“La leyenda del rey Bebé”, cuento de Arturo Ambrogi

A Jeremías Martínez

Allá, en un rincón del país Fantasía, nació Bebé, grande como el dedo meñique, de cabellos rubios como un rayito de sol y ojitos chispeantes, que simulaban una gotita de tinta caída por desgracia de la pluma sobre la blancura inmaculada del papel.

El tal Bebé, hijo único del poderoso rey de aquellas comarcas, era un buen pícaro. Apenas nacido, ya tarareaba sus cancioncitas alegres y pellizcaba con sus deditos de aguja el albo seno de la madre.

El tiempo corría y Bebé siempre era el mismo. No crecía. Y esto entristecía a su padre, el buen rey, que pasaba los días en palacio, entre sus ministros, ocupado en graves asuntos de gobierno.

Bebé pasaba los días en el jardín, vagando entre las flores, monstruosas para él, y los insectos, a quienes tenía un miedo escandaloso. Cuando veía venir hacia sí a una avispa, se escondía entre los follajes de las rosas o corría a palacio a refugiarse en las faldas de su madre.

Y volaba el tiempo, y fue necesario llevarle a la escuela. El maestro, viejecito de faz melancólica y ojos hundidos, trataba a Bebé con sumo respeto, a cuerpo de príncipe. Este leía sobre la mesa del maestro el libro 1.º de lectura, más grande que su personalidad, y… venga Bebé, “el reyecito”, a la mano y a besarle. Cuando se veía cerca de los ásperos bigotes del maestro Resquetefe, al borde del abismo bucal, Bebé ponía el grito en el cielo. Todos los muchachos, rodilla en tierra, cuando Bebé se enojaba y hacía las veces de celador. Sonrisa en los labios, mímica alegre y desbordante, cuando hacía el payaso.

Pues, mi buena lectora… cierto día se le puso entre ceja y ceja a Bebé correr fortuna. Dicho y hecho. Recortó de un traje de su madre el bolsillo, le llenó de migajas de pan, y una mañana de la primavera, mientras el sol hacía reír sus rayos en los follajes, se coló por una hendidura del portón y… ¡adiós!

* * *

Bebé andaba, andaba.

Día tras noche, noche tras día, y siempre sin encontrar ciudad. Un día, cuando ya pensaba en la vuelta a casa, se encontró en plena selva, pabellones de yedra florecida colgaban de lo alto de los follajes en los festones opulentos. Corrían entre el césped arroyos cristalinos que cantaban estrofas. Miles de pájaros de plumajes espléndidos echaban a rodar la pedrería brillante de sus cantos. Diríamos con Teófilo Gautier: “Cada hoja tapaba un nido, cada árbol era una orquesta”.

Allá, en el fondo, entre tupidas acacias salvajes, entre follajes de campánulas azules y blancas, elevaba al cielo su soberbio frontispicio el palacio de cristal del rey de nos gnomos. ¡Aquello sí que era opulento! El cincel del artista caprípedo había grabado en el cristal lo que el cincel de Benvenuto, Miguel Angel, Cánova, durante toda su vida y cien años más no hubieran podido siquiera esbozar.

Una avista contó amigablemente a Bebé, mientras este se tomaba una gota de rocío, sentado al borde de una flor de lis, la vida suntuosa del rey gnomo. El vino de Creta se desbordaba sobre su mesa, la luz del sol se descomponía al penetrar, a través del cristal y los pesados cortinajes de damasco, en sus salones, mientras el soberano saboreaba su vaso de champaña, recostado bajo la parra de uvas, danzaban las bacantes mostrando al sol su desnudez soberbia; en fin, el señor rey gnomo era un opulento en toda la extensión de la palabra.

Bebé, que era hijo de rey, no paró mientes en esto y, apretando fraternalmente la mano a la avispa, se perdió tras las hojas secas, tarareando serena y sabrosamente un fragmento del “Cupech-Cup”, brillante fanfarria militar de una comarca del país Fantasía.

* * *

Andando, andando, llegó a una ciudad.

El sol bañaba con su luz de oro la punta de los minaretes. Había casas altas, tan altas como la mesa del buen maestro Resquetefe, de cuyos balcones salía aún el rumor de las fiestas. Había allí hombres muy grandes, que llevaban turbantes rojos y dagas encorvadas. Bebé vio todo esto y, caminando al borde de las aceras, dio de manos a boca con un mendido, que, estando en el hueco de una puerta, cantaba su canción monótona, mientras su mano daba bueltas al manubrio de su caja de música. —¿Qué hacéis? —gritó Bebé, oculto entre la yerba que creía en la calle. El anciano asombrado de aquella vocesita que sonaba a oro buscaba, hasta que al fin, ¡desgraciado Bebé!, vio asomar entre lo verde la cabecita liliputiense.

Bebé decidió quedarse con el mendigo. Este, por las mañanas, tomaba su caja de música agria y monótona… y ¡al camino!

Buenos céntimos le producían al viejo los fragmentos del “Cupech-Cup”, que Bebé cantaba sobre la mesa de los cortesanos. Al cabo de un año aquel pobre gastaba lujo y tenía amontonados muchos luises de oro.

* * *

Un día, cansado Bebé, tomó de nuevo el bolsillo que tiempos atrás arrancara a un vestido de su madre, lo repletó de migajas de pan y un día, mientras la servidumbre saboreaba su vaso de vino en un rincón de la cocina, Bebé, a cuestas su mochila, se perdió por esas calles de Dios.

Al cabo de algún tiempo, después de un echar un párrafo con la avispa, frente al palacio del rey gnomo, llegó al de su padre. Este, que creía muerto a su hijo, aplastado por el casco de un buey o arrojado al estanque por un cisne, lloró de alegría al verle de nuevo, y por tres días consecutivos las músicas recorrieron las calles de la capital y las campanas repicaron por el feliz regreso del reyecito, el hijo del buen monarca anciano.

Bebé, después de las penalidades que le causó su largo viaje, nunca más pensó ausentarse del palacio. Siempre tiene un miedo horroroso a los insectos, y cuando alguno de estos le sorprende sentado al frente de una flor de lis, tomándose una gota de rocío, corre presuroso a refugiarse en las faldas de su madre, que siempre borda, cantando junto a la ventana que da al inmenso jardín.

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