Mis primeros escritos

Quiero hacer un ejercicio de memoria. ¿Cuándo y por qué comencé a escribir? Puedo volver muy atrás en el tiempo, pero sé que no podré ser objetivo, incluso para conmigo en mi mejor intento. Así que aunque puedo recrear los hechos a mi manera, sé que no podré descifrar el porqué genuino, sin intervenir con las interpretaciones sesgadas que siempre se me ocurren y tanto me caracterizan en mi día a día.

Por ejemplo, sé que gracias a mi profesora de segundo grado (tía de un compañero mío que al ser apellido Arrué creía que era descendiente directo de Salarrué) y una tarea que nos dejó en la materia de Lenguaje comencé a preocuparme por algo, que sentí por entonces, que me quedaba demasiado grande: mi mamá jamás me ayudó a hacer las tareas (y no lo digo por reproche tardío, sino porque fue un hecho) y este trabajito pensé que me garantizaría un rotundo cero.

Nos pidió que llevarámos hojas de papel bond cortadas por la mitad, un octavo de un pliego de cartoncillo, lana, pegamento y si queríamos algún plumón, rotulador o papel de colores. Al final crearíamos una libreta que rotularíamos como «Mis historias».

Sé que todos o la mayoría (al menos eso recuerdo) recibieron ayuda de sus padres. Lo sé porque solo otro compañero y yo teníamos las libretitas más horribles y peor confeccionadas. Lo único que me salvó del bochorno y las ganas de llorar (lo recuerdo perfectamente) fue que la maestra, con mucha amabilidad, me la rotuló con una impecable y preciosa caligrafía. Puso «Mis historias» como si se tratara de un libro, con letra en cursiva, y en una esquina puso mi nombre completo.

Eso me salvó la vida, aunque ahora suene exagerado decirlo. Al llegar a la casa la volví a ver y ya no me pareció tan fea. Jamás habría imaginado que muchos años después me dedicaría a la encuadernación y que comería de eso por un buen tiempo. En ese momento, con apenas 8 años de edad, sabía que mi libreta estaba panda, mal recortada y todo, pero en mi vida (para entonces) me había sentido tan orgulloso de trabajo alguno.

Sé que nunca he sido un buen encuadernador, pero traté de aprender con todo lo que tengo. No me siento frustrado (aunque sé que las cosas que he hecho no tienen ese plus de perfección), sino todo lo contrario: cada libro lo he disfrutado y cada pedacito nuevo que añado me llena de un orgullo indescriptible y particular. Así que (volviendo a la libreta hechiza), luego de presentar la tarea de «Mis historias», la indicación de la profesora fue que en ella escribiéramos, precisamente, todas las historias que se nos ocurrieran.

Recuerdo la explicación emocionante sobre convertirse en futuros escritores y todo eso, y que esa libreta podía ser el comienzo para dejar volar nuestra imaginación. Así que la consigna era esa: «Ya hicieron la libreta, ahora úsenla, escriban en ella sus sueños, dibujen, háganla parte de su vida».

Lo que yo no había entendido (y veo que como ser humano tengo muchas deficiencias para entenderme con cosas bien elementales) era que solo era eso, una tarea, una actividad de simple manualidad, con motivación incluida, y nada más. Repito: no había más. Y yo tardé en comprenderlo, incluso días después, cuando vi que nunca volvió a preguntar por la dichosa libreta.

Yo, por mi parte, pasaba todas las noches pensando en qué diablos podía escribir o inventar. Ahora que hago el esfuerzo grande por recordar, mi primer «cuento» fue un plagio de un episodio de los Tiny Toons o algo así… mas bien, fue la combinación de dicho episodio y un extraño sueño que tuve con la niña que me gustaba. Creo que el texto no tuvo más de dos páginas y que todavía le hice una ilustración en una tercera. O miento: creo que el texto llegó a las cuatro o cinco páginas, y que la siguiente fue la de una ilustración.

Recuerdo que me emocionaba la idea de que ese cuento abriera el libro. Es decir, ya pensaba en función de un futuro lector, aunque con inocencia y no como el mal y enfermedad de megalómano que me ha perseguido por muchos años, y que me ha costado arrancar a fuerza de golpes de realidad.

No puedo recordar el contenido exacto, aunque muchas imágenes acuden a mi memoria. Sé que escribí algo como El detective Edwin, y creo que cambié los nombres de los personajes, para no quedar en evidencia por mi enamoramiento infundado hacia aquella niña que rescataba en esa historia y que estaba basada en una compañera de clases, por si alguien se limitaba a leerme y descubrirme.

Recuerdo que fue divertido y liberador escribir sobre la chica que me gustaba. Recuerdo que disfruté hasta el hartazgo, hasta la ilusión misma, escribir sobre esa niña, y como típica película hollywoodense, al final de la historia quedarme con ella, y sellar mi hazaña y heroísmo con un justo e inocente beso.

En esa aventurilla era derrotado por un niño más grande al que llamé Hugo (ya no recuerdo su nombre completo) y sus tres secuaces… que en la realidad eran niños que eran amiguitos de la niña que me gustaba y no tenían ninguna dificultad para hablar con ella. Yo, por mi parte, NUNCA le hablé. Fue frustrante para mí, toda la vida. Fui y soy (aunque ahora lo puedo disimular) un tímido de exageradas proporciones. Por otro lado, creo que este recuerdo sobre el cuento del detective ya lo había rememorado en alguna parte. Es eso o tengo un déjà vu. Me inclino más por el recuerdo de haber escrito algo sobre eso. Ya había pasado por un proceso de reconstrucción. Tengo la certeza.

No sé por qué, pero toda la vida fui demasiado hedonista y de pocas voluntades. Nunca di esfuerzo a todo aquello que requiriera más de mí. Supongo que es la naturaleza humana y que además influyó que mis padres no estuvieron para darme al menos un empujoncito. Quizá por eso, y ahora que recuerdo otra vez sobre mi primer cuentito, tengo claro que cuando la maestra había restado importancia al asunto, yo también dejé de prestarle la respectiva.

De hecho, no recuerdo cuánto había pasado, si un mes o qué, pero cuando le recordé a la maestra que ya no pidió la libreta (por entonces ya había escrito los dos o tres textos con sus respectivas ilustraciones) y ella me sonrió con amabilidad, recordándome con énfasis didáctico que no era obligación presentarla con ningún escrito, sentí decepción, frustración, y hasta ganas de llorar, porque, naturalmente, había invertido muchas noches quebrándome la cabeza sobre «mis historias», eso que creía que debía ser único y que tenía la obligación de contar.

Me dolió perder ese cuaderno y toda la vida me lo reprocharé. Después me frustró no saber llenarlo y después me dolió todavía más no ser capaz de inventar algo para continuarlo. Finalmente lo manché, empecé a dibujar estupideces en él, etc. Sin embargo, hasta varios años después (como a los 11 o 12 años), siempre consideré El detective Edwin como mi mayor creación, aunque sabía y me molestaba la idea de que dicha creación fuera con base en un plagio.

En ese sentido, recuerdo que le seguían dos textos al detective: La historia del monstruo y el niño abandonado, que puede considerarse genuinamente mi primer cuento, y no recuerdo si creé otro texto, aunque tengo la certeza de que fue así. De todos modos, las maneras, las manías y el estilo son irrecuperables. Supongo que ahora podría hacer el ejercicio, para tratar de comprobar si puedo volver a mi niño interior.

O bueno: creo que nunca he dejado de ser un poco niño en todo lo que hago. Al menos ese tipo pucheroso y caprichoso, para vergüenza mía. Yo siempre me voy hasta el otro lado de las cosas, me engancho demasiado, y pienso, por ejemplo, que reescribir esos cuentitos (al menos esos dos, que son los únicos que puedo recordar, ya que uno era «la obra maestra» y el otro mi verdadera creación y primer cuento original) podrían llevarme a mi yo de la literatura infantil. Eso es imposible. Pero creo que reescribirlos sería un acto saludable, eso no lo dudo. Habrá que ver.

Ahora que lo pienso, hace casi un año tuve una pesadilla donde recreaba mi primer día de clases en segundo grado. Qué coincidencia más desagradable. Justo ahora recuerdo una historia relacionada con mis 8 años. Debo suponer, por aquello de las asociaciones cerebrales, misterios insondables de la naturaleza o algo, que quizá esa tarea, en esa edad tan crucial para mí, fue algo así como el origen de la tragedia.

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