Batería

Una vez conocí a un hombre sabio en su propia opinión y solo entonces comprendí con cabalidad pasmosa cuántas veces yo había caído en el mismo error. Y no, no hablo de ninguna clase de superioridad moral de la cual quiera aferrarme: fue el encuentro con la cruda realidad personal, la larga lista de errores que me seguirán atormentando cuando doña Vergüenza acuda a mí para hacerme los respectivos recordatorios de cómo he llevado mi vida.

Y vi ese hombre, siendo sabio en su propia opinión, y sentí una inmensa compasión. Esto, por supuesto, jamás se lo diría y jamás se lo haría saber. No porque yo fuera un indolente, a quien no le importa lo que le ocurra al vecino, teniendo la posibilidad de ayudar. No. En realidad el problema con ese hombre es que es alguien de mucho poder, el suficiente para que le importe un penique lo que mi opinión pueda significar.

Lo comprobé de primera mano en una multiplicidad de ocasiones, ya que hubo un tiempo en que trabajé para él. Admiré su inteligencia pragmática y sus habilidades deductivas. Me sentí estimulado intelectualmente con las pocas ocasiones que conversamos. Y también sentí penita ajena cuando tomó decisiones que me parece que podían haber sido de otra manera.

Pero, he aquí la oda a las decisiones personales: todos tenemos derecho a probar nuestras ideas, por lo que es una genuina impertinencia no esperar a que desde la otredad veamos los resultados. Eso sí, cuando la persona decide escuchar hay que permitirnos opinar, sin creernos la autoridad moral circunstancial; también, si la persona decide no escuchar, tenemos que esperar los resultados para sacar una valoración personal, interior e individual, y nunca, jamás, para ventilar nuestra propia opinión (“se lo dije, tenía razón”), y mucho menos si no nos la han pedido.

A mí me tocó comprobar esto último de forma muy dolorosa. Por el grupo de personas con quienes trabajé, cuando daba mi opinión no solo era poco valorada, sino que incluso ninguneada, incluso se tomaba como afrenta, como si se tratara de algo personal, como si mi objetivo individual fuera competir. Y cuando el tiempo me daba la razón, me lo tomaban incluso de peor forma, como creyendo que vendría a hacer leña del árbol caído. Nunca se dieron la oportunidad de conocerme a cabalidad, ni tampoco tomaron en cuenta mi experiencia (mientras que para ambas personas de mi equipo era su primera experiencia directa con el rubro, en mi caso venía de 22 experiencias diferentes, para que se haga la abismal idea), sino al contrario, intentaron hacer ver que yo venía de lo viejo, por lo que todo lo que sabía apenas contaba.

Y bueno, aquí viene el papel de este hombre, a quien aprecié tempranamente si llegar a conocerlo bien primero. Noté que era de la clase de hombre que es capaz de asimilar cualquier idea que uno le comparta, destazarla, deconstruirla y luego hacerla suya, como si desde un primer momento a él se le hubiera ocurrido. Eso, claro está, todos podemos hacerlo, para hay quienes tienen habilidades más magistrales que otros. Y en el caso de él era toda una maravilla digna de escuchar.

Un día me di cuenta que a él poco le importaba la suerte de los demás, incluida la mía por supuesto, siempre y cuando todos cumplieran con su papel como fichas de ajedrez, y con la metáfora del tablero hago alusión incluso a formar parte de la jugada gambito. Ese día supe que mi posición en ese lugar era prescindible, que en cualquier momento solo me tirarían como papel usado. Se lo dije a un amigo y solo fue cuestión de tiempo para que en efecto eso ocurriera, y más cuando estaba la disyuntiva con las dos personas del equipo que me tenían clarísima ventaja. ¿Qué hacer? ¿Por qué no hice caso a mi intuición?

Desde entonces estoy atento a ese sentimiento de advertencia, a esa espinita que poco a poco comienza a estorbarme en la cotidianidad, como cuando carga con una piedrita en el zapato.

No.

Miento.

Desde hace un buen tiempo esa espinita que llamamos intuición o presentimiento me ha acompañado, como a muchos, sobre todo quienes tendemos más a la introspección. Pero también como le ocurre a la inmensa mayoría sencillamente la ignoraba, incluso yo mismo la ninguneaba, porque trataba de pensar con la cabeza fría, trataba de sopesar hechos con la poca objetividad que me alcanza y trataba de acallar mis propios pasionalismos, mi tendencia irremediable a la intensidad.

Pero ahora lo sé, ahora me siento más seguro de ello: mi intuición, mis espinitas o piedritas en los zapatos, merecen también colocarse en la balanza. Pero hay que contar con por lo menos un amigo, uno de verdad, o alguien a quien le tengamos profunda confianza y sepamos que tiene un buen criterio acerca de las experiencias más cotidianas de la vida. A ese persona debemos comentarle algo de esas intuiciones que nos atormentan, y así ver desde la otredad si no estamos cayendo en el mismo del hombre de quien hablaba al principio: el terrible error de ser sabio en su propia opinión.

El día que hablamos por última vez, ese hombre me preguntó si tenía algo que añadir, si quería opinar sobre todo lo ocurrido en la experiencia de trabajo. Yo sonreí y solo moví la cara de lado a lado, diciendo un no silencioso. Cuando vi su actitud, cuando lo vi a los ojos intentando “asegurar” lo que sabía, sin saber ni siquiera el 20 % de lo que en verdad mi trabajo representaba pero con la seguridad de quien está enterado de otras cosas, supe entonces que a él poco le importaban las arbitrariedades que nos ocurrían a todos los peces pequeños, los que estábamos en la base de la pirámide al fondo de la cadena alimenticia: supe que estaba enterado de cada una de esas injusticias, pero que mientras no afectara de forma significativa todo lo que se hacía, sencillamente se desharía de quienes le estorbaran en el autoequilibrio que necesitaba. Supe que lo sabía todo y en ese momento me pareció un canalla. Pero mi silencio solo respondió al hecho de que no necesita ninguna opinión más aquel hombre que está cerrado, aquel que solo puede ser sabio en su propia opinión.

Detesto esa sensación hollywoodense (que por lo usual se la colocan a los villanos cuando el plan perfecto se les desbaratará, o la muestran en el héroe cuando la tragedia está a punto de hacerse presente). La detesto con el alma, pero sin ningún atisbo de duda es real. Y paraliza tanto como el miedo: no nos deja leer, escribir, comer, dormir, pensar en una solución con tranquilidad. Además de hablar estas cosas con un amigo (o quizá con un psiquiatra), quizá solo haciendo ejercicio físico podría uno calmar las ansias de la mente.

De todos modos, no debo seguir engañándome: en esta ocasión, esta reflexión vino a mi mente, porque tengo encima de mi cuello, como una bolsa de 500 libras, una maldita intuición que me indica que estoy a tiempo de romper con algo que quizá sea lo mejor para todos, sobre todo para mí, que soy un idiota que demasiado se complica. Quizá solo necesito un cambio de baterías, para volver a funcionar con normalidad.

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