Diario de pesadillas N.º 7: Sanatorio

Trampas de la memoria: los sueños y las pesadillas que más detesto son aquellos que mientras los estoy viviendo —o sintiendo— los sientos tan lógicos, tan reales, tan exactos, pero que al despertar son tan básicos y melodramáticos como una mala telenovela o una película llena de clichés. Y creo que eso acentúa mi aversión hacia esas pesadillas, porque no entiendo cómo mi cerebro no me colabora cuando más lo necesito, que es cuando tengo que despertar de una cosa tan obvia, tan gastada.

Esta pesadilla me dejó la sensación de seguir siendo un niño inmaduro, ingenuo y peliculero, muy en el fondo. Y por favor, estimado lector, si se acuerda de alguna película, serie o libro que se parezca a este argumento tan trillado, no dude en compartirla. Yo se lo cuento como una experiencia más, dado que este mes lo estoy aprovechando, por segundo año consecutivo, para contar las bochornosas pesadillas que me dejaron angustia o alguna sensación de terror.

* * *

Estaba pensando en mi día a día, concentrado en un punto inespecífico, viendo lo que parecía un jardín. Estaba de pie, viendo en una pequeña ventana sellada y de un solo cristal. Calculo que eran las cuatro de la tarde de un precioso día soleado, como para tener afuera una hamaca. Alguien abrió una puerta a mis espaldas y me habló:

—Bernardo, vamos a sesión.

Sabía que me estaban hablando a mí, pero tengo la mala costumbre de nunca hacerle caso a nadie que no me llame por mi nombre.

—¡Bernardo, te estoy hablando! El doctor Henríquez te está esperando, apurate. ¿O querés que llame al enfermero para que te lleve?

Yo me giré para mirarlo y vi que era un hombre joven que desde mi punto de vista no sobrepasaba los 23 a 25 años, vestido cómodo y casual, pero con bata de médico. Lo vi con deliberada molestia, claro está, porque a mi juicio era la primera vez que lo veía y encima me estaba amenazando con un tercero. O eso es lo que sentí. Miré a todos lados y lo único que había en esa habitación blanca era una cama que se veía bastante cómoda, y la preponderancia absoluta del color blanco, incluso en mi ropa.

—¿Tengo que llevar algo o qué? —le dije—. ¿O solo voy así como ando? ¿Y dónde está la oficina que dice usted?
—Siempre me hacés lo mismo —me respondió en tono de reproche—. Vamos, yo te voy a llevar.

Sentí cólera cuando me dijo eso, porque sentí que me estaba regañando como a un niño pequeño. Pero traté de comportarme calmado, hasta tratar de comprender qué estaba pasando. Me llevó a una oficina amplia y cómoda, con varios muebles, aunque ninguna librera. Me senté a esperar en un sillón negro, en el que bien cabían dos personas acostadas. Como no había nada para leer, me tuve que resignar a solo esperar. Vi que había un espejo, así que me levanté, me acerqué y para alivio personal vi que era yo: mi cara y yo, mi cuerpo y yo, mi estatura y yo. Toqué mi cara y toqué el espejo. Fue en ese momento que el doctor abrió la puerta y yo tardé en reaccionar, por lo que me descubrió frente al espejo.

El tal doctor Henríquez era más alto que yo, quizá de un metro ochenta de estatura, con media panza cervecera y unos 65 años, según mis cálculos, ya que se miraba jovial, aunque había perdido ya toda pigmentación. Gafas que parecían más decorativas que reales, barba recortada-candado-blanca-cliché y la piel de su cara con marcas de acné que de seguro lo persiguieron toda su vida.

—¡Hola, Bernardo! ¿Cómo estás? Qué gusto verte.
—Buenas —le respondí.
—¿Qué tal tu semana? ¿Has comido bien, cómo te han tratado?
—Bien, digo yo. Una pregunta…
—¿Sí? —se apuro a decir con diligencia y amabilidad.
—¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hago, qué hacemos aquí, ahorita mismo?

Aunque intentó disimularlo, noté en su rostro el inevitable gesto de la compasión o quizá de lástima. Pero todo fue en un segundo, ya que rápido se repuso, retomó su performance de alguien profesional y me respondió:

—Ya sabés, Bernardo, estamos aquí para ayudarte. Todos los jueves tenemos una reunión vos y yo, donde hablamos de cómo te va en la semana, qué es lo que te agobia, lo que te angustia y cómo podemos lidiar con todo eso…
—Yo no me llamo Bernardo —le interrumpí con tranquilidad y sequedad a la vez—. Y no recuerdo nunca haberlo visto en mi vida y tampoco sé por qué estoy aquí. Si existiera alguna forma de arreglar este malentendido, me gustaría saberlo.
—Mmmmm… ajá… sentate, por favor, quiero que hablemos un rato.

Me pidió que le explicara quién era yo, que en general le hablara de mi vida. Traté de hacerlo con todos los detalles que se me ocurrían. Incluso mencioné a mi familia, hermanos, amigos, universidad, mi último trabajo, todo. Incluso mencioné que me dedico a escribir un blog llamado ñamfistrofio y que con otros dos amigos tengo una revista de literatura llamada Grafomaniacos. Hasta le hablé de los libros que he leído, vaya.

Pero él no parecía impresionarse con nada. De hecho, incluso cuando contaba todo con detalles, mantuvo un rostro hierático, imperturbable, como si estuviera diseccionando a un cadáver. Me molestaba la sola idea de que no me creyera nada de lo que le decía, pero me molestaba todavía más la posibilidad de que, a pesar de todo lo que le estuviera diciendo sonara coherente o real (como comprobar con un libro si mis lecturas son certeras o inventadas), él optara sencillamente por no creerme, ya que era más fácil asumir lo que para él era verdad y no absolutamente nada en lo que yo pudiera influir.

Después de escucharme con mucha paciencia, hasta que ya no tuve nada que decir, él tomó su turno para hablar.

—¿Edwin González, verdad? —dijo con un tono didáctico y condescenciente que ya comenzaba a detestar—. Vaya, Edwin, quería preguntarte si te acordás de lo que pasó el 2 de enero de este año.

Me sentí perdido, porque ni siquiera estaba consciente de qué fecha era en ese momento. Él, muy perspicaz, lo notó de inmediato y se adelantó a mis pensamientos.

—Hoy es 29 de septiembre. ¿De verdad no te acordás nada de ese día?

Dudé por un momento e hice un esfuerzo. El 2 de enero de este año estaba en mi casa, con una gran resaca, ya que había pasado el 31 de diciembre solo y triste, por lo que para amortiguar mis malas emociones bebí muchísimo el 1 de enero, por lo que el 2 de enero lo pasé en cama. Al principio no quería decirlo, pero al final opté por la verdad, creyendo que eso sería de ayuda.

—¿Resaca? —me dijo—. Ajá. Entonces no te acordás que ese día cocinaste una mezcla de vinagre, aluminio… y no sé qué otras cosas más, y que te lo tomaste.

Sus palabras me parecieron poco profesionales. Es decir, pensé en la posibilidad en que de verdad estuviera enfermo, pero que la manera en que me estaba abordando no era la correcta. Sé lo que estaba insinuando. Conozco la mezcla. Ni siquiera enumeraría todos los ingredientes, porque el solo hecho de hacerlo es una falta de respeto para un posible curioso que se pasee por aquí. Pero sé eso porque lo leí en algún libro de esos que llaman libros prohibidos. En otras palabras, porque la curiosidad es una adicción y no porque estuviera interesado en algo así. No de esa manera, al menos. En cualquier caso, por lo que estaba insinuando, al parecer fallé.

—No recuerdo nada de eso —le dije con determinación y a la vez extrañeza, como quien reacciona ofendido ante una acusación infundada.
—Entiendo —me dijo que con una sonrisa disimulada, que denotaba decepción—. Disculpame, Edwin, si te soné un poco grosero. A veces me canso de volver a llegar siempre a este mismo punto. Pero no es tu culpa, quiere decir que tenemos mucho trabajo por hacer todavía.

Yo comenzaba a impacientarme.

—Bueno —le dije ya un poco molesto—, si tiene algo que decir dígalo, pero le agradecería que no ande con vueltas y vueltas, que esas tonteras no me gustan.

Él mantuvo la calma y con toda la naturalidad del mundo me pidió que me girara con todo y silla. Cuando entré no lo había notado, pero en la pared justo a mi espalda estaba empotrado un televisor. Lo encendió y me di cuenta estaba vinculado a una computadora o algo, ya que vi una carpeta de la que él abrió un video, que al parecer era, según me dijo, de hace un mes.

En él aparecía una mujer sentada. Calculo que unos años menor que yo. Jamás en mi vida la había visto y a la vez tenía algo de familiar que me dio un sentimiento de nostalgia. Ella estaba siendo entrevistada por alguien detrás de la cámara, y aunque era evidente que estaba consciente de su presencia, ella jamás la miró de forma directa. Parecía muy afectada por algo o quizá tenía expresiones demasiado histriónicas, pero el asunto es que a medida que la conversación avanzaba ella se miraba incómoda, aunque trataba de seguir la conversación con valentía. Le preguntaban por alguien y ella hablaba bien de esa persona. Lo hacía con clarísima sinceridad, casi con devoción. Logró moverme un poco las emociones y deseé en el fondo de mi corazón tener algún día a alguien en mi vida que se expresara así de mí. Antes de que ella estallara en lágrimas dijo una frase:

—Mire, de verdad, yo amo a Alberto, jamás le he fallado, jamás le he hecho daño, yo siempre he estado con él, en las buenas y en las malas.

Sentí alivio y a la vez una lejana indignación, como si el tal doctor Henríquez me hubiera timado, o como si en el fondo hubiera esperado que esa mujer dijera «Bernardo» o «Edwin», no sé. Al decir el nombre Alberto hasta me pareció mentira todo lo anterior, como si ella formara parte de todo el show que me estaban montando. El video seguía, pero el doctor le puso pausa, no sé si esperando una reacción de mi parte, aunque de todos modos aproveché la pausa para hablar:

—Mire —dije entre sonriente y nervioso— no sé cuál es el objetivo de todo esto, pero ni me llamo Bernardo y ni me llamo Alberto. Y a esa joven no la recuerdo, jamás la he visto en mi vida. Parece alguien muy agradable, me encantaría conocerla, pero mentiría, faltaría a la verdad. Su cara no me suena conocida.

El doctor Henríquez me escuchó sin mirarme y asentía con su cabeza, mientras hurgaba en las gavetas de su escritorio. Sacó una carpeta más grande que las tradicionales tamaño oficio, de esas que tienen un trozo de cuerda elástica delgada y que se enrolla entre dos anillitos como si fueran un yo-yo. Tiró en el escritorio todo lo que había en su interior: documentos de identidad y papeles de trámites, fotografías, etc.

En varias de esas fotografías estábamos ella y yo juntos. En todos los papeles estaba mi nombre: «Bernardo Alberto López Alegría». Mis documentos de identidad eran idénticos a los que tengo en verdad, pero tenían ese nombre. Empecé a sentir calor en las tripas, sentí vértigo y ganas de vomitar. Pero sobre todo, comencé a sentir que todo era una broma, una larga e innecesaria mentira, que todos los presentes habían llevado demasiado lejos. Un asunto de mal gusto.

Me quedé callado porque no sabía qué hacer. Comencé a valorar la posibilidad de que estuviera soñando, que quizá todo lo que estaba viendo era una mala jugada de mi mente. Cuando levanté mi mirada se topó con la del doctor y por unos segundos nos miramos fijo. No había notado que sus ojos eran color café claro y que era evidente que estaba agotado, que quizá con mucho esfuerzo estaba ahí, sentado frente a mí. Fueron segundos incómodos y creo que ambos lo pensábamos. Sin quitarle la mirada, con esa intuición de la vista periférica, noté que tenía sus manos en estado alerta, como si él esperara de mí una mala reacción.

Sentí la cara caliente, creo que comencé a sudar. Todo pasó muy rápido.

Me levanté con una gran velocidad, con toda la que pude, y corrí hasta la puerta. La abrí con mucha fuerza y salí disparado de esa oficina, como si mi vida estuviera en juego. En esos segundos, la reacción del doctor fue intentar llamarme («Bernardo… ¡Edwin!… ¡No!»), pero cuando logré salir de la habitación comenzó a gritar alarmado: «¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien llame a seguridad!».

Una enfermera que calculé de unos 55 a 60 años intentó bloquearme y lo primero que se me ocurrió fue empujarla para que se apartara. Cayó al suelo y vi que se golpeó la cabeza, pero no había tiempo para lamentarse. En lo que medio giré mi cabeza para ver si reaccionaba, noté que hasta el fondo venían varios hombres siguiéndome, incluso el mismísimo doctor Henríquez. Crucé uno o dos pasillos y me di cuenta de mi error, que habría sido mejor seguir en línea recta hasta encontrar una salida.

Empujé gente, golpeé a un par de personas que alarmadas intentaron detenerme: a uno en la cara y a otro una patada con el impulso de un pequeño salto que di. Vi la salida y una serie de gradas, que eran todo lo que me quedaba por atravesar, pero me tomó por sorpresa un culatazo que me dio un hombre corpulento, que asumo que era el vigilante. Me di cuenta que no podía abrir un ojo y que del cansancio no podía respirar, que aunque lo intentara no podía ponerme en pie. El hombre comenzó a golpearme, aprovechando que él y yo éramos los únicos en el pasillo.

—¿Y para dónde crees que ibas, hijueputa? —me dijo—. Andás haciendo escándalo a esta hora. Ya las he dicho a todos que deberían de tenerte encerrado. Vos sos un peligro, culero de mierda.

Me golpeó con saña, con muchas ganas. Trató de disimular cuando por fin comenzaron a llegar doctores y enfermeros. Vi que un médico regañó al vigilante por el golpe que me había dado en la cara. Otro reaccionó con mucha gravedad cuando nuestras miradas se cruzaron, pero en un segundo trató de disimular. El vigilante me miró con una sonrisa y me dijo adiós con un gesto cariñoso, como si con gusto esperara un próximo round.

Me subieron a una camilla, y me abrocharon muñecas y tobillos, de modo que no me podía mover. Estaba aterrorizado, no entendía lo que estaba pasando, pero estaba seguro que no era justo estar ahí, que algo siniestro estaba ocurriendo. Me llevaron a una habitación amplia, que asumo era la enfermería. Todo se encontraba a oscuras, aunque se podía ver perfectamente, además que era la única persona que estaba ahí. El doctor Henríquez entró.

—Bernardo, por Dios Santo, no es primera vez que me hacés esto. Creo que de ahora en adelante vamos a tener un poco más de restricciones.
—Mire, yo no sé qué le he hecho, pero yo no soy ningún Bernardo. No sé por qué me tiene aquí, no he hecho nada, no me he lastimado a mí y no he lastimado a nadie.

Aunque era mi mejor tono lastimero, a él nada parecía afectarle. Pero tenía que probar algo con desesperación, porque el momento lo ameritaba. Decidí apelar a su lado religioso.

—Mire —le dije—, quizá alguien le está pagando para hacer esto, o quizá es iniciativa suya, no sé. Igual, no le hallo sentido experimentar de forma tan estúpida como quizá lo están haciendo conmigo. Si necesita que colabore, de verdad lo puedo hacer. Solo dígame la verdad.
—¿Cuál verdad? —me dijo con sequedad.
—Ante los ojos Dios, que lo juzgará por sus acciones y sus palabras, dígame, de verdad, ¿por qué me hace esto? ¿Por qué toda esta farsa?

Por primera vez noté en su mirada un rasgo de sorpresa. O no sé si era parte del performance, aunque sentí que mi estrategia había funcionado, salvando las distancias con respecto a la posición en la que me encontraba. Primero sonrió, luego rio un poco bajito y después se le salieron unas cuantas risitas que rápido contuvo. Él me espetó.

—Con Dios no se juega, pendejo. Si hay algo que detesto es la gente que te pide las cosas ante los ojos de Dios.
—Si me mentís —le dije ya perdiéndole el respeto—, lo estás haciendo con la conciencia de que lo que hacés no es correcto. Estoy seguro que en el fondo lo sabés. ¡Ante Dios!, ¿por qué me hacés esto?

Se puso muy serio, casi furioso. Luego me dijo con frialdad, como si su deber fuera darme mi sentencia de muerte como una formalidad más:

—Yo le dije a mi coronel que estos experimentos de mierda no van a funcionar. El lavado de cerebro tradicional siempre es más eficaz. «Que los traumados ya no funcionan igual» —citó en tono burlón—. Mierda. Si por mí fuera, ya estarías de rodillas diciendo que sos un perro, porque eso es lo que sos.

Mientras decía todo eso, cada palabra suya derribaba mis últimas esperanzas. Sacó un pañuelo y me amordazó. Luego sacó una jeringa, la clásica donde uno se quiere mover y no puede, y sabe que al final solo quedará la oscuridad llegando a los párpados, que en mi caso era solo uno, porque mi otro ojo no lo podía abrir. La mordaza no fue gratuita: intenté gritar sin ningún éxito. Me inyectó. Y al final, solo agregó:

—Bueno, Edwincillo, nos vemos la próxima semana, a ver cómo nos va.

Y mientras él salía de la habitación, yo sentía que me estaba volviendo loco. Me retorcí, traté de gritar, hice fuerzas con mi garganta, me quería sobreponer al somnífero y actué con toda la furia que se me ocurrió.

En algún momento por fin me desperté. Y cuando lo hice primero me toqué la cara, la cabeza, acaricié mis ojos, palpé mi garganta, vi mi celular, reconocí todo en mi cuarto. Y luego me reí aliviado, creyendo que en mi vida había visto demasiadas películas. Luego me recosté de nuevo y me puse las manos en la cara, y sentí ganas de llorar de la pura frustración, porque no me podía creer que algo tan estúpido me hubiera estado torturando y que de nuevo, en lugar de recibir un sueño para darme descanso, tuve esta estúpida pesadilla, y que de paso me dejó nervioso y con estrés para comenzar un nuevo día.

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