Para bruto no se estudia, cuento de Ruth Evelyn Cruz

Hoy le llevo un ramo de rosas, de las más caras que encontré en el mercado San Miguelito. Pensé comprarlas allá por Metrocentro, a las mujeres que se ponen por la esquina del semáforo, pero son más caras. Le llevo una docena de las amarillas, porque no me gustan las rojas. Mis superiores me han metido miedo a todo lo que es rojo, menos a la sangre —siempre que sea la sangre de los enemigos.

A mí no me gusta este día porque uno está obligado a comprarle algo a la mamá y a veces no tengo pisto. Antes siempre compraba algo de utilidad, algo que a ella le gustara para la casa. Una vez llevé una plancha eléctrica para que me planchara mis pantalones. Pobrecita… se puso contenta porque ya no tendría que usar la plancha de carbón.

Al siguiente año, le compré su planchador, ya que planchaba sobre una mesa y me dejaba las camisas arrugadas. Contenta la viejita. Otro año le llevé su cocinita de gas Shellane, para que me hiciera la comida más luego y sin tanto tile. Salió contenta a contarle a las vecinas.

En otra vez, tenía mis cuartillos. Me los dieron mis jefes porque participé en la captura de unos chamacos que desde tiempos buscábamos por guerrinches. Uno se me sublevó y tuve que tirarle, pero no hubo problema: me recompensaron bien por el operativo. Así es que pensé en comprarle su televisor, aunque fuera en blanco y negro y pequeñito. No importaba, porque a ella no le gustaba mucho, así es que solo yo lo ocupé para ver mis partidos de fútbol.

Hoy que me acuerdo, también le compré una camita de colchón. Pero ella, necia que le diera mi tijera de lona… y me dejó a mí en la de colchón.

Ya tenía tiempos de estar con ganas de comprarle unos platos nuevos, porque cuando llegaban mis cheros, nos servía las boquitas en unos platos pelados que tenía desde antes de nacer yo. Y a mí me daba pena, me agüevaba, pues; porque a veces llegaba mi sargento, y servirle en aquellos platos era el colmo.

Esperé un diez de mayo y me fui al mercado a comprar media docena de platos de china, bonitos, hasta con flores, y otra media docena de tazas. Se los llevé en papel celofán azul, porque el rojo no me gusta.

Después de la ofensiva guerrillera del 89 nos quedamos sin noticias, porque la vecina donde oíamos el radio se fue a vivir al otro lado. Y sin luz, no servía el televisor; así es que para su día le llevé un radito de baterías, que cómo me sirvió después para pasar oyendo música y noticias, cuando me tocaba desvelarme cuidando la casa de mi Mayor, allá por la Escalón.

En otra vez, llevé un corte bien bonito, floreado; pero como era de tela gruesa y de flores muy chillonas, lo ocupó para ponerme una cortina y que no se me viera la cama. En esos días me había sacado una cipota y a ella no le gustaba vernos pelados en la cama.

Una vez se quedó sin tazas, porque llegué bolo y se me cayeron. De suerte que estaba cerca de su día, y le compré seis vasos. Me los regalaron bien bonitos en una caja. ¡Y cómo me sirven para los tragos cuando vienen mis amigos! Se ve más elegante que empinarse la botella.

Hoy me acuerdo de aquel año, cuando le compré un espejo para ponerlo en la salita. Con lágrimas en los ojos, la pobre viejita cuando se lo di. Pero me pidió que otra vez mejor le llevara unos zapatos de lona aunque fuera, porque siempre había andado descalza y le daba pena tener un hijo en la policía y llegarlo a ver con sus patas peladas. La verdad es que yo no me había fijado nunca. Pensé que así le gustaba andar. Por eso quizás no quiso ir al acto cuando me dieron mi certificado de sexto en la nocturna.

Y le cumplí, como me lo pidió: al otro año, para su día, se los compré. Me los arreglaron en su cajita. Yo, mejor hubiera querido comprar una botellita para celebrar su día con los amigos. Pero ni modo: le llevé su regalo. Ya me figuraba verla con sus zapatos: le iban a gustar mucho.

Cuando llegué con el regalo, no la hallé. En la pieza había un gran desorden: aquello estaba como incendiado. Pensé que algún día le pasaría con la cocina de gas, ella que estaba acostumbrada solo a leña. Los vecinos me dijeron que se la habían llevado grave al hospital… que una bomba o granada le había estallado… que iba con las piernas cortas… ¡Hasta entonces me acordé que no había sacado aquella babosada de mi camisa!

Me la habían dado en la policía para disolver desórdenes el primero de mayo. Yo iba en la marcha —de civil— y me escondí la granada. ¡Quién iba a pensar que la dejaría olvidada! Quizás iba a lavar la camisa cuando se le cayó… y me la jodió toda. ¡Pobre viejita… ya no pudo estrenar sus zapatos!

Por eso me da tristeza este día, porque ya no la tengo para llevarle sus regalos. Hoy solo le llevo flores al panteón, para que la gente no diga que me olvido de su día, porque nunca se me ha olvidado…

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