En conquista del infinito, cuento de Sergio Ovidio García

En este siglo XXX el hombre es casi un dios. La civilización está avanzadísima y la cultura no le va a la zaga. No hay preocupación por el control de la natalidad, pues la explosión demográfica ya no es problema: los medios de subsistencia son abundantísimos. Las guerras no existen; quedaron únicamente en labios de los abuelos para dormir a sus nietos. Lo lectores creen que cuento leyendas…

Los viajes interplanetarios son corrientes: un industrial de Marte tiene en Plutón sus fábricas experimentales. Se viaja a la velocidad del pensamiento. Cada quien manipula sus tubos electrónicos, que ajustados en un casco le presionan las sienes, y sale disparado a donde quiera. El casco, de un material especialísimo, lleva dos alitas a los lados para controlar la dirección y un cuerno recto para romper los obstáculos que pudieran oponerse. Nada más, pues el vocablo problema hasta desapareció del idioma, que es único para todos los hombres.

* * *

Sergievich Sun Goldson, dueño de todas las islas de la Polinesia, va llegando a la Malasia de Sirio, en donde está experimentando un nuevo producto de la copra. En Nova-Hita tiene su residencia, frente al mar; en donde el cielo sin nubes es inmensamente azul y la primavera eterna. Se arrellana en su butaca favorita, frente a la bahía, y despojándose de su casco se dispone a descansar. De cara al cielo ante la inmensidad azul, a la par que le invade poco a poco el sueño, se ha puesto a pensar —por primera vez— en la infinitud del universo. ¿Por qué no había pensado en eso antes? ¿Es cierto lo infinito? ¿Y si más allá de lo azul está lo finito? ¿Por qué no emprender esa aventura y encontrar la verdad? Los medios ya no son difíciles… Emprenderá la conquista…

* * *

Sergievich va hacia lo desconocido. Con la velocidad del pensamiento va atravesando después de la atmósfera y todas las “ósferas” conocidas hace unos mil años, la región de la aromósfera, formada por las capas de los olores terrestres con su infinidad de variantes; y cada variante con un espesor de millares de años-pensamiento, medida de la época. Va entrando en la colorósfera… De igual manera que en la región anterior recorre los distintos estratos celestes que forman los colores primarios y su infinidad de combinaciones… Viene luego la región de los sueños que es casi infinitamente mayor que las anteriores juntas, para entrar en la de la música, una de las más placenteras que mide exactamente un millón de años-pensamiento… Ha entrado a la zona del algodón de azúcar; a esa hora necesita energías y el azúcar todavía es alimento energético, que lo adquiere por ósmosis. Ha llegado a lo más difícil de la jornada, pues atravesará los estratos de todas las materias existentes, comenzando por el de los diamantes y todas las piedras preciosas, metales, maderas, metaloides, etcétera, etcétera, etcétera… después las capas de todos los líquidos: leche, mantequilla, miel y resinas; líquidos espirituosos: desde los vinos del Rhin y de Borgoña, todos los buenos y los malos; brandies, wiskies, vodkas, rones y … hasta el rubio champagne… Penetra a la frutósfera donde se almacenan todas las frutas del mundo; entra a la dulzósfera con sus inmensas capas de turrones, jaleas, membrillos y mazapanes… Ha salido por fin de la materia y ya va encontrando aves a su paso, la meta está cerca… Ha llegado al agua, y siente aminorar su velocidad, pues el control es automático cuando se presiente llegar al fin… De pronto sale a la superficie del agua e instintivamente nada hacia la orilla… Por fin ha encontrado el fin…

Se siente algo rendido, ve su reloj de pulsera y calcula que hace una hora emprendió la conquista. Al llegar a tierra halla una butaca frente a la bahía y se arrellana a descansar… Le va invadiendo un sueño y suavemente se pone a soñar que… ha emprendido la conquista del infinito; que va atravesando la casi infinita cantidad de capas existentes… y después de viajar y viajar… por fin llega a una isla en donde rendido de cansancio se arrellana en una butaca que encuentra frente a una bahía, y suavemente durmiéndose… sueña que emprende la conquista del infinito… que después de atravesar una infinidad de regiones llega a otra isla, en donde rendido de cansancio se arrellana en una butaca que encuentra frente a una bahía y suavemente durmiéndose sueña que sueña, que sueña que sueña… hasta el infinito…

—¡Papaíto!… Beaty le está echando agua y no lo deja dormir… Oye que dicen… apenas lo distingue, por el sueño que lo domina.

La chiquitina se entretiene en mojarle la cara… Se vuelve hacia otro lado y sigue soñando con su isla, su bahía y su butaca frente al mar, a donde llega siempre, rendido de cansancio de tanto vagar, para quedarse dormido y comenzar a soñar… soña… soñ… so… s…

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