Ese rollo de las [buenas] frases

En algún punto a todos nos da por recoger frases (asumo que a todos en este mundo mundial nos ha pasado) y chucherías que nos han impactado, y con ello darnos motivación de vez en cuando, sobre todo si no tenemos a nadie que pueda darnos palmaditas en la espalda y decirnos que todo va a estar bien.

Me gusta cómo hay gente que capitaliza eso, como todas esas ediciones de libros que reúnen (en teoría) las frases más inspiracionales, motivacionales y todo eso. Y ni qué decir de esas imágenes que vienen a pelo y caen justas a la par de la frase que les coloquen: una persona exhausta con una frase para ir al gimnasio, alguien posando con un libro y la frase de único y detergente, y etcétera.

Ya los griegos y los romanos sabían del poder de la persuasión y se dedicaron a cientos de sesudas y poderosas discusiones, ya que estaban conscientes de cómo puede hacer la diferencia comunicativa una buena frase o sentencia, ya sea para persuadir a los oyentes o para derrotar a un rival en una contienda lingüística.

Y sí, también las primeras colecciones de frases vienen de aquella época. Los formatos misceláneos gozaron de gran popularidad en la Edad Media y para cuando llegamos al Renacimiento, por mencionar una época que abarque más de mil años, ya se daba por sentado que era lo más normal de la vida colocar una sentencia contundente en algún frontispicio de un edificio importante, o que la gente tropicalizara las frases de generación en generación, hasta llegar a los dichos, refranes, proverbios, pregones, máximas, adagios y toda suerte de frases hechas (ya sabe, incluso quienes escribimos aquí recurrimos cada 10 segundos a las frases de cajón).

Como me decía un docente de literatura (Q.E.P.D.): “Después de torcer una frase durante cientos de años y dársela al pueblo, para que la moldee a su antojo y su cultura, no sabemos si una frase hecha, convertida ahora en perogrullada, fue alguna vez un verso de Horacio o de Juvenal”.

No quiere decir, claro está, que un pueblo no pueda crear sus propias frases, dichos, refranes, etc., etc. Pero hay que reconocer que para que muchas de ellas se popularizaran, sobre todo por su ingenio o eficacia comunicativa, en su momento tuvieron que responder a un razonamiento de un profundo sentido común, por lo que no es descabellado que primero fueran concebidas con alguien que tuviera predisposición hacia la creación por medio de la palabra.

De los grandes coleccionistas de frases hay varios que son muy famosos: Cervantes y Shakespeare son sin duda los más célebres. He disfrutado de la síntesis de sabiduría de ambos, pero en mi caso particular me agrada en demasía Montaigne. Y por mencionar a alguien más contemporáneo, no sé, se me ocurre Nuccio Ordine, quizá el último escritor (bueno, en realidad es filósofo) que repopularizó esta suerte de género paraliterario, en el reducido mundo de los coleccionistas de frases, cual nuevo filatelista o numimástico.

El caso de Montaigne, por otra parte, es muy especial debido a que está relativamente documentado que en su zona de trabajo, que era un gabinete y una biblioteca que se hallaban en el segundo piso de su torre, había frases escritas en las paredes, vigas o cualquier zona visible, incluso en la parte superior, que no sé si llamarla cielo falso o techo. Frases polisémicas (muchas de ellas versos aislados de Horacio o frases contundentes de Sexto Empírico), breves y aplicables a casi todos los aspectos de la vida, tales como: “Nada es más”, “Sin inclinación”, “Alternando los juicios”, “Me abstengo”, “Vivir con poco y no sufrir ningún mal”, “Con la guía de la costumbre y de los impulsos”, etc. De hecho, en la edición de los Ensayos con la editorial Acantilado hay todo un apéndice dedicado a la gran cantidad de frases que él tenía en su refugio de ermitaño.

Y bueno…

La palabra alivia de formas insospechadas. Yo, por ejemplo, soy uno de esos que han memorizado una cantidad no determinada de textos (tampoco es que demasiados, pero bueno, usted me entiende) y me gusta de vez en cuando repetírmelos. Y si le pasa igual, no sé si le ha ocurrido también que hay frases que hasta prefiere colocarlas en un lugar visible: sí, exacto, como se ha hecho durante miles de años.

No me lo está preguntando, pero yo vivo en un espacio reducido y húmedo: tan húmedo como que las frases que tengo pegadas en mis paredes las debo cambiar cada cierto tiempo (menos de un año, por lo general), porque sencillamente se deterioran y no permanecen… ni siquiera en pintura. Pero la cosa es que como soy proclive a memorizar, cada cierto tiempo las cambio y a veces aprovecho para colocar alguna nueva que me haya impactado.

En otros casos, vuelvo a colocar las mismas una y otra vez, porque necesito que estén presentes como una especie de sortilegio. Ya conté en otra ocasión cómo me ocurrió con el famoso poema Invictus, que aunque ahora es bastante vilipendiado, a mí me sigue dando fortaleza.

Fui religioso, así que también conozco de memoria muchos pasajes de la Biblia, específicamente en las traducciones Reina Valera de 1960 y 1995 (que son las dos versiones de Biblia que tuve en mis manos en diferentes etapas de mi vida). La Biblia, independiente de las creencias que cada quién tenga, tiene un provecho maravilloso que sale a flote en las situaciones más impensadas. Y admito que tiene su lado criticable o que quizá es inaplicable en miles de asuntos, pero la verdad es que también es un libro cultural, fundamental en la cultura occidental, por lo que conocerlo al menos por cultura general es algo muy importante.

En fin…

En alguna etapa de mi vida (lo recuerdo ahora con muchísima vergüenza) en cada carta que enviaba (independiente del destinatario) añadía algún tipo de epígrafe. Sentía que la frase célebre y ajena dotaba a mi mensaje de más fuerza. Muchos, por supuesto, lo tomaban como un acto de arrogancia (si le enumerara lo que en mi país constituye un acto de arrogancia, créame que se quedaría un rato con la boca abierta) y otros como un acto de infantil pretensión.

Lo cierto es que siempre desconfié de mis propios escritos y los consideré tan cutres, que por eso solo prefería transmitir de forma llana mis palabras, que al menos yo consideraba honestas, y adornarla con una frase como cuando un regalo ha sido mal envuelto, pero que por lo menos tiene un bonito moño.

Pero si me lo pregunta, la verdad, con total honestidad se lo digo, si estuviera en mi manos cierto nivel de omnipresencia y viajar en el tiempo, iría al pasado para evitar la entrega de muchas de esas cartas, las cuales más de alguna vez (sin quererlo, ni pretenderlo y mucho menos desearlo) me trajeron más problemas que beneficios, porque por razones que yo no alcanzaba a comprender y por muy tradicional que parezca, las cartas suelen considerarse algo íntimo, algo que no se le da a cualquier persona. Yo no lo pensaba ni lo visualizaba: solo sentía bien comunicarme por medio de una carta cuando tenía la oportunidad.

En este espacio he publicado un par de cartas, sobre todo para personas a quienes jamás he vuelto a ver. Y aunque sé que es improbable que alguno de los aludidos llegue a ella (este es un blog X perdido en la red), nada me cuesta mantener la esperanza, como quien lanza ondas de radio al espacio exterior, de llegar a establecer algún contacto.

¿Y entonces?

No sé por qué comencé hablando de frases y terminé hablando de cartas. Hace muchos años tuve un cuaderno donde apuntaba con la caligrafía que mejor me saliera (soy zurdo) las frases que iba recopilando de libro en libro y película en película. Mantenía algo así como divisiones dentro del cuaderno, para tener un directorio empírico con el que pudiera direccionarme. Por razones complicadas de explicar, ese cuaderno terminó en una pira de cosas y recuerdos que quemé en el año 2012.

Si ahora me pusiera a realizar semejante tarea creo que podría entretenerme varios meses. O bueno, a lo mejor solo un par de días. Ahora basta con seguir a una buena fanpage y uno tendría su cuota diaria de la sabiduría que anda rondando por ahí. O está la opción más interesante de todas, como si se tratara de una lista de Spotify: no nos alcanzará la vida para acumular tanto, por lo que solo hay que darse la oportunidad de deslumbrarse, como si fuéramos niños, con cada contenido genial que vaya apareciendo en el camino de nuestras vidas.

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