“Para que te hagás hombre”, cuento de Gloria Marina Fernández

Saturnino, agricultor y comerciante en pequeño, vivía en una hacienda cercana a la costa. Padre de cinco hijos varones, cuya crianza era su responsabilidad —según él—, pues las madres no entendían de cosas de hombres. De pronto, se dio cuenta de que el hijo mayor ya estaba en edad de conocer mujer. Porque si no, se le podía volver “mamita”. Así, un día lo llamó y le dijo:

—Oíme, Napo: mañana, cuando terminemos la venta allá en la ciudad, te voy a llevar a un lugar especial para que te hagás hombre.

Mañanearon, cada quien hilvanando recuerdos y proyectos. En la plaza arreglaron la venta. El día transcurrió sin novedad. Al atardecer, se fueron a contemplar los últimos rayos del sol que teñían las olas del mar de un anaranjado rojizo se dieron un chapuzón en el estero y vieron parvadas de gaviotas que en picada se lanzaban en busca de los peces para saciar su apetito.

* * *

A Napoleón se le hacía eterna la hora en que supuestamente su padre lo llevaría al lugar donde “lo harían hombre”. Pero por respeto, no decía nada. Al fin su padre despachó a los ayudantes y les dio instrucciones:

—Váyanse a la finca, llévense las bestias y díganle a mi mujer que Napo y yo nos quedamos a resolver asuntos pendientes y “son buenos negocios”.

El corazón del mozalbete comenzó a brincar aceleradamente. Y es que era inmensa la emoción ante lo novedoso, a la vez que le causaba un frío de nervios, erizándolo de pies a cabeza; pero no era por miedo, sino curiosidad.

Saturnino y Napoleón fueron en dirección a una casa donde cotidianamente se reunían las muchachas que en varias ocasiones, cuando Napo era bien cipotío, al pasar, le tiraban besos y poniéndose las manos en el corazón le gritaban: “Adiós, papacito, aquí vivís sin pagar alquiler…”, y el pobrecito sudaba helado, agachaba la vista y no se atrevía a levantarla, caminaba presuroso hasta alcanzar la esquina de la cuadra de la iglesia, donde su padre alquilaba una habitación para guardar mercancías y descansar, luego del ajetreo de las ventas.

Después de los saludos acostumbrados, Napoleón vio a Saturnino dirigirse muy seguro donde la mujer de más edad, dueña del lugar. Hablaron unos momentos, en voz baja. Napoleón observó que le dio unos billetes y la mujer se introdujo al fondo de la casa y al poco rato aparecieron cinco jovencitas muy guapas, luciendo unos minitrajecitos que escasamente cubrían las incitantes formas de las muchachas. De inmediato su padre le dijo: “Vaya, hijo, escoja la que más le guste y se va con ella, ahí después me cuenta a ver qué tal le ha ido”. Dicho esto, se despidió de todos y se marchó.

* * *

Napoleón se atragantó, no sabía qué actitud tomar. Le sudaban las manos y la voz se negaba a salir. No obstante, las observó de pies a cabeza, medio atolondrado. Le daba vergüenza que se dieran cuenta de que era “primerizo”. Para disimular, tomó el ejemplo de su padre, y como todo un experto, escogió a Margarita, una morena de largas trenzas, ojos crespos y boca voluptuosa.

A Napo se le despertaron los instintos al contemplar aquella preciosidad, y la joven, diestra en su oficio, se comportó de manera tierna, inocente y fogosa. Era una mezcla de ángel y demonio que, con su magia, borró la timidez de su cliente “novato”.

Las visitas a Margarita se hicieron más frecuentes y cuando Napo se percató, ya sus pensamientos no tenían sosiego, hasta que llegaba el día de tener nuevamente entre sus brazos a aquella morena que le había enseñado los secretos de la pasión.

Otro fenómeno se manifestó en la conducta del muchacho al saborear el embrujo pasional con Margarita. De tímido pasó a ser un vehemente conquistador. Y en la hacienda, los ojos no le bastaban para devorar a cuanta figura femenina se le ponía enfrente a tal grado que lo apodaron “el mil amores”, pues no había hembra que escapara a sus requerimientos amorosos. Se hizo trasnochador, para poder visitar con más frecuencia a la joven del prostíbulo.

En una de sus visitas, le dijeron que Margarita había regresado a su pueblo. Esta noticia le causó mucha incomodidad, más porque esta ni siquiera se tomó la molestia de avisarle. Se puso furioso, lanzó improperios a la dueña del burdel y salió a la calle hecho un basilisco.

* * *

La brisa salobre de la noche calmó su ira y se dirigió hacia el muelle, dispuesto a reflexionar y a contemplar la luna proyectada en toda la extensión de aquella playa. Deseaba sentarse en las bancas, colocadas a lo largo del muelle, e igual que los turistas, descansar un rato, y dejar paso a los recuerdos en los que Margarita tendría una participación especial.

Esa noche, la luna brillaba intensamente y hasta se divisaban los peretetes y las zarcetas alzando vuelo. A la vez se escuchaba el graznido de las gaviotas que contribuían a que el ambiente fuera acogedor. Esta quietud consiguió calmar los ánimos de aquel corazón despechado.

El enamorado caminaba despacio, mirando a un lado y otro, pensando en su amante que se marchó sin despedirse. Mientras avanzaba, Napoleón vio una figura femenina sentada en una banca, cubriendo su rostro con ambas manos y al acercarse escuchó que esta sollozaba lastimeramente. Con astucia se acercó y observándola detenidamente descubrió algunos rasgos parecidos a los de Margarita, solo que esta se veía muy decente y además tenía las caderas bien proporcionadas y los pechos temblorosos, como un nido de palomas queriendo alzar el vuelo.

Con mucha suavidad se sentó al lado de la mujer y la saludó. Esta le contestó con un quejumbroso murmullo. Napoleón al ver la ternura de aquella piel morena pensó para sí: esta jovencita preciosa no se me escapa, voy a hacer mi buena obra al acompañarla un rato. Y así, entablaron conversación.

—Bonita noche, ¿verdad?
—Sí…
—Mi nombre es Napoleón, para servir a usted…
—Gracias… me llaman Teresa…
—Lindo nombre… ¿puedo saber por qué llora, Teresita?
—¡Ay, señor, soy muy desgraciada…!
—¿Y eso por qué?
—¡Porque mis padres me han echado de la casa…!
—¿Y a qué se debe esa ingratitud?
—Es por gusto, señor, solo porque me fui al cine sin pedir permiso…

Napoleón, emocionado, se le acerca un poco más y le dice en tono solemne:

—No se preocupe por eso, niña, si no hay desconfianza puede ir a mi casa. Mi madre y mi hermana con gusto le darán alojamiento por esta noche y mañana la acompañaremos a su casa para pedir a sus papás que la perdonen. Y confíe en mí, que yo soy todo un caballero.

La joven le sonrió dulcemente aceptando su propuesta. Se levantó y pidió a Napo que se retiraran del lugar, porque ya era muy noche para andar en la calle.

* * *

Iba tan entusiasmado con su nueva amiga, ya que esta poco a poco le permitía ciertas libertades, recibiendo sin protestar sus caricias, y así Napoleón ni se dio cuenta a qué hora llegaron cerca de la casa de huéspedes, donde su padre alquilaba pieza. De pronto, la joven se detuvo en seco. Napoleón pregunta:

—¿Qué le pasa, mi morenita preciosa? ¿Por qué te detuviste? Caminemos… no tengás miedo…
—¿Y hasta dónde vive usted?
—Aquí nomasito, contiguo a la iglesia.
—¡Pero yo no puedo pasar enfrente…!
—¿Por qué?
—Porque, mire, hay mucha luz y bastante gente paseándose en el parque y si me ve alguien allegado a mi familia, más me van a castigar…
—Vaya, no seas tontita, nadie te va a hacer daño. Además, acordate que yo soy todo un caballero.

Mas sus palabras contradecían con su accionar, porque mientras hablaba, se le acercó tanto y tomándola por las caderas, hizo estremecer a la muchacha al percibir el calor pasional de aquel joven fogoso. Simulando recato, con la voz temblorosa por el deseo reprimido, dice la joven:

—Déjeme, por favor, no sea tan abusivo… si no me suelta, quizá mejor busque la manera para encontrar dónde pasar la noche; porque usted mucho se me acerca…

Y aquel galán, sin atender la débil súplica, dejándose llevar por sus instintos, la besó apasionadamente, le acarició los cabellos, y aunque ella toda temblorosa se negaba, dejaba traslucir su emoción al contacto del hombre que cada vez más incendiaba su piel. Fueron tantos los besos y caricias, que al fin el joven transmitió su entusiasmo y consiguió que la joven aceptara ir con él, pero con la condición de que “mejor se adelantara”, mientras ella daría la vuelta a la manzana, para no despegar malicias en la gente que se encontraba en el parque.

Algo conforme, el hombre aceptó, no sin antes darle un beso que la dejó sin aliento. Se fue presuroso a preparar el escenario para su nueva conquista y con ansiedad febril, se paró en la puerta, espiando hacia el lado donde seguramente asomaría Teresita.

* * *

Pasaron diez, quince, treinta minutos y de la joven ni una señal. Napoleón salió a su encuentro y comprobó que todo estaba desierto. Para asegurarse, recorrió varias veces la manzana y ya para dar la última vuelta observó en un solar, al costado sur de la iglesia, entre los árboles del jícaro, una sombra escurridiza.

Su corazón emocionado hizo renacer las expectativas de conquista que había imaginado. Corrió a darle alcance, pero de nuevo la soledad hizo presencia. Porfiando en su intento, oyó ruidos sobre las hojas secas diseminadas por el suelo, y esta vez distinguió a Teresita.

Fue en pos de ella y ya para dar alcance a aquella aparición —que suponía jugueteaba con sus ansias de macho en celo—, vio a la hermosa mujer con sus largas trenzas enrolladas en las ramas más altas de los jícaros, columpiándose y lanzando estridentes carcajadas. ¡Jajajajaja… jshshshshsh… johohohuuu… jajajajajá… jshshshsh… johohohuuu… jajajá…!

El rostro que Napoleón consideró hermoso y cuyos ojos le habían cautivado, le mostraba dos cuencas tenebrosas y sus blanquísimos dientes eran largos colmillos que despedían una baba viscosa y los pechos turgentes colgaban escuálidos al compás de las mecidas infernales, haciéndolos chocar entre sí, produciendo resonancias propias del fondo del averno.

Al ver aquella horrorosa aparición quedó boquiabierto, sin saber qué hacer. Salió en guinda hacia la casa de huéspedes, hablando incoherencias, con una fiebre tan alta que bien cocía un huevo entre los sobacos.

* * *

Los vecinos avisaron a su padre y lo primero que hizo fue llevarlo al cura de la iglesia. Este lo bañó con agua bendita y le pasó varias imágenes por los ojos, el corazón y la frente, de manera que esto ayudara a que los demonios salieran de su cuerpo, porque Napoleón no dejaba de gritar: “¡Mujer del demonio, vade retro… vade retro… vade retro, Satanás, que a mí no me llevarás…!”.

Pero todo intento del sacerdote fue inútil. Por más oraciones que le rezara, no se le veía alivio. Las mujeres de la hacienda aconsejaron a Saturnino que si quería ver sano a su hijo, era necesario que una curandera le sacara el maleficio.

Llegó la ña Engracia —como todos la conocían—, lavandera de oficio y partera por casualidad. Ella conocía de muchas hierbas. Preparó unos emplastos empapándolos con los “siete espíritus”, que se los restregó por todo el cuerpo; le empavonó la cabeza con masa de hojas de chichipince revuelto con sebo rancio, hizo una masa de cuchamper con untura hedionda y se la pasó por los encajes; le dio a beber horchatas de un revoltijo de hojas y huevitos de amor, que le ponían la carne de gallina; y por último, lo puso a fumar varios puros y le hizo sahumerios con ruda y basura de las cuatro esquinas. Eso fue todo.

Ya fuera de peligro, Napoleón se regeneró. Dejó de ser mujeriego, aunque a veces salía a parrandear, pero tenía buen cuidado de no entusiasmarse mucho con cualquier muchacha, porque “simasito me lleva la Siguanaba, por enamorado…”.

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