Yapa

Hace un tiempo (quizá ya un año) hice un experimento en una red social llamada Beautiful People. Creé un perfil y me sometí a la votación de 48 horas, para que la gente decidiera si yo era guapo y merecía la tan [para algunos, al parecer] codiciada membresía, o que me pusiera “definitely no”. El resultado fue el segundo, claro está, pero quería reforzar un par de ideas, tanto en el ámbito privado y personal (nada como las experiencias empíricas para demostrar un punto, la verdad), como en un espacio como este, donde me siento con la libertad de entrar en discusión sana con personas que jamás he visto en mi vida.

beautiful people
Como se puede percibir en la captura, ni siquiera habían pasado las primeras 10 horas y mi petición ya había sido rechazada por la inmensa mayoría de la comunidad. Coloqué la misma foto de este blog [¡ejem!, la que tenía el año pasado], para hacerme constar. Debo añadir (no sé si para ánimo o vergüenza, la verdad) que esta es la mejor foto que tengo disponible: en el resto de por sí soy un desastre.

Sé que lo que hice fue más o menos una estupidez: en el entendido de que en un sitio de esa naturaleza, solo el color de piel podría ser un filtro determinante a la hora de definir el canon socialmente aceptado de belleza. Naturalmente yo incumplo no solo con el color, sino con otras características que sé que no pertenecen a eso que se define como visualmente atractivo. Oda a la autoestima: uno debe reconocer lo bueno y lo malo, y aprender a vivir con ello.

Más o menos intuía el resultado y ese más o menos me ha guiado a lo largo de la vida, así como a miles de los míos (o sea, quienes nos sabemos del mismo club). Es decir, más temprano que tarde uno más o menos descubre su grado de belleza y aceptación, además de que en ese mismo más o menos uno va chocando con todo aquello que se puede convertir en fortaleza o en trauma, por si alguien ha pasado por una experiencia drástica.

En la edad del ego uno no se autopercibe estéticamente, ya que esa validación la conocemos a medida que tratamos con los demás. Como bien indican algunos estudios, la timidez amorosa, la ineficacia en el noviazgo, la inseguridad en las relaciones, e incluso la falta de sexo, son algunos de los rasgos más pronunciados en las personas que se autoperciben como poco atractivas.

A ese respecto viene a mi mente todo lo aprendido sobre estética, teorías antropológicas de la belleza, la hipótesis de la medianía y un largo etcétera. Sé que es un debate amplio, por supuesto, pero no hay que olvidar que, a la larga, todas las personas desarrollamos un gusto personal, por lo que es inevitable caer en el doble discurso cuando se habla, precisamente, de la belleza. Es un tema hasta cierto punto espinoso.

Podría argumentar que la belleza es una variable y la inteligencia es una constante, pero eso ni siquiera está en discusión: es un hecho que la belleza es perecedera, y por consiguiente debería de preocuparme más si tendré una buena o mala vejez… es decir, la inteligencia tampoco es para siempre y lo único cierto es que al final todos seremos polvo, ya sea por muerte natural o porque nos alcance algún apocalipsis.

Quizá me serviría el vano consuelo de decir que los feos (y si uno viene de cierta desventaja económica esta idea parece acentuada e iluminadora) conocemos el sentimiento genuino cuando alguien nos quiere por lo que somos y no por lo que aparentamos: pero he ahí la trampa en la que uno no debe de caer. Lo usual es que cuando le gustamos a alguien puede ser por las razones más impensables, que nada tienen que ver con el estándar promedio que se nos vende. La belleza real es un verdadero misterio que jamás terminamos de desentrañar.

Y que los feos somos más auténticos que los guapos es otro argumento falso. Al menos en mi caso personal, conozco de todas las variables: gente guapa e inteligente, guapa insoportable, feos con extraordinarios atributos individuales y feos que se empecinan en desagradar. Nada está escrito. El meollo es que todos sentimos, pero esas mismas sensaciones pueden estar condicionadas culturalmente. Lo sé, es una obviedad innecesaria, pero hay que recalcarlo: la belleza cambia en regiones y épocas, y es maravilloso que al menos en el mundo contemporáneo, incluso con los estereotipos, cada vez existe más variedad, más de esa mal llamada belleza alternativa.

Confieso que el experimento lo realicé en el contexto de dos circunstancias: la primera es que en ese momento estaba escribiendo un artículo sobre los tipos de redes sociales que existen, el cual se publicó en una revista para la que trabajaba, aunque no a mi nombre (por lo que no me apetece compartirlo); la segunda es que en esos días, de pura coincidencia, varias de mis compañeras de trabajo sacaron el tema de las parejas a colación y me preguntaron sobre el porqué sigo solo después de tantos años. Mi respuesta suele ser sosa e innecesariamente larga, así que no la reproduciré (aunque presiento que lo he hecho aquí de forma indirecta cientos de veces). Pero en esencia suelo admitir que, como se dice de forma prosaica, a mí no me sale nada y que siempre fue así.

Cada vez que alguien escucha eso suele verlo como un rasgo de falta de autoestima. No culpo a nadie por eso, claro está. Otros reaccionan de forma adversa, como si escuchar algo negativo (sobre todo si una persona lo dice de sí misma) obligara a quien escucha a decir algo positivo como parte de una cortesía implícita colectiva, como si así se tapara el bache de una carretera que necesita repararse. Es decir, aparece un microscópico sentimiento de culpa que hace sentir a la otra persona la necesidad de brindar un poquitín de ayuda. O como creía Nietzsche: “Quien se humilla, quiere hacerse ensalzar”. Pero no: de verdad, aunque la gente no suele creerlo, no es mi caso.

Al contrario: creo que he incurrido en esa clase de honestidad que por lo general me deja más mal parado que bien. Y creo que solo quien me conoce bien sabe que opero con una lógica personal que es bastante implacable y que nada tiene que ver con buenas, malas, altas o bajas autoestimas.

Así que el pecado de mi experimento partía de la curiosidad por completar mi artículo y de una incorregible intransigencia: quería demostrar que si para esas miles de personas soy feo, mis compañeras no tenían por qué falsamente insistir en tratar de convencerme en que “todos tenemos algo que nos hace hermosos”. Lo sé, no solo fue una bajeza de mi parte, sino que también fue una suerte de actitud desagradecida, por no recibir con naturalidad esas palabras de motivación que, por otra parte, nunca les pedí. Y claro, fue un parteaguas radical para que dejaran a un lado el tema.

No es cierto que “nunca me ha salido nada”, pero también fallaría a la verdad si dijera que con facilidad podría conquistar a alguien. De hecho, en mis 33 años de vida apenas tuve una relación seria. Y no veo nada de malo en admitir tanto mis virtudes como mis defectos. De seguro existe alguien allá afuera que podría fijarse en mí con solo ver mi sonrisa, pero ese alguien pertenece a un grupo reducidísimo de personas a quienes podría gustarle alguien como yo: y no veo nada de malo en que eso sea cierto. Al contrario, me siento condenadamente bien (como diría un traductor de Hemingway) y considero que tengo los pies bien puestos sobre la tierra.

No voy a autoengañarme vistiendo bien con exageración o creyendo que solo por demostrar una excesiva actitud de seguridad caerá alguna dama rendida a mis pies. No me interesa. Y la verdad es que es cansado escuchar a las personas que se sienten con el deber moral de pretender subirme la autoestima, solo porque creen que necesito ayuda, cuando en realidad ofrezco la llana sinceridad de admitir mis asuntos personales, cuando podría optar por mentir y decir que todo marcha bien, al 104 %, como diría un personaje de The Good Place.

Prescindí de la apariencia física a los 16 años de edad, gracias a una simple circunstancia que para mí fue importante. En aquel entonces tenía una gran inseguridad para abordar a alguien que me gustaba: soy de una timidez criminalmente vulgar (como dice la canción), así que había llegado al extremo de NUNCA hablarle a esa chica que me atraía. Así de tonto. No sabía cómo combatir eso, así que le pedí consejo a una amiga. Ella fue de las primeras personas que me habló de la belleza interior y que de todos modos arreglarse un poco no está mal. Estoy seguro de que lo decía con honestidad, pero soy franco al admitir que me sorprendió cuando conocí a su novio: alto, con rizos naturales, ojos claros y piel blanca como bronceada… sin que se me caiga la masculinidad, ciertamente guapísimo.

Pude haber tomado eso como el timo de mi vida (yo, que soy moreno y chaparro, como dice la canción del chapín), pero para mi fortuna eso fue una experiencia reveladora. Me vi un día al espejo, acepté que mientras no ganara mi propio dinero mis padres me seguirían vistiendo con la ropa usada que compraban (paradojas de la vida: esa es la ropa que sigo comprando), que de todos modos no puedo cambiar el estuche en el que nací y que tenía la opción de explorar el mundo con este pellejo que llevo puesto o mortificarme el resto de mi vida. Y para mi suerte acepté la fealdad como una característica más, como una constante perpetua: vaya, algo así como cuando Tyrion Lannister con orgullo acepta su enanismo.

Y bueno, está bien, es bastante extraño que una persona tome la decisión de estar sola por tantos años o que incluso llegue al extremo de vivir como ermitaño. Me imagino que mis compañeras solo tuvieron la intención de ayudar. Pero ¿todos elegimos, no? Y esto es lo que yo elegí. A veces me he preguntado si me he convertido en asexual, pero eso es solo en los momentos de soledad: la verdad es que no. En el espíritu de las relaciones interpersonales me detuve en algún lugar, me quedé en ese mismo punto, en ese desierto abstracto, pero en lo demás seguí avanzando, incluso en mi concepción del amor. ¿Cuánto he leído desde entonces, cuánto he crecido espiritualmente, cuánto ha pasado entre mi último yo emparejado con alguien y el yo de ahora?

Sigo siendo un hombre triste en muchos aspectos, pero lo era también con pareja y ella lo sabía. Mi tristeza es mucho más honda que las relaciones interpersonales y esos son los demonios que siempre cargaré, con belleza o sin belleza, con harem o en soledad.

Y mi capacidad para amar está intacta, incluso creo que es más poderosa que antes, con la paradoja de la prudencia y la desmesura, como si el fuego y el agua estuvieran coexistiendo en un solo lugar. Pero por ahora, justo por el momento, no me urge estar con alguien, y tampoco siento la urgencia de sentirme más bello o más horrible para buscar y encontrar. Por ahora solo soy yo, con el terrible defecto de manejar una lógica personal bastante implacable.

Es hermoso cuando alguien nos gusta no porque necesariamente cumpla con ciertos estándares de belleza. Y al mismo tiempo es inevitable que alguien nos atraiga por aspectos concretos de la apariencia física. Pero… y ese pero es inevitable… a veces, solo a veces, alguien puede llegar a minar en nuestro interior, incluso si en principio no nos llama la atención por su apariencia física. Aspectos que para unos pueden ser feos, para otros pueden poseer un brillo inexplicable. La primera vez que lo viví fue a los 19 años de edad, cuando me di cuenta que me gustaba una amiga. Luego, en algún punto de mi vida, logré evitar en un alto porcentaje fijarme primero en la apariencia física. Oda a las filosofías personales: por eso sigo sosteniendo mi elogio a la pobreza y la fealdad. Incluso aunque la gente no suele creérmelo.

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