Gracias por mostrarme a Borges, estimada Gracia

Estimada Gracia:

Sé que la probabilidad de que llegués a leer esto es de una en un millón, solo por hacer un cálculo generoso. Además que no recuerdo tu apellido, por lo que cualquier persona que ostente tu mismo nombre podría venir a curiosear en estas primeras líneas. Pero no todas las Gracia le mostraron un Borges a alguien, así que no pierdo la fe en lo aparentemente imposible.

No sé si te acordás de mí. Hace poco quité mi foto, por lo que no puedo ofrecerte ninguna referencia visual. De todos modos no podrías reconocerme, porque además de los más de 15 años que han transcurrido, ya no soy flaco, ya no uso el pelo afro, ahora uso lentes, dejé de ser alguien de risa fácil y me convertí en pésimo conversador, aunque esto último ahora no es importante.

Pero ¿te acordás de un muchacho de baja estatura, escuálido y medio tostado por el sol (es que algunas tardes enteras las pasaba jugando baloncesto)? Bueno, eso es muy general… pero tené en mente esa descripción. Sigamos: ¿te acordás de un muchacho así, moreno, que llegaba algunas tardes a un pequeño, modesto y rústico gimnasio, llamado High Power Gym? Si podés recordarlo, mi papá es el dueño. Le dicen El Champion, así, de cariño, sin mayores pretensiones. Si podés amarrar todas esas referencias, pues a lo mejor me recordés un poco. Soy Edwin.

Un día tuviste la amabilidad de saludarme, mientras me viste en el escritorio de mi papá leyendo un libro. Recién había terminado noveno grado y estaba disfrutando mis últimos días de vacaciones. En la escuela me habían regalado un libro, que era el que me viste leyendo. Era Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, de Quevedo, que al final al pasarme el examen ni te supe responder sobre qué había entendido, cuando por cortesía me preguntaste mis impresiones de mi la lectura.

Pero ya tenías el buen ojo que desarrollan los lectores maduros, con el que pueden reconocer a otro potencial lector, o al menos a alguien con ganas de aprender más. Me preguntaste si estaba dispuesto a intercambiar un libro, solo por un tiempo, para que pudiera leer una recomendación tuya. Yo ni sabía qué libro prestarte y por eso te ofrecí el que me habían regalado en la escuela. Pero fuiste amable y aceptaste el intercambio.

Recuerdo muy bien que como a los 15 días ya habías terminado el libro de Quevedo. O por lo menos recuerdo que me dijiste que la lectura fue amena, entretenida. Yo, a pesar de que para entonces ya era un lector estoico, de esos que tratan de terminar los libros a la fuerza (ironías de la vida… ahora soy lector hedonista empedernido), ni siquiera había comenzado a leer el libro que me prestaste, por razones que ahora ni recuerdo. Quizá no me lo tomé como tarea, no lo sé…

En aquellos años ya había leído buena parte de la obra de Salarrué, Claudia Lars, Hugo Lindo y David Escobar Galindo. Eso por mencionar a “autores serios”, porque dediqué muchos años de mi vida a los cómics, Barco de Vapor y La torre y la flor, lo cual en aquel entonces eran mis pecadillos secretos (como dijo aquel comediante salvadoreño: “Uno de cipote es tonto”, porque en realidad esas lecturas me convirtieron en quien soy). Pero creéme que de verdad, no tenía ni la menor idea de quién podía ser Jorge Luis Borges. Y ahora que lo pienso, eso fue bueno para mí en mi primera etapa lectora, como el mismísimo Borges lo destacaría en algún momento: al desconocer hechos, biografías e importancias peculiares, me salvaría de ser un lector supersticioso. Pero nadie sale impune y mis propias supersticiones canónicas llegaron con los años. Pero eso es otro tema.

En la escuela donde estudié solo me enseñaron, de primero a noveno, literatura universal y unos cuantos autores salvadoreños. Y por universal, en mi educación católica, se entendió que era Europa en general y España en particular. Recuerdo poquísimo o nada de autores latinoamericanos. Si nos lo enseñaron debió ser de paso y sin dejar lecturas. Así que cuando me llevaste aquel libro de la editorial Cátedra, titulado Narraciones, de Jorge Luis Borges, edición de Marcos Ricardo Barnatán, que básicamente era una antología de cuentos, me tomaste por sorpresa y eso provocaría un antes y un después en mi vida.

El libro debí leerlo varias veces… y unos cuentos los leí más veces que otros. Incluso puedo recordar el orden el que aparecían (si me equivoco podés corregirme con edición en mano… si es que todavía conservás ese libro): Hombre de la esquina rosada; Pierre Menard, autor del Quijote; Las ruinas circulares; La biblioteca de Babel; Funes el memorioso; Tema del traidor y del héroe; Parábola del palacio; Del rigor en la ciencia; El inmortal; Emma Zunz; Deutsches Requiem; La otra muerte; El aleph; La intrusa; El Evangelio según Marcos; El informe de Brodie; El otro; Ulrica; El libro de arena y El Congreso.

Debo confesarte que quería cometer la canallada de no devolvértelo. Supongo que desde aquel tiempo lo sabías, porque muy maleducadamente esperé a que me lo pidieras… lo cual fue varios meses después de que me lo prestaste. Debo confesarte que memoricé páginas enteras de El aleph, si es que no todo el cuento. Incluso memoricé los epígrafes, aunque, como sabrás, porque siempre desdeñaba el asunto, jamás quise aprender inglés.

En todo mi bachillerato NI UNO SOLO de mis maestros me creyó que había leído algo de Borges. Para mi mala suerte siempre me citaron poemas o cuentos que justamente no conocía de él. Excepto El aleph, que se convirtió en amuleto literario personal. Pasé años buscando esa misma edición que me prestaste, pero desconocía por entonces que en El Salvador, al menos en aquel momento, se distribuía poquísimo de la editorial Cátedra, además de ser libros con precios prohibitivos para el muchacho que era en aquel entonces.

Recuerdo que te vi de casualidad hacia el final de mi bachillerato, cuando ya estaba en proceso de ir a la universidad. La última vez, la definitiva, te vi en una parada de buses… no me reconociste y yo en aquel entonces decidí dejarlo así, ya que me había malacostumbrado a que la gente salía de mi vida con pasmosa facilidad. Aprender a retener personas en mi mundo fue un arte que aprendí muy tarde.

Lo primero que hice al ingresar a la Universidad de El Salvador fue prestar toda la obra de García Márquez, porque por entonces había quedado hechizado con Cien años de soledad. Me empalagué del Gabo (incluso me di a la tarea de leer la obra periodística) y luego pasé a Neruda, y luego a Vallejo. Estaba de niño hartón, para usar una expresión coloquial, y quería comerme todos los libros de autores latinoamericanos que pudiera.

De repente entre tantos prólogos, entrevistas escritas y estudios introductorios apareció la sombra de Borges. Para entonces ya tenía acceso a internet (es decir, gastaba en cybercafés) y comencé a buscar todas las referencias que pudiera. Al fin me animé y presté una edición de la Poesía completa, que publicó la editorial Emecé. Entonces Borges entró para siempre en mi vida.

Para serte franco, jamás creí que se convertiría en un escritor de moda. De hecho, recuerdo que en la carrera éramos muy pocos quienes lo leíamos. En promedio sencillamente muchos de mis compañeros preferían a otros autores. De no ser por vos, estimada Gracia, capaz en este tiempo jamás habría leído a Borges, porque de hecho suelen vendértelo como un autor pretencioso y artificioso… algo así como para pseudointelectuales.

La jodida es que en cierto modo es verdad. De hecho, yo mismo soy un pseudointelectual. Enamorado de lo que no sé, patafísico del mejor club de charlatanes. Y sin embargo te lo agradezco, de corazón.

Es una lástima que soy un simple desconocido, no solo en este océano virtual, sino también en la vida real. Soy un anónimo, que incluso pasa desapercibido entre su propia familia. Digo esto, porque si un día escribo un artículo famoso sobre literatura o algo así, en la dedicatoria te mencionaré, aunque no sepa tu apellido. El Salvador es un pañuelo y el mundo es pequeño. Por si acaso dejo desde ya esta pequeña pista.

Gracias a vos, mi estimada Gracia, leí a un escritor que aumentó sin medida mi pasión por la lectura. No solo soy lector de Borges, claro está. Pero lo primero que aprendés con ese argentino es a tratar de esquivar sus referencias irónicas y engañosas. Y para eso tenés que leer más, a pura fuerza. El proceso ha sido divertido, la verdad.

Con mucho cariño y cordialidad, te mando el mejor de mis abrazos.

Atentamente,

Yo

P. D.: No hay postdata.

Nota: No deja de perseguirme una corazonada, estimada Gracia. Presiento que ese ni siquiera era tu primer nombre, o por lo menos no era con el que todo mundo te conocía. Pero ¿cómo podría saberlo ahora? Me quedaré con las dudas.

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