Nuestro yo contextual

Presiento que esto será una especie de continuación de un tema que he tratado con anterioridad, hace ya un buen rato, aunque estoy seguro de que esta vez escribiré con menos pretensión, solemnidad, en un tono más personal y que lo más seguro es que me repetiré en unas cosas y caeré en contradicciones en otras. Pero la vida se trata de esto: nada es inmutable y este espacio (y mi vida) está lleno de contradicciones.

Mientras que hace años pasé por una etapa en la que necesitaba reducir mis redes sociales a su más mínima expresión (en aras de, en teoría, dedicarme a vivir más en la realidad que en lo virtual), ahora parece que poco a poco voy ingresando en más y más plataformas sociales, aunque sea más por curiosear que por participar. Por momentos lo siento como esa teoría de la maduración del hábito, donde uno retoma con más fuerza un hábito antes abandonado… es eso o estoy viviendo una extraña mezcla con la ley de Jost, por lo que algo se me está escapando.

Hace ya casi dos meses vi este tweet de la genialísima Dama G. Bien dicen que lo que se dice en clave de humor la mayor parte de las veces posee una verdad intrínseca que no nos atrevemos a confrontar en lo cotidiano, porque suele resultarnos cansino y a veces hasta molesto. El tweet en cuestión es el siguiente:

En el momento en el que lo leí casi que me carcajeo. No sé, me pareció sencillo, gracioso y a la vez revelador. Lo retuiteé y tenía ganas de escribir algo, cualquier cosa, una incontenible gana de escribir a lo loco… y tristemente no lo hice, porque por razones que desconozco he aprendido a contenerme demasiado. Y no sé si está bien o mal, pero bueno, la cosa es que desde ese día esta reflexión andaba rebotando en mi cabeza, pero por culpa de esta mi trabazón mental no hallaba cómo sacarla. Lo intentaré, por supuesto, aunque me salga medio incoherente: qué vivan los autoexorcismos.

* * *

No existe al día de hoy la red social más completa o perfecta, o por decirlo de otra manera, una que logre llenar todas las necesidades y excentricidades de los usuarios. Facebook hace lo suyo, pero dista mucho de ser la red social a la que todos quisieran pertenecer. Quizá semejante empresa sea imposible. A lo mejor algún día aparece una red social que nos ayude a gestionar el resto de las que pertenezcamos, como si fuera un índice de plataformas sociales.

Nada de esto es una obviedad ni tampoco algo descabellado: Google lo sabía y por eso creó el fracasado y ahora desaparecido Google+ o Google Plus (lo abreviaré como GPlus, porque, o sea, qué caso tiene escribirlo a cada rato), según como lo llame. ¿Cuál fue su error? No soy experto en plataformas sociales, pero creo que tristemente estaban muy adelantados a su época: el concepto era excelente, pero la plataforma y la arquitectura de la experiencia del usuario en sí distaba mucho del ideal que propugnaban.

Si Facebook se manejara por círculos claramente diferenciados (cuya forma más empírica suelen ser los grupos, pero en los que nadie puede evitar que se nos cuele un seguidor o alguien que conoce a alguien que conocemos y que no queremos que sepa que andamos vagando por ahí), como en teoría era el concepto de GPlus, dejaríamos de andar huyendo de red en red, o es posible que le perdamos un poco el temor a no ser tan políticamente correctos.

O volvamos a esa utopía de estar en una Red de redes: ingreso a ella, qué se yo, con mi número único [que podría ser un número telefónico de portabilidad única, sin importar la compañía que me lo gestione], el cual está debidamente registrado ante alguna autoridad correspondiente, ya sea privada, pública o mixta (para no sonar tan 1984 o derivados… no olvide que en Japón más o menos así va la cosa), que sea tipo Line o Tango; es decir, con una interfaz general de mensajería instantánea y personal muy al estilo WhatsApp, donde solo pueden vernos y podemos ver a todos aquellos que nos tengamos en contacto mutuo (esa amada sensación de seguridad y privacidad absoluta), pero que también ofrezca una interfaz de plataforma social general.

Desde esta plataforma general, a su vez, poder redirigirnos a otros servicios, en los que hipotéticamente estarían Facebook, Twitter, Instagram, LinkedIn, Goodreads, SoundCloud, etc., etc., y no sé, incluso WordPress. Sería como una plataforma general, un portal, el avatar universal e identitario de cada ser humano, muy al estilo de algunos episodios de Black Mirror: servicios disponibles para todos, pero solo habilitado para quien quiera utilizarlo. Es como tener cientos de libros en casa, pero solo ocuparse de leer los mismos tres.

Claro, esto en un escenario de excesiva utopía. La realidad es que por el momento podemos representar a nuestro yo contextual en cada una de las redes sociales a las que pertenecemos. Yo, por ejemplo, tengo Instagram, pero tuve la mala suerte de que me hackearan la cuenta (bien de choto, como decimos en mi país, ya que apenas ni llegaba a las 10 publicaciones y no tengo ni 40 seguidores), por lo que perdí mis poquísimas publicaciones, además que nunca hallé nada de qué publicar.

Y tengo Twitter, pero además de no llegar ni a los 100 tweets (y eso que tengo años de tener la cuenta) y no llegar ni a 15 seguidores, tampoco tengo nada que decir. Y en el caso de mi cuenta de Facebook, ya perdí la cuenta de los intervalos de mis publicaciones. Es decir, verifico mi muro y veo que publiqué un estado hace dos semanas… pero antes de ese estado habían pasado cuatro meses sin publicar absolutamente nada.

Pero bueno… quizá en rigor no tengo nada importante que decir o en parte la certera conciencia de que no le importa a nadie (y con nadie me refiero a mis círculos sociales más cercanos y no a usted, estimado lector, que por algún azar que no comprendo sigue leyendo hasta aquí) cualquier cosa que tenga para compartir (en todas mis redes sociales jamás llego ni siquiera a las 10 reacciones… ya no digamos un compartido… creo que jamás he logrado uno solo siquiera), me hace sentir acondicionado como esos perritos del método Pávlov: si no hay recompensa, no hay nada que hacer. Igual, no lo sé… solo estoy suponiendo.

Lo peor fue haber descubierto temprano en mi vida que pertenezco a las personas de largo aliento. Supongo que por eso vine a parar aquí (antes estuve en Wiki-Sites, pasé por Blogspot 4 veces y además que pasé por WordPress 3 veces antes de estar aquí como ñamfistrofio). Algún tipo de necesidad [o necedad] no resuelta me tiene aquí. Pero no me crea tan megalómano: después de agotar la necesidad, en todas he ido borrando mis huellas. De hecho, cuando sienta que ya no tengo nada más que hacer por aquí, este sitio también desaparecerá.

Creo haberle perdido el miedo al qué dirán. En este espacio he escrito cosas (muy a pesar de mi pudor y timidez) que en la vida cotidiana ya me habrían preguntado o cuestionado familiares o amigos. Pero de un año para acá (y eso que tardé mucho en percibirlo) noté que nadie me leía y todo eso (me sigo refiriendo a mis círculos inmediatos). Así que la ausencia de reacciones en mis distintas redes ha sido tal, que al final solo me he quedado aquí, perdido en mi isla, en la que poco a poco siento que estoy convirtiendo en mi diván, más que un espacio de reflexión sobre las distintas grandes preguntas que me hago en torno a una gran cantidad de temas.

Es un poco extraño: ¿mi nivel de alienación o narcisismo será tal, que la necesidad de expresión me ha traído a estos extremos? ¿Seré alguien (sin saberlo con la conciencia plena) en busca de atención? ¿O solo será la muy llana de necesidad de exteriorizar mis ideas, los distintos aprendizajes que he cargado en mi propio camino y todo ese rollo de querer compartir algo con alguien más, aunque sea solo una persona? No lo sé. De verdad, a estas alturas del camino ya no lo sé.

Y muy a mi pesar no he vuelto a ceder a la tentación de cerrar todas mis redes (ya lo he hecho más de una vez…), aunque ganas no me faltan. Luego me hace falta curiosear (¡maldita adicción!), leer recomendaciones de alguien más, descargar y compartir descargas en grupos donde nadie da las gracias, y un sinfín de cosas: la comunicación que conllevan, pues, las plataformas sociales.

Así que aquí estoy, en el limbo, con esta reflexión en mi boca que no me sirve de nada y que tampoco me lleva a ningún lado: en las redes no tenemos por qué publicar lo más trascendental de la vida y tampoco debemos preocuparnos por los errores que cometamos. Incluso las buenas y más excelentes publicaciones captan la atención de solo una pequeña parte de nuestros círculos sociales, y lo hace por apenas unos minutos. En menos de 24 horas (si acaso a alguien le impactó tanto algún asunto) ya estará en cualquier otra cosa, un algo que siga alimentando la sensación de novedad y asombro de esta época de dataísmo en la que vivimos.

Pero, la verdad, ¿para qué reflexiono en todas estas cosas y específicamente en el tono en el que lo hago? Supongo que poco a poco estoy perdiendo la vergüenza de expresar las cosas como vengan, incluso si son hechos bochornosos que me ocurren en mi vida. Igual, ya no sé si eso es buena o mala señal de algo. Habrá que ver y esperar. Y con este último párrafo innecesario que he escrito, me doy cuenta que me estoy comportando como un camarón indefenso que está siendo llevado por la corriente. Y eso no debería permitírmelo, al menos por amor propio.

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