Secreto profesional, cuento de Yolanda C. Martínez

Al asomarse al balcón lo vio atravesar la calle mojada y meterse sin prisa en un automóvil rojo. ¡Qué aspecto más cansado tenía! Permaneció en el mismo sitio hasta que el auto desapareció de su vista. ¡Qué día más feo y triste! El cielo estaba completamente negro y la lluvia, silenciosa y lenta, formaba charcos en los baches de la calle. Sintió frío y se alejó del balcón. ¡Qué día más deprimente! Parecía como si el cielo llorara también la tragedia de Sara Leonor. Sin conocerla, sentía una viva simpatía por ella. Y tarnbién compasión.

La lluvia le impidió salir, pero no había pasado solo esta tarde. Se sirvió otra taza de café y sentado en su sillón lo bebió lentamente.

Una ligera sonrisa curvó sus labios delgados, al pensar que el relato del muchacho que acababa de salir podría servirle de tema para su columna. Sí, sería un buen tema. Pero antes de escribir la primera línea tendría que reconstruir y analizar el relato de su inesperado visitante. Podría titularlo… “Secreto profesional”. ¿Por qué no? ¿Molestaría a alguien? Eso era lo más probable. Su columna siempre provocaba polémicas entre jóvenes y viejos.

Dejó su taza vacía en la mesita y cerró los ojos. ¡Marco Aurelio Herrera! ¡Qué chiquillo más amedrentado le había parecido! —No me considero católico —había dicho en tono agresivo al entrar en el salón—. Sin embargo,
leo su columna y escucho su programa. Sé que es un hombre inteligente y culto, una persona que sabrá comprenderme sin dificultad. ¿Sabe? Me gustó mucho su respuesta a ese pedante licenciado Ovalle. “Yo no
hago reproches. Yo apoyo mis consejos en principios morales inconmovibles que tienen la misma vigencia ahora como hace siglos”.

El muchacho no parecía seguro. Sus ojos reflejaban su angustia interior y se preguntó qué clase de problema lo había obligado a buscar su ayuda. Debía ser algo grave.

Lo invitó a sentarse y le agradeció, sin asomo de ironía, los conceptos sobre su persona.

El muchacho tardó en reaccionar. Se sentó torpemente en el sillón más próximo y fijó la mirada en los retratos de la pared. Pero él esperó pacientemente a que su visitante se decidiera a hablar.

—La actitud de Juan XXIII y de Paulo VI me ha reconciliado con el clero —dijo gravemente y entrelazó las manos—. Yo no habría venido a su casa si ellos fueran distintos.
—Mi casa está abierta para toda la gente, católica y no católica.

El joven no respondió inmediatamente. Levantó la cabeza para mirar de nuevo los retratos de la pared y dijo por fin:

—¿Puedo hablar con toda franqueza? No le robaré mucho tiempo. Sé que es un hombre muy ocupado.
—Hábleme todo lo que quiera. Hasta el final le diré mis honorarios.

El muchacho tardó en comprender el chiste y sonrió con esfuerzo, como si la menor sonrisa le causara un intenso dolor.

—Soy médico —dijo por fin y al decirlo pareció más seguro—. Me gradué hace pocos meses y establecí mi clínica en Santa Tecla, cerca del Colegio Belem. Mi clientela no es numerosa, ni “aristocrática”, pero me permite vivir. Pagar el alquiler de la casa, la cuota del auto… Pienso, si tengo suerte, especializarme en enfermedades del corazón.

Se interrumpió para mirarlo a la cara y balbuceó:

—¿No lo estoy aburriendo?
—No, no. Siga. Comprendo lo difícil que es para usted hablarme de su problema. Antes de poder compartir nuestras dificultades con un desconocido tenemos que vencer nuestra propia resistencia.
—Tengo deshecho el sistema nervioso. ¿No lo ve ? Antes de venir aquí lo pensé cien veces. Nadie me lo aconsejó. Lo decidí yo solo.
—¿Quiere un cigarrillo o una taza de café?
—No, gracias. —Hizo un gesto con ambas manos para rechazar su ofrecimiento—. Los cigarrillos y el café me han sostenido las dos últimas semanas. No los quiero más.

¿Qué había hecho este joven médico para hallarse en semejante estado? Vinieron a su mente las noticias aparecidas en los periódicos la semana anterior. Un médico había sido suspendido por haber causado la muerte (¿conscientemente?) de dos niños deformes, nacidos pocos días antes. ¿Era él ese médico? No, el muchacho no tenía cara de haber cometido semejante delito.

—Como le dije al principio, mi clientela es modesta… gente que se queja de trastornos estomacales, dolores de espalda, tos rebelde…
—¿Su problema se relaciona acaso con uno de sus pacientes? —Trató, con una pregunta directa, de ayudarle a contar sus dificultades.
—No exactamente… Se trata de una muchacha… Sara Leonor. ¿Verdad que es un nombre lindo? Apareció en mi clínica un viernes a las seis… cuando el último paciente se había ido. Su llegada me sorprendió. No parecía enferma e iba vestida con elegancia. Tiene una cara preciosa… pero en aquel momento… la tristeza y el desaliento… le restaban atractivo. —Nunca había escuchado un relato tan reticente, pero no lo manifestó. Siguió observando el rostro del joven, que con la evocacion de aquella Sara Leonor, parecía animarse un poco—. Apenas la hice pasar, me dijo con voz apagada: “No estoy enferma, pero lo busco como médico. Se trata de un asunto penoso…”. La invité a sentarse, pero pareció no oírme. Seguía de pie, sin mirarme a la cara. Luego, sacó de su bolso unos papeles. Su mano temblaba un poco al mostrármelos. “¿Ve estas cartas? Son anónimos. Anónimos que me ha estado enviando alguien que me odia… o me ama. No lo sé. No lo sé”. Movía la cabeza de un lado a otro y me miraba con unas pupilas dilatadas por la angustia. “Si quiere saber la identidad de la persona que se los envió, debe acudir a un detective, no a un médico” —le dije impaciente—. Su respuesta llegó enseguida: “No me interesa conocer la identidad de esa persona, sino saber si los anónimos dicen la verdad. Solo usted puede decirlo. Solo usted”. El asunto no me hacía mucha gracia y la urgí a que me explicara qué tenía que ver yo en todo aquello. “Debí comenzar por el principio” —dijo en tono humilde y en seguida, levantando los ojos del suelo, habló con voz alterada: “¡Soy la novia de Arturo Videla! ¿Comprende ahora? Tengo mala memoria y tardé en reaccionar”.

El muchacho se detuvo jadeante y estiró sus largas piernas.

—¿Conocía usted a esa persona?
—Sí, pero lo había olvidado. Fue uno de mis primeros pacientes y el más generoso. Cuando acabé de curarlo me envió por correo cinco billetes de cien colones. Nuevecitos.
—¿Y cuál era el asunto que interesaba a esa joven?
—Se trata de algo penoso… No sé cómo decírselo… No quiero ofenderlo…
—Hábleme de eso. Yo sé que hay cosas que por más que intentemos suavizarlas, no dejan de ser lo que son: duras, crueles, despiadadas.
—La muchacha no apartaba los ojos de mi cara. Pero al ver que yo permanecía silencioso, me gritó: “¡Dígame la verdad! Los anónimos dicen que mi novio no es un hombre y que el doctor Marco Aurelio Herrera puede afirmarlo. ¿De qué clase de enfermedad lo curó? ¡Dígame la verdad! ¡No lo diré a nadie! ¡Dígame la verdad! ¿No ve que voy a volverme loca si usted no me lo dice?

Extenuado por la emoción, el muchacho jadeó de nuevo.

—¿Qué actitud tomó usted?
—Le dije que no podía violar el secreto profesional y le pedí salir. Ella siguió insistiendo, lloró, se arrodilló casi, pero fui inflexible. Yo no puedo divulgar las enfermedades de mis pacientes.
—Si usted ha cumplido con las obligaciones que le impone su profesion… ¿cuál es su problema?
—Lo creí más perspicaz —el muchacho tenía ahora una sonrisa burlona—. Lo que me pasa es que desde que esa muchacha apareció en mi vida, he perdido la tranquilidad. “He cumplido con mi deber”, me digo todas las noches, pero eso no me devuelve la paz. Veo en la oscuridad el rostro angustiado de Sara Leonor y oigo de nuevo su voz alterada. “¿No ve que voy a volverme loca si usted no me lo dice?”. Hace dos días vino a mi clínica para decirme que se casa con él dentro de dos semanas. Dice que Dios lo ha puesto en su camino para que ella lo redima. Le grité que no me importaba lo que ella hiciera. Pero cuando pienso que una mujer tan pura, delicada y espiritual como Sara Leonor va a casarse con un pederasta, siento que mi cerebro se convierte en brasas. He pensado hablar con el sacerdote que va a casarlos, pero eso significa violar el secreto profesional. ¡Eso es lo que me atormenta, Monseñor! ¿Qué debo hacer?
—Marco Aurelio, usted no ha hecho lo que su conciencia le manda hacer. Y es por eso que no puede recobrar la tranquilidad. Busque a esa pobre joven y digale la verdad. ¿No es eso lo que le pide a gritos su conciencia? No la sofoque, porque su incertidumbre o su cobardía de hoy puede torturarlo todo el resto de su vida. Y diga a Sara Leonor que no hay redención sin sacrificio, sin martirio.
—La sola idea de decirle la verdad me quita el peso de encima, pero temo… temo que la verdad la destroce.
—No la destrozará, porque ella la desea. ¿No fue a su clinica para saberla? Ella encontrará fuerzas para sobreponerse al dolor que le cause. Sobre todo, si tiene a su lado un muchacho que la ama honradamente. ¿No es asi, Marco Aurelio?

El visitante sonrió por fin y su rostro pareció aliviado.

Gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer y el salón se llenó de sombras. Ambos guardaron silencio, todo se había dicho ya. —Gracias, Monseñor —dijo el muchacho rompiendo el prolongado silencio—. Gracias por haberme escuchado y devuelto la paz conmigo mismo.

Se incorporó torpemente. Se abotonó la chaqueta y estrechó la mano que le tendía.

—¡Son casi las seis! Voy a buscar a Sara Leonor. ¿Verdad que es un nombre lindo?

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