Aquellos años de mal baloncesto

Durante una serie de entradas que publiqué en 2018 comenté sobre el sistema escolar en el que estudié y cómo nos clasificaban según unos criterios que parecen simples, pero que en realidad condicionó la educación de todos los niños y jóvenes que formamos parte de eso. Como me da lata hacer un resumen rápido, lo único que puedo hacer es remitir a las entradas, por si existe la menor posibilidad de que alguien esté interesado en el tema. Redirecciones aquí, aquí y aquí. Para quien siga en este post, acompáñeme…

* * *

Para no dar lata en exceso con explicaciones contextuales le comparto estas dos tablas resumen:

Esta era la forma en la que estaban clasificados todos los estudiantes, de primero a noveno grado.
En aquel entonces, cuando todavía solo existía tercer ciclo en ese centro escolar (luego llegó a tener bachillerato), el torneo mayor se realizaba de esta manera, con una tabla de eliminatoria preliminar, para luego pasar a la clásica eliminación directa que todo mundo disfruta.

Si las secciones estaban determinadas por el récord académico, en los deportes también nos clasificaban: 1.º “A” los mejores, 1.º “B” los segundos mejores, 2.º “A” los deficientes y 2.º “B” los malos jugadores. Así que si yo era de la sección “C” como estudiante y de la 2.º “B” como deportista, por mencionar un ejemplo, puede decirse que estaba en lo más bajo de la cadena alimenticia en el desempeño general, académico y deportivo. Y como solo se podía jugar con participantes de las mismas categorías, ¿qué posibilidades había de mejorar? Exacto, ninguna, ya que no se puede mejorar si toda la vida solo convivo con otros malos como yo a la par.

Ahora imagínese cuando las grandes masas iban a ver los partidos. Un partido de baloncesto de los de 1.º “A” tenía un lleno total y a uno de 2.º “B”, bueno… lo usual es que solo asistían los jugadores de la misma categoría que esperaban su turno o de plano no llegaba nadie. Hasta que con dos amigos descubrimos que eso podía llegar a ser algo fantástico.

Yo era de la 2.º “A” de mi sección, pero mis compañeros de equipo estábamos demasiado divididos. Todos querían protagonismos y eran altamente competitivos. Éramos todos malos, pero la mayoría quería ascender de categoría, por lo que a la hora de jugar no éramos equipo, sino un conjunto de estúpidas individualidades que no resolvían nada. Si mis recuerdos no están mal, creo que de todos los partidos que se nos asignaron en la semana deportiva solo ganamos unos 4 de 15.

Así que ante mi frustración comencé a desentenderme durante las eliminatorias preliminares y ya no me importaba si llegábamos o no a la fase de eliminación directa. Recuerdo que le dije a mi profesora de educación física que quería ir a ver cómo jugaban los de la 2.º “B” de mi grado, a quienes de seguro nadie iría a apoyar. Esa única vez me dio permiso, pero yo me aproveché para asistir a varios partidos de esa categoría. Ella estuvo tan ocupada que ni cuenta se dio.

En esos partidos ni siquiera habían árbitros designados, a diferencia de las categorías superiores. Lo que hacían era colocar algún alumno desocupado, le colocaban un chaleco y él arbitraba los partidos más graciosos que vi en mi vida. Y no, no lo digo porque me estuviera burlando. Los de la 2.º “B” habían encontrado la verdadera fórmula para divertirse. Hacían guasas con el balón, pases estúpidos, tiros imposibles, estrategias impensables en una competencia seria, y lo mejor, lo verdaderamente genial, era que todos se divertían. Se daban el lujo de bromear y reír durante los partidos. ¿Y quién supervisaba? Nadie. Todos los maestros designados para el evento deportivo estaban demasiado ocupados con las categorías importantes.

La primera vez que llegué a apoyar como espectador un partido de 2.º “B” llevaba un libro bajo el brazo, ya que lo único que quería era ir a haraganear, a pasar el rato. Recuerdo muy bien que estaba leyendo entonces Aquel formidable Far West, de William Camus. La lectura estaba interesante, pero pronto me percaté cómo en ese partido, de alguna forma perversa, implícita y divertida se habían propuesto realizar tiros de larga distancia, no detrás de la línea de tres puntos, sino de la media cancha, y a veces hasta de aro a aro. Me pareció ridículo, pero de repente me encontré divirtiéndome con el partido.

En una ocasión un amigo quería desentenderse de sus asignaciones en el equipo y se nos ocurrió llevar un tablero de ajedrez. Así que mientras jugábamos nuestra partida, también nos distraíamos viendo a los demás jugando un baloncesto deliberadamente ridículo y divertido. Esa misma tarde otro amigo nos descubrió y dijo que no nos delataría por andar cargando ese tablero de ajedrez (no se podía cargar nada de lo que no se tuviera permiso), si formaba parte de nuestras tertulias. Así que fue el adiós al ajedrez y tuvimos un par de tardes con partidos de 2.º “B” de fondo, platicando tonteras y haciéndola de fanáticos y gritándole a compañeros en cancha como si fuéramos los mejores hinchas del mundo, además de reírnos a carcajada limpia cuando las guasas sobrepasaban el divertimento.

Uno de los populares de mi sección nos descubrió en esa insana diversión, y de repente él aprovechó el espacio y la falta de supervisión para tener un punto de encuentro con su novia… cosa que por supuesto siempre es prohibida en los centros escolares católicos, pero que casi nadie obedece. Fue un tiempo breve, no más de 10 días, pero al menos los últimos días de esas semanas deportivas disfrutamos varias tardes de risas, y al menos en mi generación esos partidos de 2.º “B” no fueron los más solitarios de la historia.

En una de esas al equipo de mi sección le faltaba un jugador y se les ocurrió pedirme ayuda a mí. ¡Dios!, justo a mí que era malísimo. A todo esto olvidaba aclarar que por entonces yo estaba en octavo grado (veo que olvidé mencionarlo al principio). La 2.º “B” de mi sección había llegado a la eliminación directa, por lo que si no jugaban ese partido estarían completamente descalificados. Accedí sabiendo que me arriesgaba, ya que era prohibido jugar con un equipo que no fuera de mi categoría.

El partido era contra un noveno, naturalmente. De hecho, ese año en todas las categorías quedó campeón algún noveno: fue una generación tan prodigiosa para el baloncesto, que hasta los de la 2.º “B” eran muy buenos… estaban ahí porque el sistema obligaba, porque por fuerza tenían que haber cuatro categorías en cada sección. Y como comentario adicional debo agregar que de esa generación de los novenos de ese año muchos juegan actualmente en la Primera División de la Liga Mayor de Baloncesto de mi país, y muchos de esos jóvenes de aquel entonces obtuvieron becas deportivas.

Y claro, en el momento en que acepté meterme a la cancha sin dimensionar el nivel contra el que jugaría. Tenía 14 años y los partidos de 2.º “B” solo habían sido divertimento para mí. Lo más gracioso es que como en octavo era de 2.º “A”, mis compañeros que eran de la “B” automáticamente me dieron el balón a mí, como si yo fuera a ser su capitán, o algo así. Fue debut y despedida, estimado lector.

Inició el silbatazo, peleé el balón al aire y el de noveno me lo ganó, se dieron uno o dos pases, ¡zas!-¡zas!, y que echan la primera canasta en menos de 10 segundos. Sacan el balón, me lo dan a mí, y yo no sabía si reírme o qué, porque la escena me parecía surrealista y no imaginaba que alguien se tomara tan en serio lo que días atrás era un momento de relax. Apenas había llegado a la media cancha en plan de pasador, cuando uno de los de noveno me quitó el balón con una técnica limpia, impecable, con unos reflejos para los que nos estaba preparado. Pase y ¡zas!, otra canasta.

Total, ni había terminado el primer tiempo cuando ya nos llevaban una ventaja como de 19 puntos. El segundo tiempo lo di todo en la cancha, se lo prometo… incluso terminé agotado, sudadísimo, como si fuera mi final silenciosa, exclusiva y anónima, pero no pudimos recuperarnos. Al final perdimos como por 24 puntos y para mi sorpresa todos trataron de dar el máximo. Pero ese noveno era demasiado superior, incluso siendo 2.º “B”.

Herido en mi orgullo busqué a los de mi categoría para ver cómo iban y descubrí que también que les quedaba un partido con el que no pasarían a la eliminación directa, pero que ya era el último, el de la honra, digamos, y que por “suerte” (con infinitas comillas) iban contra otro octavo. ¡Ja!… ¡ja!… cuál suerte. Fue un partido apretado, pero la 2.º “A” del otro octavo era totalmente superior. Eso sí, hay que añadirlo: ese octavo que pasó fue humillado en semifinales de su categoría por otro noveno, por lo que de seguro la misma suerte nos habría esperado a nosotros si pasábamos.

Y ya fuera de las dos categorías inferiores, solo me quedaba disfrutar lo que ocurría en las superiores. Ver esos partidos me hizo darme cuenta que estaba lejísimos de llegar a alcanzar un nivel decente y mínimo. Pero me divertí mucho viendo ese torneo, la verdad.

La final fue entre dos novenos, en un partido en el que creo que toda la escuela estuvo presente. Ver a muchachos de noveno (que desde mi punto de vista de puberto bajito y escuálido de 14 años me parecían adultos) dándolo todo, sin fallar triples o tiros libres, algunos hasta tocando los aros, fue una cosa emocionante. Esos de 1.º “A” de ambos novenos fueron algo así como la crème de la crème… eran el equivalente escolar de los típicos populares de una película de adolescentes. Los conocía todo ese pequeño mundo. Tenía compañeras que se morían por andar con alguno de ellos. En fin, su nivel de logros deportivos es algo que ni por cerca logró igualar mi generación, cuando nos tocó el turno de ser el noveno grado.

Yo pasé unos 3 años tratando de mejorar mi baloncesto, pero solo me llevé mi par de frustraciones. Nunca tuve talento para eso, aunque admito que lo disfruté. Todavía soy fanático de ese deporte y procuro no perderme las finales de la liga de mi país, además de pasar pendiente de lo que ocurre en la NBA.

Fueron para mí años de mal baloncesto, pero fueron un poco estimulantes también. ¿Ha leído un manga de deportes o visto el respectivo anime? Ese sentimiento, esa tenacidad, esa gana de entregarlo todo… es justo eso lo que uno siente, aunque uno sepa que forma parte del peor equipo del mundo. Es maravilloso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .