Magenta, cuento de Miroslava Rosales

1.

—Soy un imbécil— , así se resume mi experiencia con la constelación Magenta, con esa muchacha que creí podía cubrirme de la tempestad de las navajas. La ciudad no es la misma desde esta tarde. He abordado un bus tan carente de humanos como mi corazón, tan destartalado como mis sueños. He pagado los veinte centavos y sentido la aspereza de las manos del motorista, un hombre barrigón y sucio. Suena a todo volumen esa música del desamor y que tanto detesto: la bachata.

Me he sentado y me veo allí: ataviado con unos pantalones de mezclilla, una camisa a cuadros en degradé de azules y negros, sin afeitar, sin nada de destellos, sin las rosas y la tarjeta que he triturado en una acera. Desde la ventana, paso de unas calles limpias a unas caóticas, en las que todos luchan por salir de la devastación. A veces se sube uno que otro vendedor de dulces y otras curiosidades. No he podido llorar en el trayecto; mas bien, de lo único que tenía deseo era o de hundirme en uno de los bares de la zona bohemia hasta reconocer los códigos del alba (pero esa opción solo me hubiera dejado más triturado, y yo tenía que contenerme), o caminar en el centro hasta que se acercara la hora de cierre de los establecimientos (así hubiera dado vuelta a las palabras de Magenta) o simplemente vivir un flashback en el café del centro que siempre visito después del trabajo, pero me bajé en el punto que coincidía con mi ruta a casa.

2.

Al fin me he atrevido a saludarla, a traspasar su frontera con un simple “hola”. Ese saludo desataría las tormentas y el magma de mis días. Sin saberlo, me condujo al último escalón del cielo naranja con una velocidad supersónica: me ha correspondido, le parezco un chico agradable, me ha agradecido por mis felicitaciones. Es que sencillamente todo lo que crea esa mujer me encanta, lo admito. Así es como descubrí la constelación Magenta una noche de diciembre.

Él abre sus manos como si esperara una mariposa naranja. Explora en sus fotografías, en las citas, links que coloca en su estado, en ese mundo que ha amueblado tal cual novelista. Los ojos de Magenta son cántaros colmados por la noche; y su cuerpo, un árbol en verano. Es vulnerable. Le atrae.

3.

“Eres una muralla de hierba y sol, y cuánto desearía saber qué hay detrás de tus ojos, de tus manos, de tu tempestad, derramar mi manantial de leche sobre tus senos, tan redondos y justos para mis manos (así me los imagino, disculpa si soy muy atrevido, pero no puedo evitar alabarte. Muy pocos hombres te podrían venerar como yo. Es que te pareces a un allegro vivace, a la hierba después de la lluvia). Tu voz parece descender del cielo, y amo tu capacidad de crear destellos y manzanas, girasoles en el patio abandonado de mi ser, de enternecer hasta mis vísceras con tus escritos, tu manera de abrirme las ventanas del agua y el viento…”, y así continué ese correo electrónico. Sabía que un clic destellante había sonado entre nosotros, y que no sabía si sería para la eternidad, pero estaba nuevamente ilusionado a mis 25 años.

Esa mañana —después de un mes de conversaciones sin interrupción—, me había levantado quizás a las cuatro, y a decir verdad, no suelo hacerlo tan temprano, pero deseaba que cada correo, cada llamada, cada letra, fuera el hilo que nos uniera. Encendí la computadora y comencé ese frenético correo, luego me fui a dar una caminata en la colonia, la que siempre hacía con Luna, mi perrita. Desayuné con granola, avena y leche. Me alisté para mi lúgubre jornada de trabajo. La burocratización es una muerte lenta.

4.

La primera vez que oí su nombre fue por un amigo, Mario. Me dijo, sin dejar de mirar el monitor, que había ganado el premio de cuento en el que yo habría concursado si no hubiera sido tan cobarde. “De todos modos no habría ganado”, pensé. Además, mi tiempo para la escritura y la lectura cada vez disminuía: me había oxidado en todos los sentidos, vivía en una ratonera con expedientes y hombres de corbata y pantalones bien planchados, cuyo único fin vital es convertirse en fiscales o ministros. “El jurado dice que le otorgaron el premio por la transparencia de su narrativa”, siguió contando, a partir de la noticia de ese día, que había sido publicada en la red. Pesaba más el sueño que mi interés en su récord narrativo, así que no pregunté más y me dormí. Mario continuó leyendo en la sala, creo que las noticias o la novela negra que había dejado a medio camino.

5.

Mi hermana, en un intento por salvarme del extenso y remoto estanque de la soledad, me habló de ella, del paraíso de esa diosa, con quien podría construir un puente de hierro: ambos compartíamos el amor por las letras. Dicho y hecho. Un viernes a las 20:46 descubrí esa hermosa constelación. Yo le había mandado una invitación al Facebook días atrás, y ella inmediatamente aceptó. No habíamos intercambiado palabras hasta esa fría noche de diciembre, justo dos días después de mi cumpleaños. Había tenido un día muy pesado en el juzgado, de esos por los que uno quisiera renunciar. Me preguntaba hasta cuándo podría sostener esa pesadilla de miles de expedientes. Pues bien, me conecté después de la cena. Mi madre había preparado lasaña, verduras y jugo de sandía. Ella sabe mis debilidades gastronómicas. Abrí mi sesión y vi su foto entre los conectados. La saludé y le revelé mi fascinación por su mundo de neblina y escarcha, esas vertientes de luz que descendían de su asombro. Ella se mostró receptiva a mis comentarios quizá demasiados entusiastas, quizá demasiados ingenuos. Hablamos de nuestros escritores predilectos, y más bien se definía como una amante de lo clásico: detestaba la literatura para neonatos o de puré, como ella le llamaba. Ah, por cierto, tenía que terminar un artículo sobre Roberto Bolaño y el ser latinoamericano, así que estaba preocupada: no había avanzado mucho, al menos no como esperaba (ella tan exigente). Se había atascado en el estado del arte. Le pregunté cómo había llegado a Barcelona, y ella me explicó, con una soltura como si nos conociéramos de años, que había ganado una beca, que había elegido esta ciudad por su algarabía, y eso la atraía irremediablemente: “Siempre quise vivir en una ciudad cosmopolita, salir de la aldea. Mi casa es el mundo. Todo allá me asfixiaba. Me sentía enjaulada, no sé si me entiendes”. Y yo le contesté: “Sí, claro que sé de qué hablas”. “Y, bueno —continuaba—, venir acá me dio bríos. Además, yo soy una loba, ¡ja!. Espero que no me temas”. Le dije que, más que temerle, le admiraba. Continuó asegurando que esa nueva ciudad a veces le parecía distante, que extrañaba el olor de lo conocido, ese sentido de familiaridad, también nuestras playas y montañas en verano. Admito que noté poco deseo, o más bien temor, de establecer nuevamente residencia en San Sívar. Los homicidios crecían como las olas, y eso la alarmaba. Su punto de referencia lo obtenía de los periódicos y su familia, que era, en realidad, el único vínculo con el país.

Luego me pasó unos poemas, en un acto de confianza sin precedentes: una pequeña selección, que decía no la había mostrado a nadie y que yo sería el afortunado. La verdad, no sé por qué esta preferencia: no entendía, pero creo que logré despertar una llamita en su interminable signo de interrogación.

Le di mis valoraciones:

—Me parecen tus poemas como beber agua de un río clarísimo, un ascenso a los astros, a veces pareces desbordarte, otras contenerte, como si tuvieras miedo. ¿Es así, Magenta? Hay algo que te angustia, al menos así lo percibo. No sé si me equivoco —lo escribí aun cuando ese intento por excavar en su ser podría ahuyentarla.
—No, para nada. Bueno, no es fácil explicarlo. Ya habrá más tiempo para eso. Solo te puedo decir que vengo de relaciones muy violentas. Eso ha marcado mi escritura.

Sentí alzarse la muralla.

—Sos muy talentosa, lo reitero. Tus textos tienen una sensibilidad muy poco usual, si tomamos en cuenta tu edad.

A ella le dio risa, sentía que la sobrevaloraba, pero en serio que quería ser lo más transparente que se pudiera con su trabajo.

Los leí varias veces en la pantalla después de la conversación, y luego los imprimí para repasarlos en un café, en el almuerzo, y así recordarme siempre de su ser, explorarla cada vez que pudiera, refugiarme en su palabra como un feto en su vientre, sentirla palpitar tan cerca.

Terminamos nuestro primer encuentro casi a las 22:00, y me acosté creyendo que había dado con mi Beatriz, mi Laura, mi Maga, mi Bella Rosenfeld, mi Jeanne Hébuterne, mi Nora Barnacle, mi Castor, mi Gala, la muchacha de espumas y sol perfecta para mi anoréxica vida de burócrata de una ciudad con la carne descompuesta. Necesitaba oxígeno, y ella lo encarnaba. Ya tenía un mes de estar saliendo con una profesora de francés. Su parloteo no me llenaba en lo más mínimo. A veces me sacaba a bailar, para solo darme cuenta de que nuestras diferencias se acentuaban en esos momentos de estridencia. Ella me decía que le parecía un chico aburrido, pero es que no entendía su terquedad por el despilfarro, la banalidad.

Por ejemplo, recuerdo el desastre del karaoke: una noche de jueves se le ocurrió que pasáramos por unas cervezas a ese lugar, al que ella tanto iba con sus amigos.

Acepté por complacerla. Pero fue evidente mi desprecio por ese acto del absurdo. La chica se enojó por ser un aguafiestas, y por una semana dejó de contestar mis llamadas.

6.

Nos conectamos por el Skype a la mañana siguiente. Era más hermosa con su cabello suelto, color azabache, y su bufanda magenta. Tenía buen gusto por la ropa. Me recordaba a una niña del colegio, de quien me enamoré por siete años.

—Hola, Sergio.
—Hola, mi estimadísima Magenta. Me alegra tanto escucharte por acá.
—Sí, gracias por darme de tu tiempo. Mira que no podré estar conectada tanto como quisiera. Debo ir a la universidad. ¿Y cómo te va?
—Pues un poco complicado con un caso del trabajo, aunque nada extraordinario ha pasado. ¿Te puedo mandar unas canciones? Es que la verdad no quisiera hablar más de mis días de expedientes. No te imaginás lo deprimente que es hacer lo mismo detrás de un escritorio. Me siento como una cucaracha o una rata enjaulada.
—Pues no deberías verlo así. Te dañás emocionalmente. Pero, si quieres, escuchemos música juntos, ¿eh?

Y le pasé música de John Coltrane. En especial, quería que sumergiera sus manos en las aguas de A Love Supreme, que me conociera hasta perderse en mi pantano. Le encantó Coltrane, y me dijo que frecuentaba un bar cuya atmósfera le recordaba a El perseguidor. Le dije que había llegado a esta música por mi padre, y que tenía un amor especial por la desgarradora voz de Billie Holiday y que así, con ella, me sentía como en El triunfo de la música, de Chagall. Magenta se encogía con mis alabanzas.

7.

Un día de febrero sonó mi celular a las 10:46. Un número internacional en la pantalla. “Sin duda, ella es”, pensé muy emocionado en la oficina. Me levanté de mi escritorio y me fui a la zona de los baños. Magenta me dio un efusivo saludo, de esos que me elevaban, y me dijo que llegara a la casa de su amiga Geraldina, que al fin había llegado lo que tanto esperaba: su libro de cuentos, su primera criatura, que había sido publicado por una editorial barcelonesa llamada Mnemósine.

Traía en la primera página una dedicatoria con tinta negra:

Para mi querido Sergio,
con quien he descubierto el sol y nuevas autopistas de sueños y latidos, porque sé que eres un muchacho que podré ver siempre como un cielo lumínico, con quien podré mantener un diálogo, ya sea de girasoles o espinas. Gracias por esto que es nuestro.

Tuya,
Magenta.

Su grafía tenía fuerza, y esas pocas palabras no hicieron más que confirmar mi enamoramiento por esa desconocida, a quien nunca había abrazado ni mucho menos besado, pero que la sentía tan cerca de mis latidos y mis sollozos. Tan solo ella había entrado a mi búnker.

Pasé explorando su geografía colmada de personajes masculinos, y no dudo en admitir mis celos: sospechaba que venía de sus experiencias. Me preguntaba si ella algún día escribiría algo de mí, si algún día podría ser parte de su centro de pirotecnia.

Ese libro delgado y de pasta azul lo cargaba en mi bolso de cuero. La portada tan magníficamente sencilla y cuidada como ella. Le di las gracias cuando nos conectamos esa noche por el Skype, y ella solo me dijo que quería compartir sus escombros, el ocaso que habitaba, y que le complacía tanto tenerme. Me encantaba la fotografía de la contraportada. Ella en blanco y negro. Su rostro salía de una ventana. Parecía una niña necesitada de abrigo.

Los días fueron transcurriendo gradas a las conversaciones por Skype, Facebook y Gmail Pasó mandándome música, sus poemas, sus cuentos, sus borradores de guiones de cine desde que nos “conocimos”. Sabíamos que este juego no podría durar mucho tiempo, pero al menos había que vivirlo hasta sus últimas consecuencias. Descender en su mirada me daba el mar, el mar que me había sido negado tantas veces. Le hablaba a su celular. A veces, en la oficina nos comunicábamos, incluso mi hermana también se involucraba. Soñaba que ella pronto vendría para salvarme de la rutina, de los días en los que me perdía en el alcohol, o yo iría una vacación a encontrarme con lo desconocido.

Y se dio la oportunidad: en junio daría un curso de literatura latinoamericana en mi país. Esa noche, me emocioné tanto que me valió no terminar el informe que debía a la oficina. Le mandé muchos apapachos y le dije que prepararía una fiesta de bienvenida, a lo que ella contestó que no, que prefería algo más íntimo. Le dije que me encantaría estar en el aeropuerto cuando viniera, recibida con girasoles y trompetas. Ella se rio (supongo que por mi ingenuidad), dijo que sería mucha molestia, que no sería conveniente, que su familia la recogería.

8.

“Desnudarnos por fin de tanta ropa y tanta espera”, así le he escrito a Magenta a las 5:16 a. m. Mi Magenta parece una niña de niebla y mar que sobrevuela mis sueños: creo encontrarla en los bares, en los cafés, en los buses, en el recuerdo de esa niña de largas trenzas que conocí en el colegio y con quien salía al recreo para compartir mis sándwiches y hablar de nuestras lecturas.

La quiero tocar, al fin, sin que una pantalla nos separe, sin que su voz sea distancia, sin que solo la fantasía nos sostenga.

Un abrazo es un acto pequeño de magia,
un acto de vuelo de luciérnagas,
un acto de encuentro en rojo.
Muero por escuchar cómo pronuncias
mi nombre con esa forma tan tuya de arrullarme.
Muero por tenerte como una serpiente
deslizándote sobre mi cuerpo.

Así continué el correo que le envié a su cuenta de Gmail Con esta sensación de euforia he salido de casa, me he despedido de mi madre y le he dicho que me siento tan dichoso, y ella solo me mira atónita de que mi dicha sea tan quebrantable como una palmera en un huracán.

9.

Pero en el mes de su venida muy poco se conectó, tanto así, que pensé que ya le había aburrido; en cambio, ella decía que el tiempo la asfixiaba, que el proyecto de investigación la asfixiaba, que todo la asfixiaba. Sin explicación, pasó una semana, justo antes de su regreso, sin entrar al chat ni al Skype. No sabía qué diablos le pasaba ni si en realidad vendría. No me contestaba los correos, y aunque cualquiera en mi situación simplemente lo hubiera tomado con indiferencia, yo no podía ser así de Ligero con los sentimientos, al menos no con ella.

Me di cuenta de que vino dos semanas después de lo previsto (jamás me hubiera imaginado que semejante acto lo ocultara). La busqué desesperadamente en su casa, con un ramo de rosas y una tarjeta de bienvenida, tenía pensado que ese sencillo gesto podía ser un punto a mi favor.

Ella dio un puntapié a todas mis esperanzas: estaba embarazada y pronto se casaría. Su prometido fue quien me abrió la puerta.

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