Sinergia

De adolescente mi parábola favorita era la del sembrador. Creo que todavía me gusta mucho. Siempre pensé que en ella había una Verdad subyacente con mayúscula, un axioma que podía explicar la realidad de este mundo o que por lo menos era una lente por cuya óptica valía la pena filtrar todas las cosas.

Creo que en el fondo me seducía la idea romántica de que cada ser humano en el fondo es una semilla fértil, de las que lastimosamente no todas caen en buena tierra. Claro, no dimensionaba entonces que en la parábola, como en otra clase de historias dotadas de profundidad, podemos ser en la metáfora tanto la semilla como la tierra, según quien interprete. De todos modos, desde un punto de vista implacable, la parábola sigue ofreciendo un punto de vista más o menos ideal, o por lo menos bastante condicionado.

A lo mejor pecaré de reduccionista al comparar esta parábola con los planteamientos de Malcolm Gladwell en su libro Fuera de serie, pero no es menos cierto que se cumplen muchos aspectos ya vaticinados en el texto bíblico: Gladwell menciona muchos ejemplos, estudiados con minuciosidad científica del observador simple y participante, donde repara en cómo las condiciones materiales y culturales propiciaron la aparición de grandes genios, quedando la supuesta tenacidad individual que tanto romantizamos cumpliendo apenas un papel significativo, de no ser por todas las condicionantes que, por pequeñas que nos parezcan, realmente fueron el ingrediente determinante, aunque intentemos reducirlos a elementos pasivos o de paisaje. Lo triste es que para Gladwell no hay excepciones, incluso en los casos que parecen más espinosos.

Dirá usted: “Yo conozco un caso de alguien que salió adelante pese a toda adversidad y de la nada se superó en esto y esto”. Y Gladwell lo que nos dice, sin ninguna mala intención y sin pretender bajar la moralidad a nadie, con esa prosaica crudeza científica, que lo que ocurre es que esas aparentes excepciones en realidad lo que hacen es confirmar la regla, que en verdad esa forma de superación no es para todos, y que observados los casos en detalle notamos de repente que ese caso que nos pareció excepcional tuvo al menos una oportunidad en la vida… solo una, que en contextos concretos podría ser la pieza de dominó, el empuje necesario y suficiente: pudo ser un plato de comida o un techo para no morir, o comenzar de abajo en un empleo aparentemente indigno. Y bueno, es por eso que, por supuesto, ante esa realidad es que preferimos la visión romántica que nos alivia en las millones representaciones que consumimos del viaje del héroe (que cada vez, con cada nueva generación, nos ofrece variantes más complacientes).

Pero así como la tenacidad, la fe y la autoconfianza son ingredientes necesarios para estar listos para escalar la montaña, así también son imprescindibles la oportunidad (dicho de viejos, donde la infinita sabiduría popular no falla: “Las oportunidades vienen solo una vez y cuando vuelven, no es igual”) y la validación de los demás: puede sonar idealista, pero a veces con un segundo o tercero que nos secunde en nuestras locuras y utopías podemos tomar fuerzas de flaquezas. La cultura del like en esta era de la red es un solo un indicio lejano de una macrorrealidad. Y lo cierto es que si contagiamos a otros podemos pasar de las condiciones culturales y espirituales a las materiales, porque entre varios hay más posibilidad de concretar los materiales de los que se hacen los sueños. Y esa pequeña diferencia puede hacer mucho, sin pecar de romántico. Esa diferencia puede crear la voluntad de hacer, que es uno de los grandes motores de la historia humana.

Por eso es que pensamos en la sinergia como una gota de agua que al caer en el cuenco crea una onda expansiva, que contiene su propio nivel de alcance. O como solemos preferir algunos, ya ahora sí en tono romántico: en tiempos de grandes nacen las leyendas.

No se lo negaré: de seguro media un poco la publicidad y la justicia histórica, el azar de alcanzar un poco de fama y gloria, para que el gran público aprecie los grandes logros. Pero cuánto de las comodidades que gozamos ahora son el producto de alguna sinergia anónima y eso no le resta el mérito alcanzado, aunque ahora no tengamos a quién agradecer.

Cuántas generaciones de artistas podemos contar (se valen los ejemplos en nuestros países pequeños), donde una pequeña gota desencadenó una tormenta. Cuántas generaciones de grandes deportistas (pienso en esas generaciones gloriosas en los ochenta o en los noventa de la NBA, o los monstruos generacionales con quienes coincidió Mohammed Ali, a quien le fue mejor con la gloria de la posteridad) o piense en las diferentes épocas doradas del cine… algo, un algo que habría que precisar con pinzas, provocó una sinergia que desencadenó el contagio suficiente para alcanzar un momento de esplendor, en un área humana específica.

Hay sinergias monstruosas, otras quizá más modestas. Pero es un milagro maravilloso cuando ocurre. Al menos para mí lo es.

No voy a negar que aquí entra un poco lo de la profecía autocumplida, que es algo en lo que cuadra bien la parábola: si se reúnen una gran cantidad de semillas en tierra fértil es obvio que fructificarán… una semilla fuerte con otras débiles y en mala tierra florecerá por un momento, pero es posible que le ocurra una temprana caída, o como mínimo que se agoste. Yo lo presencié en la escuela donde estudié hasta noveno grado: yo estaba con todos los malos estudiantes (la sección “C” para los deficientes) y salí de esa escuela creyendo que de verdad era un bueno para nada (a veces, en mis malos momentos, y ya a mis treinta y tantos, me alcanza esa vieja autoestima indicándome que todo lo que hago no tiene sentido), mientras solo veíamos en la distancia cómo los de la sección “A” siempre eran los ejemplares buenos y perfectos para todo. Estudiar bachillerato en otro lugar me salvó la vida.

En la universidad fui testigo de otra pequeña sinergia. Tuve por compañeros a unas 6 o 7 personas que en verdad se destacaron por entre los demás. Y el contagio fue tal, que aunque en primer año de la carrera tuve compañeros con deficiencia, para cuando llegamos al último años todos destacaban por lo menos en algo. Iniciamos primer año 125 personas y en quinto apenas llegamos 27: pero todos tenían ese algo que los llevó hasta ese punto. No sé si fuimos una generación dorada (¡ejém!, perdóneme la vanidad de la modestia), pero hay un docente con quien sigo siendo amigo y de vez en cuando le pregunto: “¿Y qué tal la muchachada de ahora?”, y él me responde, no sé hasta qué punto para complacerme: “Hay varios que son muy buenos, pero a ustedes se les notaba las ganas, el amor al conocimiento”. Varios de mi generación son escritores conocidos al menos a nivel local y no pierdo la esperanza de que algunos logren traspasar las fronteras de mi país El Salvador.

* * *

Entonces lo más interesante de todo, visto en perspectiva el asunto de la sinergia, es esta tentadora posibilidad: ¿hasta dónde será posible provocar una? ¿En qué momento, si estamos atentos a todo, podríamos descubrir las condiciones materiales y culturales, el elemento que provoque la fuerza para empujar todas las piezas para que la maquinaria comience a caminar? El ideal es que cada uno busque en su trinchera. Partir de lo que nos gusta siempre es el mejor comienzo.

Y creo que no se trata de buscar la fama o la gloria, porque eso dura un ratito: imagínese en estos tiempos, que la fama en la red le puede durar menos de 24 horas, si se tiene un poco de suerte, a menos que el infortunio nos caiga como un coco en la cabeza y nos convirtamos en un meme o algo viral para divertimento del planeta entero. Y en eso nada tiene que ver la sinergia.

Quizá solo sea la gana de dotar de sentido por un tiempo a todo eso que hacemos. Me imagino que debe sentirse muy bien la certeza plena de que todo lo que hacemos es importante o sirve para algo. Pero si en nuestro trabajo, en la iglesia o a la causa a la que pertenezcamos comienza a florecer bajo una serie de condicionantes, no le veo nada de malo en que nos dejemos llevar por esa corriente buena, por esa onda expansiva, que nos pueda llevar a un lugar que no imaginábamos y que a lo mejor nos haga más divertido este viaje breve que dura la vida.

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