Diario de pesadillas N.º 5: El castillo y el bosque

Yo era una mujer o una niña, no podía estar seguro. Sé que tenía una estatura inferior a la que poseo y mi piel era pálida, casi blanca como la leche, y tenía una cabellera larga, pelirroja y escandalosa. Mis manos y pies eran pequeños y delicados. No había espejos por ninguna parte, ni superficie reflejante y ni siquiera agua donde pudiera ver mi rostro. No tenía voz y mis intentos de gemido eran indeterminados. En mi mente estaba mi voz, la de siempre, pero era la única certeza congruente con mi realidad. Solo sabía que tenía la piel tersa y el cuerpo escuálido, como en esa etapa indefinida de la adolescencia, cuando no sabemos si nuestras proporciones serán grandes o pequeñas.

Tenía puesto un hermoso vestido, no sé si blanco o rosa, y cuando intenté ir hasta debajo de mis ropas, en lugar de ropa interior tenía una serie de trenzas de tela de algodón, colocadas como si fueran un nudo gordiano y que me impedían ver mi sexo. Es como si alguien lo hubiera puesto de forma deliberaba para impedir que me lo quitara. Intenté realizar las contracciones naturales, de esas que nos permiten saber que nuestras partes siguen vivas, pero no podía sentir nada. Después de un rato desistí y decidí explorar el lugar en el que me encontraba.

Era como un castillo, no sé si negro o café oscuro, pero sí gigante, con un techo que me resultaba inalcanzable. No sé si era todo de madera, porque las paredes eran tibias, de un liso impecable. Alcanzaba a ver que habían pasillos que indicaban segundo y tercer piso, pero por más que caminé no encontré ninguna escalera para desplazarme hacia arriba. La luz lograba filtrarse en ventanas muy altas, que se hallaban quizá de más de 30 metros de altura, decoradas con vitrales que ahora me resultaría difícil describir, pero que solo sé que cuando los vi me provocaban temor, incertidumbre y desconfianza. Uno o dos estaban rotos y me permitieron ver un cielo naranja, de ese que vemos en los atardeceres.

Caminé mucho y cuando entraba en desesperación corría. Pero no hallaba ninguna salida. El castillo me parecía un gigantesco laberinto. Después de un tiempo tomé la lógica decisión de seguir en línea recta, para ver si llegaba a alguna parte. Llegué a pensar que estaba convertido en muñeca o algo, porque no tenía hambre ni sed. Pero lo descarté, porque cansancio sí sentía un poco.

No sé cuánto tiempo pasó, aunque para mí fue un tiempo infinito, pero por fin llegué a lo que parecía ser una salida. El umbral, o el equivalente donde debería ir la puerta era de al menos 5 metros o quizá un poco más, tomando en cuenta mi perspectiva de estatura. Llegué a un patio adoquinado con piedras irregulares, en esos donde incluso puede crecer un poco de vegetación. No evité asombrarme y preguntarme sobre la época a la que podía pertenecer todo eso. Vi que a lo lejos había una fuente grandísima, blanca como si fuera de mármol, y decidí acercarme. De nuevo sentí la necesidad de ver mi rostro.

La fuente estaba vacía y llena de ese musgo residual que deja la humedad. Aún puedo recordar ese olor peculiar, aunque sé que fue provocado por mi mente. Escalé con cuidado la fuente, ya que era lo más alto que tenía a mi alcance. A mi espalda estaba el castillo, que era absurdamente infinito, tanto que daba vértigo. Y frente a mí, a lo lejos, pero muy lejos, veía una línea recta de piedra, como si estuviera viendo la muralla china, por lo que asumí que se trataba de los muros límites del castillo. Por curiosidad quería ir hacia esos muros, pero comprendí que tardaría mucho en llegar. Me bajé de la fuente y me senté en el suelo, con sentimiento de frustración.

Escuché una voz que por poco me mata del susto. Incluso me puse la mano en el pecho. La voz me dijo: “¡Hey! ¿Vas a donde está el Visir?”. Me giré alarmado y vi que hasta arriba, en la fuente, estaba una anciana arrugadísima, que me notó consternado, por lo que al menos esperé a que se disculpara, o que me dijera niñita, o que me llamara por mi nombre. Pero al ver que me asustó al tomarme por sorpresa se puso a reír y su dentadura estaba tan podrida, que con solo recordarla me duelen las encías.

Me quedé sin saber qué hacer, porque justo había estado en ese mismo lugar y no había nadie. ¿De dónde pudo haber salido la anciana? Ella volvió a hacerme la pregunta y yo solo levanté las manos, como indicando que no comprendía nada de lo que me decía. Ella no sé si me entendió, pero siguió hablando:

—Necesito que alguien vaya a donde está el Visir. Deben quedarle unos 20 días de vida. Yo no puedo salir del castillo, ya lo intenté. El caballero con cuernos creo que me dejó atrapada aquí. ¿Puedes ir tú por mí?

Le señalé mi garganta indicándole que no podía hablar.

—Ya veo. Quizá el caballero con cuernos también te dejó aquí. Pero nada pierdes con probar en acercarte a los límites del castillo. Cada tres días, cerca de aquel muro, allá al oeste, se escucha entre el atardecer y el anochecer un silbido, que en realidad es un canto, que te llegará al oído como si fuera un susurro. Cuando lo escuches tienes que poner tus manos en el muro y entonces podrás salir. No debes tener miedo. Por favor, ve y busca el árbol con la medicina para el Visir. No quiero que muera. Vine al castillo creyendo que encontraría ayuda, pero el caballero con cuernos, cuando me vio, intentó atacarme.

No entendía lo que pasaba. ¿En qué película he visto algo como esto? ¿De qué retorcida mezcla de cuentos de la infancia me provocaba este escenario? Comencé a tener mucho miedo. Tenía ganas de correr, pero no sabía para dónde. La anciana notó mi incomodidad y eso me aterrorizó todavía más. Sin tener tiempo para reaccionar, me lanzó un polvo blanco, refinado como los talcos.

—No debes dudar. Yo no voy a hacerte daño. Saldrás de aquí y buscarás el árbol. En él está el fruto que el Visir debe comer y con él sanará. Ten cuidado en el bosque. ¡Ah! y muchas gracias por esto. Dile al Visir que…

Las últimas palabras no alcancé a escucharlas, porque de repente, a toda velocidad, salí volando como si me hubieran lanzado como pelota de béisbol. No podía gritar, no podía parar por más que quisiera, y solo veía todo pasar y pasar, y sentía que mi pecho iba a reventar del puro susto, y me acuerdo que le pedí perdón a Dios y a la vida, que no quería morir, que quería que todo parara, y que si era una pesadilla, que por favor quería despertar.

Paré en algún lugar. Cuando me incorporé estaba temblando, prácticamente pasé un buen rato sin poder ponerme en pie. Incluso cuando dejé de temblar sentí que por dentro lo seguía haciendo, que seguía nervioso. Miraba mis manos, mis palmas rosadas como de muñeca, y comencé a caminar despacio, con cautela. Vi hacia el cielo y casi anochecía, y me sorprendió ver un muro altísimo, como nunca he visto nada igual en mi vida.

Y entonces lo escuché. Alguien silbaba. La curiosidad es poderosa y sentí deseos irrefrenables de seguir el sonido. El silbido pronto se convirtió en un susurro en mi oído y en él escuchaba una voz femenina, que hablaba y cantaba a la vez, y decía un poema hermoso que quisiera haber retenido en mi cabeza y poder escribirlo, pero que solo recuerdo que transmitía esa misma melancolía que logran los poemas bucólicos de Robert Frost.

Ya era noche y todo estaba oscuro, pero el canto seguía en mi oído y a tientas logré tocar el muro de piedra tibia. Y de alguna manera lo traspasé, porque cuando menos me di cuenta ya no lo estaba tocando, y seguí caminando en la oscuridad, guiándome por la voz, hasta que sentí que estaba dentro de un bosque.

La voz en algún momento se fue. Y los sonidos de la noche comenzaron a permearlo todo. Sentí melancolía y paz, al mismo tiempo. La noche era estrellada, como aquellas noches en Perquín que tanto extraño.Y entonces vi el árbol. Sabía que ese tenía que ser, porque era más alto que el resto.

Me acerqué con gran fascinación, la cual desapareció cuando vi que el árbol se movía y que de él provenía una voz aterradora y cavernosa. Si la anciana me dio miedo, el árbol me dio un susto de muerte. Caí de rodillas, paralizado. Ni siquiera entendía lo que decía, pero solo veía agujeros negros, que asumo que eran el equivalente a sus ojos y a su boca. Cada vez que hablaba me sentía perdido, como si poco le faltara para darme el tiro de gracia y asesinarme. Quería llorar y no podía. Y solo cerré los ojos, esperando a que todo terminara.

Pero sentí algo que fue colocado en mis piernas. Una rama pequeña, larguísima y delgada que pertenecía al árbol había puesto con cuidado un fruto que no brillaba, pero que sí tenía algo de fluorescente. Era entre rojo y naranja y tenía un perfume embriagador, delicioso. El olor me tranquilizó. Estaba viendo el fruto con ambas manos y varias ramas comenzaron a ahuyentarme, como si fuera una gallina a la que indican que se vaya por un lado. Comencé a caminar en el bosque, con esa noche estrellada y el olor indescriptible y placentero de ese fruto.

Después de un tiempo escuché el rumor de un río y decidí guiarme por el sonido de las aguas. Me acerqué. La curiosidad me llevó a querer meter mis manos en el agua y por fin tratar de ver mi rostro, con las escasa luz de la noche estrellada, pero tal cosa no formaba parte de mi destino. Un hombre me habló con una voz profunda, contundente y autoritaria. Del mismo susto tiré el fruto al suelo y lo peor fue que rodó hasta las aguas del río. El hombre estaba dentro de una armadura negra y por su corpulencia calculo que medía unos dos metros. En su mano empuñaba una espada. Del yelmo sobresalían dos cuernos metálicos que se veían afilados. Cuando me tomó por sorpresa no pude evitar caer sentado.

—¡Alto! —me dijo—. Lo siento, pero tengo la orden de no dejar pasar a nadie. Si lo que se le cayó era el fruto Frisado, para llevarlo al Visir, entonces no puedo dejarle ir. Perdóneme por lo que tengo que hacer.

Yo comencé a retroceder aterrorizado, arrastrándome por el suelo, pero el caballero, con toda la naturalidad y la tranquilidad del mundo, me alcanzó. Su mano fría y metálica rodeó mi cuello y mis manos eran demasiado pequeñas para siquiera poder defenderme. Por el mismo terror me había concentrado tanto en mis manos, que olvidé mover mis piernas y patalear, pero de todos modos ¿qué habría hecho en contra de un hombre con armadura?

Quería gritar, movía mis manos con desesperación y golpeaba su guantelete, porque no quería morir, pero poco a poco sentí cómo comenzaba a rebanarme el cuello, y ante el terror de una muerte tan atroz, por fin mi cuerpo me brindó la paz, dejó de torturarme y me permitió despertar.

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