La tormenta de elecciones por fin terminó

El domingo 3 de febrero hubo elecciones presidenciales en mi país. Al final el ganador fue Nayib Bukele, con una victoria aplastante: un 53% de votos a favor, superando al resto de adversarios juntos.

Debo admitir, con toda la honestidad del mundo, que dada la campaña tan sucia y la complicidad institucional contra el candidato Bukele (ahora presidente electo), como medida desesperada para impedir incluso su participación, pensé que de-verdad, de-verdad, iba a ocurrir un descarado fraude electoral. Más que Centroamérica es la región de este continente (con las notables excepciones de Costa Rica y Panamá) donde el que tiene poder siempre hace lo que quiere y como quiere.

En esta región a uno lo suicidan, pierde sus derechos fundamentales cuando se es alguien incómodo, y bueno… de eso sí he hecho énfasis en otros post: esta región es de países del último mundo, una tierra con leyes solo de papel en pleno siglo XXI, con la más abyecta de las impunidades.

Yo asumo que la victoria fue tan evidente, tan superior a lo esperado, que no quedó de otra que admitir que con toda la institucionalidad en contra el candidato celeste ganó. Y sé que eso sonará tendencioso de mi parte, para muchos de mis compatriotas, pero ¿cómo no pensar mal, dados todos los acontecimientos previos? En fin… como notará el lector que no sea salvadoreño, no se me da bien hablar de estos temas. Si desconoce de qué estoy hablando, lo más seguro es que mi post no le ayude en absolutamente nada.

Desde que tengo memoria, El Salvador nunca ha tenido buenas opciones. Desde entonces recuerdo las conversaciones de mis padres, en las cuales se escandalizaban de robos millonarios, secuestros, asesinatos y una larga lista con la que podría extenderme.

Por toda la experiencia previa de ese pasado tan desafortunado que el pueblo acumula, al final parece ser que siempre se termina eligiendo al «menos peor». Pero nuestro problema no solo es cuestión de colores y candidatos, sino que va más allá y nos ataca desde lo cultural.

Así que si nos vamos a lo más «trivial y cotidiano», al menos de lo que puedo dar fe, que es de mi experiencia directa, personal e individual, de lo que implica para mí ser y convivir con mis hermanos salvadoreños, el primer asesinato que presencié en la vida fue afuera del pasaje donde vivía, cuando apenas era un niño. El primer asalto y la primera violación de la que tuve noticia supe que fue en los baños de un centro escolar donde estudiaba, que no mencionaré para no hacerle mala fama, ya que eso fue hace más de 20 años y en su momento lo resolvieron las autoridades de aquel tiempo.

En resumen, en mi vida me han asaltado, golpeado e incluso me han apuntado con arma de fuego tres veces en mi vida. La última vez en la cabeza y creí que esa sería la vencida. Y eso que solo he sido un friki-nerd-solitario que no busca problemas y que trata de vivir una vida simple, sin hacerle puñetera la existencia a nadie. Con ser así, de seguro algún compatriota que me esté leyendo también tiene sus propias historias y hasta podría darse el lujo de minimizar e invalidar las mías (entre salvadoreños siempre lo hacemos).

Quienes son más cercanos a mí sabrán que tengo una opinión que varios me han tildado de exagerada: este país parece sacado de ciertas regiones de África y por momentos es poca la diferencia con el entorno de las películas western. Para quien me lee con regularidad, ya sabe que es una frase cliché en este blog.

Y bueno, viví todo eso, a pesar de que soy tecleño, y que se supone que solo con eso ya soy «afortunado». No me imagino cómo le habrá tocado a otras personas, en otras regiones del país, donde básicamente no llega la ley, donde prevalece una suerte de ley de la selva y del más fuerte. Por mencionar un ejemplo, por algunos trabajos en los que estuve y que me tocó viajar conocí gente que se ofendía por cualquier cosa, o que por ser uno foráneo, de por sí, lo miraban a uno con sospecha, como si uno fuera malo por el solo hecho de exisir. En fin… sería la de nunca acabar y creo que se entiende el asunto ese de lo cultural.

Volviendo al tema del asunto electoral, creo que esta es la campaña más sucia que recuerdo haber visto en mi vida. Y también la más saturada. Hasta en las apps del teléfono uno termina viendo publicidad político-partidaria. En una futura distopía tecnológica solo les faltará pautar mensajes en nuestras pesadillas.

Se hizo escándalo por cualquier cosa, se maximizaban hasta los detalles más triviales de cada candidato, como si buscaran el más mínimo motivo para poder provocar. Ya hacia el final, hasta la gente común que uno conoce se deja contagiar y comienzan a publicar con pasionalismos absurdos.

Hacia el final de la campaña, se enfatizó que el candidato celeste era un cobarde, porque no asistió a ningún debate, los cuales, por supuesto, se notaba con descaro que eran arreglos para beneficiar a cualquier otro candidato que no fuera Bukele. Pero además, en rigor, ¿de qué se sorprendían mis compatriotas con eso de los debates? ¿O lo hacían por molestar, por saturar la red con la posición política implícita? ¿Se les olvidó que Calderón Sol no quiso debatir con Rubén Zamora? ¿O que Francisco Flores no quiso debatir con Facundo Guardado? Por favor, recuérdenme que Saca aceptó debatir con Schafik Hándal y que ahora solo mi imaginación me está diciendo que no fue así. Rodrigo Ávila no aceptó debatir con Mauricio Funes y Sánchez Cerén le huyó al tú a tú con Norman Quijano. Nada de lo que vimos en esta última campaña era nuevo.

Si en promedio a muchos les molesta que el candidato celeste no quiso debatir y que aún así no perdió ni una pizca de capital político, ni modo. Esa es la posición que a él le tocó y sencillamente le sacó ventaja.

Si en la universidad le dicen que ya pasó la materia con 7.5 y que le aumentarán a 8.0 o le reducirán a 7.0 en una futura exposición, en dependencia de su desempeño, pero que al hacerla o no de todos modos ya tiene pasada la materia, ¿cuántos renunciarían a exponer? El salvadoreño promedio siempre sacó provecho de eso… si no, que me lo digan los miles que se graduaron a las ya, por tener el cum honorífico y huirle a la tesis: lo cual, por supuesto, no tiene nada malo, si el resultado fue graduarse y servirle al país.

«Pero Edwin, esto no es una expo y ni es algo de la universidad, ya que hablamos del futuro del país»… sí, cabal, pero ¿quién desaprovecharía su capital político? La lógica numérica es ilustrativa y es la misma. El candidato celeste tenía motivos suficientes para no hacerlo. Si ya estaba seguro de sus números, ¿para qué arriesgar el más mínimo porcentaje? Sencillamente le sería contraproducente, nos guste o no. Simple. Así que si muchos insistieron en el tema, en realidad no iban a mover la voluntad de nadie a nada, y ni le quitarían nada. Simplemente seguirían saturando e intoxicando la red.

Leí un tweet donde decía que el pueblo salvadoreño se comporta como la «bicha» que ha sido engañada y que al estar susceptible aparece un oportunista y se aprovecha de ella. Pero bueno, pensemos por un segundo: bajo esa visión, si ya ha sido engañada, ¿por qué habría de volver con quienes ya la jodieron? El chiste se cuenta solo.

En suma, si nos esperan los cinco peores años de nuestra historia, y que esos serán el sálvese quien pueda, ¿de quién será la culpa? Muchos dirán que del pueblo, por votar con el hígado. Sí, a lo mejor… pero ¿está seguro de que la culpa real no proviene de esos partidos políticos, de los que muchos están hartos de toda la vida y que hasta les regurgita la bilis de la pura indignación? La gente ya aguantó décadas y por huirle a eso que ya aguantó elegiría a lo que sea, incluso a un tirano (he escuchado a viejitos que de todo corazón desearían que vuelvan los militares al poder), con tal de que no sean los mismos de siempre.

Si por eso me acusarán de golondrino, terengo o champero, igual, no deja de ser verdad: todo lo que está pasando es por culpa de esos que ya jodieron demasiado y que ahora ya no hallan cómo hacer. Siempre estuvieron sobrados, siempre se durmieron en sus laureles y lo hicieron todo a medias, con la más deplorable de las mediocridades. Ahora que los agarraron desprevenidos y que sufrieron las peores humillaciones y derrotas, y que además la mayoría del pueblo les dio a todos ellos la espalda, nos quieren advertir de peligros y futuros negros.

¿Cómo convencer a un pueblo que ya está harto? Es como que alguien que nos engañó en el amor nos quiera convencer con su amistad y sus buenas intenciones. Igualito. Aunque en verdad «esta vez» vayan a cambiar, llega un punto en que siempre ya es demasiado tarde.

* * *

En lo personal me decidí a comentar este tema hasta que pasaran las elecciones, porque es cansino que a uno lo quieran etiquetar con el adversario político-partidario de turno. Es como si al hablar de fútbol a uno le preguntaran si es Real Madrid o Barcelona. Solo que ahora ambos equipos serán oposición del ahora presidente electo (quién diría… ironías de la vida).

Como siempre pasa en estos casos, en este momento hay muchas expectativas. Y más todavía por el hecho de que Nayib Bukele representa con su capital político un anhelo por el que el pueblo le dio el voto de confianza, que es el hecho de acabar con el bipartidismo. Claro, eso no sucederá de la noche a la mañana. Esto apenas comienza.

2 comentarios en “La tormenta de elecciones por fin terminó

  1. Interesante análisis catártico, algunas puntos me recuerdan a la política de mi país. Cruzo los dedos para que su nuevo presidente no sea un pelele. O al menos no mucho, no tengo fe en los políticos…si fuera por mí ¡a la olla ladrones! XD (la mafia china se deshace de gente hirviéndola, entre otros métodos) Saludos 🙂

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