, quién sabe.

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