Diario de pesadillas N.º 6: Punto de encuentro

Ya estaba acostado, entre el sueño y la vigilia, por lo que asumo que era medianoche o madrugada. El teléfono me sorprendió. Era mi amigo Williams, quien pertenece a ese grupo de personas a quienes les respondería una llamada telefónica en cualquier momento, contexto o circunstancia. Su voz tenía el tono de gravedad que de inmediato me activó las alarmas y me quitó el sueño.

—Viejo, mirá, necesito que te vengás ya.
—¿Qué pasó? ¿Todo bien? ¿Dónde estás?
—No puedo explicarte ahorita. ¿Podés venirte en un taxi?
—Sí-sí. Ya sabés.
—Vaya. Necesito que te vengás al Amatillo.
—¿Y eso? ¿Qué estás haciendo allí?
—Ahorita. Apurate, que aquí te estamos esperando con Rubén. Venite ya.
—Chivo-chivo. Ahorita llego.

Decidí no insistir con los detalles y me cambié rápido para irme. Y aunque Uber me parece una de las grandes maravillas, la verdad es que hasta el día de hoy tengo amigos que son mis taxistas de confianza. Confío más en un amigo taxista de hace 11 años, que en un conductor que sé que podría ser bueno o podría pertenecer a ese 1 % de incidencias de mal servicio. Por otro lado, si me estaba pidiendo mi amigo que llegara al Amatillo, que es un lugar que está en los límites de la ciudad y que conecta con todas las zonas rurales que están en el interior de la Cordillera del Bálsamo, presentí que era mejor pedirle ese favor a un conductor de confianza.

Fui en silencio y preocupado durante todo el camino. Para cuando llegué, al contrario de lo normal, justo ese día había escasa iluminación, como cuando uno va hacia la Puerta del Diablo durante la noche de un lunes. Me bajé del taxi, pagué y di las gracias y caminé con incertidumbre hacia un vehículo que estaba parqueado. Mi amigo Williams estaba ahí, lo saludé y traté de ser jovial como siempre, pero él seguía con ese tono de gravedad. Nos subimos al carro y mi amigo Rubén era quien estaba al volante. Arrancó y comenzamos la marcha hacia la zona rural.

—¿Qué ondas, qué pasó? ¿Por qué están aquí a esta hora y por qué está todo oscuro?

Pasaron varios segundos y ninguno de los dos me respondió. Luego Rubén, con su tono suave, reposado y desenfadado me dijo:

—Solo queríamos que nos acompañaras, Patillo, porque entre los tres nos sentimos más seguros.

A pesar de su tranquilidad noté que ninguno tenía intención de sacar conversación y mucho menos darme una explicación. No entendía lo que pasaba, pero sentía que no debía preguntar nada o que quizá no querían que en principio lo supiera. El camino era oscuro, como las típicas carreteras en las zonas rurales, y fuimos en silencio un buen rato. Después de un tiempo creo que por fin llegamos a algún lugar, perdido en la nada.

Rubén se parqueó y en la oscuridad de la noche logré distinguir que estábamos en la orilla de un barranco, pero que había un camino con la inclinación justa para poder descender. Comencé a sentir un poco de temor, porque no entendía qué hacíamos allí. Como ambos bajaron del vehículo, yo también lo hice. La noche era fría y con mucho viento.

Abrieron la cajuela y Williams me extendió una pala. Y luego, entre ambos, sacaron una bolsa negra que con toda seguridad contenía un cadáver. Porque si no, ¿para qué viajar hasta ese lugar desolado? ¿Por qué enterrar una bolsa tan grande? Me invadió un terror indescriptible. Me quedé mudo y fui incapaz de preguntar qué era lo que estaba pasando. La situación me parecía surrealista, pero seguí caminando en silencio, como si fuera un zombi.

Bajamos con dificultad y de forma accidentada, pero cuando descendimos lo suficiente, de tal forma que el vehículo lo veíamos en lo alto y a varios metros de distancia, entonces comencé a cavar. No lo había notado en principio, pero debajo de la bolsa, estratégicamente, había colocado las otras dos palas, como si hubieran formado una camilla. Entre los tres cavamos muy rápido y de igual forma con diligencia hicimos el entierro. Regresamos al carro, guardamos las palas en la cajuela, Rubén maniobró para dar la vuelta y comenzamos el retorno.

El camino de vuelta fue silencioso. Yo veía a ambos con los rostros impertérritos, aunque con esa solemnidad y gravedad del caso. Yo iba muerto de miedo, porque la sola idea de ser cómplice de un ilícito me llenaba de un temor y de un sentimiento de culpa que no recuerdo haber experimentado jamás.

Después de un rato de silencio, unas luces altas nos iluminaron por la espalda. En esa fracción de segundo vi los ojos de Rubén, a través del retrovisor, quien trataba de ver qué clase de vehículo era el que venía detrás. Tenía que ser grande, quizá un camión o una SUV, porque el ruido que provocaba y la altura de las luces eran los indicadores de sus dimensiones.

Pero el ruido aumentó y entonces nos dimos cuenta que era más de un vehículo. Rubén tuvo la reacción instintiva de aumentar la velocidad, porque rápido se dio cuenta que el propósito era sobrepasarnos y obligarnos a parar. Yo puse mis manos en el asiento del conductor, como si quisiera aferrarme a los hombros de alguien o como si mi estado de alerta y mi instinto de supervivencia me indicaran que caería en la pendiente de una montaña rusa.

Creo que los tres íbamos asustados, pero Rubén actuaba con la pericia necesaria del momento. Maniobró todo lo que pudo y pasamos un buen rato sintiendo que por fin chocaríamos con algo e iríamos a matarnos, pero que de algún modo siempre nos salvábamos por un pelo. Por fin habíamos llegado a la carretera recta que nos conectaría por fin con los límites de la ciudad, pero la desventaja era más que clara: dos vehículos nos sobrepasaron y el más grande comenzó a chocar detrás. En lo personal, yo sentía que estaba a punto de desmayarme.

Todos los vehículos nos detuvimos. De los dos que estaban adelante se bajaron varios hombres con armas improvisadas como palos o cadenas. Estábamos tan asustados que sabíamos era inútil intentar salir y que lo único que quedaba era atrincherarse. Nos aseguramos en fracción de segundos de que las puertas estuvieran con llave y solo nos encogimos cada uno en nuestros asientos cuando comenzaron a golpear el vehículo por todos lados, quebrando los vidrios, abollando la zona del motor y tratando de abrir las puertas a la fuerza.

Finalmente nos sacaron y el primero que comenzó a gritar fui yo, mientras comenzaban a arrastrarme en el asfalto. Al final creo que de alguna forma grité de verdad, porque gracias a ese grito mi cuerpo reaccionó y pude despertar.

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