Bajo la desdicha de la condición de posibilidad

Hace once meses viví por última vez una de esas corazonadas que tanto detesto y que de seguro a todos nos pasan. O quiero pensar que es así y que por lo general los demás lo ignoran la mayor parte del tiempo. Es eso o soy un calculador pasivo, lo cual va en detrimento de mi autoconcepto como persona.

Mis amigos me lo reprochan en tono de regaño severo: “Sos un alcanzativo”. Pero cuando el tiempo me da la razón nos reímos y por el nivel de confianza (aunque suene como arrogancia perversa), ante una situación particular, solo me remito a decir: “Sabía que tenía razón… detesto que sea así, pero ni modo”. Y esa parte de detestar la situación siempre la digo en serio: en circunstancias específicas tener la razón nos da una desolación infinita.

Quiero pensar que mi mente telenovelesca o peliculera, o bueno, mi mente de posible escritor nonato me hace valorar miles de escenarios y que con el tiempo solo fabriqué como mecanismo de defensa una combinación extraña entre la Ley de Murphy y aquel proverbio inglés que dice: “Espera lo mejor y prepárate para lo peor”. Quiero creer de corazón que lo que uno hace es una reflexión genérica y sin palabras, y que al final, dada la condición de posibilidad, solo se convierte en una profecía autocumplida, creada en el interior por el poder implacable de un razonamiento oculto que siempre es duro y cruel.

Para no perderme entre mis tormentas mejor contextualizaré. Hace once meses una gran amiga mía (10 años de amistad que yo consideraba sólida, para que se haga la idea) me pidió prestados 20 dólares. Sé, porque la conozco, que en sus posibilidades, incluso ante una mala racha, no tardaría más de un mes en saldar la cuenta. A mí, por supuesto, no me costó decir que el dinero se lo regalaba, aunque ella persistió en el compromiso de pagar. Sé donde vive, conozco a su familia y todo lo que quiera. Podría enumerar las razones por las que creí que no me pagaría, pero el solo intentarlo me hace chiquito el corazón. Me siento frío y cruel ante el solo intento. Solo sabía que cuando se los di, cuando me estrechó su mano y me sonrió con la promesa de compromiso, que no la volvería a ver. Han pasado once meses desde entonces. Es un hecho trivial, lo sé. Pero así podría contarle muchísimos de toda naturaleza, en multiplicidad de situaciones de mi vida.

El anterior momento a ese fue una traición (que de forma dramática podría nombrar conspiración), de la cual no me he querido atrever a escribir, aunque algo mencioné en mis lecciones de 2018. Podría dar constancia de esa corazonada con un gran amigo, a quien le conté la situación en confianza mucho antes de que ocurriera. Pero eso no es importante ahora y de todos modos trato de no pensar en ello, porque la probabilidad existía por una serie de circunstancias que se sumaron como jugadas de ajedrez y que terminaron en puñalada. Así que no sé si fue mi naturaleza calculadora o alguna suerte de cálculo matemático sobre la naturaleza [in]humana de quienes me hicieron eso.

La más obvia de todas trato de no tenerla en cuenta, pero la mencionaré solo porque ya la suerte está echada en este escrito. Un día, no sé cómo, solo sé que era de madrugada y que desperté a la mamá de mi hijo… conversamos largo rato y repito, no sé cómo, a pesar de que nuestra relación era lo que se puede denominar normal (con altos y bajos, pero lo saludable para los estándares de una familia muy pobre) le dejé ir a ella, de sopetón, que sabía que me iba a dejar. Y si ella está leyendo esto (sé que siempre me lee… es una especie de fan número uno de este espacio) espero sepa perdonarme por exponer esto en público. Ella, en aquel momento, me aseguró que no, que me amaba con todo su corazón.

Si me hubiera abandonado 10 años después solo habría sido una fatalista y negativa profecía autocumplida, un razonamiento injusto. Pero me abandonó a los 2 meses y casi-casi con exactitud de circunstancias a como se lo dije. Ella, de hecho, se asusta cuando hemos conversado el asunto (ahora que nos llevamos con la normalidad del caso de llevar una relación cordial a distancia, por tener en común a nuestro hijo) y no ha faltado la superstición de ver lo sobrenatural donde no existe. Yo, por mi parte, cuando se lo dije lo hice con vértigo, con el corazón en la mano, con la fatalidad de lo inevitable… a veces todavía me pregunto por qué se lo dije.

Pero en el fondo sé la respuesta. El día que lo hice valoré la remota posibilidad de hacerle cambiar de parecer. Lo mismo me ha ocurrido cuando le he contado a mis amigos más cercanos alguna de mis corazonadas: “Fijate que creo, no sé por qué, que tal situación terminará en esto y lo otro. ¿Qué harías en mi lugar?”. Y entonces busco consejo, busco una opinión diferente, o por lo menos las palabras de “consuelo” de siempre, donde vuelven a advertirme que estoy siendo paranoico, sociópata, alcanzativo… y si inevitablemente la situación termina como lo pensé, solo me lamento en el interior, aunque en el exterior muestre una sonrisa agridulce.

Yo lo llamo reflexión genérica y creo que es un mecanismo de defensa que aprendí desde que era un niño. Lo veo de esa manera porque crecí en ese ambiente atroz de bullying y con una madre violenta, complicada. Creo (o quiero pensar) que de niño aprendí a calcular situaciones y que con los años formó parte de mis instintos de supervivencia básica, que yo llamo corazonadas. O es la explicación que se me ocurre ahora mismo.

Y todo esto viene a cuento porque me encontré con un escrito mío de diciembre del año 2015. En aquel momento me ofrecieron un cambio de puesto en la empresa donde laboraba. Estaba emocionado, porque mi situación de ese momento era la de servicios profesionales y me trasladarían a un puesto fijo con contrato.

No podría expresarme mal de esa empresa (he procurado ser respetuoso, incluso al no mencionarla en forma directa en ninguna de las entradas de este blog), porque me trataron bien como empleado… pero sabía que exactamente en ese puesto, ni más ni menos, las cosas serían bien complicadas, por una serie de asuntos que por discreción no puedo contar.

Pero sueno a depresivo predispuesto, así que trataré de explicarme.

Ese escrito lo hice (como cientos que poseo y que jamás he compartido con nadie) para consumo íntimo, como desahogo terapéutico. Lo titulé Reflexiones cuando se acerca el último día, haciendo referencia a que ese diciembre pasaría mis últimos días en el puesto que estaba y que a partir de enero era mi traslado. No lo compartiría porque en él soy explícito, brutalmente honesto e implacable como solo puedo ser conmigo cuando me miro al espejo. Como debe ser para no caer en el autoengaño ni en la forma más infantil del ego.

Releerlo me hizo puño el corazón y se lo confieso aquí, en confianza, a dos años y medio de haber dejado de trabajar en ese lugar. Me fui en buenos términos como empleado, la empresa me dejó las puertas abiertas, pero todo lo que escribí en esa reflexión de consumo íntimo no se cumplió literalmente, pero sí en lo más elemental. Ahora que estoy fuera de esa empresa puedo decir, sin que me tiemble el pulso, que jamás denuncié ninguna de las formas de maltrato que recibí de parte de la mayoría de compañeros de pasillo, aunque también está el lado positivo del asunto: allí trabajé con quien ahora es uno de mis mejores amigos y siempre me sentiré agradecido por eso.

He pensado a veces en las ocasiones en que pude haber dicho no: por ejemplo, si “sabía” que en tal trabajo me iría mal, ¿por qué no rechazarlo? Espero que comprenda mi punto. Cuando algo todavía no ha ocurrido uno entra en la etapa de creer que está exagerando, que no es para tanto. Cuando me trasladé traté de ser todo lo diligente que estuviera a mi alcance (con decirle que desde Recursos Humanos me dejaron las puertas abiertas se lo digo todo), puse todo de mi parte para ser alegre, para dar todo mi esfuerzo, para tratar de hacer las cosas bien, incluso agaché la cabeza cientos de veces para llevar la fiesta en paz… y a pesar de todo eso en su mayor parte el ambiente era atroz, insoportable al punto en que pasé varios meses con el irremediable deseo de renunciar. De hecho, cuando apareció otra oportunidad laboral, a la primera dije que sí, con tal de huir de ese puesto.

* * *

Si cuento el relato de esa forma pareciera que toda mi vida es una serie de fatalidades o que voy por ahí filtrando la realidad como si fuera tragedia griega. No es así, por supuesto. Soy como todo mundo y oigo música, veo películas, series, leo de todo y etc. Solo junté las circunstancias en el orden natural que sentí que me demandaba esta reflexión. Y sé que está en su derecho a no creerme, pero podría inundarle innecesariamente de circunstancias donde esto se repitió. Pero eso también sería ridículo. Solo me desahogué en este espacio, como siempre.

Hago todo lo posible para vivir la vida como la gente normal. No voy por la calle pensando en qué pasará mañana o cómo terminará la historia si usted y yo llegamos a conocernos. Simplemente todo ocurre en segundos, como una chispa que todo lo enciende, en momentos y circunstancias concretas. Es como cuando usted está viendo una película y de repente dice: “¡Ah!, no. La respuesta es tal y tal”. Solo que la sensación en la vida real es algo parecido a la desdicha. Si el cálculo va en negativo siempre será desolador.

Desde mi infancia he vivido esto, pero las peores corazonadas las he vivido ya mayor, cuando en un segundo incontrolable, cuando incluso llego a sentir la cara caliente (no me puedo sonrojar porque soy moreno) y siento frío en las tripas, y sé que algo se avecina, que algo grave está a punto de pasar. Sé que si lo ha vivido estará de acuerdo conmigo: es una sensación terrible, que no se le desea a nadie.

2 comentarios en “Bajo la desdicha de la condición de posibilidad

  1. Una rara clarividencia, he tenido algunas de esas “corazonadas” y por alguna extraña razón son desagradables, o se cumplen los vaticinios amargos. No sé si porque uno ya está predispuesto a que así sea, entonces se auto-convence e inconscientemente genera la situación o simplemente sucede.
    La que tiene una intuición especial para detectar situaciones y adivinar el verdadero carácter de las personas es mi madre y siempre hacemos bromas al respecto, aunque ella también se entristece cuando algo que predijo se vuelve realidad porque son cosas negativas.
    Parece que se pueden anticipar las desdichas y no las alegrías. La verdad no creo que se deba ignorar esto, al contrario: prepararse para afrontarlo cuando suceda. En fin quizá estoy dándole muchas vueltas al asunto, no me hagas mucho caso.
    Como siempre una entrada sumamente interesante y filosófica. Saludos 🙂

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    1. Siempre, siempre, con las palabras justas. Es como exactamente siento que funciona: es como una suerte de mecanismo de defensa que se expresa como una intuición si palabras. Y sí, es una cosa terrible. En el caso de lo que comentas de tu madre, estoy segurísimo de que debe ser un don que debe haber cargado toda su vida y que agudizó todavía más a medida que crecía el círculo de personas que quiere proteger, que en este caso son toda su familia.

      Gracias por tu comentario honesto y gracias por tus lindas palabras.

      Saludos.

      Le gusta a 1 persona

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