El ausente no sale, cuento de José Roberto Cea

“Dicen que los martirizo por mero gozo, por autosuficiencia, por sádico. Si supieran la verdad, la única verdad, ni siquiera se les ocurriría eso… Pero hay tal incomunicación entre nosotros que por más esfuerzos que realicemos, no estamos preparados para enterarnos de todo. Sé que mi hermana hace lo posible por hacerme feliz, lo mismo que mi madre, pero ello no basta, pues no entienden lo demás; creen que soy de esa especie de hombres que no saben cuidarse. Sus actitudes son explicables: son para que los vecinos no murmuren y me tengan por algo grande… Seré Grande, no hay duda, pero para lograrlo tengo que recorrer mucho, muchísimo camino, cuestión que no comprenden. Creen que está bien con seguir en lo que estoy; piensan que ello es suficiente para tener seguridad y calma en mi conciencia… Lo que me ha tocado es duro, ¡durísimo! ¡Qué le vamos hacer!… ¡Cada quien en lo suyo!… Por ejemplo, a mi padre le tocó vanagloriarse de mí ante sus amigos, eso no hay cómo cambiarlo. Mi madre, ser la temerosa de siempre. Mi hermana, la que no sabe a ciencia cierta qué es, qué hacer, cómo conducirse, salvo para espiarme y ver en qué me ayuda; pero por su costumbre de llamar con nombre simbólico a muchas cosas —sobre todo mi labor—, le cuesta comunicarse. El resto de familiares son un muro, un silencio, sombres, oscuridad impenetrable. Todos estamos a la intemperie, expuestos, y cada uno busca su salvación… Cada uno trata de hallar la salida personal y no la del resto…”.

Entonces llegué y le pregunté qué hacía. Me contestó que meditaba. “Te veo raro” —insistí— pero él nuevamente dijo que solo meditaba y que no me preocupara. Yo sé que él se dio cuenta que no me había convencido, pero siguió en su actitud; sin dale mucha importancia a mi presencia. Traté de regresar al presente el inicio de la cuestión. Me acordé de la frase… Nadie sabía a quién iba dirigida, pero él la sintió revolotear en su cerebro y no se apartó de ella. Fue entonces que se le ocurrió coleccionar mariposas. Hizo magníficas colecciones de ellas. Su gozo era mostrarlas. Al principio el ambiente nos resultó duro, pero a fuerza de tenerlo cerca nos acostumbró. Además, con ello no molestaba a nadie, y las mariposas son tan bellas, tan fáciles de cuidar, tan poco espacio que ocupan y tienen otras gracias que sería largo enumerar. En cambio, si coleccionaba peces, nos acarrearía múltiples problemas. Los peces, al sacarlos del agua ponen unos ojos de niño perdido, y el agua, al sentirse sin ellos, suelta unas lágrimas de niña abandonada. Entonces entristece a cualquiera y le deja una melancolía redonda, definitiva, que parte el alma. En vista de eso, le aconsejé que coleccionara pájaros, pero al instante nos dimos cuenta de la inconvenciencia, pues las jaulas tenían que ser de diversos estilos para que la monotonía no alcanzara el ambiente; además, era necesario inventar recipientes donde guardar los trinos de los pájaros… En vista de esos problemas, fue que se decidió por las mariposas. Consiguió hermosos ejemplares que eran admirados por todos. No había ser viviente de la región que no hablara de ellos en todas partes. Lo que ignoramos es cómo obtenía aquellas bellezas; pero ahí estaban, y cada vez más extraordinarias, fantásticas, únicas…

Toda la casa estaba impregnada de su quehacer. Nadie ignoraba sus andanzas. Aunque él anduviese fuera del hogar, su atmósfera quedaba ahí. Estábamos pendientes de su salida y llegada; nos exaltaba pensar que regresaría con nuevos hallazgos. La familia no dejaba de pensar en qué terminaría aquello… Muchas veces creí que todo era un sueño, un cuento de hadas, o una saga irlandesa… Es que hasta él nos llegaba por momentos como una mariposilla…

Al principio nos asustamos, sobre todo porque el muchacho está en la edad de soñar, y tanto lío pudo hacerle daño. “Se les puede hacer loco” —decía la gente—. “Ese muchacho está en la edad de cuidarse”. “Eso de que se ilusione mucho es malo, muy malo”. Oír tantos decires de las gentes me molestaba. Es que una es tan fácil de sorprender y como en casa todos teníamos miedo, la situación era propicia para el abatimiento.

Fui fácil presa de la angustia. Para salir de su cenegal recurrí a mi madre. Ella estaba igual. Ya éramos dos las angustiadas, éramos dos las perdidas en largos laberintos jamás recorridos; de esto nadie decía nada por temor a la burla, pese a que en casa todos estábamos en un callejón sin salida, en un pozo de angustia inconfesable. Bastaba que nos viéramos a los ojos, en ellos se reflejaba la ansiedad por salir de nuestra situación…

Cuando él oyó la frase, pasó varios días ausente de nosotros. Nos miraba como si nada… Nos dijimos que él tenía que entendernos y así fue. Una mañana se me acercó y me dijo lo que había pensado hacer. Fue cuando discutimos lo de las ocupaciones y qué clase de ellas era la más apropiada para la situación. Después de mucho discutir se decidió por las mariposas.

Por los corredores de la casa caminábamos en puntillas, temíamos que por una u otra razón, él hubiese dejado abandonada una de sus bellezas y se la estropeáramos. Era un suplicio vivir en aquella casa, pero en algo teníamos que colaborar sus familiares. Éramos los únicos que podíamos comprender la situación.

Seguía coleccionando mariposas: su única preocupación. Nosotros lo alentábamos a que continuara en ello. Era de mucha importancia para él realizar su labor, así lo decía a cada momento.

De su situación no nos dimos cuenta directamente por él, sino por medio de su profesor de música. Bien grabada tengo la escena cuando vino a casa el profesor a comunicarnos su hallazgo: “Señora —le dijo a mi madre— su hijo es un muchacho precoz, es todo un artista, me atrevo a asegurar que es un genio”. Mi madre se asustó, yo también; al instante nos comunicamos con mi padre, que se encontraba en la oficina.

“Pero mujer —le contestó—, si eso no quiere decir que es loco, ten la seguridad de que eso es bueno para nosotros, ya que en él nos miraremos muy orgullosos. Solo así puede continuar, como hasta hoy, nuestra prosapia”. “Pero…” —titubeó mi madre—. “Nada de peros, mujer, cálmate que ya llegaré” —respondió mi padre—. “¿Qué? ¿Qué dices?… ¡No! ¿Y por qué nos van a ver mal? Si un artista es un artista aquí y dondequiera… No insistas en lo de loco, que locos son los que creen que el artista es loco… Cálmate, ya llegaré y charlaré con el profesor”. Y cortó la comunicación telefónica. Mi madre, tratando de calmarse, siguió platicando con el profesor de música y con el profesor de matemáticas que lo acompañaba; a mí, esa compañía me pareció rara, sospechosa, ya que el arte y las matemáticas… ¡Se dicen tantas cosas!…

Pero ahí estaban los dos profesores afirmando lo mismo: “El muchacho es precoz, casi llega al genio”. En casa nos asustamos de veras. Solo mi padre guardó la entereza de siempre; por algo estudió en Europa. Nos recomendó calma, asegurando que comprobaría que estábamos llenas de temor, casi al borde del pánico, por algo de poca importancia…

El vecindario está pendiente de lo que pasa. Eso de que en un hogar como el nuestro haya un genio, y en las circunstancias que lo tenemos, no es de todos los días ni de todos los hogares. Por momentos la situación es tensa, nos pone los nervios de punta, nos saca de quicio. Y él como si nada. La atmósfera es tensa… Y él como si nada, siempre en su quehacer, seguro, sin desviarse un milímetro de la ruta que se ha trazado (que le ha tocado, dice él). ¡Tiene una voluntad de hierro que espanta! En cierto modo él y yo somos como los árabes de la tienda de la esquina. Por las tardes, cuando el sol entra por la ventana, el árabe se sienta en su viejo sillón cubierto con piel de venado y se pone a cantar en árabe, una canción antigua, nostálgica, bellísima, pero perdida. Una canción de amor, pero sin rumbo. Una canción de retorno a la patria, pero ciega… Cuando la ha cantado muchas veces, se va quedando dormido con la canción en los labios… y la canta en sueños. De pronto se despierta y llora. Llora mucho y dice que está abandonado en el desierto. Lo dice en árabe. Luego lo grita en nuestra lengua, en forma más o menos inteligible. El resto lo sé por su mujer que está reuniendo dinero para regresar a su tierra con el marido. “El solo canta o recuerda, luego llora, en eso diluye su desesperación, su inconformidad, su nostalgia por el reino perdido —me dice—, no hace nada verdaderamente serio por regresar a nuestra tierra”. Termina de explicar esto y ella también se pone a llorar. “Para coger fuerzas y seguir luchando —agrega— para regresar de veras…”. A esta tierra lejana que solo ven en sueños, que solo les sirve para recordar, para tener nostalgia como salvación. Un asidero para seguir luchando, para cantar y seguir llorando… Es posible que esa tierra de los árabes de la tienda de la esquina, no sea tan bella como la nuestra, pero ellos de tanta nostalgia la han embellecido de tal manera que, cuando estén en ella, si es que llegan, no les gustará y regresarán para seguir soñando… “Cada llegar es un principio” —dice mi padre—, luego agrega: “Y buscar no es escapar; desear no es salir huyendo… Cada sueño es una parte de la realidad que nos falta”. Mi padre sabe lo que dice, por eso nos da confianza y ello hace que no padezcamos con demasía la situación, aunque haya momentos difíciles. Estos luego pasan y todo vuelve a su ritmo habitual.

Una mañana, él regresó de sus andanzas con un hermoso ejemplar. Fue corriendo directamente hacia mí, para mostrármelo. ¡Qué belleza!… Me transportó a lugares soñados. Él parecía satisfecho, pero luego empezó a ponerle reparos. Yo le reproché su actitud, pero al instante le encontraba nueva imperfección; hasta que lo dejó abandonado, inerme… Desde ese momento cayó en un estado deplorable. Nada de su colección le satisfacía. Pasaba largas horas encerrado en su habitación, revisando sus colecciones. Cuando salía, se le notaba cansancio, como si hubiese caminado mucho… Esos días fueron terribles para nosotros; hasta mi padre perdía por momentos su habitual compostura… Mi hermano, como al principio, ausente de nosotros, como que si la frase lo molestaba nuevamente. Todos tratábamos de hacerle bien, de satisfacer hasta su mínimo deseo; pero él, ausente de nosotros, perdido, alejado… De golpe las mariposas no le satisfacían para nada, aunque no se atrevía a destruir sus colecciones como si lo ataran a algo. Sufría y con eso también nos hacía padecer a nosotros. De nuevo, nuestro hogar era un pozo de angustia, un laberinto, un desierto, y mi hermano el salvador, la luz, el misterio, que tenía la llave de la calma, de la felicidad… Pero había que sufrir y esperar. Había que esperar y sufrir. Mientras tanto era necesario ayudarle a que se encontrase, a que hallase el nuevo camino. “¿Qué camino?” —decía él—. Y francamente, ni nosotros sabíamos qué camino era, ni por qué lo llamábamos así… Por algo, allá lejos, en el fondo, entre sueño y vigilia, intuíamos el hallazgo que haría desaparecer los muros, que mi hermano iba, de un momento a otro, a mostrarnos la llave del escape.

Largo fue el padecimiento, pero salimos de él. Salimos y salió, porque no hay duda que padece más que nosotros, pues es la víctima y el victimario, aunque diga que sus fantasmas son distintos.

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