Esa maldita timidez

No sé si le ha pasado, pero a mí, en mi cuenta de Facebook al menos (Instagram no he vuelto a usarlo desde que tuve la mala suerte de formar parte de las estadísticas de hackeados), me cuesta enviar solicitudes de amistad. Y pensándolo bien, creo que puedo pasar años sin enviar ninguna, a nadie. Y tengo razones personales muy profundas para ello, de las cuales ya no recuerdo si alguna vez he compartido sobre eso (creo que sí) e innecesariamente me voy a repetir, aunque pensándolo bien podría servir como respuesta contextual para autoexplicarme mi maldita timidez, incluso en esta plataforma, a estas alturas de mi vida.

Podría dar una explicación simple, pero como siempre me iré un rato por las ramas, ya que tengo una intención de fondo con lo expuesto en el primer párrafo.

¿Se acuerda de La madre, de Máximo Gorki? Aquello de: “Era alta y algo encorvada y su cuerpo, destrozado por el trabajo de tantos años y las palizas de su marido, se movía en silencio y un poco de lado, como si temiera tropezar con algo en cualquier momento”. En Latinoamérica millones de seres humanos, de generación en generación, más o menos hemos sido criados así, salvando distancias, exageraciones, contextos y casos de casos, que los hay con matices sin ninguna clase de reducción al absurdo.

Sencillamente a muchos nos criaron para pedir perdón y para pedir permiso, para pedir la venia casi que para cada uno de nuestros actos, y para disculparnos incluso si en alguna lejana circunstancia tuviéramos la razón en algo. Alcancé a rozar la cola de esas últimas generaciones que fuimos amansados a golpes y que vimos injusticias de toda índole, desde lo familiar a lo general, desde la infancia, con vecinos, amigos, conocidos, familia, lo que sea. Y bueno, lo de siempre, aceptar la realidad por obligación, porque sí, porque así tenía que ser.

Ese patrón continuaba si uno estudiaba en centros escolares católicos, pero bueno, por el momento se sale del tema central y creo que ya me di a entender hasta este punto.

En mi muy caso personal, me enseñaron desde muy temprano a no importunar. Con ser así, aprender a quedarme callado fue algo que me quedó claro hasta los 12 o 13 años de edad, si no recuerdo mal. Y más o menos sé que fue en ese rango de edad, porque a medida que crecía, y que me era casi imposible quedarme callado y sin decir lo que pensaba (era de esos niños incorregibles, que eventualmente siempre dicen lo primero que piensan), recuerdo que el nivel de palizas aumentó a tales dimensiones, que entonces aprendí a valorar las virtudes del silencio. Para que vea que no exagero, en una ocasión me quebraron una escoba en la espalda y caí al suelo con tal fuerza, que a pesar del dolor no me sentí con valor para darme la libertad de retorcerme en el piso. Cositas sencillas.

Así que para mí era normal disculparme o pedir perdón con solo rozar el hombro de alguien por accidente. Incluso ahora, a estas alturas de mi vida, con tal de no causar molestias soy capaz de quedarme sentado en una silla cuando estoy de visita en casa ajena, sin molestar y ni pedir nada a nadie, ni siquiera para pedir un vaso con agua. Lo sé, soy un tonto por no eliminar esos hábitos de mi vida, pero en realidad fui domesticado a golpes desde que tengo memoria. Es algo difícil de vencer.

De esta manera, ya pasado al universo virtual, en el 99 % de ocasiones soy incluso incapaz de enviar una solicitud de amistad en Facebook, porque muy en el fondo detestaría importunar con una sola petición tan prosaica como esa. Creo que puedo aumentar la apuesta y decir que mi timidez se extiende hasta en las dificultades de nominar a alguien en un tag, tal y como pueden recordar quienes me hayan seguido por un buen trecho.

Incluso puedo redoblar la apuesta y añadir que hasta me cuesta publicar estados personales y todo eso, lo cual incluye comentarios en publicaciones y lo demás. Lo sé, soy un caso perdido y un caso extremo. Así que no miento al afirmar que este espacio se ha convertido en mi isla desierta con oasis incluido, un espacio que cada día se ha ensanchado para convertirse en una suerte de diario personal público, en el que puedo y siento la libertad de decir lo que sea, porque el botón de eliminar está tan a la mano, lo cual me da una sensación de control bastante estúpida.

Lo más gracioso es que cuando iba a la universidad muchos creían que había tenido una educación formal y en casa en estado de gracia, cuando en realidad lo que ocurría es que cuando se me acabaron los refugios exteriores solo me quedaron los libros, los cuales devoré con la libertad de alma que debe sentir un preso político. O bueno, es lo que me imagino de forma dramática.

Y bueno… me ha pasado que envío una solicitud (cuando muy al tiempo me atrevo a hacerlo) y si a los 3 o 5 días la persona no responde, mejor la retiro: no vaya a ser que esté importunando. Si invito a una persona a tomar un café y me dice que no, casi nunca vuelvo a hacerlo… y bueno… me pasa lo mismo en muchas otras cosas. Si envío un mensaje privado y la persona no me responde, nunca vuelvo a escribirle. Y así, podría seguir mencionando ejemplos.

Lo sé, lo sé, sueno como un idiota falsamente traumado o que se complica la vida demasiado. Estoy consciente de eso. Aunque no crea, visto si se pone en mis zapatos notará que en ese sentido quizá solo opto por el camino más fácil. Pero admito que, por ejemplo, para los casos del mundo virtual, me sentí bien la primera vez que escribí un tag y nominé a otros: era como compartir algo, un meeting, no sé.

Creo que mis más cercanos lo saben y quizá los no tan cercanos ni siquiera lo sospechan: cuando me atrevo a regalar algo, por muy un lapicero que sea, he pasado por toda una jerarquía de decisiones personales, entre las cuales está derribar el muro de la timidez. Admiro a quienes con facilidad pueden hacerlo y ya. Y eso que soy un gran intenso con mis emociones: y quizá eso me deja el problema adicional de no saber con certeza no solo si estoy siendo inoportuno, sino el hecho de no estar seguro de si exagero o no con mis gestos. Qué se le va a hacer.

Pero, de todos modos, no puedo quejarme. Muy a mi pesar, quizá con un poco de esfuerzo y también algo de fortuna, en el camino me he encontrado con gente que comprende todas mis rarezas, y eso por sacar lo positivo, porque por otra parte estoy consciente de mi amabilidad innata para caerle mal a mucha gente. Es todo un sainete mi vida privada, estimado lector.

La timidez se cuela hasta en la forma en la que escribimos. Imagínese mi caso: ¿podría contar cuántas veces me he disculpado a la hora de escribir en este espacio? Un gran amigo mío dejó de contarlas allá por mi post número 27 o algo así. Y créame, de verdad créame, que he intentado quitarme esa maña más por el detrimento del vicio estilístico, que por algo que sé que forma parte de mi modo de ser y de mi día a día.

Muy a mi pesar, me he disfrutado unas buenas discusiones a lo largo de mi vida. Y todo porque de entre todas las características que podían tocarme, me gusta reflexionar y tengo un gran amor por el conocimiento sea este grande o pequeño. La curiosidad es una maldita adicción.

Y bueno, de nuevo ya me extendí innecesariamente (y ya se me volvió a escapar otra maldita disculpa implícita), pero quiero hacerle otra confesión.

Hace años asistí a un taller de literatura (el segundo o el tercero en mi vida, ya no lo recuerdo o no quiero recordarlo ahora). Lo hice fundamentalmente porque quería probar algo conmigo, de entre mis luchas internas del día a día. Estaba en un punto de mi vida donde había fracasado en tantas y tantas cosas.

Como miembro del taller me fue mal: no presenté los ejercicios, quizá fui el peor alumno de todos, opinaba sin conocimiento, sin propiedad, y quizá lo peor de todo es que fui un gran impertinente, y con esto quiero cerrar: la paradoja del tímido, del que viene de ese fracaso de vida y que de repente siente una inexplicable y renovada esperanza.

En ese taller descubrí que quizá lo mejor para mí habría sido renunciar del todo a la literatura como futuro escritor (novelista, cuentista), aunque descubrí que estaba bien amarla solo porque sí, solo por placer. Descubrí que había más personas que estaban interesadas en lo mismo, que (y esto debo aclararlo) aunque estudié Letras, por razones que quizá para mí son demasiado complicadas de explicar a nadie le interesaba hablar-compartir-debatir literatura conmigo.

No sé si era por mi ánimo o entusiasmo, o sencillamente por puro cálculo de probabilidad fue lo que me tocó, pero en mi mundo circundante a nadie más le interesaba la literatura, por lo que había sido hasta entonces un camino por el que más o menos había caminado solo, lo cual le da una sensación más o menos desoladora.

En ese taller de repente me sentí desatado. Casi que cada sábado llegaba con un entusiasmo que partía de una tremenda necedad, porque el mal alumno había decidido seguir y compartir lo que creía saber o sencillamente quería escuchar, aprender más y más. Fue una experiencia renovadora. Creo que durante esos días mi yo tímido fue casi totalmente eliminado. Ansío volver a repetir algo así, aunque estoy consciente de que eso no volverá a pasar.

Pero en cierto modo sí lo vivo, aunque ya no con la misma frecuencia y dimensión de esa última experiencia. Cuando por fin puedo verme con mis grandes amigos, con quienes puedo conversar de mi vida entera.

O bueno, también cuando me reúno con mis compañeros y amigos de Grafomaniacos podemos extendernos por horas para hablar de literatura. Así que cuando eso ocurre (lamentablemente no podemos reunirnos con la frecuencia que quisiéramos), siento que por un momento todo vuelve a tener sentido, y me parece que por fin dejé atrás toda esa vida de aquel muchachito tímido, que se quedaba sentado en el mismo lugar cuando se iba de visita, y que era incapaz de sacar una conversación cotidiana de al menos cinco minutos, solo para comportarse como alguien normal, como quien hace una pregunta sobre el clima o sobre cualquier trivialidad.

5 comentarios en “Esa maldita timidez

  1. Es triste leerte, amigo. Pero reconforta al mismo tiempo. Estamos solos y somos animales sociales, nos gusta hacer amigos y conocer gente. Pero la timidez y la vergüenza muchas veces nos paran los pies. A cuántos chicos y chicas he visto alguna vez en el transporte público o por la calle y he pensado que podríamos llegar a ser grandes amigos o incluso algo más si alguno de los dos tuviera la osadía de presentarse al otro. A mí me cuesta un mundo. Ojalá no fuera así. Un abrazo fuerte, me gusta leerte, así que gracias por escribir.

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias por tus palabras. Releo el post y me da un poco ganas de borrarlo. Pero al final me siento bien compartir esta clase de cosas, aunque carezcan de finalidad. Es solo como sentarse en un extraño y virtual círculo público, levantar la mano y contar la historia personal. Es algo que tiene su lado gratificante. Gracias, de verdad, por pasear un rato por aquí para leer en este espacio. Yo también te leo, aunque en la mayoría de ocasiones no se me ocurre qué comentar. ¡Un cordial saludo y un abrazo!

      Le gusta a 1 persona

  2. Algo así me ha pasado a mi, aunque creo que en mucha menor medida. Detesto incomodar y no me gusta sentir que molesto a alguien con algo. A veces me han dicho que soy “resentido”, pero lo cierto es que cuando alguien no contesta un mensaje, lejos de enojarme o de sentir que han herido mi orgullo, siento que quizás importuné a esa persona y me dan ganas de volver a escribir para pedirle disculpas. Para mi, lo peor de todo es que yo no parezco una persona tímida y por eso mismo nadie me cree cuando lo digo, jajaja.

    Por otro lado, qué bueno que siempre vamos a tener amigos y literatura para desatar esas mierdas de timidez.

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Ah!, cabal. Creo que es un tipo de timidez que va más allá de nuestros actos cotidianos: emerge de una profundidad bien cultural, que nos han ceñido hasta los huesos en buena parte de la cultura latinoamericana. Como decían nuestros abuelitos, nos criaron para ser ariscos, y asumimos que importunamos a los demás con solo los intentos.

      Gracias por tus palabras. Y sí, esas pláticas de literatura son un oasis citadino para olvidarse de estos desplantes culturales.

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .