La soledad

La soledad es una cosa extraña. Se le ama y se le odia por igual, pero sobre todo porque no es ni benigna ni maligna. Y sin embargo bien se le puede comparar con las drogas, porque es un asesino silencioso, si bien a veces nos trae luces y beneficios.

Siempre le huí a esa sensación tan atroz. La soledad en exceso durante años me impidió pensar con propiedad. Fui de los que vieron el árbol y no el bosque. Pero no todo es pérdida. Qué sería sin esas cientos de horas con las que pude dedicarme a leer o escribir. Ni qué decir de todas esas noches de puritita oscuridad o luna y viento.

Pero no todo es libros para únicos y detergentes. Para matar las horas uno ve series, películas, juega una gran cantidad de videojuegos, memoriza textos para repetirlos uno solo frente al espejo. Iba a decir que también están las manualidades, pero en eso no fue tan bien. Eso sí, a pura fuerza de voluntad aprendí a encuadernar. Y dediqué a ese empeño quizá muchos días y horas.

La soledad es una compañera que conoce la integridad de nuestra naturaleza. Es un testigo que parece enviado por el mismísimo Cronos. Conoce si nos hemos revolcado en nuestra desesperación. Es algo así como una hermana, pero una muy sutil asesina. Nos escucha. Si somos proclives a ella nos habla y abandona, nos cela desde ese limbo donde se pierde la noción del tiempo.

Uno visita familiares, amigos, compañeros, conocidos. Pero al final siempre tendremos que enfrentarnos a ella.

Suele ocurrir que precisamente para eso hacemos todas las actividades que mencioné antes. ¿Cómo no ver todo lo que nos ofrece las maravillas modernas de la comunicación, si no es por la soledad? Dichosos los que no viven conscientes de ella. Los que la piensan a menudo adquieren conciencia de la máscara de verdugo que trae puesta. Nos mata poco a poco y se lo permitimos.

En lo más profundo de nuestras almas a veces no aguantamos el peso de tanta vida. Quien conoce la soledad colecciona y acumula momentos mucho más que quien se dedica a vivir. Y así uno pasa cuestionándose la existencia o tratando de encontrarse.

A veces pasa por nuestras cabezas, quizá por puro entretenimiento, pensamientos de probabilidad donde valoramos todas las posibles respuestas a nuestras más intrínsecas dudas, como queriéndonos engañar y cuestionar qué haríamos ante cada posibilidad.

Y cómo que no. Al menos en mi caso, el escape suele ser mi incongruencia favorita. O quizá lo sea el refugio que fabrico en lo que creo que son mis distintas personalidades.

En la soledad salimos de nuestras crisálidas y exoesqueletos. Mostramos nuestros mecanismos de defensa más efectivos y que no usamos en lo cotidiano. Algunos los reforzamos para usarlos todo el tiempo, pero eso es cuando planeamos nuestra espontaneidad.

Pasar demasiado tiempo solos nos impide pensar con claridad. De repente emigramos a nuestro interior, nos ensimismamos como autistas secretos. Dejamos salir a nuestros amigos imaginarios, elegimos a un mejor amigo, a una novia que nos cante bonito cuando hagamos viajes largos viendo la ventanilla del autobús.

Retornamos una y otra vez a nuestros monólogos, como si se tratara de un juego de cartas. Continuamos las eternas conversaciones filosóficas sobre juguetes, canciones, historias de página y media, arquitecturas exóticas.

Lo malo es cuando nadie puede sacarnos (o salvarnos, no lo sé). Nadie nos saca de nuestra carta secreta embotellada, lanzada y enviada al abismo de nuestra antigua conciencia, donde aquello que entra jamás sale.

Nómadas de pensamiento y corazón. Y con aquella certeza nimia pero dolorosa de ser almas únicas (sin gemela), esencia de sensación auténtica, razón sin ser alienada, título original, página limpia, mirada vaga, tímida, desconfiada, ojeruda, llorona y somnolienta, insalvable mirando a una nada que nadie más puede notar.

En el peor de los casos nos sentenciamos al encierro para carecer por fuera pero ser por dentro. Nos hacemos cajas de Pandora, que al resguardarlas albergamos la esperanza de que con alguna probabilidad el tiempo saque nuevas virtudes. O tal vez no.

Pero al final del día solo nos autoconsolamos en vano, con palabras más o menos patéticas como: “Alma mía… ¿regresaste o siempre estuviste aquí?”.

Nos creemos muertos (y decimos como poeta de antaño: “He muerto”) y llegamos a creer que alguien o algo nos sacó de nuestra rareza, para llevarnos a otras rarezas que solo los muertos llevamos.

Pero ¿qué con eso? La verdad es que todos amamos, sentimos, salimos lastimados… en mayor o menor medida buscamos equivalencias y reciprocidades. Uno siempre olvida que no queda de otra que seguir tocando puertas.

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