Los privilegios de la discreción

Como a todo mundo le ocurre, desde esa transición entre la niñez y la adolescencia descubrí que la información poseía su propio valor, como cualquier bien intangible en este mundo. Cuando somos niños le decimos todo a nuestros padres (o al menos si muestran la apertura y hay confianza lo intentamos), pero a medida que crecemos nos damos cuenta en circunstancias concretas que a veces era mejor no decir nada, o bien, que es necesario administrar la información.

Ocurre paulatinamente y no solo pasa con las travesuras o con eventualidades que —en las más de las veces— nuestros padres suelen ignorar al menos en situaciones cotidianas y normales de la niñez, no porque necesariamente invaliden lo que podamos sentir, sino porque nuestras preocupaciones suelen poseer diferencias abismales en relación con las de ellos, por las distintas experiencias y cosmovisiones. Claro que cuando somos niños es muy difícil llegar a entenderlo y solo vamos actuando de forma pragmática, a medida que buscamos la propia autonomía.

Eso sí, a medida que crecemos las reglas del juego cambian y de repente comenzamos a tener un muro invisible, natural desde que la individualidad se concibe como tal. Un día un secreto llega a nuestras manos y es un tesoro que de la emoción podríamos llegar a compartir, hasta que otro día —no muy lejano también— comprendemos su valor: a veces toca pagarlo duro, pero en ocasiones lo aprendemos mediante experiencias gratificantes… como todos sabemos, eso dependerá de una paleta de colores y millones de variables.

Pero el punto central es que un día comprendemos que saber algo tiene un valor que no puede medirse con facilidad. Un conocimiento en concreto, ya sea el secreto de un tercero o algo que aprendimos por nuestra cuenta y que no hemos compartido con nadie, puede aumentar o reducir su valor en dimensiones infinitas, como la famosa mariposa de la teoría del caos.

Y es aquí donde entra la discreción, la cual nos da enseñanzas fundamentales que nos fueron legadas desde el principio de los tiempos, pero que solo cuando vivimos en carne propia esa diversidad de experiencias es que dimensionamos su valor —no necesariamente de intercambio—, su poder, su tara de privilegios que se pasan en una balanza invisible pero siempre efectiva.

En el ámbito coloquial hay una frase interesante, que suele aplicarse en una gran diversidad de situaciones: “El que come callado come dos veces”. Lo sé, en la cultura popular latinoamericana suele asociarse con el aprovechado o al hecho de tomar la oportunidad sin que los demás se den cuenta. Pero si estamos en sintonía, concordará conmigo en que también aplica para la persona discreta.

Claro, es una moneda con dos caras bien diferenciadas, pero con cuántos actos humanos podríamos establecer también todo lo bueno y lo malo. Todo mundo conoce algún caso de una persona discreta que logra acostarse con muchas otras, gracias a esa capacidad silenciosa de saber moverse. Ahora es incluso un tópico literario, que va desde los diarios de Casanova, hasta pasar por El amor en los tiempos del cólera, solo por mencionar ejemplos conocidos por todos.

Y también está el caso de las personas que saben guardar secretos, a quienes se les da natural escuchar y no decirle a nadie más lo que se les contó. Tengo un caso personal inmediato, que es el de mi abuela paterna, quien falleció hace ya un par de años: ella fungió como mi terapeuta, digamos. Se fue a la tumba con todo lo que le conté. Y sé que fue así, porque vengo de una familia muy, pero muy religiosa y conservadora, que se hubiera escandalizado con las cosas más simples, mientras que mi abuela supo de mis años de adolescente tardío fiestero o de mis primeras experiencias en el amor. Y aunque tengo a mis amigos, a quienes les puedo contar cualquier cosa que me ocurra, fue maravilloso contar con una mujer con años y experiencia, y que de paso fuera mi familiar.

Una persona confiable y discreta se olfatea a kilómetros y siempre cuenta con el beneplácito de los demás. Lo he visto en diferentes ambientes laborales o incluso en mis años de estudiante. Una persona X, a quien se le cuenta algo, luego se crea complicidad, con el tiempo hay muchas autorreferencias y cuando uno menos siente es una especie de confidente, que está ahí cuando uno menos lo espera.

Yo también lo he sido y espero que usted también lo haya sido. Ser confidente no es fácil, al contrario de lo que muchos creen. Y es más difícil cuando una persona prefiere que uno solo escuche sin opinar. Escuchar porque alguien quiere ser escuchado, sin necesidad de la moralina o de una aparente opinión experta.

Igual, la discreción no necesariamente lleva a la amistad. Es un atributo general. La amistad está muy por encima y en realidad en ella se puede prescindir de las confidencias, por muy antiintuitivo que esto parezca.

Eso si, hay que admitirlo: la discreción es dueña de un lado perverso, en circunstancias bien específicas. Y eso también forma parte de sus privilegios ganados. Por ejemplo, tener a alguien en sus manos, porque usted sabe algo de ese alguien, y sentirse extrañamente poderoso, como si tuviera un arma de destrucción para uso personal, incluso si jamás llega a utilizarla: es solo el poder por el poder mismo.

Está el caso también de administrar la información, de sentirnos con el poder de una pequeña divinidad que decide cuándo se suelta la información, cuándo y cómo conviene, cuándo haremos bien o mal, como si fuéramos un Varys o un Petyr Baelish, por usar un par de lugares comunes de nuestra cultura mainstream memística contemporánea. Esa sensación de ver el al otro y decirse por dentro: “Yo sé esto, aunque vos no sabés que sé”. Y lo más interesante es que no hay ni bien ni maldad en ello… no mientras no actuemos en un contexto concreto de forma directa.

¿O será que se encuentra en algún nivel de la escalera del pecado eso de ser discreto o guardar algún secreto?

2 comentarios en “Los privilegios de la discreción

  1. Me ha tocado ser la oreja, escuchar sin opinar. Se me debe dar bien porque me ha sucedido a lo largo de los años (y la cosa da para largo) No me había puesto a pensar que tenía poder ante esa persona MUAJAJA XD. Interesante reflexión, saludos 🙂

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