Un sueño sencillo

Hace muchos años, cuando tenía sueños románticos y más o menos telenovelescos, me imaginaba casado y con hijos, llevando una vida simple. En mi ingenuidad me planteaba dos opciones (bien lindo yo, sin tomar en cuenta las millones de variables y posibilidades que la vida nos depara): La primera, vivir una vida dedicada a la literatura, con la gran posibilidad de quedarme solo por culpa del oficio (asumiendo el éxito, como si fuera un niño de cinco años); la segunda, tener una vida normal (¡Dios! ¿Qué es lo normal?), casado y con hijos, ser dueño de una pequeña cafetería (mi primer trabajo a los 16 años de edad fue ser dependiente de una cafetería) y pasar el resto de mi vida entre ese negocio propio y mi hogar, sin mayores pretensiones de nada. Lo sé, usted me dirá que era más que evidente mi enajenación estilo hollywood sesentero.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Dieciséis años después y no supe qué hacer con mi vida. Pero ya a estas alturas cada vez me importa menos. Pienso con nostalgia, eso sí, en que sería genial tener un cafetín modesto, pequeño, de no más de 5 mesas. Y por supuesto, tener una casa pequeña, quizá un apartamento de soltero, en una zona no tan mala, si no es mucho pedirle a mi mente conspiranoica. Y quizá tener dos gatitos (para que ambos se hagan compañía) y sin más, poder vivir sencillamente, con una que otra visita de vez en cuando, siempre que no le moleste que la reciba en un lugar reducido a su mínima expresión de posibilidades.

A estas alturas, si acaso esa ilusión sigue existiendo dentro de mí, la visualizo como un lugar para vivir tranquilo y en paz. No sé si el escenario ideal ocurre en mi cabeza en una zona rural, aunque admito que suena tentador. Eso sí, de ser ese el escenario, la verdad es que en mi país (y es una pena tener que escribirlo, pero es la verdad) vivir en las zonas rurales es jugársela en modo legendario: aquí la vida vale tan poco y vale menos en las zonas rurales (no todas, pero sí la mayoría), porque la mayoría son pueblos sin ley, donde la imaginación de los grandes creadores de los spaguetti western se queda corta.

Quizá es la nostalgia de las fechas o la certeza nostálgica de que ya fracasé demasiado en mi vida. En El Salvador, para quienes estamos abajo, la vida es tan desesperanzadora que a los treinta años uno comienza a pensar en dejar todo en orden, por si el día de mañana ocurre lo peor. Y aunque fui de quienes le dieron el voto a ese hombre, lo cierto es que desde ya, muy desde ya, se nota que nos mintió a todos, que una vez más se burló de la inmensa mayoría necesitada. Eso sí, él era el menos peor: sea como sea, era necesario sacar a los otros cabrones que están en el poder. Pobrecito mi paisito… siempre tiene las peores opciones.

Creo que este 2020 tendré que trabajar de lo que sea. Ya pasé por empleos miserables desde mi adolescencia, más uno que otro empleo relativamente decente. También ya trabajé en el sector informal, como vendedor de panes y también fui artesano encuadernador de libros. No sé a qué dedicarme en 2020, pero sin duda tendré que resignarme con el sector profesional. En El Salvador es pecado tener más de 30 años de edad: siempre los quieren veinteañeros y con varios años de experiencia. Ni modo… fue el pedazo de pastel que me tocó.

Por más que intente poner mi mejor cara, mi realidad es demasiado amarga como para percibirla de otra manera. Así que mi mejor esfuerzo se queda en una nostalgia o melancolía agridulce. Sin duda, mañana beberé hasta reventar, porque es justo y necesario.

Usted, detrás de esa pantalla, donde sea que me esté leyendo, le envío el mejor de mis abrazos, aunque no nos conozcamos ni jamás nos hayamos visto. Si un día viene a El Salvador, y de casualidad pasa por la ciudad de Santa Tecla, y quizá no tiene nada qué hacer ni con quién pasarla, déjeme un comentario, que en cualquier parte que esté de la ciudad con gusto lo acompañaré para tomar un café y poder conversar de cualquier tontera, incluso del clima. Y si para entonces tengo mi cafetería, con gusto seré quien lo invite a un café.

Eso sí, quizá tengan que pasar varios años de aquí en adelante, para que esa posibilidad sea una futura realidad. Desde ya le deseo un Feliz Año Nuevo.

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