Diario de pesadillas N.º 9: Miscelánea

Para quien me lee esto no le sonará nuevo, pero para el navegante casual será el dato inútil del día que servirá como mal necesario para continuar leyendo: yo pertenezco a ese porcentaje de personas que sueñan en primera persona. Sé que hay quienes sueñan en primera y en tercera persona, como quien se ve desde el encuadre de una película. Yo no sé qué se siente eso, ya que solo los vivo en primera.

Además, debo añadir que el 90 % de mis sueños son muy vívidos, plagados de detalles, al punto de poder distinguir los bordes desgastados de un libro, por mencionar un ejemplo. En mis sueños he visto insectos, he oído a personas hablar con claridad otros idiomas, distingo los detalles de los árboles, las arrugas de un rostro, y así podría alargarme innecesariamente.

Con ser así, he tenido sueños rarísimos, desde que tengo memoria. Algunos los atribuyo a mi inmadurez, propiamente. Me explico: admito que soy de una mente con exagerada imaginación, casi infantil. Yo cometo el error de imaginar primero tonterías y creerme casi cualquier cosa que me cuentan, antes de lograr despertar mi punto de vista racional. Padezco del pensamiento mágico provinciano propio de nuestras culturas latinoamericanas. Me ocurre todos los días: alguien me dice que hizo X o Y proeza, y de facto le creo. Una vez alguien me había embaucado haciéndome creer que conocía personalmente a un cantante italiano famoso. Sí, lo sé, tengo algo de tonto. Pero me ocurre que de entrada nunca me siento con la obligación de no creerle a alguien. Y bueno, eso es tema aparte y lo esencial se entiende.

Así que si en la vida real suelo caer en las más fáciles y sutiles mentiras, se imaginará lo mal que me ha ido en la vida por tonto, y lo peor que me va cuando se trata de los sueños, tomando en cuenta que el mecanismo natural del cerebro hace que se nos duerma también aquella parte con la que racionalizamos la verosimilitud.

Por otra parte, aunque a continuación le contaré una miscelánea de sueños, lo comprenderé perfectamente si usted decide no creerme. En los sueños podemos esperarnos lo que sea y eso es maravilloso. Pero hay sueños de sueños, la verdad. He oído algunos maravillosos y otros no tanto. Y tengo mi lista personal de los que he vivido. Pensándolo bien, quizá el nombre de esta entrada no sea el correcto, ya que no todos los considero pesadillas. Aunque considero que las rarezas bien entran en la temática, de algún modo.

Péndulo

El sueño más breve que he tenido en mi vida fue a los 10 años de edad. Lo recuerdo bien, porque fue un poco chocante cuando me desperté. Apagaron las luces y como siempre —y con ese como siempre me refiero a que lo he vivido desde que tengo memoria y mis ojeras de mapache dan fe de eso— me quedé despierto en la oscuridad hasta que por fin mi cuerpo se rindió. Entonces vi un péndulo gigante, que en principio confundí con el de un reloj. Pero no: el péndulo flotaba solo, sin sostenerse con nada. Lo vi una, dos, tres, hasta trece oscilaciones. De repente desperté y ya había amanecido. Me perturbó porque jamás logré comprender qué fue eso, cómo pudo durar toda la noche ese sueño tan extraño, sin ningún sentido, además de que las oscilaciones fueron a velocidad “natural”. ¿Cómo resolvió mi cerebro el asunto del paso de las horas en relación con el ritmo del sueño? Hasta el día de hoy no lo entiendo.

La habitación

Este extraño sueño vuelve cada cierto tiempo, sin comprender cómo ni por qué. Lo he soñado decenas de veces y nunca deja de sorprenderme. De repente aparezco en una habitación grande y espaciosa. He llegado a calcular que todas sus dimensiones deben andar por los nueve o diez metros, lado a lado, arriba y abajo. Sí, es cúbica. Todas las paredes están llenas de motivos extraños, ilustraciones que siempre he deseado reproducir, pero que nunca he logrado dibujar: están por todos lados, incluso en el techo. Todo es liso. Cuando estoy ahí me paseo por toda la habitación y busco una salida, pero no la tiene. Ni entrada ni salida, ni ventanas ni nada. Es un sueño ilógico, porque no hay entrada de aire y por ende no debería de haber luz. A veces he visto alguna persona en el centro, sentada en postura de meditación. He visto de todos los colores y culturas, y la única constante es que suelen ser personas a quienes calculo una edad que quizá sobrepasa los cuarenta y tantos. Cada persona que he visto no me puede ver y ni yo la puedo tocar. Siempre he visto a cada uno con los ojos cerrados.

Asesinato y suicidio

Las peores pesadillas que he tenido son en las que alguien me asesina o tortura. No comprendo cómo puedo soñar estas cosas, ya que no consumo gore ni veo películas de violencia. En mis sueños me han asesinado de muchas formas, a veces de forma directa y prosaica, y a veces con lujo de barbarie. Incluso he soñado que me han asesinado parientes muy queridos. Hubo una temporada de mi vida, allá por 2015, en la que todos los días tenía pesadillas así de horrendas. Incluso fui al médico, para contarle lo ocurrido. Me recomendó un psicólogo y justo a partir de esa noche las pesadillas cesaron: quizá solo necesitaba hablar con alguien. Creo que lo correcto habría sido ir de todos modos, pero cometí la insensatez de no hacerlo. He soñado también con que me suicido, pero eso ha sido menos frecuente. Y en el 100 % de ocasiones siempre logro despertar. Morir es la mejor manera de escapar de un sueño o pesadilla. Eso sí, tanto de una cosa como de otra deja una sensación atroz, que no se la deseo a nadie.

Fantasma

Aunque han sido pocas las ocasiones, he soñado también con que soy un fantasma o algo así como un alma en pena. Hay personas que han logrado verme y se asustan. El más interesante de todos fue una ocasión en la que me soñé en una especie de bosque en la montaña. Era de noche, con un cielo bien estrellado. Sentí un extraño olor que me llamaba. Era un olor de plantas quemadas con algún tipo de aceite esencial, pero era demasiado magnético, atrayente. Caminé guiándome por el olor y de repente vi una luz. Cuando por fin me acerqué vi que eran unos cuatro jóvenes, todos bebiendo, fumando lo que creo que era marihuana y estaban en una fogata, divirtiéndose. Como era fantasma ninguno me sintió ni tampoco me veía. En la fogata tenían una especie de plancha y ahí estaban quemando algo que era lo que me atraía. No supe distinguir qué era, pero estar ahí cerca me hacía sentir como plácido y confortable, casi hipnotizado. Vi el fuego tanto tiempo, que me sentí atraído hacia él, casi que me iba a meter a la fogata y de repente tuve miedo y reaccioné. Entonces le di una patada a la planchita y salió volando, con todo y un poco de brasas. Los cuatro jóvenes se asustaron, pero siguieron chistando, supongo que producto de todo lo consumido. Yo también me reí, porque al ver caer la plancha me sentí bien. No recuerdo más detalles del sueño, pero eso es lo más esencial.

Ovnis

Soñar con extraterrestres me ha causado temores horribles, pero las pesadillas han sido tan simples, que nunca me animé a contar con detalle ninguna de ellas, ya que no lograría transmitir nada más allá de lo evidente, que es el hecho de temerle a lo extraño. Tres, sin embargo, son las que más tengo presentes. La primera fue una vez que soñé que iba a visitar a quien entonces era mi novia y ahora la mamá de mi hijo. Caminaba hacia su casa y de repente ocurrió una invasión extraterrestre. Claro, la pesadilla radica en que no es lo mismo verlo en una película que sentirlo de forma tan vívida: pánico por todos lados, gente chocando con los autos, destrucción, sangre y la aterradora sensación de que uno va a morir. La segunda vez fue un poco como el primer episodio de American Horror Story: despertar tranquilo en la cama y de repente encontrarse con un escenario apocalíptico. Vi mi colonia destruida, gente muerta, restos y vestigios de toda clase, y mientras caminaba por toda la ciudad con el corazón en la mano, de repente vi aterrizar una nave de la que salía una criatura parecida a un insecto humanoide mal diseñado de una versión B de Men In Black. Y claro, me mataba. La tercera fue simple pero perturbadora, porque soñé con un humano de aspecto extraño, quien me explicaba una interesante teoría del elegido —una versión pseudocientífica del viaje del héroe que quizá algún día me anime a escribir solo por placer patafísico— con la que me aseguraba que era un mensaje que se diseminó por todo el mundo desde las más antiguas civilizaciones, como una señal para una venida futura de nuestros maestros superiores. Acto seguido ocurría una invasión en la que todo el cielo se llenaba de naves con formas extrañas y emergían humanos con aspecto extravagante que con solo tocar a otras personas estas se quedaban con los ojos totalmente blancos y se volvían sumisas, cual si fueran hormigas obreras. Al ver eso evitaba toparme con alguno para que no me tocara, me escondí y escuché desde los cielos que gritaban un nombre largo, difícil de pronunciar, con el que asumo que buscaban a su elegido.

Oscuridad

Mis pesadillas más aburridas ocurren en la oscuridad. Bien podría contabilizar unas 20 veces de las que tengo memoria haber soñado con esta rareza. En estos sueños estoy en la oscuridad absoluta y nunca pasa nada. Nada, de nada, de nada. Solo oscuridad, incluso el suelo en el que camino. Cuando he soñado así solo he vagado sin rumbo, sin saber qué hacer. A veces me he quedado sentado o acostado en el mismo lugar, mirando fijamente en un punto para ver si logro ver otra cosa. A veces no puedo ver ni mis manos, solo puedo sentirme yo, cada parte de mi cuerpo, para corroborar que sigo completo. En esos momentos que me parecen horas eternas he meditado sobre lo que sea, con tal de pasar el tiempo.

Caras

Todos alguna vez hemos soñado con una persona que jamás hemos visto en nuestras vidas. O por lo menos es lo que sentimos. La comunidad científica concuerda en que esto es imposible y que quizá soñamos con alguien que solo hemos visto una vez, aunque sea por un segundo. No soy la excepción. He soñado muchas veces con desconocidos. Pero el sueño más raro lo tuve a los 14 años. En ese sueño estaba en una especie de mansión con pasillos largos, casi infinitos, en los que había pinturas colgadas por todos lados. En algún momento, quizá por recreación de mi mente infantil, los personajes de las pinturas comenzaron a salirse de sus cuadros y trataban de acercarse para conversar conmigo. Ahora ese escenario quizá me inspiraría temor, pero a esa edad me resultó fascinante. Lo que me dio mucho miedo fue ver que los personajes de repente tenían otro rostro. Como me hablaban muchos al mismo tiempo, al principio no lo notaba. Pero luego volteaba y el que hace un momento tenía un rostro ahora tenía otro. Parpadeaba y era otro rostro. Y así, cada uno cambiaba de rostro de forma mágica. Recuerdo que me dio tanto miedo que sentí la urgencia de despertar.

* * *

Lo comenté hace más de un año, pero lo vuelvo a repetir, porque la ocasión lo amerita. Hay temporadas en mi vida en que he tenido tantas pesadillas, algunas que me resultan inolvidables, que llegué a coleccionarlas en un cuaderno. Cuando vuelvo a leerlas puedo rememorar lo que sentí. Pero cuando las leo con distanciamiento la mayoría realmente no tienen nada de interesante, más que para mí, como protagonista y quizá víctima de las recreaciones. De las poquísimas más o menos interesantes es que saqué varios post el año pasado y también este año. No sé si me animaré también el otro año, aunque quizá, pensándolo bien, nueve post del tema es más que suficiente.

Hay algo que dejé en el tintero y son los sueños que me ofrecen un poco de clarividencia. Pero al final decidí dejarlos fuera, porque incluso, viviéndolos y todo, nunca me los termino de creer y siempre opto por la confortable decisión de creer que es imposible, que no hay manera en que uno pueda saber lo que pasará el día de mañana, por más trivial que pueda parecer lo que aparezca en alguno de ellos.

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