La felicidad es una difuminación con efecto entrópico

Es una verdad aterradora y en cierto modo bastante dolorosa: somos insaciables. Y por reduccionista que suene, al mismo tiempo de ser la mar de complicados somos básicos en tantas cosas, como el simple hecho de que existe la rutina misma. El 99% de los seres humanos no podemos evitar ser animales de costumbres, que a fuerza de arrastre modificamos a veces por fuerza del destino, por efecto dominó. Y solo en contadas ocasiones por la férrea voluntad de cambiar algo. Y que de todos modos nos persiga ese nuestro afán insaciable… ¿podríamos ser menos contradictorios?

Quisiera saber cuánto de cierto tendrá esa frase [adagio o lo que sea] que suele atribuirse a Sartre: “Felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace”. Siempre me lo he preguntado, donde siempre debe entenderse desde que conocí esta frase. ¿Qué de todo lo que hago podría eliminar este extraño carcoma espiritual? ¿No es el hacer una simple forma de distrcción de eso que cargamos a rastras como miseria espiritual y que preferimos llamarle cosmovisión o incertidumbre? A veces creo que nada cura la fiebre que se trae en los huesos. Felicidad es una palabra tan poderosamente peligrosa, que me da la impresión de que es la enajenación real de nuestro tiempo, el opio y la estrategia de la ilusión.

En todo caso, ¿cuándo debería uno de aceptar que debería de hacer el esfuerzo de ser feliz, además de agradecido? ¿Cuándo es suficiente? ¿Cómo aniquilar la versión cínica de nuestros tiempos, que nos dice que la felicidad es querer alcanzar aquello que una vez alcanzado nos hace olvidarlo para correr hacia aquella otra cosa que se encuentra más lejos? ¿Y qué decir de aquella creencia de que la felicidad solo se alcanza el segundo anterior a la muerte, cuando vemos atrás y no nos arrepentimos de nada de lo que recorrimos? ¿No será que siempre llegamos tarde a todo en esta vida? ¿Cuándo es lo suficientemente temprano?

Y así me puedo estar. Preguntar es fácil como que es gratis respirar. La felicidad debería de someterse a su propio mecanismo de relatividad: eso la vuelve tan difusa como el concepto de poesía, lingüística o medicina. Y sí, estimado lector, la felicidad es ese algo que se difumina y que para variar tiene su propio efecto entrópico… hasta la luz más poderosa un día se agotará. Es por eso que la creencia en el paraíso es un hermoso consuelo: una felicidad perpetua, ¡qué más no quisiéramos! Si nos adaptamos tan fácil a la dosis habitual de dopamina, que cuando aprendemos a recibir más lo justo sería que duráramos en ello un buen periodo de tiempo. Pero no, siempre perseguimos la novedad y el asombro, así como procuramos no comer lo mismo todos los días, tres veces al día.

Ese esbozo sin forma que se dedica a escaparse de nuestras manos debería de poder ser como una mirada coqueta que se nos devuelve, que en tiempos de bonanza es algo que se agradece. Pero si fuera demasiado fácil entonces como seres malagradecidos dejaríamos de llamarle felicidad y le inventaríamos otra palabra.

La felicidad, entonces, como creían algunos filósofos, debería de resumirse en el perpetuo presente de la niñez, que siempre es capaz de maravillarse incluso cuando se reconoce la propia ignorancia. ¿Cuándo fue la última vez que le asombró su entorno?

En algún momento de nuestras vidas dejamos de sorprendernos ante la manufactura de nuestros maravillosos objetos cotidianos. Yo de niño coleccionaba en secreto corcholatas (tapas, tapón corona, chapas, platillos o como lo digan en su país) y cajitas de fósforo. Si un hombre del siglo XIX apareciera de repente frente a su casa y lo hace pasar, ¿cuánta felicidad cree que le brindarían los objetos más simples que usted solo da por sentado como lo más normal de la vida?

Descontando a esa inmesa mayoría que vive en la miseria, cosa que no puede negarse, lo cierto es que un buen porcentaje de la humanidad vive mejor que el rey más rico de la Europa renacentista. Pero eso no nos alcanza, como no le alcanzará a quien alcance el estatus promedio dentro de 50 años.

Pero ¿qué posibilidad existe de seamos felices en una utópica humanidad donde todos tengamos todo? ¿De verdad nos prestaríamos a vivir felices? Quizá encontraríamos nuevas formas de complicarnos. “Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa desde una tierra a otra tierra, desde una raza a otra raza, como pasan esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca”, bien lo dijo León Felipe, a quien sigo llevando junto a mi corazón.

Yo no sé qué es la felicidad. Me declaro ignorante. Realmente nunca lo sabré y si la viví o no quizá no me di cuenta, y por lo mismo no supe aprovecharla, no supe vivir el momento. Y aunque por naturaleza soy más proclive a recordar más las cosas malas o bochonorsas que las buenas que me hayan ocurrido, la verdad es que reconozco que tuve mis buenos momentos. Ahora mismo, mientras finalizo este párrafo, acabo de recordar que la curiosidad es una de mis formas de felicidad, aunque apenas sea una cerilla que cubro del viento con mis débiles manos, cuando tal vez podría tener una buena fogata. Pero no importa: la felicidad es tan relativa como medir la duración de un suspiro o de un saudade, incluso si sabemos que al final también desaparecerá. Como todo.

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