Mala pandiada, cuento de Ramón González Montalvo

Se lo bián dicho y no lo creiba:

—El Cuico te l’anda cantiniando, y eya no se jala.

Pero ¿cómo desconfiar de la chata y de su chero, del casi hermano? No cabe duda. Es un levante. La gente es criminosa y p’algo tiene la sin hueso.

Pero ahora, de pie junto al larguero de la desvencijada puerta, mirando el rancho solo y triste, comprendía la verdad:

—¡Luestaban engañando! ¡Los muy…!

Sintió añudársele el corazón y algo asina como un atarrayazo friyo que le recorría tuito el cuerpo.

Tiró la cuma bajo el tapexco huérfano de trapos, y regresó al caidizo. En la piedra lustrosa y limpia, dejó correr las horas y las lágrimas.

Bajo el charral del cerco alborotaban las ponedoras, vigiladas por el giro pecho blanco. “Tintorero”, enroscado en la sombra, soñaba y gruñía martirizado por las pulgas.

No pensaba en nada. No sentía nada. No quería nada. Eya si bía áido y con eya, tuitas sus ilusiones.

Se tornó indolente y le perdió el gusto a la vida. Si alguna vez trabajaba, era por la costumbre y por la necesidad.


Domingo. El pueblo está que truena. Felipe, dominango su gran melarchía, se ha dejado arrastrar de la querencia.

Suena alegre la electrola en la cantina desgranando melodías. Por las persianas pintadas de verde, salen las risas y las bromas. En el hueco bajero, se ven las piernas ejecutar las piruetas al compás del bailable.

—Entremos, mano; pa la tristura que te manijás, nuay com’un quinzón.

En el mostrador forrado de lámina, tembelequeante de garrafas, esperaban las copas. Se arrimaron.

Los tragos fueron desatando las lenguas, y, por fin, el hombre dijo algo de lo que tanto callara:

—Quizás. Se meafigura questoy curado. No se miolvida l’Ingracia.
—Saber, pué. El amor es jodido… ¡y es quera bonita!
—Tanto que me lo dijieron… pero era tan rechula, que minfriaba de solo verla en la cara, por caliente que juera… pero aura, ¿sabe, mano?, ya no la jalo, yestoy alegre, ya l’olvidé, ¿aloye? Ya no la quiero…

Se le apagaba la voz y se le rodaban las lágrimas.

—¡Es bien jodido el amor!


Ya se le vi’aido pasando el engazamiento. Y’estaba siendo otra güelta el hombrón diantes, trabajador y güeno. Apenas si le quedaba en el fondo del alma un sordo rencor por las mujeres y la promesa que formal hiciera de no abrigar otros quereres en su rancho.

Va pa dos años que se quedara solo, íngrimo, en aquel rancho perdido entre el jaral agreste y bravo; retraído de las amistades, alejado de las parrandas… esperando.

En la vereda luminosa que tira pal guatal, se toparon un día. Apenas si calentaba el sol y los maizales tiernos esperaban el aporco. Fue sin quererlo, en una vueltecita. Estaban frente a frente, mirándose sin rencor. Ninguno requirió al machete.

Y fue Lorenzo quien habló:

—Felipe, en busca tuya ando.
—¿Todavía te guardo algo?
—Dejáme contarte. Dispués hacé lo que querrás. Si te jugué aquella mala pandiada no jué miya la culpa y bien cara me costó. Jue eya la que me obligó, me tenía embobado. Muchas veces estuve a punto de contártelo, todo, pero siempre me faltó el valor; y te digo, qu’es mejor que ansina haya pasado. ¡Era mala!
—Ejala, ya que jue débil.
—Oíme, pue. Los juimos pa los cortes. Trabajamos en las fincas del Volcán y lo pasamos bien. Pero se acabaron los pegues y hubo que rumbiar pa lejos, a la costa, a los balsamares y a las salinas. Sacó las uñas; coqueteaba con todo el que le hacía velorio y a mí se me freiya la sangre en la sartena. ¡Eran tantos los que pasaban por eya y era tanto lo que yo sufriya! Casi ni se recataba pa nada y risa le daban mis enojos. Se enredó con el Caporal y diacuerdo con él, me rempujaban a los trabajos más perros… yestaba tan bruto, que todo lu’aguantaba por no perder su cariño y le yoraba y miarrastraba a sus pies cuando la viya enojada y haciendo su tanate. Pero al fin enderecé las orejas. Se me jue l’albarda a un lado y me decidí a terminarlo todo. Regresé temprano y los jallé en lo mejor. Perdí el juicio, habló el sampedrano hasta perder la cuenta y… en la montaña oscura, ayá, en la costa brava, al pie de un bálsamo marcado, están enterrados los dos… naide lo ha sabido, se dijo que bián juido porque me poniyan los cachos. Ya hace tiempo y solo a vos te lo he contado y es pa que dispongás… si querés chiyame y te vengás ansina… ¡Estoy asquiado de la vida!

En el rancho que albergó los quereres y la traición, se cobijaron los dos desengañados.

Las gentes se hacían cruces de verlos como diantes, juntos y amigos. Nada parecía haber turbado la amistad que los unía.

A veces se quedaban silenciosos. Se apagaba el puro entre cenizas y se perdían las pupilas: la pandiada de l’Ingracia emergía del pasado.

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