Ars longa, vita brevis

Vamos en el universo a la deriva y habitamos —como diría Manu Chao— en algún lugar del Planeta Trampa. Si le damos crédito a muchos de esos filósofos nihilistas, razonando los alcances y las posibilidades, no es descabellado pensar que el infierno es este planeta, la vida misma, la condición de existir, y que nosotros, los humanos, al poseer inteligencia tenemos conciencia del paso del tiempo, de nuestra relación con los otros y con el resto del mundo, por lo que vivimos la vida con la certeza de la muerte, con el dolor, con las millones de contradicciones que le dan forma al tamaño de nuestra condenación: estamos atrapados, en esta toroidal, giratoria y gigantesca isla voladora. Y no podemos escapar.

Y como somos incapaces de someter nuestras necesidades corporales al tamaño de nuestro raciocinio, vivimos en la eterna disputa de si debemos obedecer a nuestros impulsos o si tenemos que someter los sentimientos a la razón. Y millones de veces nos reprocharemos las ocasiones en las que no fuimos capaces de tener dominio propio o si fracasamos en reaccionar en “A” o “B” circunstancia como mejor habríamos preferido. Espinitas que acumularemos, pensamientos que volverán una y otra vez en las circunstancias menos pensadas. Sumado a que, como siempre, nos volvemos expertos, a lo largo de toda nuestra vida, en sabotearnos, atormentarnos. Creamos nuestros propios mecanismos de autofobia.

El relato directo es que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. El relato dentro del relato es que la vida tiene un propósito, el cual será determinado mediante una gran cantidad de contextos. Las ventajas de la humanidad organizada es que acomoda el relato dentro del relato y uno nace y crece dentro de él, como cuando de niños nos invitan a los jueguitos donde las reglas ya están dispuestas, y solo podemos decidir si participamos o no.

A veces nos han hecho trampa y desde el nacimiento cargamos con un lastre demasiado grande, con una condenación desmedida e injusta. Pienso en la esclavitud antigua y moderna. En otras circunstancias tenemos un buen porcentaje de manejo y de maniobra, pero —como dirían en Matrix— sin nada que se escape a los parámetros.

Así que para sobrevivirnos en el relato dentro del relato nos distraemos con las convenciones impuestas, sumadas a unas pocas que nosotros podemos elegir. Yo, por ejemplo, de entre todas las millones de posibilidades, decidí entretenerme con libros y con la escritura. Pude haber sido carpintero, policía, payaso, músico o artista marcial, pero opté por un oficio de hambre. Ni modo, cosas de la vida. Pero todavía tengo margen de maniobra y creo que eventualmente me dedicaré a alguna venta callejera: eso lo traigo de familia, ya que vengo de una llena de comerciantes informales.

Pero pienso en Mozart, Da Vinci, Praxíteles o Luis Vives: nadie les pidió que hicieran todo lo que hicieron. Es más: miles de millones de seres humanos han pasado por esta tierra sin saber o sin conocer un poco lo que hicieron. Incluso millones que pasaron por este planeta ni siquiera se enteraron de la existencia de estos y otros miles de nombres que ahora abarrotan nuestros libros de historia.

¿Y qué con eso? —se preguntará—. Bueno, la cosa es que usted podría ser el nuevo Da Vinci y ocurriría lo mismo, que exista la posibilidad de que a nadie le importe. El mundo entero sigue su marcha y parece no importarle los destinos individuales, sin importar el tamaño que estos parezcan tener. El historiador escribe la Historia porque puede. Nadie se lo ha pedido. De no ser por él no nos enteraríamos de miles de cosas. ¿Cuántos acontecimientos desconocemos, porque el registro sencillamente no existe? La historia es azarosa, caprichosa. Repito: la historia la escribe quien puede escribirla… nada de vencedores ni vencidos… la historia la escriben los que pueden. Y no sé si solo a mí me pasa, pero el solo saberlo me parece una cosa siniestra, terrible, aun cuando tal vez miles de historiadores hayan escrito lo suyo con la mejor de las intenciones.

Pero en algo hay que entretenerse. Hay que desarrollar alguna pericia en esta vida, a menos que nos hayamos decidido por el lado dionisiaco, lo cual es un tema que por el momento no tengo deseos de abordar.

Eso sí, sea cual sea el entretenimiento que hayamos elegido, debemos tener la conciencia plena, agridulce, para poder vivir un día a la vez y así superar más temprano que tarde las frustraciones que conllevan la búsqueda de la experticia: Ars longa, vita brevis. O como bien dice el personaje Calvero, creado por Chaplin: “Todos somos unos aficionados. No vivimos bastante para ser otra cosa”.

El arte es largo y la vida es breve.

Ni Homero ni Virgilio lograron la perfección absoluta, aunque es evidente que sus obras no tienen parangón, al menos en la literatura occidental. Si usted quiere puede afanarse toda la vida en su arte o en su técnica, ya que de todos modos tiene derecho a elegir su camino… pero sepa que podría enfrentarse a un camino doloroso y frustrante, porque este siempre nos parecerá infinito. Ars longa, vita brevis.

Podríamos dedicar toda una vida a perfeccionar una obra y aun así no tener certeza de su perdurabilidad. Y por eso ya sabemos que las dudas NUNCA desaparecerán. Y mientras vivamos en una era utilitarista siempre nos cuestionaremos si lo que hacemos sirve para algo, siquiera para uno mismo. Pero esa respuesta nunca será de una seguridad abrumadora. No en esta vida, no en esta frágil condenación. Pero eso sí, al menos por amor propio deberíamos de tener certeza de nuestra hoja de ruta, de nuestro camino a seguir, ya que incluso aunque no existan garantías de nada al 100 %, y que es válido que siempre sintamos un poco de vértigo e inseguridad, por lo menos debemos darnos el gusto de caminar en la oscuridad con todo el respaldo interior posible. Nos lo debemos. Como bien apunta Bolaño, como cuando uno va a la batalla sabiendo de antemano que solo irá a morir. Pero morir de pie siempre es la mejor opción. Siempre.

Por otra parte, si apreciamos nuestro tiempo y creemos en lo que hacemos es necesario adiestrarnos continuamente, para poder mejorar y adquirir pericia con nuestras habilidades, sean un arte, oficio o técnica. Y si nuestro proceso de autoformación es continuo, también es natural y necesario participar en concursos relacionados con eso o ponernos a prueba de alguna manera. Si no nos planteamos desafíos para comprobar nuestro progreso, ¿cómo podemos estar seguros de si hemos mejorado? Ese entretenimiento que elegimos para vivir en este relato dentro del relato, por lo menos debería de tener algo de gratificante, lo cual se siente y se alcanza mediante la práctica, la pericia, la recompensa que viene con la mejora continua e inabarcable. Ars longa, vita brevis.

También es totalmente válido darse cuenta y reconocer cuándo parar. El arte no se irá y seguirá en discusión por mucho tiempo, tal vez incluso cuando ya no estemos, aunque no hay garantías de que la humanidad dure más de 150 años. Y nuestro arte puede llegar a ser necesario, pero en esta vida nada es imprescindible. Así que si decidimos tirarnos de cabeza, cual kamikazes, que sea con la conciencia de la inutilidad de tal acto. Que sea con los pies en la tierra, para no quedar en ridículo para la posteridad. De todos modos, el mejor arte, la mejor técnica en cualquier profesión y oficio de este mundo, la experticia que parezca más compleja, parte siempre de un profundo sentido común.

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