“Los fuegos del azar”, cuento de David Escobar Galindo

Erika levantó la vista del mazo desordenado de papeles, y tendió el gesto pensativo sobre los tejados interminables, a través del ventanal que era toda la pared posterior. Un día de sol amarillo: como los que prefería en la infancia, por el jugoso esmalte de los paisajes de vacaciones, allá en el campo desolado y pedregoso. Y eso bastó para que el viejo mecanismo del conjuto fuera invadiéndola como un agua espumante y gratísima. Ahí estaba el teléfono: mudo, y, sin embargo, tan lleno de voces inminentes. Frente a él había sido, casi siempre, sujeto pasivo: recibió así la muerte de su padre, el desahogo de su madre tocada prematuramente por el ala de la esclerosis, el ruego poroso e inútil de Fernando Pereira… Y estaba ahí, y aún le tenía miedo, aunque, desde aquella madrugada —la de ese mismo día— toda la decisión le corría por las venas en apremio visceral. Estuvo contemplándolo unos segundos, largos segundos en blanco. Y lo tomó. Seguía viendo hacia afuera, asida a la realidad por el solo hilo de una sonrisa que se le insinuaba en huella de luz en las comisuras. Y marcó. Un instante. Temblaban apenas los dedos, fríos y delgados. Dijo simplemente:

—Juan: esta tarde. ¿Te parece?

Hubo una vacilación, en que se inscribió, incipiente, el rictus de la queja. Pero no fue necesario: venía brillando la franca sonrisa, ya triunfo visible después de la batalla instantánea y temible.

Colgó. Y llamó por el intercomunicador.

—Ana, habla con el tesorero. Necesito diez mil dólares. O… No: diez mil… Pero inmediatamente. Si no hay en caja, que los compre al precio que sea. Creo que ayer subieron tres puntos. Rápido, por favor.

Se levantó de la solemne silla ejecutiva, y acarició, al paso, en un automático giro de ternura, su nombre en letras doradas sobre el rectángulo de ahumado bronce: “Erika Remberg, gerente administrativo”. Caminó por la habitación alfombrada, sin rumbo, como lo hacía entonces, en la casa de los abuelos Ramírez:

—La Ilustre Casa de Ramírez —dijo, riendo.

Y la abuela asomó su cabecita de berenjena entre los encajes del continón que ella misma tejiera en el recodo más suave de la veranda.

—Erika, ¡te estás poniendo chula como un rayo de sol!

Erika se dejó caer de nuevo, como cansada, en su sillón de cariñoso cuero, y se hundió hasta el fondo. Sin embargo, le brillaban los ojos, húmedos de gracia, de animación feliz.

—Juan —pensó—, el profeta.

Y rio otra vez, sin temor a estar sola, a que ella misma pensara: te estás volviendo loca; o chifladita, como decía la abuela desde el paraíso perdido de la veranda, entre los hilos dispersos de la costura.

—Tenés trenzas de cola de quetzal.
—Uy, no, eso me da la impresión de que soy una fantasma.
—Un fantasma, niña, un fantasma…
—Como papá…

La abuela volvía la cara hacia la penumbra, y sus manos agitaban los hilos con especial intensidad. Oíase la hueca vocesilla de Erika:

—Pero… ¡un momento!… ¿Cómo podrías estar segura de que no soy la sombra de mí misma… una sombra con alas?
—¡Ave María Purísima!

Y Erika corría, en el mariposeo de su sola delicia inconsciente, estirando hasta el infinito los hilos de la costura, mientras la abuela sonreía escandalizada.

Llamaron entonces. Se acercó al intercomunicador.

—Ya están aquí los dólares.
—¿Tan pronto?
—¿Quiere que se los ponga en un sobre?
—No. Ya pasaré por ellos. Gracias.

Agitó la cabellera suelta, lacia, eléctrica: de muñeca sexy a punto de perderse en el bosque de la China.Y salió, sin tomar la cartera, sin recoger los papeles, que se quedaban ahí, derruidos en su desorden escolar. La puerta sonó tras ella. La luz amarilla se fue diluyendo hasta oscurecerse, como si solo la sostuviera el pálpito radiante de las venas de Erika. Y la habitación —ámbito cerrado de su esfuerzo, de su dificultad de ser— dejó de existir a medida que la imagen se escondía en sus ojos.

*** *** ***

Cada paso sonaba como en una catacumba. El suelo parecía hueco. Abajo había un sótano, de seguro. Un sótano, claro. ¿Cuándo no hay un sótano? Y la atmósfera, como siempre, estaba fría. Llena del recuerdo —¡solo el recuerdo!— de los olores litúrgicos. Levantó la vista. Un espejeo de oro la deslumbró con su mensaje de espinas. Erika se pasó la mano por los párpados, espantando briznas inocentes. Estaba sola en aquello que sentía como una inmensidad interior; pero allá en el fondo despertaba otra luz: la de su deseo ardiente por fin sin inhibiciones, sin oráculos… El deseo que no necesitaba más talismán que el de su propia decisión proyectada sobre otra voluntad aún vacilante, aún tierna y sutil y enigmática en el hueco de sus manos…

—Así se pudren los santos —pensó; y luego, revolviendo el pabilo de imaginación exaltada—: en esa forma triste de eternidad… Pero realmente a todos nos deslumbra el ocaso sin fin: queremos ser imágenes doradas, nombres dorados… —y se recordó fieramente a sí misma—: Erika Remberg: candor de letras inventadas sobre una lámina que pulen distraídamente todas las mañanas…

Sintió erizársele la idea.

Y caminaba ya por zonas más oscuras, donde bultos anónimos desafiaban su inexistencia: ¿Por qué todas las sombras han de ser alguien?

Quiso gritar un nombre. Un solo nombre. El nombre que tenía ahí, goteando en el dintel del paladar como una fruta miserable y sagrada. Ese nombre que se le hacía nudo asfixiante de dicha al enfrentarlo a otra palabra abstracta y temible: amor.

La delgadez de su cuerpo se hacía magnética en aquellos corredores de claustro.

Y al llegar a la puertecilla lateral de la izquierda, la hallaba cerrada, pero por otro cuerpo.

—Juan.
—Te felicito: no tardaste mucho.
—Eres un amor.
—Preparé algo mientras esperaba.
—¿Estuviste quitándote la mugre del desierto? —bromeó.
—Estuve oyendo el agua de la fuente.
—¿Cuál fuente?
—Esta —dijo él señalándose vagamente el sitio del corazón.
—¿Y ese desorden pagano? —rio Erika.
—¡Pero si es la quintaesencia del celeste susurro!

Erika hizo el impulso de tomarle una mano, pero él suavemente lo evitó.

Y, en cambio, fue envolviéndola en un resplandor vaporoso, anhelante. Ella sonreía, y dijo:

—Si quieres, salimos ya.
—¿Hoy? ¿Ahora? ¿Te gustaría?

Erika se le acercó, pero sin cruzar los límites del aura.

—Aceptaste… ¿recuerdas?
—Pero… ¿hoy?

Erika se detuvo. La luz que entraba por los arcos del corredor la encerraba, en ese instante, en un alevoso claroscuro. Como invención de una figura en su hornacina. Y creyó ver, al fondo, al dulce final de la veranda, y creyó verse reclinada sobre el aire triste azul y remoto, y un movimiento de no perder la luz que volaba junto a su cabeza le encontró la voz, hasta casi hacérsela un sollozo:

—¡Juan! Estoy dispuesta. No puedo resistir más este inútil fingimiento. Tú aquí, con tus escombros de almas. Yo allá, con mis escombros de cuerpos. Como diría la abuela Ramírez: tú, el santo; yo, la pecadora… ¿Y qué es esto, pues, sino la forma de borrar el pecado y la santidad?
—No es tan sencillo. No es tan fácil. Sin embargo…
—El día, este día, está por terminar.
—Pero así…
—Juan. ¿Habrá otro día?
—No sé.

Y Erika se aferró a su brazo velludo y pálido:

—¡Vamos!

*** *** ***

Corría el automóvil por la carretera boscosa. Allá, detrás del último cerro, estaría el mar. La curva oscura contra el infinito áureo. No hablaban. Aunque ella dijo, sin descuidar la delirante velocidad:

—Iremos a cualquier sitio. En el primer avión. Es una locura, ¿verdad?

La cabellera jugaba con todo su rostro animado, en la confianza caótica del viento. Juan miraba hacia adelante, erguido, sereno, impenetrable. Pero no tenía la arruga fina y vertical en el centro de la frente. Esa línea que alguna vez hizo decir a Erika:

—¿Te han leído las líneas de la frente?

Y hoy la frente se le combaba, lisa en perfecta superficie, como si algo —o alguien— se la hubiera pulido con natural devoción de artífice. Obra también del hondo deseo. La mano limpia, libre, larga, inmóvil, reposaba sobre la tela oscura, en la rodilla. Y la mano de Erika, agitada, húmeda, tenaz, apetecible, movía las palancas con reflejos acerados.

—No creo que logremos alcanzar ningún avión… —dijo él; y las palabras casi se fueron en la ráfaga primera del mar visible.
—No te preocupes. Tengo lo necesario.
—No creo —insistió Juan, suavemente.

Erika ladeó el rostro. Ardía en cambiante llama.

—Porque no tienes experiencia. Aunque ya deberías —recalcó, amorosa—; acabas de cumplir cuarenta largos y lentos años… Como subir una escalera de caracol… ¡Es hora de vivir!

Él parpadeó. Los ojos se le perdieron en el juego de luces sombrías del paisaje.

—No me gusta hablar de eso.
—Porque solo hace unos minutos que eres libre.
—Además —aclaró—: yo no te hablaba de un viaje así.

Erika reaccionó, herida.

—¿No quieres que nos vayamos? ¿No estás seguro del amor…?

La voz le sonaba angustiada, quebrándose en vidrios amenazantes.

—Sí, pero es otro nuestro viaje.

Lo decía con una intensidad apasionada, inédita, absoluta; y ella quiso tomar con la suya la mano inmóvil que reposaba sobre la rodilla angulosa. Estaba, de pronto, acompañada verdaderamente en la espiral de la velocidad. Era el gesto de vehemente convicción, que envuelve con su imperio sin luz al ser amado. Que trata de abarcarlo en el milagro secreto de su miedo.

Y así rodaron por la afilada espalda de las rocas, quemándose en una sola masa de vida, hasta el choque con el agua desnuda, intemporal.

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