El espejismo de una pared pintada

No sé a qué grupo pertenezco al decir esto, pero en cuanto a la calidad de autoestima que uno pueda tener, no necesariamente la considero como buena ni mala: para mí fundamentalmente es solo autoestima. Y con ello me refiero a que acepto lo bueno y lo malo que tengo, me sé en mi lugar, en el espectro de realidad que me atañe, con mis virtudes y limitaciones, las cuales, por supuesto, son susceptibles de mejorar o empeorar.

Debo decir esto primero, porque me ocurre con frecuencia que me malinterpretan muchas personas cuando converso, lo cual, ahora que lo pienso, ha contribuido para que con los años me haya convertido en un ermitaño que prefiere no conocer más gente nueva y que de hecho, poco a poco, se ha ido alejando de la mayoría que conoce, quedándose solo con un círculo pequeño, prácticamente íntimo. Sin nadie más.

Me pasa que yo hablo de mis triunfos y fracasos con toda la naturalidad del mundo, porque para mí son hechos —o por lo menos procuro tratarlo así, con la conciencia de que la vida es así de fortuita— y nada más. Determinan el camino de mi vida, pero en rigor no significan nada, más que para mí y quizá un poco para una que otra persona que quizá me aprecie.

Lo diré de otra manera. Cuando hablo de mis fracasos ya me han malinterpretado que mi visión de la vida es de alguien que se victimiza. Y cuando hablo de mis éxitos me dicen que soy un arrogante de mierda. Y cuando hablo de que mi vida tiene periodos monótonos, o que soy un hombre de rutinas, que solo hace lo mismo todos los días, en una gigantesca escala de grises, me dicen que por qué no le busco color a la vida, que por qué no procuro ser feliz. ¿Le ha pasado alguna vez?

Total, creo que en el fondo creen erróneamente que trato de adueñarme de algún tipo de presupuesto moral… pero sencillamente hago el esfuerzo personal de ver la vida con el distanciamiento que me corresponde, y que incluso así reconozco que soy bien pasional, que soy dueño de una gran intensidad, que solo está contenida porque no me siento a gusto compartiéndola con nadie.

Dejé de hablar de mis lecturas con la gente en promedio, porque he notado —y aprendido a identificar— los rostros de fastidio de quienes creen que ya voy a salir con mi fanfarronería. Y no, ni de cerca se trata de eso. Y como al final, en mi soledad, siempre vengo a parar a este espacio, en un lugar perdido en la nada de la red, no pierdo la esperanza de que alguien desconocido se identifique con esto.

Hasta hace unos tres años (haciendo memoria) cuando hablaba de mis lecturas me entraba una emoción sin precedentes, esa maravillosa sensación de poder socializar por fin con alguien lo que apenas acabara de descubrir, aunque el tema ya estuviera en boca de todo el mundo. Yo lo comparo con la misma emoción de hablar de su serie, película o música favorita, y creo que usted y yo estamos de acuerdo. Pero he tenido la mala suerte de que quien me escucha en persona que no me lo tome así.

Así que con el tiempo dejé de hablar de mis lecturas y de paso dejé de recomendar libros. Salvo las listas que hago para Grafomaniacos o las que converso con mis compañeros de plataforma, en mi vida privada no tengo a nadie, absolutamente a nadie, con quien hablar de este mi mundillo preferido, el mundo de los libros.

O bueno, quizá solo debo reconocer que tengo mi grado de rareza, si bien yo me siento, a título personal, como la persona más X y más normal del mundo, alguien que bien podría pasar desapercibido el resto de su vida y que nadie lo notaría. Y no lo digo, como repito, por un tipo de baja autoestima: es evidente que mi familia me quiere y también mis amigos… pero seamos honestos (y digo seamos, porque esto cuenta para cada ser humano del mundo): si tanto usted como yo nos morimos mañana, nos llorarán unos días, quizá unos meses, si usted lo prefiere, pero al final el mundo sigue girando, la gente nos superará, el mundo impávido seguirá sin nosotros. Y eso está bien, por supuesto, así tiene que ser… pero creo que ya estamos en sintonía con el énfasis de mi punto.

Digo que bien podría tener mi grado de rareza, porque para mí resulta de lo más natural hablar de (por ejemplo) mi etapa de alcoholismo en el año 2014 y luego pasar de la nada a conversar de algún tema de historia o de un escritor X, de cualquier época. Y también puedo mencionar, no sé, que no me limito ni siento vergüenza a la hora de hablar de un tema personal, así como no siento pudor cuando converso de cualquier temática, incluso cuando con naturalidad reconozco mi grado de ignorancia.

Pero a estas alturas creo que he perdido la perspectiva.

Veo el caso de otras personas que conozco y me doy cuenta que quizá me complico demasiado, sobre todo si tengo en cuenta que de todos modos tarde o temprano me terminaré quedando solo como un ermitaño. Sin ir tan lejos, veo el caso de mis hermanos: ambos vosean a todo mundo (en El Salvador el voseo se da con mayor frecuencia solo entre personas de confianza), incluidas las tías mayores, mis padres, sus jefes e incluso casi cualquier figura de autoridad, hasta donde no se metan en líos. Yo no puedo ser así: incluso aquí en el blog escribo de usted, para el hipotético lector que pueda venir por aquí. Y eso solo con lo del trato y de lenguaje. Además de eso, ninguno de mis hermanos se complica con eso de caer bien o mal: son como son con todo el mundo, sin ningún tipo de máscara.

No digo con esto que yo las use, pero sí hago referencia a que prefiero contenerme (cosa distinta), porque si acaso puedo pasar desapercibido pues para mí mejor. Y ya que tengo una pasmosa habilidad para caer mal (debo ser de sangre pesada, como dicen por ahí), entonces opto por moverme solo en mis círculos de mayor confianza. He sentido la tentación de ser más valetodo, pero a estas alturas de mi vida creo que me conformo con la tranquilidad con la que vivo, si bien a veces no evito sentir uno que otro sentimiento de disgusto. Pero ¿y qué? La vida no es perfecta. No hay obligación de ser feliz ni tampoco miserable, sino vivir toda la escala de colores… de todos modos esto un día también se acabará y apenas será como un espejismo de una pared pintada.

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