El estreno, cuento de Vanessa Núñez Hándal

El sol recalentaba las piedras del camino. La Jesenia corría. Saltaba de sombra en sombra, procurando enfriarse los pies que se le cocían entre el piedrín y el polvo caliente. Era la única que no usaba uniforme. En sus manos llevaba un cuaderno de páginas ralas y en la bolsa un lápiz pequeñito de tanto sacarle punta. Al llegar a la escuela se refregó los pies. Quiso quitarse el polvo para que no se fueran a burlar de ella. Cuando lo hacían, se resguardaba tras el cuerpo costilloso de Nelson para que no la vieran llorar.

Que no les hiciera caso, le decía él entonces. Que las bichas la molestaban porque eran sin oficio. Que cuando la mamá pudiera le iba a comprar zapatos. Como los de ellas, pero más bonitos.

Por las tardes la Jesenia daba maicillo y agua a las gallinas del corral de la tía. Nelson llevaba las mulas al río. Había que tener cuidado. Aquellos animales eran ariscos y más de una vez lo habían tirado al suelo.

A ellos no se les repartía crema para el almuerzo. Y nada de andar velando el queso y la leche que se tomaban las primas. Agradecidos debían estar que se les daba de comer.

Aquella tarde, calurosa a pesar de ser diciembre, los mosquitos habían comenzado a formar nubes cuando se fueron corriendo calle abajo. Era difícil espantárselos. Sólo con el humo de un cigarro se podía. Pero la mamá se los tenía prohibido. Por eso ella tosía y tosía por las noches, como si se le fuera a salir el alma. A veces sacaba sangre. Trabajaba la milpa desde tempranito hasta bien entrada la tarde, y a veces les llevaba frijoles y maíz.

Se espantaron los moscos con hojas de guineo. Siguieron bajando el empedrado. La Jesenia se detuvo frente a una pila de olotes y hojas de milpa. Nelson la llamó sin dejar de correr.

¿Qué te pasa? ─le gritó varias veces. Pero ella no pareció escucharlo–. Te voy a dejar atrás ─volvió a gritar, arremangándose el pantalón–. Ella lo siguió. Llevaba en las manos un par de zapatos amarillos. Con las uñas les fue quitando el lodo.

La mamá se los remendó con pita y les puso suela de caite.

Aquel primer día de clases la Jesenia iba feliz. Las piedras ya no le lastimaban los pies y el polvo ya no la quemaba.

En el recreo, Nelson la encontró escondida detrás de un palo de mango. Sus pies removían la tierra con rabia. La prima la había llamado ladrona. Todos se habían burlado de ella.

—No llorés ─le dijo, con los ojos aguados─. La otra Navidad la mamá te va a comprar unos más bonitos.

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