“El río de los balsamares”, cuento de María de los Ángeles de Castillo

Mientras los balsamares se mecían al compás de la cálida brisa costera, esparciendo el olor de su savia bienhechora, los ondulantes cerros se teñían de azul en lontananza.

Lugar de cumbres y leyendas, trae hoy a mi mente el recuerdo de una tarde inolvidable que marcó mi ser con fuertes brochazos de emoción y que ha sido imposible olvidar. Se retrata en mi memoria, incomparable, con sus tardes llenas de luz y de frescura, saturadas con el peculiar perfume de los balsamares, cuyos ramajes se extendían hacia el azul del cielo semejando fino tejido de chantilly: el pujante trópico brindaba con toda exhuberancia frutos, colores y aromas. En ese tranquilo rincón existe un pueblecito, donde las humildes viviendas parecen empinarse para alcanzar el cielo o para espiar el paisaje.

Como incrustado entre las montañas de esmeralda y jade, se desliza un riachuelo cristalino sobre alfombra diamantina arena que hace las delicias del valle.

Recuerdo que todas las muchachas, en alegre algarabía, se dirigían diariamente a lavar sus ropas que, tendidas aquí y allá, parecían gallardetes de mil colores, como los que adornan las fiestas patronales.

Nadie hubiera sospechado que aquel paraje de tanta belleza y aquellas aguas cantarinas estuvieran circundadas por un nimbo de misterio y fantasía. Se narraban tantos casos sucedidos a través del tiempo, que era increíble pensar que una vez llegada la noche, ninguna persona se atrevía a pasar por sus alrededores; viejos y jóvenes aseguraban haber visto, más de alguna vez, a una solitaria mujer en su incansable lavar.

Chungo era un niño muy inteligente, listo, servicial, contaba apenas siete años. Criado en el rudo ambiente del campo, conocía todos los secretos de aquellos sitios.

Cierto día dispusimos ir a bañarnos y lavar alguna ropa; para sentirnos más acompañados, decidimos llevar a nuestro perro Ringo y al Negrito, un gozquecillo faldero. La quietud de aquellos lares solamente era interrumpida por el monótono canto de las chicharras y el rumor de la arboleda al platicar con la brisa. Se aproximaba Semana Santa y el calor era intenso. Por el camino encontramos al señor Joaquín, quien, al vernos, me dijo:

—Tardes le dé Dios, niñá… ¿qué vaser tan solita al riyo, yestas horas? ¿Que no la da miedo que la espanten?
—No —contesté tranquila—, el sol está alto todavía y regresaremos pronto.

En realidad, lo que yo pensaba era que, en mi fuero interno, no daba cabida a cuentos de fantasmas y de misterio, así que bajamos la polvorienta pendiente, entre paredones húmedos y sombreados por espesa arboleda y cubiertos de preciosos quiebracántaros, de musgo y helechos. llegando luego a nuestro lugar predilecto, nos apresuramos a disfrutar de sus frescas aguas, el tiempo corrió sin darnos cuenta; comencé a viajar en alas de mi fantasía que me condujo hacia castillos etéreos donde vivían príncipes extraños. Chungo se entretenía fabricando barquitos de papel y porfiando en vano porque se efectuara el viaje marítimo con el que soñaba, se sentía el capitán de su pequeño barco.

Cuando se sueña, cuando se es feliz, es muy doloroso despertar a la realidad, así nosotros fuimos sorprendidos por esta; de pronto nos dimos cuenta de que la huerta se ponía espesa, mientras el guauce dejaba oír su extraño, triste y agorero canto.

Como si una fuerza desconocida nos obligara, guiados tal vez por el mismo temor, observamos los alrededores dirigiendo nuestra vista hasta lo más profundo del follaje, comprobando que no estábamos solos. A poca distancia alguien estaba ocupada en lavar una ropa que golpeaba insistentemente contra las lajas. Era indudablemente una mujer, que inclinada lavaba y estregaba en un silencio total y sin descanso alguno: la niebla suave que envolvía sus contornos daba la impresión de que estaba fumando, eso mismo impidió precisar las líneas de su cara; la cabellera negra que le llegaba hasta abajo de la cintura complementaba la incógnita.

Todo ello sucedió en un instante, un momento que a nosotros nos parecieron siglos, me sentía clavada en aquel lugar y tuve la sensación de que ya nunca más podría desprenderme, sintiendo una angustia indescriptible. El niño con sus ojos desorbitados y la cara más blanca que un papel, se apretaba contra mí, y yo sentía que sus pequeñas manos me lastimaban.

De pronto el aullido de Ringo me hizo reaccionar; comprobé que mis miembros obedecían al mandato cerebral y, al deseo de huir de aquel espantoso lugar, tomé de la mano a Chungo y violentamente, corriendo al impulso de nuestra desesperación, nos alejamos de aquel sitio; una vez al borde del camino, libres de aquella pesadilla, oímos claramente, desde el fondo del río, una lúgubre carcajada, una carcajada burlona, ¡inexplicablemente escalofriante!

¿Fue mi fantasía? ¿El raro canto del guauce? ¿O el mito tocó los linderos de lo real? Desde entonces, cuando alguien se refiere a nuestras leyendas, o a nuestra mitología, y dan por ciertos hechos increíbles, guardo respetuoso silencio ante aquella opinión, ya que no estamos en condiciones de poder disertar acerca de temas de tal naturaleza, no alcanzados por la ciencia moderna.

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