Éramos pobres grumetillos, Colombiano

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. La edad de la sabiduría y también de la locura. La época de las creencias y de la incredulidad. La era de la luz y de las tinieblas. La primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada. Caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo.

Charles Dickens

Mi muy estimado y buen amigo Colombiano:

Me contaron que leíste mi post donde conté tu historia de forma velada. Procuré, hasta donde me resultó posible, no abundar en detalles particulares que relacionaran de forma directa o comprometieran tu situación de vida ante cualquier persona. Creo que logré mi cometido, dentro de lo que cabe. En rigor solo podrían comprenderlo del todo los cheros de nuestro círculo más inmediato.

De todos modos no sé si existe la posibilidad de que volvás a pasar por aquí. Vos no sos de leer no porque no tengás el hábito, sino que creés en lo trascendental, en que solo hay que leer lo que de verdad importa. Claro, eso es tan subjetivo como la individualidad misma, pero no por ello deja de ser una opción. Igual, consideré válido dirigirme a vos desde mi trinchera, porque nunca he tenido la certeza de que te volvás a aparecer por aquí por donde vivo.

En fin…

Desde que viviste en mi casa, durante un poco más de un año, supe que vos y yo éramos otro vacil. Y con eso me refiero a que nos tocó conocer una realidad que a nosotros nos pareció tan adversa, que llegamos a un punto de resiliencia en que dejó de importarnos de verdad lo que pensaran los demás, y vimos poco a poco cómo la mayoría de personas que conocimos salieron de nuestras vidas.

No podría reprocharle a nadie, y te soy honesto al decirlo. No creo haber estado en los dos lados de la realidad, pero la verdad es que he conocido gente en peores situaciones que la mía y uno no siempre les puede ayudar, aunque de verdad quisiera. Eso sí, no te lo voy a negar: algunas personas nos juzgaron sin realmente conocernos, pero la ventaja de eso es que salieron de nuestras vidas de una vez por todas.

Lo más gracioso es que a veces —en mucha confianza, por supuesto— he contado a otros sobre esos años malos y en la mayoría de ocasiones me ven con incredulidad, como si estuviera exagerando la nota. Pero es comprensible: piensan que si salí de la universidad o que si soy tan inteligente como creen que parezco, no podría (o no debería) haber pasado por tantas penurias.

Y también suelen imaginar que si tengo una familia grande, y algunos con una situación económica más desahogada, debería de haber pedido ayuda, hasta lograr estabilizar mi situación. Pero ¿cómo explicarle a otros que hasta la familia se cansa de ayudar? Yo mismo lo viví y estoy seguro de que vos también.

Desde entonces también suelo repetirlo como una moraleja, cuando cuento el final de la “trágica historia”: lo único que muchos deseamos es solo una oportunidad… solo eso…

Ahora lo veo en perspectiva y me resulta un poco gracioso. No como para burlarme de todo lo que pasamos, pero sí para recordar que sin querer nos hicimos más fuertes.

Descubrimos que vivir sin energía eléctrica durante más de un año es posible, pero que vivir sin música es una gran calamidad. De igual forma, vivir sin servicio de agua durante más de tres meses es de lo peor que te puede pasar al vivir en una ciudad. Comer una vez cada dos días te adelgaza a una velocidad monstruosa y en menos de un mes provoca que cualquier cosa que comás te den cólicos horribles. Y ni qué decir cuando tenés que aprender a administrar las velas y los fósforos para los días más oscuros.

¿Cuánto habremos gastado en imprimir currículums en cybercafés, solo para que nadie nos llamara jamás? ¿Cuánto habré hecho gastar en comida a dos de mis amigos, a quienes les estaré agradecido de por vida? ¿Y te acordás cómo familiares míos y vecinos nos trataban de huevones, de vagos sin oficio, porque nos decían que aunque sea en la calle trabajáramos de lo que fuera? Los que solían hablar así ni siquiera se imaginaban que trabajar en la calle no solo es una selva, sino que tenés que contar con la venia de alguien… hasta para trabajar en la calle alguien debe permitírtelo, so pena de sufrir graves consecuencias… y nosotros estábamos en lo más bajo de la cadena alimenticia.

Una oportunidad… solo eso…

Pero a mí por fin se me dio la casualidad. Y digo casualidad, porque no se me ocurre de qué otra forma verlo. Sé que a vos se te dio también. Cuando lograste trabajar en aquel restaurante, sé que te habías convertido en la mano derecha del dueño, porque él supo reconocer tu potencial. Me pasó algo parecido, aunque salvando las distancias. Al estar en aquella bodega logré convertirme en el tercer mejor empleado, superando a más de una veintena de personas. Para lo que habíamos vivido, en realidad eran grandes logros.

Siempre queríamos más, si te acordás. Quizá pecábamos de ambiciosos. Paso a paso logramos medio recuperarnos, porque con lo que ganábamos era imposible llegar a conocer la estabilidad. Pero salimos de la miseria y eso fue bueno. Ahora podíamos comprar gas y cocinar, y dejar de contaminar con el humo así como hacíamos.

¿Y te acordás cuando el vecino ponía aquella canción de Kraftwerk? Nos sentábamos en el suelo, en lo que equivalía a la sala, para poder escuchar esa canción lo más cerca posible. Y cómo olvidar las interminables conversaciones. Cuántas veces algunos vecinos o visitas nos sorprendieron hablando de Heidegger o de Sartre, o de las tesis de Hans Küng, y quienes nos escuchaban nos miraban con un desdén descarado y cimentado en los más grandes de los prejuicios. Y no creás, eso lo seguí viviendo. No sé si a vos te siguió pasando, aunque no me extrañaría. De igual forma cuando te pasa de buena manera, no dejás de sentir en los demás un cierto nivel de asombro, como si te estuvieran tratando como animalito de circo.

Y bueno… Cuando se me dio el chiripón de trabajar en aquel periódico, lo que más le molestaba a mi jefa era que me hubieran contratado sin tener aparentemente ninguna experiencia. Luego logré caerle bien. Igual, vos fuiste testigo: ¿cuántos freelance hice por aprovechados de mi situación que solo me ofrecían miserables dólares? ¿Cuántas tesis escribí para malagradecidos que me olvidaron y echaron tierra a la menor oportunidad, pagándome con indolencia cuando les estaba salvando el trasero? Así que estaba fogueado, pero mi currículum no lo reflejaba.

¿Alguna vez te conté cómo fue eso? Ese periódico, de pura casualidad, necesitaba un corrector a las ya, y no tenía en lo inmediato justo a la persona que necesitaban contratar. Así que dieron apertura a realizar una prueba y da la casualidad de que la pasé. Nada del otro mundo, aunque prueba suficiente para filtrar. Yo saqué “cachichén” y aunque no tuviera cartón —y dadas las emergencias—, no quedaba de otra que darme el chance. Y procuré no desperdiciar esa oportunidad.

Me imagino que mi exjefa ya debió haberme echado tierra (porque en un periódico la gente va y viene), pero mientras estuve ahí procuré probar con todas mis fuerzas que no había sido una mala contratación. Sonará arrogante, pero me fui de allí en buenos términos, con un récord impecable. Sigue siendo el mejor trabajo que tuve en mi vida, sin lugar a dudas.

Luego vino lo de la agencia… y bueno, qué te puedo decir… al final fue la peor decisión que tomé en mi vida, aunque el aprendizaje fue bueno. Me encontré con gente que me trató mal, aunque no tanto como me tocó en otros trabajos. Al final me despidieron por razones totalmente cuestionables, pero al menos hice un amigo, lo cual es la mayor de las ganancias.

¿Sabés qué? Logré confirmar algo que vos y yo hablábamos, que notábamos en la gente, pero que en aquel entonces no teníamos experiencia directa para demostralo.

Siempre supimos que en El Salvador te convertís en una molestia si sos notablemente bueno para algo. Siempre hay alguien que te quiere serruchar el piso o que piensa que sos una basura arrogante. Ahora imaginate cuando así normal tenía alguna conversación inteligente… logré asombrar a más de uno, pero allá de vez en cuando salía en evidencia que no salí de ningún colegio, ni de universidad privada, y que pertenezco a una clase social bajísima… y entonces te ven con reproche, casi que con repugnancia, como si estuvieran viendo a un perro muerto.

La inteligencia es incómoda para muchos, pero si sos de los abajo es considerado una impertinencia y hasta puede representar peligro para tu pellejo. Y te lo digo por experiencia. Caí mal innumerables veces casi que de gratis, o era normal que conversaran conmigo a la defensiva, como si en mi trato habitual yo quisiera hacerle daño a alguien. Luego a la menor oportunidad me trataban mal, y para qué te cuento. Cuando menos sentí estaba perdiendo mi vitalidad, mi manera de sonreír y hasta deteriorando mi salud.

Cuando me despidieron de mi último trabajo sentí decepción, pero prevaleció más la sensación de alivio. Renuncié a casi todo círculo social y decidí alejarme de la mayoría de personas que de todos modos solo me conocían de forma parcial, sin el menor interés de quedarse en mi vida o profundizar en ella.

Y ahora qué puedo decirte… estoy otra vez en las mismas que las de hace años… hacer freelance por precios risibles, vivir como faquir y ermitaño, enviar de vez en cuando algún currículum esperando de nuevo una oportunidad. Solo eso: una buena oportunidad.

Sé que ahora es más complicado, porque estoy pasado de 30 años, lo cual en este país es un pecado cuando se es pobre, desempleado y con poca experiencia en el sector formal. Pero fijate que no me aflijo y ni yo sabría explicarte por qué. Aunque supongo que la respuesta está a la vista… ya vivimos algo parecido a la verdadera desesperación y vimos que no era el fin del mundo. Anduvimos sin bañarnos, con la ropa sucia y desgastada, los zapatos rotos, sin cinco centavos en la bolsa, con el estómago torturándonos con sus ácidos… ¿y ahora qué? En el camino aprendí varios oficios.

Algo quedó de todo eso. Y te prometo que si no me sale nada en los próximos meses volveré a ser artesano, que al menos eso algo me daba. Eso sí, me tocará prestar, porque volver a hacerme de un taller de encuadernación no será cosa fácil… cuando mi familia perdió la casa con el banco y me mudé me deshice de casi todas mis herramientas. Nunca tuve nada, pero con ese hecho ya te imaginarás… me adapté, pero no pude evitar sentir el recalcado del desamparo.

Me han contado que estás muy mal, quizá en una situación peor que la mía. Ahora vivo arrimado, por lo que no podría ofrecerte nada. Lo siento, brother. Igual, aquí vivo también con un poco de reproches, comentarios sarcásticos que a veces rayan en lo hiriente, pero solo sonrío y siempre digo que sí. Funciona de maravilla. A la mayoría le molesta cuando procura ofenderte, pero demostrás que no te afecta.

Me llegaría verte alguna vez, pero cuando estemos en mejores circunstancias. Entonces nos tomaremos un par de cervezas y nos actualizaremos. Y luego cada quién a cargar de nuevo su piedra de Sísifo. Es lo que que queda y es lo que hay. Al menos hasta que nos llegue la hora o por fin escuchemos que resuene el shofar.

Un abrazo, brother. Cuidate.

Un comentario en “Éramos pobres grumetillos, Colombiano

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