Al negro le pagan por bailar, cuento de Matilde Elena López

Esta es la historia de un hombre triste, o mejor dicho, la historia de un negro triste, que es más doloroso todavía. Yo me siento por dentro pintado de betún, me ahogo en un pozo negro, me estoy ahogando desde que nací. Una vez leí —¿o se la oí a mi madre cuando era niño?—. Acaso ella me la leyó. Era algo de Chesterton: “Un tigre puede librarse de su jaula pero no de su piel manchada…”. Mi madre lloraba mucho. Quizá por eso nací triste… Un día me dijo: “Cada quien lleva su drama adentro…”. Yo adivinaba cuál era el suyo… Pero no hablemos de eso.

—Pobre hijo mío —solía decirme, y me dormía:
—Emeíto, eme ó. Emeíto, eme ó. Durmete me nengro lindo.
—Emeíto, eme ó. Emeíto, eme ó.

Aquellas fueron las únicas palabras de ternura que he conocido. No sé por qué cuando se anuncia la Navidad, yo tengo como un presentimiento: algo malo me va a pasar… ¿Algo malo? ¡Pero si todo lo que me ha sucedido es desastroso…! Pero pinso que vendrá algo peor… Yo soy un negro supersticioso… Eso me viene de los viejos atavismos de mi raza. Y el miedo también. Me viene de la selva. Solo la tristeza no sé de dónde me viene. Quizá de mi madre. De mi padre solo recuerdo a un jamaicano estirado que hablaba inglés.

—British, british. No importarme Panamá.

Pero a mí sí me importa porque es mi tierra. Y me duelen muchas cosas que aquí pasan. Sobre todo en Chorrillo, Marañón, Calidonia y San Miguel. Los barrios de color. Músculos negros para la Zona del Canal. Yo no sabía lo que era la discriminación, hasta que tuve que ir a trabajar al Canal. Entonces me di cuenta que somos unos seres desgraciados en este mundo de dólares.

Pero les decía que me asusta la Navidad. Fue porque un 24 de diciembre —hace muchos años— yo era un niño triste (porque he sido niño alguna vez, aunque ustedes no lo crean), y mi madre me ayudó a componer una ramita de pino. Éramos muy pobres, pero yo había conseguido muchas cosas porque soy habilidoso, eso sí. Mi mamá, ¡pobrecita!, la había abandonado mi papá y se puso a vivir con otro. Era un carpintero borracho, infame. Yo le ayudaba como podía, pero me odiaba…

—Negro maldito —me decía—. ¡Ay!, yo se lo aguantaba, pero no que le pegara a mi mamá.

Ese día era Navidad, y yo llegaba contento a encender las luces del arbolito. Mi padrastro borracho discutía con mi madre…

—Ese muchacho es malo. ¡Malo! —decía—. Lo voy a matar.

Mi madre lloraba. Yo no me atrevía a entrar, pero vi cómo le pegaba y ella caía al suelo a puntapiés, y me cegué. Eso es todo. Me abalancé sobre él…

—¡Andá listo! —me gritó mi mamá.
—¡Ah!, que ande listo, ¿no? —gritó el hombre.

Y tomó un martillo que estaba cerca, y me lo tiró con ganas a la cabeza… Solo recuerdo que vi muchas luces, y todo como un rojo, y me desvanecí. Dicen que me desangré mucho. Ahora ya saben por qué me asusta la Navidad… Y luego dicen que los negros somos supersticiosos y tenemos muchos complejos…

Poco después murió mi madre.

—Vete al diablo, negro del demonio —me dijo mi padrastro—. Y yo me fui a la ciudad. Quería buscar trabajo de lo que fuera. Solo tenía doce años.

No sé si les he contado que yo nací en un pueblito, donde murió mi madre. Ir a la capital fue, pues, una aventura. Hice de todo. Cuidé carros, vendí en el mercado. Soñaba con salir en un buque grande a rodar mundo, y por eso me metí de ayudante de carga. ¡Ah!, porque soy fuerte. Me embarqué una vez pero me echaron del trabajo. En la capital rodé por las cantinas. Todo porque a la medianoche los borrachos ya no se comen las bocas y se consigue algo.

Luego me fui a la Zona del Canal a trabajar a los muelles como cargador. Solo para eso servimos los negros. Y la conocí a ella, la maldita. Parecía que ya todo se me iluminaba. Que la vida iba a cambiar… Le puse casa, saqué muebles por abonos. Ella me esperaba después del trabajo, y con ella aprendí a reír… hasta me llegué a sentir alegre, y aprendí el sentido del humor… Algo a veces cruzaba como una sombra y me ponía serio. La risa se me deshacía…

—¿Por qué te ríes así? —me decía—. Parece que lloras por dentro…

Así con todo seguíamos contentos y yo la llevaba a bailar a los carnavales… Un negro tiene el ritmo en la sangre y yo era un demonio bailando. Un gringo me vio bailar en una cantina del límite de la Zona del Canal.

—Caray —dijo el gringo—. ¡Cómo te mueves! ¿Te gustaría bailar en el Happy Land?…

Mi suerte estaba echada. Allí me contrataron por recomendación del gringo. Me dieron un vestido blanco y un corbatín negro. Un sombrero de paja como el de Maurice Chevalier —a quien yo imitaba—, y un bastón. Bailaba y me reía:

Ja, ja, ja, ja… era una carcajada larga y estridente. Y los dientes resaltaban como teclas de piano, de un piano que lloraba por dentro…

—Ríete, negro. Ja, ja, ja, ja. Baila, negro, baila…
—¡Ah, qué negro salvaje!… ¡Baila y se exalta, con el instinto de su sangre sensual! ¡Qué negro, qué negro! —decían los gringos ya borrachos.

A mí me pagaban por bailar y divertir a la gente. Ya no cargaba sacos enormes en los muelles… Mi suerte había mejorado…

—¿Sabes que vamos a tener un hijo? —me dijo mi mujer. Yo la tomé entre mis brazos y la besé enternecido. Aquel fue el día más feliz de mi vida.

Pero no podía durar mucho la dicha. Como trabajaba de noche en el Happy Land, la mujer se quedaba sola. Un gringo la andaba rondando. Era un soldado de la Zona, de los que llegan, acampan y se buscan una entretención mientras regresan a su país. Le gustó mi negra.

—Sos una morena picante —le dijo un día entrándose a la casa mientras yo dormitaba cansado.

Mi mujer movía las caderas para andar y le gustaba provocar. Se ponía un pañuelo de color en la cabeza. Daba gusto verla.

Ahora empieza, amigos, la verdadera historia. Cuando una mujer le dice a un hombre:

—A mí me parece haberte conocido desde antes. Yo te quiero mucho.

Aunque esas palabras las repiten todas, uno piensa que es verdad y se siente en el cielo. No, no crean que me voy a poner a llorar porque la mujer me dejó. Porque se fue con el gringo que le puso una casa con césped. No, señores. ¡Que se fuera! Mujeres abundan y más en Panamá. Solo me dolía por mi hijo. ¡Tendría la misma suerte que yo en manos de aquel gringo! Me dolía pero no se lo podía quitar… ¿Qué iba a hacer con él? Poco a poco la mujer se me fue olvidando…

Ahora díganme ustedes si yo no tuve razón. Era Navidad. Yo tenía que trabajar toda la noche en el Happy Land. Esa noche había más marinos gringos que nunca. Eran las diez. Mi número era para después de medianoche. Un amigo llegó agitado. No sabía cómo decirme…

—¿Qué te traes? —le increpé.
—Hermano, malas… Tu hijo…
—¿Qué? ¿Qué le pasa a mi hijo?
—Está allí, muerto. Dicen que lo mató el gringo… el que vivía con tu mujer.
—¿Qué dices? ¡No puede ser! ¿Dónde está? ¿O es que estás borracho?
—No, hermano, está muerto…
—¿Y ella? Pero ¿ por qué iba a matar el gringo al niño?

Salimos a toda prisa. En la calle se oía la bulla. Yo estaba enloquecido.

—¡Lotería!… ¡Sáquese la gorda. Se juega esta noche!
—Mataron un negrito en el Límite…
—Okey, okey, tómelo suave. Abra paso, golpe.
—¡Allí viene Santa Claus! —y se oía el grito de los chiquillos rodeándolo.
—¡Hermano! —me gritaba el amigo siguiéndome—. ¡Espérame! —y trataba de alcanzarme.

Pero yo no oía nada. Nada más que el estribillo duro, golpeándome:

—Dicen que un gringo mató a un niño negro…
—Sí, amigos, sí. El gringo, el que me quitó a mi mujer…

En las cantinas apretadas de borrachos, las sambas calientes y lúbricas…

—¡Sodoma, Sodoma! —gritaba yo—. ¡Prostitutas! ¡Prostitutas! —no sé si pensaba o gritaba. Da igual—. ¡Que caiga fuego eterno sobre las chombas hirvientes de sensualidad!… Todas las mujeres son prostitutas… —yo rugía por dentro. Ustedes no entenderían lo que a mi me pasaba. La música resonaba estridente. Rock and roll, Calipso. Merecumbé…

—Back to back —cantaba una negra. Y el ritmo sensual retorciéndose… Y a lo lejos, desentonaba un lamento:
—Píntame angelitos negros…
—Señor, que pintas con amor…

Perdonen lo entrecortado de esta historia. Todos mis recuerdos se agolpan. Mi niño… mi niño… Mi negrito con los ojos brillándole como pacunes… y lo blanco de los ojos como teclas de piano… y los dientes blancos, muy blancos. Y el pelo parado, la cabeza rapada, pelidura…

Corrí como un loco. Cerca de la casa donde vivía mi mujer con el gringo, se oían los gritos:

—¡Ay, ay, ay! ¡Mi hijo ta muerto! ¡Ay, ay, ay! Se cayó de allí de la refrigeradora… ¡Pobrecito!
—¡Mentira, mentira, lo mató el gringo, tu hombre!
—¡Ay, ay! Emeíto se cayó de allí. Él no tuvo la culpa, él no.
—Mientes, chomba del diablo, mientes, perra —gritaban las vecinas.

No se podía pasar: todo el mundo gritaba indignado. Era un solo coro negro, doliente… la calle hervía de gente…

—¿Qué pasó ahí? Pa mirar.
—¿Qué pasó? ¿Dónde es la cosa?
—Revolú, revolú. Va haber revolú…
—Mataron al niño.
—No… si se cayó de la refrigeradora.
—De la refrigeradora no podía caerse —le grité acercándome amenazador—. ¡Dime la verdad, maldita!
—¡Fue el gringo, fue el gringo!…

Yo lo buscaba afanosamente, pero nadie sabía nada.

—¡Josú, Josú!, gringo hijo de perra.
—¿Por qué iba un macho a matar un niño?
—Linchémolo… linchémolo… colguémolo…
—Gringo son of the bitch…
—Que lo linchen, que lo linchen. En la unai a los negros los linchan.
—Okey, okey. Háganse a un lado. La autoridá.
—¿Qué pasa? ¿Cómo fue el suceso?
—El gringo mató al niño. Le dio contra la pared y le rompió la cabeza.
—No, no. Él no fue… Mijo se cayó de la refrigeradora.
—No, el gringo es malo. Lo colgaba de los alambres. Lo pateaba. Decía que el niño se parecía al negro…
—Ese día, señor, quiero decir, hoy. ¡Ya no sé lo que digo!
—Hable claro, señora.
—Sí, sí. El niño cortó una ramita de pino para el arbolito de Navidad, del árbol grande que está allí. El gringo se enfureció porque le había arruinado el piso, y lo golpeó dándole contra la pared…
—Okey, okey, eso lo declarará en la policía.
—Chomba sucia, mejor hubieras abortado con hierbas…
—Negra gringuera vendida por plata de gringo. Te lo hubieras bajado, perra.
—¡Oh, oh, oh, my God! —clama un jamaicano acercándose al coro de vecinas.
—Esto no se puede quedar así.
—Se salvará el gringo, ya lo verán.
—¡No!, que lo capturen. Debe haber ido a la Zona.
—Que el gobernador de la Zona lo entregue…
—Que caiga la ley panameña.
—¡Calma, pueblo! El Gobierno lo reclamará a la Zona del Canal.
—Sí. Porque el delito lo cometió aquí. Cuando nos pasa algo allá, ellos nos juzgan.

No esperé más. Corrí hacia la Zona, perdido ya todo el control. Estaba abatido, indignado. No saben ustedes cómo me sentía. No lo hallé por ningún lado. Regresé y me metí en una cantina. De allí me sacó mi amigo, casi a la fuerza, y me llevó al Happy Land, donde esperaban mi show. ¡Horrible noche! Estaba borracho. Me vestí para el acto, y salí con el traje blanco, el sombrero de paja, el bastón, y el corbatín negro…

—¡Ja, ja, ja, ja!…
—Que se ría el negro, que se ría.
—Que baile el negro, ahora.
—Cómo se mueve el negro, cómo baila… qué negro endemoniado…
—¡Mira!, si parece que el negro está llorando…
—Ríete, negro. Ríete, Chaplin de color.
—Ahora imita a Chevalier.
—Baila, baila, sigue, sigue.
—No, es verdad. Se ha detenido. Se ríe, pero parece que está llorando…
—Está borracho el negro.
—¡Que lo saquen!

Señores, por mi cabeza danzaban cosas tremendas. Me acordaba de aquella Navidad, cuando mi padrastro me golpeó en la cabeza, y quedé como muerto. El miedo que me daba la Nochebuena. Yo sabía que algo malo me iba a pasar. Y me acordaba de mi madre llorando en el suelo. Y todo daba vueltas en mi pobre cabeza. Estaba ahí, bailando, borracho, riéndome y llorando. Y mis carcajadas eran sollozos interminables para divertir a los gringos. Y un gringo, al otro lado de la Zona, se había refugiado después de… ¡Dios mío! Eso no es posible. Yo salí gritando de ahí. Y como es natural, me despidieron.

—Ese negro está loco —dijo el dueño del Happy Land.
—Bebió mucho, es un borracho.
—Lástima, porque el negro baila bien.
—¡Lástima, el negro!

El final de la historia, ya lo saben. El gringo fue detenido en la Zona, es cierto, pero pronto, como en una escaramuza, se perdió. No le hicieron nada. Ellos dicen que se fugó… ¿Cómo iba a fugarse de una cárcel gringa? Anduvo escondido mientras todo se olvidaba, y le arreglaron todo para irse. Yo le seguí la pista y para ello conté con amigos. Me avisaron que lo habían visto cerca de la Embajada Americana, en vísperas de viaje. De modo que se iría muy tranquilo, burlándose de todo… de las leyes, del dolor que me había causado… de mi tragedia inmensa…

En un momento simbolizó toda mi desgracia… Y le seguí… le seguí… Afuera presagios y complejos. ¡Tan hombre soy yo como el gringo! Ya no me importaba nada. Lo maté, sí señores. Y me fui a mi cuarto, en Chorrillo, a esperar. Sonaron unos golpes.

—Queda usted detenido.

Sentí un tremendo alivio. Esta es toda la historia, señores del jurado. Mi abogado dice que puedo salvarme. Que ustedes me declararán inocente. Ya no me importa lo que hagan: aquella noche, al matar al gringo, yo maté todo mi pasado: la miseria, mi negra suerte, a mi maldito padrastro, y al gringo que me desgració. Estaba en paz. Estamos en paz, señores. ¿Qué le importa al negro pasar el resto de su vida en la jaula?

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