Diario de pesadillas N.º 8: Gatos en el techo

Un domingo cualquiera me dormí en mi cama, vencido por el agotamiento de esas jornadas con las que me torturo cuando por fin las ideas acuden a mi mente y puedo escribir. Fue una de esas siestas que ocurren de forma inesperada, porque el cuerpo nos obliga a realizarlas.

Para mi sorpresa desperté en el sillón de la casa de mi infancia. Pero en los sueños se nos da natural cualquier cosa inverosímil, a menos que tengamos dominadas todas esas técnicas especiales que nos permiten tener un sueño lúcido. Yo he procurado realizar mis propias prácticas, pero ese día, en ese sueño concreto, me dejé llevar. Quizá porque muy en el fondo sigo extrañando esa casa, la única que en mi vida consideré un hogar, con todo y sus vaivenes.

Pues estaba en el sillón y tenía entre mis brazos un libro de poesía que no existe: era una antología de poetas salvadoreños novísimos, en una editorial que jamás había visto en mi vida y que tenía el prólogo de un poeta con apellido francés y las ilustraciones de un artista español de apellido Venturini. Y no sé por qué cuento esto, pero es tal como lo recuerdo.

Me levanté con la intención de ver la hora. Esto también puede sonar raro, pero jamás me acostumbré a usar reloj y casi nunca me acostumbré a tener un celular directamente en la mano, por lo que ni en mis sueños más realistas aparezco levantándome viendo un smartphone. A la larga, muy en el fondo, solo veo los aparatos como herramientas utilitarias y no como algo fundamental en mi vida.

Percibí en el cielo que casi era de noche. Busqué comida en el refrigerador y apenas tenía chucherías para improvisar botanas, en lugar de comer algo más nutritivo. Me dio igual y decidí cocinar. En algún momento tocaron la puerta.

—¿Edwin? ¿Estás? Mirá —le dijo a un tercero—, tiene las luces encendidas.
—¡Voy! —grité yo—. ¿Quién es?
—Yo, cerote. Luis. Aquí vengo con el Gordo y con Marito. Abrí, que uno de ellos se viene cagando.

Luis siempre ha sido vulgar y escandaloso, así que sé que solo me estaba presionando para que me apurara a abrir la puerta. Los dejé pasar y traían una caja llena de cervezas. Ellos ya venían un poco tragueados, pero yo no tenía problemas con eso. Me dio igual, los dejé pasar y me decidí a acompañarlos con unas cuantas cervezas.

Como siempre, se pusieron a contar tonterías y agarrar con bromas a quien estuviera más desprevenido. Me pidieron música, pero les fallé: no tenía aparato ni tampoco internet para conectarse con alguna red y así poder ver algo en YouTube. Me preguntaron si tenía cartas y les dije que sí.

Creo que esperaban a que les enseñara una baraja de naipes, pero solo tenía la del famoso juego UNO. Les pareció divertida la idea, así que comenzamos a jugar.

En esta parte de las cosas es que no comprendo este sueño. ¿Por qué pude jugar un largo rato como si fuera real? ¿Cuál es la manía de mi cerebro para recrearme los detalles con tal nivel de verosimilitud? Recuerdo haber jugado al UNO como mínimo una hora, antes de comenzar a escuchar un ruido en el techo. Después de un rato en el que todos los estábamos escuchando, Luis fue el primero que me dijo:

—Qué joden esos gatos culeros, ¿va?
—¿Crees que sean gatos? —dijo Marito.
—¡Nooo! —respondió Luis, en tono sarcástico—. La vecina ha de ser, bailando chulona. ¡Pues sí, cerote, un chucho no va a ser! Y aquí abundan los gatos.
—Abrí la puerta, Edwin, para ver —me dijo Alex, a quien todos llaman El Gordo—. Lo raro es que no están peleando, solo están va de pasar y pasar.

Yo estaba cerca de la puerta, así que la abrí y le puse una cuña para que no se cerrara. Hay una característica de ese pasaje de apartamentos en el que crecí. Todas son casas pequeñas, que bien podrían haber sido apartamentos para soltero, pero que durante décadas, desde su creación, han cumplido el papel de ser para familias enteras. Si una persona de por lo menos 1.85 m de estatura se acuesta entre una casa y la que queda enfrente, y estira por completo sus brazos y sus piernas, casi que podría tocar la una con la otra. El pasaje era más o menos estrecho y pequeño, a diferencia de otros pasajes de la ciudad, donde la gente hasta mete su vehículo.

Así que era perfectamente posible (y muchas veces de niños fuimos testigos de cuando eso ocurría) que un gato saltara desde el techo de mi casa hasta el techo de la casa de enfrente. Lo que no era común, por supuesto, y que nosotros jamás testificamos algo así, era que ocurriera varias veces en la misma noche, como si fuera la migración de muchos gatos.

Si mi techo hubiera sido de cualquier otro material jamás nos habríamos dado cuenta, pero al ser de lámina o latón (no sé cómo le llamarán en su país, estimado lector), por muy suave que alguien intente caminar, siempre se escuchará. Es por eso que en toda mi vida de haber vivido allí, si alguien intentaba meterse a una casa o procuraba disimular dando pasos lentamente y cada tantos minutos, al final todos los vecinos podíamos ser capaces de descubrir si algo andaba mal. Ventaja equis de vivir en casas con techos ruidosos… desventaja cuando llovía —dependiendo de la intensidad de la lluvia—, porque podía llegar a impendir incluso conversar con normalidad.

Ya estaba oscuro, pero se alcanzaba a ver lo que ocurría, al menos en el techo del vecino. Efectivamente había muchos gatos, de todos los colores y tamaños. Los que saltaban de mi techo solo los veía desplazarse e irse, pero algunos se quedaban deambulando en el techo del vecino. La casa de enfrente tenía las luces apagadas, por lo que deduje que no había nadie. Mis tres visitantes se pararon asombrados.

—¡Jueputa! —dijo Luis—. ¿Y esa mierda qué ondas? ¿Qué estará pasando?
Él salió para ver qué pasaba en mi techo. Luego nos llamó a todos.
—¡Hey! ¡Vengan!. En tu techo hay un vergo de gatos, Edwin. Vení a ver.

No soy supersticioso, pero en ese momento me dio una mala espina. No quise salir a ver. Marito tampoco quiso salir, pero Alex sintió curiosidad y también fue a ver. Ambos se pusieron a reír, por lo que consideraban un evento insólito. Incluso tuvieron la crueldad de lanzar piedritas a los gatos que seguían saltando de mi techo al techo de enfrente. Parecían divertirse como niños.

Y mientras tanto seguían acumulándose gatos en el techo de la casa de enfrente. Luis y Alex comenzaron a llamarlos con chasquidos y con el clásico “¡mich!-¡mich!”, que hacía que algunos gatos se quedaran a curiosear bien en la orilla, sumado a que uno que otro maullaba por respuesta. Había tantos, que prácticamente abarcaba el techo de lado a lado de la casa vecina. Yo estaba cautivado, aunque no entendía del todo qué estaba pasando.

Luis ya se estaba aburriendo y decidió que se quería entrar. Alex también venía ya hacia dentro de la casa. Yo, que estaba en el umbral, vi que alguien en mi techo asomó la cabeza. Yo me quedé de piedra.

Luis y Alex notaron que me cambió la cara y por pura reacción miraron el techo del vecino. Justo cuando ellos voltearon hacia ese techo la cabeza volvió a asomarse. Era la cabeza de una mujer de piel canela y con pelo afro. Ella se le quedó viendo primero a Alex y a Luis, pero ninguno de ellos pareció percatarse de su presencia. Luego ella me vio a mí y notó que yo sí la miraba. Nos quedamos viendo unos segundos y ella entonces cambió su cara a una mueca furiosa, llena de rabia e indignación, como si yo hubiera cometido un pecado por el solo hecho de poder sostenerle la mirada.

Sus ojos se pusieron blancos y su boca, que parecía la boca normal de cualquier ser humano, se alargó y comenzó a emanar un ruido como si fuera un grito, lo que hizo que todos los gatos del techo del vecino huyeran y que los que estaban en mi techo hicieran lo mismo, lo cual supe gracias al ruido de cientos de patitas.

Alex y Luis estaban sorprendidos y dijeron: “¿Viste? ¡Mirá! ¡Qué yuca esa mierda!”, sin escuchar el grito y sin percatarse que yo estaba paralizado y tenía la piel de gallina, con un terror de muerte.

La cabeza se metió, como si intentara tomar impulso, porque un segundo después comenzó a desplazarse hacia mí. Hasta el torso estaba desnuda y era bastante parecida a la actriz Nathalie Emmanuel, pero del torso para abajo era como mitad felino, atigrado.

Se paró frente a mí y a todo esto Luis, Alex y Marito me rodeaban, me tocaban, me preguntaban si estaba bien o qué me pasaba. Ellos no podían verla ni tocarla, pero ella me puso las manos en mis hombros, abrió la boca como si fuera a devorarme y su cara se quedó frente a mía. Yo no respondía, me quedé de piedra, en el mismo lugar. Tenía ese frío en las tripas que es muy similar a las ganas de vomitar, pero sin las náuseas, solo la incómoda sensación por dentro de que algo explotará. La mujer mitad felino volvió a gritarme, pero esta vez frente a mi cara y entonces comencé a convulsionar.

Desperté todo tembloroso, y la verdad es que en ese primer segundo de resaca del despertar abrupto me sentí a salvo, porque, por absurdo que parezca, dadas las circunstancias de la verosimilitud de la pesadilla, sentí por un momento que ella intentaba comerse mi alma.

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